Alabanza, Alberto Olmos

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EN EL CAMPO, ese horrible lugar donde los Pollos se pasean crudos (in memoriam)”, ha estacionado Olmos su última novela.

Ya no se hacen novelas agrarias porque todos vivimos en la Gran Vía, pero hubo un tiempo en que sí se hacían. Un escritor podía llegar a ser un gran escritor hablando de las perdices de Olmedo y las zuritas de Villanueva. Los jóvenes han preferido irse a nacer a las ciudades y se han llevado allí la literatura. Del campo hace ya demasiado que no crece nada vivo y volver a él, siquiera en las novelas, está mal visto. Abordar la ruralística es regresar a la gramática del Brocense se piensa. Lo moderno es opuesto de lo agropecuario y los libros no pueden volver a ser de adobe.

Se aprende más del curso de un río que de la geometría de un estanque, pero las novelas de ahora no son más que vida estancada. El curso libre y fluvial de la vida ha desaparecido de las novelas desde que se le dio la espalda al campo. De vez en cuando llega un bachiller y levanta una majada semántica agronómica o pseudoléxica y congrega unas cabras hozando un soto, pero aquello suena a falso y sin cuajo, tocado de oído y como a humo de pajas. Hay que haber pasado unas cuantas adolescencias cascándosela en la era y haberse rascado unas cuantas tiñas para escribir bien del campo, pues que no basta un veraneo en Cáceres, además hay que tener escritura.

Se sabe que esto es así, sin embargo, Alberto Olmos, acuciado tal vez por la motivación épica de prolongar una higiénica rebeldía, o por constituirse una individualidad distintiva, le sigue jodiendo la marrana al convencionalismo rampante y pegándole arcabuzazos a los principios rectores del comercio de la literatura y de otros comercios bien considerados. El del amor y sus expendedurías domésticas por ejemplo. Por eso, por indisciplina generacional, ha llevado Olmos su novela al trigo a esperar que el sol de Castilla se la panifique.

“No estoy enamorado de ti” abre la novela y abre también una herida en una pareja. El comienzo es audaz y no necesita prefacios. El autor abre un ojal en la narración y donde hay una abertura siempre hay alguien dispuesto a meter algo: la cabeza, un dedo, la polla, por ver o palpar lo que hay dentro. Aunque ya sepamos que el amor lo inventó un tipo como Don Draper (joder cuánto se fuma en Alabanza y lo varia que es la ceniza) para vender medias de cristal, está bien que se nos recuerde que uno puede joderse a la misma mujer con quien comparte domicilio desde hace diez, quince, veinte años, sin que sea necesario establecer por ello una confidencialidad o una intimidad sentimental exhaladora de histerismo.

Sebastian Bel y Claudia se vienen una canícula a Castilla, a sufrirla. Aquí, uno y otro, interiorizarán el paisaje y exteriorizarán el ser de modo contrario. Ella se adjudica una holganza expedicionaria y andariega, y él, literato, tratará de discernir el espacio anegándose de dolor y reflexión sin salir de casa. Ella se trueca en labriega y ameniza sus vacaciones oreando un huerto, aparta la ciudad de sí y deja asomar el alma labrantía que
lleva escondida, le espolea el paisaje y sus criaturas, todo le es foráneo. Dejad de respirar y que os respire la tierra parece decirse, le nace un entusiasmo cándido, escolar y femenino. Busca enigmas donde sólo hay decrepitud y postrimería. Ella, Claudia, es así, un poco fantasiosa.

Sebastian, machadiano, ya no reconoce el bíblico jardín, sabe lo de las llanuras bélicas, lo del águila, lo de la sombra errante, lo de Caín. Se ha venido a Castilla a escribir unos cuentos y a resucitar la literatura que le han dicho que ha muerto o que la ha matado él. Se siente muy dolido de la acusación y muy culpable. Hizo un libro por dinero y su recuerdo le atormenta. Nunca pensó que alguien pudiera molestarse tanto por un mal libro suyo. Los cuentos no le vienen o le vienen en la dirección equivocada. Escribir en la dirección equivocada es otra forma de prostitución. Prostituirse es escribir El código Da Vinci cuando hubieras podido hacer el Ulises o Corazón tan blanco. Tampoco sabe uno con certeza si la culpa es de la puta o del putero. En este caso la literatura no se ha muerto porque sí. No, al menos, porque quisiera algún Goytisolo que se muriera. Video killed the radio star y el interné se encargó de todo lo demás.

En el futuro inmediato en que se ubica la narración Bob Dylan ha sido galardonado con el Nobel, pero Sebastian Bel, como su apelativo apócrifo denuncia, donde de verdad le gusta Dylan es in the movies, porque un escritor que no es escritor no puede ganar un premio de escritores, es un contradiós. La literatura sin literatura en un mundo ágrafo sirve para desenvainar la sátira y ensartarla hasta los gavilanes en la misma cruz de la fauna literaria.

Mucha reflexión le dedica el personaje de Sebastian a la literatura mientras llega o no llega el momento de escribir sus cuentos. Un cómputo de amoríos y noviazgos ancestrales más o menos consumados presumiblemente intitulado Las amadas. No hay literatura que no se detenga un punto a inventariar lo follado.

Los momentos más lúcidos del libro, creo yo, los espigamos de esta veta de escritura relacionada con la escritura -la parte hidalga del libro-, que se trenza primorosamente con la biografía fragmentaria y elusiva de Sebastian produciendo un tornasol ambivalente de nostálgico desencanto por una juventud descerrajada y rural, y un berroqueño cinismo sobre la metalurgia de la literatura y sus celadas en la corte. La corte, aquel paraíso baldío.

Es, ya digo, en la reflexión, cuando la literatura de Olmos es más literatura y mejor novela. Nos llega más porque es más visceral (sorprende que, siendo esta su octava novela creo, aún conserve cierta rabia, o tal vez sea odio, hacia alguien o hacia sí mismo, no importa, en cualquier caso admirable y poderoso acicate), más sentida, y, por tanto, mucho más real toda esa gleba de abstracciones, presunciones, jactancias y veredictos (esto lo he leído de otro) casi verdaderos que nos afligen bastante más que la combustión espontánea de una parroquia que segrega viudas.

El relato lo hace una tercera persona memorial y glosadora que rastrea los pensamientos de los personajes y nos los transmite sintácticamente muy bien confeccionados, escogiendo distintas modulaciones según la gravedad y el énfasis que el pensamiento o la acción necesitan.

Esto de hacer una novela casi únicamente con pensamiento espanta mucho a los reseñistas y a los lectores hembra, ya que, puestos a hablar de ella, incapaces de destripar el argumento por falta de él, no les queda otra que arremeter contra el autor por espurios motivos ajenos al libro que se pretende comentar. Desglosar una a una, para después rebatirlas, todas las ideas expuestas en el libro, me parece arduo trabajo para llevarlo a cabo sólo por afición, sin cobrar o cobrando poco. Así pues, no creo equivocarme demasiado al pensar que, de todas las reseñas aparecidas de este libro muñidas por diletantes de pago y alamañacs cibernéticos, las más serán motivadas por la simpatía o la aversión que nos provoque la personalidad online del autor.

Pero esta novela tiene otra osatura, más corpulencia que la anterior del autor. No es únicamente una corpulencia deportiva o muscular destacable por su mayor número de hojas no, sino que al tener más caja, a la novela le caben también más cosas. Es una novela de más lenguaje a la que el novelista ha impuesto una estructura prensil, un corpiño prieto que sujeta bien los tres o cuatro estratos diferentes de razonamiento por los que quiere conducirnos. Alabanza está estratificada. Se advierten los cortes geológicos del pensamiento que la dispone. Insisto, no se trata de azarosas líneas divisorias, discrecionales, que separan un capítulo de otro, es un entente entre distintas formas de narrar que robustecen no sólo la historia, confiriéndola espesura y oficio, sino que advierten del óptimo punto de sazón de un gran escritor.

“Los paisajes y la naturaleza en general no son más que una huida fuera del tiempo. De ahí la sensación de que nada ha existido jamás cada vez que nos entregamos a ese sueño de la materia que es la naturaleza.” -E.M.Cioran-

 

 

Ada o el ardor, Vladimir Nabokov

jjjj“All our old loves are corpses or wives.”

LE TENGO LEÍDO a Umbral en algún sitio lo de la diferencia entre escribir y redactar. Ahora se redactan minuciosas novelas sin una sola intuición verbal –decía-. Cuando Juan Ramón le daba la tarde libre a las musas, aparecía el cabrón con pintas que ocultaba bajo la astenia y regoldaba: “Guillén está forzando un nuevo libro.” Los libros se fuerzan a que salgan, pero hay que decir que se redactan. La redacción engendra únicamente documentos de valor administrativo. Es una aptitud técnica, como puede serlo el dibujo, donde las imágenes pasan del ojo a la mano y de ahí a la cuartilla sin apenas tránsito cerebral. El redactor es perseverante porque de la insistencia siempre acaba por nacer algo, un texto, una sudación.

Para disfrazarse de escritor el que redacta necesita una prótesis argumental, una ortopedia con la que hacer pie en el hondón de la escritura. Nabokov, que era todo escritura, en cambio, tenía que disfrazarse de entomólogo para ocultar lo escritor que era. Sin más postizos que un cazamariposas y su embastecida educación de ruso blanco, Nabokov echó los dientes después de tener resabidos tres idiomas contrapuestos más el latín helénico, se convirtió en el mejor escritor de la gran novela americana del s. xx, cosa que, habiendo nacido en Leningrado, tiene bastante mérito, creo yo.

Ardis o la Arcadia lúbrica y pura. Cápsula aristocratizante. Orografía carnal del deseo, toponimia del paraíso, baños de sol e irisaciones de luz vespertina traspasando los polifacéticos tapones de cristal labrado de las botellas del mueble bar chippendale junto a la piscina olímpica. Vagido visceral de las atardecidas de junio sobre las acacias, mientras Lucette, tras los aligustres oculta, examina la espalda sobretensa de Van vuelto hacia Ada que, maquinalmente, se levanta el halda del vestido canalé, vagamente excitada, para entregarse dócil al tercer o cuarto retozo del día. Todo un bosque lírico de fornicaciones furtivas y conversaciones botanizantes. Follar y refollar sin el grito del tiempo intercalándose entre los cuerpos párvulos, empalidecidos, encurvados en los sobremuslos, tímidamente velados por la hojarasca pubiana. Una huida hacia el fondo del cuerpo del otro, a colonizar las entrañas e hincar en lo más aparte el gallardete de la felicidad, sin parientes limítrofes que se vuelvan plaga.

Voy a ponerme doctoral o ecuménico y redactar aquí las cuestiones cliché que la literatura de Nabokov sigue suscitándome; porque a mí, de lo que me preocupa, las preguntas siempre han sido lo que más. Si la pederastia, y quizá el incesto, son formalmente reprobables, por qué en las novelas de Nabokov no me lo parecen tanto. Por qué dos hermanos vaginales incapaces de renunciar a amarse, en un proscenio floral integrado en una tónica de señorío y de belleza, no sólo me parece hermoso sino lógico. Por qué la ordenanza moral queda derogada ante el placer estético. Por qué la evocación de antológicos motivos barrocos, las yuxtaposiciones imprevistas, la confusión de expectativas de tiempo y lugar, la dificultad retórica extrema, la geografía alternativa, enfrentadas al desafuero ético, me producen una emoción estival de vida y de mujer, de coloquio de aguas y de risas de hijos. Por qué esa poesía menor de la carne no me es extraña. Por qué en ese firmamento dislocado, en ese pliegue de indisciplina, nunca sé ni llega a importarme, lo que es real y lo que es realista. Por qué de entre todas las realidades, prefiero secretamente la realidad sentimental que la de la sangre.

Estas cosas que están tan bien dichas por ahí también tengo que decírmelas yo –por aparentar- como si sólo con decírmelas afluyera una presunta respuesta conjetural a los hechos circunstanciados. La respuesta no afluye claro, pero de la reyerta entre la ética y la estética, entre la sustancia y el estilo (ave del paraíso sorprendida), entreveo que Nabokov construye un nuevo dédalo en la literatura de ficción, una literatura ambivertida y prismática, hecha para verla con ocelos de artrópodo y no con ojos de hombre. Una literatura de inimitable expresión, complejísima en la forma, provista de un logogrifo insoluble, la posibilidad de hallar belleza, humor y placer en una narrativa que es moralmente repulsiva.

Nabokov no tiene epígonos porque su escritura es genial e infalsificable, lo que sí le han copiado, después de él todos, ha sido la provocación. La corteza más aparente del alerce colosal que es su escritura.

Hubiera sido preferible que a Nabokov no lo hubiera lamido el cine con su lengua publicitaria de celuloide. Lolita quedó como axioma y bestseller, y Nabokov como pornógrafo, y no es así no.

Nabokov hizo de la pornografía algo ajeno al sexo, e hizo sexo de todo lo demás. Esto no lo supieron ver los americanos ni la crema de la intelectualidad, que ignoraban lo que era un samovar y no entendían bien las metáforas híbridas y las palabras de doble sentido.

Ada o el ardor es un libro inmenso y testamentario. Una autobiografía general tardía o crónica familiar que principia en Tolstói y no alcanzamos a ver dónde termina. Demasiado inteligente para los norteamericanos y para todos los demás también.

Toda la hemorragia épica de su prosa nos desangra, llevándonos, exangües, a descubrir otra Lolita, más verídica y con más luz y espesura que la anterior. Ada, la Lolita de una vida entera, la niña que le obsesionó cuando niño, llena de adhesividad sexual, nos la descubre ninfa y hembra con la opulencia de una memoración proustiana inabarcable.

“Cuanto más de vuelta de todo está uno, más se arriesga, en caso de enamorarse, a reaccionar como una modistilla.” -E.M.Cioran-

 

La trabajadora, Elvira Navarro

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CIENTO CINCUENTA CUARTILLAS necesita La trabajadora para decirnos que un piso en Aluche no queda tan cerca del cielo. Es verdad que el piso de Sabina en Rebajas de enero era más céntrico, pero a él le bastaban un puñado de ripios para llegar mucho más lejos.

Dos mujeres necesitadas de vivir solas no tienen más remedio que compartir piso y lexatines para así poder pagar el alquiler y los aranceles de la vida ordinaria. Una auscultará a la otra y lo que diga el fonendoscopio nos será referido por la una, trabajadora editorial con ingresos provisionales –valga la redundancia-.

Hay una mujer premarchita que relata una juventud seriada de entrevistas carnales fortuitas con hombres brutos y obsesos en busca de orgasmo de cuando los anuncios por palabras de los periódicos y los contestadores telefónicos con cinta de rebobinar. Se nos dice que de todos ellos, prefirió a uno canijo que, por serlo, tenía mucha habilidad para torear bien por abajo, que es por donde a todos nos gusta más que se toree. Esta conducta encontradiza y de predilección lúbrica por los enanos, junto a la propensión a cortar revistas para ensamblar collages, son los distintivos de una de las dos locuras que se nos cuentan. A mí estas cosas me parecen más caprichos y chuminadas que locura propiamente dicha, pero se nos insiste en que eso sólo puede ser patología y bipolaridad y yo ahí no voy a entrar a discutir.

La segunda mujer es la voz de la narradora, y también, quizá, sea La trabajadora. Encabezamiento menestral adherido sin alarmantes dosis de inspiración o trabajo. Ella se ocupa de pacificar la ortografía de los textos, de corregir lo que otros dan por bueno. La vida así, leyendo los errores de los demás y sin cobrar casi, le hace ser excesivamente consciente de la errata de mayor dificultad de corrección, la vida propia, que se desvía hacia un extrarradio cicatero y herrumbroso de transbordos de autobús.

Una exótica película de los años cuarenta de Edgar Neville, La torre de los siete jorobados, y la posología de unos comprimidos, constituyen el vigoroso zócalo documental sobre el que esta chica, La trabajadora, quiere urbanizarnos dos locuras aledañas de etiología dispar. Encabalgar la locura biológica con la locura mancomunitaria, aquélla de nacimiento y ésta contraída después, consuetudinariamente.

De la película nos llegará la fantasmagoría de pasear a deshora un Madrid secreto, noctámbulo y suburbial, semisótanos como criptas y callejones erizados de torvos cartoneros que agreden. Este transitar lóbrego de periferia y ocultamiento, servirá a La trabajadora de mucho, aliviará su poquedad y su retraimiento salarial.

De la posología no llegarán más que advertencias y efectos secundarios. Se aluden algunos nombres comerciales convencionales y en torno a los atributos del fármaco, como si fueran dioses de una oscura mitología escandinava, se cifrará la animosidad de las dos mujeres que se dividen la historia. El Risperdal despersonaliza, lobotomiza, y borra hasta las manchas del iris, pero no quita las ganas de follar. El litio te vapulea el hígado, no obstante, te dará una tregua con ese parkinson facial tan propio de los neurolépticos. Los demás, benzodiazepinas típicas, anodinamente inocuas y accesibles, les procurarán un conspicuo letargo o amodorramiento parecido a la hibernación de un oso pardo.

El ambicioso desempeño por distinguir la locura que nos nace y la locura que nos dan, irá encanijándose alarmantemente, párrafo tras párrafo, aquejado de una inmunodeficiencia lingüística adquirida, sin rastro de la psicoesfera ni el infierno que nos tenían prometidos.

Unas prosas enjutas y desapercibidas, de corta crianza, ahiladas, perplejizantes, sin desarrollo ni policromía, llevarán en parihuela la esmirriada relación de histerias provisionales, domésticas y cutáneas, suscitadas por el trabajo inestable y el poco y mal follar de ambas mujeres. Una muy loca y despreocupada, y la otra, únicamente estresada y demasiado consciente.

“Que nadie intente vivir sin haber hecho su aprendizaje de víctima”. –E.M.Cioran-

 

Kassel no invita a la lógica, Enrique Vila-Matas

hhhhh

DE VILA-MATAS he dicho algo aquí: https://lahoradellobo.wordpress.com/2011/11/30/una-vida-absolutamente-maravillosa-enrique-vila-matas/, y también aquí: https://lahoradellobo.wordpress.com/2012/04/05/aire-de-dylan-enrique-vila-matas/. Sin embargo, su último libro publicado, Kassel no invita a la lógica, me exhorta a hacerlo de nuevo sin saber muy bien por qué, porque, como se sabe, de los libros de este señor –que son siempre el mismo libro- ya está todo dicho. Espero por tanto se me reconozca sino la destreza al menos la afición.

Sorteados los trampantojos librescos, detrás yo continúo viendo un escritor bastante honesto y leal. Me refiero a esa lealtad de perfiles más bien turbios que la vida ha convertido casi en sumisión y docilidad, una lealtad subyugada ya por la experiencia, que nos dirige en una única dirección –la que mejor conocemos- autorizándonos la escritura únicamente del modo que sabemos hacerla y no de otro. Esto que digo es una evidente estupidez, pero en el caso que nos ocupa me parece relevante, puesto que Vila-Matas, concluyo, se ha plegado a escribir como mejor sabe escribir y de las cosas de las que siempre ha preferido escribir, no de las que su creatividad ha sabido imponerle a su escritura.

La grandeza de un escritor –se nos dice- está en su condición, asegurada de antemano, de fracasado. El arte está sólo en el intento, en la búsqueda de lo nuevo. Pero nada nuevo busca ya el señor Matas, y la pujanza juvenil y la insolencia, esencia misma de su forma de estar en el mundo y que él asegura aún tiene frescas y lozanas, no son más que una licencia poética mal disimulada.

El yo narrador, no sé si debo confundirlo con el autor aunque temo que así sea, es un ser envejecido, temeroso de un pasado reciente de enfermedad grave, de colapso como él prefiere llamarlo, poseído por recurrentes accesos de melancolía nocturna que a veces consigue eludir siguiendo una escrupulosa rutina de enclaustramiento doméstico a la caída del sol, una suerte de vampirismo inverso del que suele recuperarse por la mañana.

Una llamada desconocida ha venido a perturbar sus rutinas monacales y su fragilidad somatológica. Alguien le invita a cenar y termina haciéndole una proposición no demasiado indecente, según se mire. Le dicen de ir a Kassel (ciudad centro-alemana a orillas del río Fulda, con una población que alberga cerca de doscientos mil residentes) a pasearse por allí del bracete del comisariado artístico responsable de la dOCUMENTA –ya saben, la influyente exposición de arte contemporáneo que se celebra cada cinco años en la ciudad anteriormente citada- y a representar un modesto papel en ella. Un papel insignificante, más bien patético, formar parte de una…, digamos “instalación” anónima, una “performance” modernilla en consonancia con el tono artístico que predomina en toda la ciudad. Se trata de ir todas las mañanas a un restaurante chino de las afueras de Kassel y sentarse a una mesa a escribir. Ese cometido a él le desazona y le espeluzna, se ve invadido de una intolerable excitación y un deseo de huida inmediato, no sabemos muy bien por qué, pero rehúye el momento de aparecer por allí y difiere el momento de sentarse a escribir o a hacer como que escribe alegando cualquier excusa, y cuando lo hace, recurre a unos heterónimos intrínsecos que enmascaren la impostura abriendo a su vez otra impostura, pues la recurrencia de la simulación y la falsificación, sabemos, es pábulo nutricio hipercalórico en los textos de Matas. 

Él prefiere combatir la angustia paseando, encerrándose durante horas en un autobús urbano, alternando con las sugestivas comisarias, visitando las numerosas instalaciones diseminadas por el entorno y conjeturando sobre ellas y la contemporaneidad artística en la intimidad de su cuarto de hotel, candorosamente llamado cabaña de pensar.

Lugar de hipótesis, conmemoraciones y desmemorias, divagaciones y desvaríos traídos y llevados azarosamente por la contingencia de la exposición o por cualquier otro motivo anímico urdido en la insondable fantasía del viejo recluido, la cabaña de pensar es la filial recóndita donde se aparejan los burros que acarrean los bultos conjeturales del viajero, el perenne flâneur walseriano que pasea y pasea  y parece querer volver a asombrarse, aunque la admiración ya no se le levante como antaño y la luna del asombro esté en cuarto decreciente.

En Kassel recobrará los mejores recuerdos de sus inicios de artista –insiste-, su admiración, por ejemplo, por aquellos que hicieron de la escritura su destino: Kafka, Mallarmé, Joyce, Michaux, aquellos para los que la vida apenas era concebible fuera de la literatura y aquellos que hicieron con sus vidas literatura. La literatura hay que ir a hacerla también fuera de la cuartilla. Cuántos casos no habrá de tipos que son todo literatura sin haber escrito un remite.

El arte debe ser nuevo siempre o no será o será manufactura. Y a la busca del arte nuevo se perderá en Kassel  y Kassel será reconstituyente y ansiolítico para la angustia, superación pasajera de la melancolía de haber vivido siendo más joven y estando más sano.

Hace muchos libros que Vila-Matas perdió su carné de disidente y ganó el de afiliado a algo, no sé bien a qué, en cualquier caso una militancia, una sujeción. En casi todas su cosas –excepto en la espantosa Aire de Dylan– hay un escritor que viaja y escribe su desplazamiento, el eje de su taumaturgia es el recorrido. Este volver una y otra vez al viaje como sustancia y razón contrasta con su rechazo a la repetición de lo ya repetido, con la reprobable consideración de que la tarea del escritor es reproducir, copiar, imitar la realidad.

Y la realidad de Kassel, con o sin posmodernidad artística, tampoco dista mucho, incluso se confunde si la miramos atentamente, con aquella otra realidad rústica que contaba Cela en la Alcarria. De alguna manera, reírse de los lugareños tullidos en Budia (Guadalajara) no es más grave que pintarle de rosa una pata a un galgo y hacerlo deambular sobre un  terreno excrementicio (¿tendría que venir Nietzsche de nuevo a pedirle disculpas a este perro por Descartes?). No obstante, El viaje a la Alcarria desagrada mucho a Vila-Matas, no le cabe en el Parnaso, el galgo con la pata rosa sí. Es como si, puestos  a reírse, mejor aquello que lo haga de toda la humanidad.

Aquí y ahora digo, aceptando toda  responsabilidad excedente, sin ápice de solemnidad ni gloria de cenotafio o tentación de hacer un mcguffin, que el oficio de escritor ha consumido al artista, y que éste cayó vencido por la costumbre y el conocimiento, y reducido al universo estanco de su percepción, cayó con él también su afán de vanguardismo permanente. La traición se ha consumado, el voluntarismo de escribir, como lanzada artera de Longinos, vuelve a atravesar el costado de D. Marcel Duchamp.

“Lo importante en el arte es la necesidad. Hay que sentir de forma absoluta que una obra es necesaria, sin lo cual no vale nada y aburre, sentir que, si nos da, aunque sólo sea por un instante, la impresión de que es intercambiable, todo se desploma”.   –E.M.Cioran-

 

El palacio de la luna, Paul Auster

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LO MÁS GRAVE de todo es que Auster ya había excedido los cuarenta cuando publicó esta novela. Ya no tenía coartadas creíbles tras las que ocultarse y salir absuelto, la inconsecuencia juvenil no era ya un alegato admisible, no obstante lo hizo.

El libro, más que remedo tardío de los beatnik, es un eccema epigonal. Una excrecencia grasa que se abulta por fagocitosis de estereotipos de generaciones colindantes. Así, en la novela, se hayan presentes las recurrencias completas que personifican a todos esos muchachos a los que se les fueron negreando los huevos durante los voceríos aledaños a la guerra de Vietnam y todo ese cisma levantisco.

Holgazanería, mendicidad como posicionamiento estético, obnubilación, nihilismo ontológico, desleimiento mental limítrofe a emulsión del córtex…, cosas de este tipo le van ocurriendo al sujeto directo de la acción simplemente porque sí. Sin motivos ni drogadicción intercalada. Una rebeldía átona y sin exabruptos, violencia inversa, vuelta hacia uno mismo, como una huelga de hambre en una isla desierta. Con estas alforjas se nos apareja el burro para un viaje que, a priori, nos parece va a ser corto, mas luego no, luego se hace largo de cojones.

Se nos avisa de una orfandad prematura y un pariente altruista que toca el clarinete. Con la universidad de Columbia se irá el patrimonio y aparecerá la lasitud, el desaliento, la existencia de rizópodo, las pernoctaciones en Central Park y la desnutrición. La semejanza física y conductual con un ser unicelular le librará del reclutamiento. En su ayuda acudirán un compañero de estudios y una novia china que lo acompañará un tramo largo de novela, hasta que un embarazo discontinuo se interpone entrambas partes sin que haya lágrimas que valgan para volver.

Después de esto que digo al autor se le acaba el yo –la biografía- y empieza con la ficción. El personaje debe buscar trabajo y lo encuentra en un tablón de anuncios de la universidad. De todos los lugares a los que podría enviar un tablón de anuncios a un muchacho desesperado e insolvente en la fatua Nueva York –sin recomendaciones previas ni intercesiones divinas notificadas- el salón comedor de su abuelo desconocido será adonde lo envíe. Grave falta de respeto, pérfido menoscabo el perpetrado hacia el lector aquí, dejándonos cariacontecida la lectura, pero que, bien mirado, tampoco importa demasiado vamos.

La historia tuerce por la esquina de la casualidad y se licúa en una espiral de padres errabundos que se hacen los encontradizos ante hijos totalmente perdidos o perdidamente atontados. El abuelo, paralítico y ciego ahora, tuvo un pasado trashumante que novelizar, una juventud inquieta y expedicionaria con toda su ornamentación crepuscular take me home, Country roads: meandros del río Colorado, mulas que se despeñan por los riscos, cantimploras vacías, nativos aullándole a la luna, coyotes y guaridas de cuatreros rebosantes de dinero robado, latas de judías guisadas y bacon ahumado.

El nieto será el dócil amanuense que transcribirá las irisaciones mozas del viejo moribundo y el encargado de hacer llegar al hijo abandonado por el ciego tales crónicas, junto a las prerrogativas sucesorias convenidas por el finado. El descubrimiento del padre encubierto también se producirá al doblar una esquina casual en un viaje espontáneo y malogrado hacia la cueva de los cuatreros que les contara el paralítico difunto. A estas alturas la epistemología del texto ya nos ha persuadido de que la casualidad que pastorea los designios de los personajes también puede revolverse airada, y de igual forma te obsequia con un pariente imprevisto con heredad aneja como te quita un progenitor apenas entrevisto. La retórica de la orfandad ya la dejó clara el poeta:

Qué me agradeces, padre, acompañándome

con esta confianza

que entre los dos ha creado tu muerte?

No puedes darme nada. No puedo darte nada,y por eso me entiendes.

En mitad de la barahúnda sesentera neoyorkina Auster siembra a su personaje por ver si le germina algo decoroso y convincente, un Holden Caufield por ejemplo, que se parezca un poco a él pero no tanto.

El indisimulable efluvio de hechicería india con segregaciones lisérgicas, simbolismo chamánico, telurismo junguiano, viajes iniciáticos de aquí para allá, muertes espirituales y renacimientos carnales hiede, pero el peyote no acaba de aparecer por ningún lado. Se nos anticipa un viaje –on the road– con mucha prosopopeya beat pero sin infiernos dentro, sin tinieblas, sin bebop ni LSD ni heroína ni fornicatura, una pornografía para todos los públicos contada como cuenta este señor sus cosas: todo recto y seguido, sin adjetivar nunca, como si no considerase importante detenerse a matizar, sugerir o proponer desde otra perspectiva que no sea el  plano secuencia aniñado, tafiole y cursi, que convierte sus libros en animación industriosa fastidiosamente transparente para impúberes tornadizos con la frente colérica de acné.

Es inútil escribir sin emoción. Me parece que desciendo cada vez más hacia la sensación, que me encenago en ella y me encamino, así, hacia un terror frío.     –E.M.Cioran-

Pregúntale al polvo, John Fante

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ME GUSTAN LAS PENSIONES únicamente en las novelas. La pensión es un género menor de la literatura que algunos buenos escritores han sabido utilizar como trasunto de la otra realidad, la radical. Dentro de cualquier pensión del mundo hay siempre una revolución a punto de fracasar, una dictadura del proletariado que va a ser derrocada, una bandera personal que se va arriando cada noche entre las sábanas desnutridas y el traqueteo del somier.

Una pensión bien dicha nos explica mejor, de modo más eficaz y realista, más accesible y abordable que un ensayo de sociología, la historiografía particular de un hecho, la estructura de una sociedad determinada, la sanguinaria lucha de clases que se desencadena entre la realidad y el deseo, entre el quiero y el miedo de un individuo con el corazón deshabitado.

Un viandante varado en una pensión es un revolucionario en pugnaz aversión hacia sí mismo. Pocas luchas intestinas tan crueles como la del huésped en la oscuridad de su cuarto de pensión con  máquina de escribir al fondo.

La prosa de las pensiones para ser creíble no ha de ser grandilocuente. Debe mostrar la desnudez sintáctica de la necesidad, esencialidad misma, sujeto verbo y predicado, sin más subordinación que la del huésped hacia la matrona. De esa sinceridad elemental de ascendencia desvalida, ollas con cardenillo y olor a lentejas pegadas, que se establece entre el desamparo y el cobijo, entre la tormenta y la hospedería, una relación comercial y pendular con sus períodos de pasión y de ultraje, han salido cosas muy interesantes – Los esclavos de la soledad, recuerdo, de Patrick Hamilton– que no siempre apelan al espacio escaso y la sordidez en que se desarrolla la acción tanto como al tiempo mismo. El tiempo tiempo, magnitud y trascendencia.

Una pensión es un tren detenido en algún andén descatalogado, sin embargo, todo habitante de pensiones está convencido de que, como todos los viajes, también el suyo es transitorio y tarde o temprano llegará a la estación deseada. Con retraso o sin él, la pensión es siempre un vagón de tercera que simboliza el fracaso y la soledad, dentro de él viajan, arracimados a esa masa tumoral que es el tiempo, los hermosos vencidos, los perdedores, los derrotados en alguna batalla indeterminada.

A menudo los vencidos no saben que lo son. No lo saben todavía al menos. Bandini es uno más de los vencidos que desconoce que lo es. Circula entre las clarividencias de la pobreza y las vacilaciones de la abundancia por las calles de California que no desembocan en Malibú. El sol es un oro lejano que vocea y convoca con el mismo vigor que el oro pecuniario. Los jubilados de Norteamérica sueñan con ir a morirse al sol de Los Ángeles dentro de un domicilio de cartón color pastel. Hay vida en los inviernos soviéticos de Illinois, Montana, Idaho, las dos Dakotas y sitios así, pero no es vida. California y La Florida son el Benidorm mórbido de ellos, los norteamericanos. El retiro soleado de plexiglás capaz de gratinar el organismo más destemplado.

Bandini los mira asolearse con desprecio y escupe por el colmillo. Él llegó desde Colorado pero vino a otra cosa, siente que su objetivo migratorio es más noble, su meta más alta, él es escritor, como tal se presenta, ya tiene un cuento publicado en un magazine, eso le da una notoriedad que nadie de su alrededor posee. La consideración que él se tiene, una consideración distintiva y excluyente, no es mejor que la de los chulos o las putas más tiradas, pero él es ufano y estúpido, sus cortos momentos de entoldada lucidez no nos compensan para ganarnos su simpatía. Reacciona impulsivamente, su comportamiento es tan imprevisto como el desplazamiento de un muelle accionado por una mano invisible. A injustificados periodos de euforia se suceden otros de depresión. Anda enamoriscado de una camarera mexicana pero es incapaz de controlar su arrogancia de muerto de hambre ante el único ser que se muestra solícito con él. Un editor fantasma le va sufragando el fracaso con dinerillos eventuales que despilfarra alocadamente. Hubiera preferido ser americano viejo pero lleva el baldón latino herrado al patronímico. La identidad italiana, trashumante, le molesta sin obsesionarle, peor hubiera sido ser mestizo, turbio.

Bandini es un perdedor incómodo para el lector, su guerra no parece ser la nuestra. Pasea por trincheras adversarias su desventura. Como muchos perdedores no sabe aún que lo es. No quiere saberlo porque todavía es joven, y que la vida iba en serio uno lo empieza a comprender más tarde.

Dicen que Arturo Bandini es la alteridad de John Fante. Vivir de las semejanzas de otro se hace tanto que yo no sé si importa que se diga. Todo personaje es usufructuario de su creador, qué más da que lo sea mucho o sólo un poco. Pregúntale al polvo es el tomo interpuesto de un trilogía. Los otros dos libros, me hago cargo, no los he leído.

La predestinación me fascina tanto como en otro tiempo la desgracia. En realidad, es la misma palabra. No poder ser otro que el que eres. Yo soy incambiable y sufro por ello a cada instante. ¡Dadme otro yo mismo!    -E.M.Cioran-

La pianista, Elfriede Jelinek

zzzz

TAMBIÉN A ERIKA KOHUT podría decírsele aquello de Cocteau a Marlene Dietrich. Lo del nombre que principia como una caricia y termina como un zurriagazo.

Erika Kohut es el nombre de una mujer que únicamente autoriza, o al menos así lo cree ella, previo formulario escrupulosamente cumplimentado, las caricias del látigo y la de los cables pelados. Sus vínculos con los seres vivos son administrativos y procedimentales, impedimentos y restricciones que ella levanta como un muro defensivo sin procurarse apenas un par de atalayas para no morir asfixiada dentro de él. La música es una de ellas. Y es que Erika es una pianista con muchas teclas que tocar.      

Igualmente, yo llegué a esta novela desde el cine y no desde el premio Nobel. Haneke, como tantas otras veces, me escupió a la puta cara las verdades del barquero después de haberme zarandeado como un pelele sin moverme del sillón. Fané y descangayado, comprendí que debía leer pronto esta novela, La pianista, pero la sospecha de que el texto no estuviera a la par que la adaptación cinematográfica, me llevó a dar algún rodeo, a mostrarme reacio a la lectura, posponiéndola una y otra vez. Pasado el tiempo, continuaban siendo tan vívidas las imágenes de la película, que tuve la certeza de que abordar la novela me iba a causar una gran decepción.

Isabelle Huppert no iba a estar en la novela, eso era más que suficiente para que yo continuara sin querer acercarme al libro. En la novela aparecería, como mucho, Elfriede Jelinek, con esos labios finos de anfibio pintarrajeados de carmín con los que suele aparecer en las fotos de interné que he mirado. Que no digo yo que no, oye, pero no es igual. No obstante, la leí, la he leído ya.

La novela no tiene la vivacidad que Haneke, a fuerza de saltarse sus convencionalismos estéticos más característicos, le imprime a la película. Como si el director hubiera rehusado a su habitual profilaxis documental por una dicción declamativa  más conveniente a la hiperestésica sensibilidad de Erika. Desanudar la trabazón emocional que aflige a Erika haciendo explícito para el espectador el sumario íntegro de sus patologías a través de hechos consumados, y no con las vagarosidades y crípticas metáforas que se congregan adiposamente en la novela.

Erika fue educada para ser concertista profesional de piano, pero el fracaso le hizo subirse al remolque de la pedagogía. Mientras se ahoga en su indigerible frustración, se va sepultando a paladas que ella misma se echa encima en un compacto sustrato teórico intelectual que le confiere un prestigio amateur y vecinal de mesa camilla y canutillos de nata los domingos por la mañana. Se indigna cuando alguien increpa  a Schubert y lo tilda de artesano. Ella sabe que Schubert es un artesano, pero hay que decirlo con señorío, como lo decía Adorno.

La Kohut ofrece recitales extraoficiales a sus alumnos y a sus veleidosos padres, que la aplauden con fervor cuando construye el contrapunto adecuado y se da después a la fuga, escapando airosa, de las delicadas penitenciarías de Bach. Erika recoge las ovaciones con altivez, como quien devuelve el guante tras haber matado al duelista, la madre se relame y le mete prisa: vamos niña, no vayan a pedir más, que lo hacemos gratis.

Esa forma inferior de vivir la música entre escolares y palurdos la desazona. Un halo de severidad y descortesía relumbra su conducta pública. La privada, compartida con su madre viuda, es peor, es la relación entre dos hermanas siamesas que se envidian y se vigilan cuando duermen, y a la vez, no pueden matarse sin que mueran las dos.

Pero no todo van a ser alumnos cohibidos por la displicencia de la profesora sarampión y sus vestidos de cretona, pronto aparecerá el desinhibido pichabrava organizando el galanteo, acorralando a doña escarcha entre la polla y el espejo. Veremos qué es peor.

El espejo nos devuelve la coreografía vital de una mujer que rechaza para ser rechazada y se complace de ello. Un epítome de parafilias apiladas en un alma de mujer de tamaño convencional, supongo. Demasiados instrumentos para un cuarto tan pequeño, demasiado ruido para ser música de cámara solamente. A Erika le suenan las disconformidades del alma como la orquesta filarmónica de Viena acompañada de media docena de corales, excesiva algarabía que atemperar con una sola batuta –aunque sea la del robusto joven piragüista-.

La novela viene a ser el ajuar de soltera que Erika va desembalando para nosotros –voyeurs involuntarios- como si de un striptease se tratara, solo que en vez de ir desprendiéndose de indumentaria, nos va ofreciendo, depravación tras depravación, un desnudo psiquiátrico integral muy turbador, seamos sinceros; aunque el reiterado tono de acotación teatral que utiliza Jelinek y las descripciones impresionistas, antojadizas y equívocas, según la tornadiza luz que decida concedernos en cada escena, a cada alzada y caída del telón, llegue a convertir la novela en algo poco fluido, espeso y cargante, bituminoso o alquitranado.

Erika en la bañera, hurgándose con las viejas cuchillas filomatic de su padre, la geografía física reservada al placer. Viéndose sangrar, flemática. Erika se corta y se punza la carne y no le duele nunca. Erika en la oscuridad desabrida de un parque apartado, a esa hora en que los deseos se satisfacen casi de cualquier manera, oculta, espiando como joden los seres clandestinos, desarropados, a la intemperie, la ceremonia inminente fornicial animalaria, temerosa de ser descubierta o deseando que eso ocurra. Animada por el peligro de ser desventrada por un energúmeno más que por la contemplación de la follanza, por sentir esa nerviosidad doncellueca seguida del picor venido del coño que le hace mearse toda patas abajo. Erika soñando en aclimatar a su cuerpo objetos metálicos, fríos, coriáceos, filosos, córneos.., allí donde debería reposar algo blando, tierno, delicado. Erika aspirando el husmo de un tisú enlefado por un sarraceno en la cabina de un sex-shop de un suburbio…

Tantas escenas de entrañas latiendo a contrasentido, ilustradas y ejemplificadas con puntería y complejidad que, decir aquí como se dice en otros sitios, que La pianista es sado y masoquismo, dominación y subordinación, Edipos y frigideces, anhedonia y qué sé yo qué más es como no decir nada y no lo digo.

Pero sí voy a decir que Erika Kohut es toda ella un simposio, un concilio internacional de animistas, freudianos, jungianos, lacanianos, chamanes, exorcistas, conductistas, cognitivistas, gestaltistas…, y que, dos mil o tres mil ponencias después, el diagnóstico, de llegar a haberlo, no sería más que aproximativo y epidérmico. El aquelarre seguiría sin disolverse, las brujas habrían aparcado las escobas, pero se habrían ido andando a buscar un after para continuar bailando.

“El amor nos muestra hasta dónde podemos estar enfermos dentro de los límites de la salud. El estado amoroso no es una intoxicación orgánica, sino metafísica”.     –E.M.Cioran-