Me hallará la muerte, Juan Manuel de Prada

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TODAS LAS NOVELAS que he leído de Juan Manuel de Prada, la gran mayoría de las que ha escrito, me han parecido folletines en el más estricto sentido de la palabra. Es decir, relatos emocionantes cuajados de situaciones insólitas y poco o nada verosímiles. Yo me imagino que si el ABC decidiera publicar por entregas estos textos insertados en los fondillos del periódico, a lo mejor renovaba un género periclitado y abría una vía de publicación tan digna como cualquier otra para aspirantes a plumillas, o incluso para resucitar cadáveres ambulantes, que nunca se sabe.

Tiene Juan Manuel (la familiaridad es mía), el mismo problema que los buenos prosistas de tradición carpetovetónica casticista, joseantonianos o no, que poseen fluidez y facilidad verbal, anchura lexicográfica, gran capacidad para levantar imágenes, símiles y metáforas, prorrumpen en epítetos de algarabía, pero no tienen ni puta idea de armar una novela y de narrarla de tal modo que el que la lea no tenga la impresión de que aparte de la mampostería sintáctica lo demás es cartón piedra.

Tampoco ayuda nada la elección de los temas sobre los que escribe Juan Manuel, a vueltas y revueltas siempre con la preguerra, la guerra y la posguerra, para insertar en esos paisajes solanescos un patio de monipodio remozado en parte, pero con las mismas particularidades que un Guzmán de Alfarache, un Lucas Trapaza, un Estebanillo González, un buscón don Pablos, y unas cuantas aldonzas más que amenizan la zahúrda. Materiales de derribo que le dieron fama muy pronto, pero que lo han ido confinando a un cajón bituminoso de oprobio y baldón, despreciado por toda la narrativa contemporánea en español, que lo ve como un cetáceo de cuarenta años momificado que se ha escapado de un olvidado museo de ciencias naturales, o como uno de esos laínes umbralianos de fanfarria y eucaristía teletransportado al S. XXI desde la Zamora de doña Urraca. Y es que, aunque ha atemperado ese estilo lírico de querer decir las cosas como las decía Ramón en El libro mudo y tal, con la fiebre en la boca y el pelo de la dehesa desflecándosele en el morrillo, todavía parece dispuesto a querer reescribir el Madrid, de Corte a checa un día de estos; aunque de sobra sepa, tonto no es por muy premoderno que se considere, que hasta el Madrid, de Corte a Chueca hace mucho que también quedó desactualizado, y que las genialidades juveniles duran lo que una fiebre de primavera en el tránsito hacia el convencionalismo.

Creo que en Juan Manuel se da una singularidad que es de agradecer en estos tiempos yermos que transcurren. Él, aunque mala, siempre ha intentado hacer literatura. Una literatura reconocible mediante eso que parece ya no contar nada, o que un siniestro consenso general ha decidido que ya no cuente. Me refiero al estilo. Antes el estilo era, joder el estilo antes lo era todo. Ahora parece querer escribirse sin que se note que se escribe, como en sordina, y cuando el estilo asoma un poco la patita ya se encargan cuatro tafioles de denunciarlo con menosprecio: fulano escribe a lo Berhnard, mengano puntúa como Marías, zutano es como Benet… qué barbaridad ¡Y la puta de oros pretende escribir como Juan Eugenio Hartzenbusch qué pasa!

Juan Manuel de Prada tiene cierta inclinación barroquizante que gusta o disgusta, es opinable, pero no pasa desapercibido desde luego. El estilo, insisto, debería ser uno de los caballos de batalla de toda discusión libresca, acaso el más importante. Pero las formas parecen haber pasado a un segundo plano en favor de los temas, que son la madre del cordero de toda reseña, e incluso de toda crítica remunerada. Mal vamos.

En el puerto de Navacerrada, el crepúsculo se ensangrentaba como el ara de un sacrificio ritual, y a medida que se adentraba en la meseta castellana, la noche adquiría la tensión de un tambor de son opaco o una campana con el badajo envuelto en trapos.

Me hallará la muerte, he oído decir por ahí al autor a toro pasado, es una novela sobre el mal y sus diversas caras, sobre la hipocresía. Una hipérbole cañí de algún pasaje bíblico predilecto del artista supongo, que tiene la costumbre de hacer pasar por la sacristía todas las cosas que dice y escribe para darle un aire de trascendencia teologal, de cristianillo viejo. Pero por más que se mire y remire en esta novela, dios no aparece por ninguna parte, y si algún figurante bíblico merece una mención especial ése es el diablo, que es instigador de las acciones de los numerosos hijoputas que pueblan sus páginas.
Antonio Expósito, un raterillo con presunciones empresariales, se alista en la División Azul para huir de España por un crimen cometido junto a su compinche. En Rusia, cautivo y desarmado, será apresado junto a una buena recua de españolitos indómitos en la batalla de Krasny Bor y se pasará doce años penando en campos de concentración como los de Cherepovets, Borovichi y sitios así. El relato documentado de la batalla y las condiciones de los años de cautiverio constituyen gran parte de la novela. Allí, Expósito cogerá amistad con el alférez Gabriel Mendoza, un falangista de dogma inquebrantable alistado para purgarse de los pecados de juventud. Entre espiritosas arengas cuarteleras y diarreicas soflamas patrióticas, el alférez Mendoza intentará hacer más llevadero el confinamiento de sus hombres, entre los cuales alguno cambiará el bozo mariconil del caudillo por los bigotazos del padrecito Stalin.

El gran parecido físico entre Expósito y Mendoza será el absurdo trampantojo narrativo utilizado para enredar la historia torticeramente. El alférez morirá en Rusia y Antonio, de vuelta a España, usurpará su identidad. Heredará los sórdidos negocios del padre de Mendoza, sus pisos, su dinero y hasta su amante. Ya instalado y desenvuelto en la impostura, comenzará una tournée errabunda por ese Madrid emputecido y astroso que se empezaba a asomar a los sesenta con los ojos pitañosos y la quemazón del piojo verde aún por restañar. Un poblachón manchego ya más ruedo histérico que corte de los milagros en el que al zorrón de Ava Gardner las patas de gallo le llegaban hasta los zancajos de tanto mamar pollas de colmao en colmao.

La noche se llenó de ululaciones y graznidos siniestros, de sibilantes y viscosos gemidos, como si un pentecostés de faunos inmundos le diera la bienvenida en su reino de légamo y putrescencia.

En este escenario la prosa comparativa de Juan Manuel se encabrita y gallea hasta abotagarse de presunción y cursilería en imágenes a veces ingeniosas y otras no tanto.

Que pasen cosas ¡cojones!, parece decirse el autor para azuzar y darle brío a la narración, pero los diálogos artificiales, poco espontáneos, nada coloquiales, rígidos como escayolas, propios de consejeros espirituales con el cilicio demasiado prieto, chocan entre esos personajes de extracción menesterosa por afectados y grandilocuentes. Y la prosa, hábil y bien construida, se estrella constantemente con el “como” fronterizo; de una parte la intención de contar y de otra la de asombrar. Una antinomia que de Prada todavía no ha logrado resolver en ninguna de sus novelas.

La noche tenía el cielo de barro, un cielo sin estrellas, como una tapia de adobe o un túmulo sin epitafio.

Sus senos parecían recogerse bajo las clavículas, como palomas bajo un alero.

Los americanos alardeaban de su arsenal atómico, como los chavales púberes alardean de chorra.

Y además la monserga. Frente a la deriva criminal que la vida de Antonio Expósito va tomando irremisiblemente. La monserga moral de los personajes “íntegros” ideologizados, como el camisa vieja, divisionario herido, devenido a ginecólogo y obligado a realizar un aborto que paga su culpa tirándose por el viaducto. Y los personajes femeninos con esos nombrecillos tan, tan poco apetitosos, casi cuaresmales, aunque se rasquen con las uñas el sarpullido del ansia. Carmencita, Consuelito, Paloma, Amparo…, nombres como para no irradiar deseo pero que luego sí, luego follan y son putas algunas, otras no, otras se contentan con ser madres.

Consuelito no necesitaba darle el pego a nadie, porque todo en ella era natural y fresco, con ese atractivo matinal del rocío y del pan recién sacado del horno.

Le bastaba reírse para lograr lo que otras mujeres sólo consiguen desnudándose.

Su pecho se asomaba a la baranda del escote, como un suicida al pretil de un puente, deseoso de entregarse.

Antonio la oyó vomitar sobre el lavabo, como si expulsara alguna lava que le abrasara los bofes; y luego, más calmada o claudicante, orinar como si vertiera una miel delgada, trémula, argentina, obstinada.

Quede claro que ser considerado un escritor católico no significa ser un escritor pacato. De Prada dice que es católico pero también es rijoso, le añade lirismo a las jodiendas con intención sensualizadora, porque en las novelas de Juan Manuel siempre se ha jodido mucho, o, al menos, bastante. Es posible que en cualquier novela de Juan Manuel de Prada se joda más que en toda la obra de Reverte y Javier Marías junta, estoy convencido de ello.

La narración de esas jodiendas adquiere en la novela tonos metafísicos, y momentos de gran belleza expresiva:

Antonio se apretaba contra Nina como el alfarero se aprieta contra el barro que está moldeando, para anegarse en su misma temperatura, y restregaba su rostro contra su melena revuelta, que se había olvidado del tinte oxigenado, mientras aspiraba el olor de su piel, un olor matinal de establo limpio, de horno todavía tibio, de sudor fresco y ovulación con una décimas de fiebre.

…rozándolo muy levemente con las yemas de los dedos, como si estuviese apartando la nata de un cazo de leche humeante.

…apaciguaba su pataleo furioso y el corcoveo de su espalda, la sometía lentamente, dejando que dilapidara sus energías en forcejeos inútiles, como una potrilla salvaje, y luego entraba en ella mientras le robaba el aliento, entraba en ella como en territorio sojuzgado, para enseguida explorar los veneros secretos de su placer, por los que bogaba como un batelero, siempre a favor de corriente.

Encontramos hallazgos sorprendentes, pero se diluyen en un marasmo de forzado voluntarismo por sacar adelante una historia correcta técnicamente pero sin alma, plana y previsible desde el primer al último personaje, que parecen moverse como títeres carentes de voluntad de acción y de destino propio. Marionetas a las que el narrador mete la mano en el culo y mueve con solvencia y resolución, una ilusión que dura lo que el autor tarda en sacar la mano del culo de los personajes, que caen sin aliento, sin vida, inanes sobre la escena espléndidamente decorada.

“No son los pesimistas, sino los decepcionados, los que escriben bien”. -E.M. Cioran-

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3 pensamientos en “Me hallará la muerte, Juan Manuel de Prada

  1. Alvaro

    Supongo que te tomarías la medicación después de escribir este artículo, ¿no? Porque en caso contrario me gustaría saber si vas por la acera izquierda, para, cuando me cruce contigo, pasar a la derecha.

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