La mancha humana, Philip Roth

HUBO UN TIEMPO en que ser negro en los Estados Unidos no consistía solo en ser negro. Ser negro era ser un negrazo en toda regla.

Coleman Silk nunca dio muestras de desafección hacia su raza hasta que un día, ya talludito, plantado delante de su madre y comprendiendo bien lo que eso significaba, le dijo que ya no sería negro nunca más. Que se había inscrito en el ejército como blanco y que  se lo habían creído. Así, tal cual.

La mancha humana, según Faunia Farley, amante de senectud del profesor Coleman, es el rastro, la huella de impureza, crueldad, abuso, error, excremento, semen, sangre y grasa que nos habita. La mancha inherente al ser humano, al nosotros. El verdadero pecado original del hombre para el cual toda redención es demencial, inútil y detestable. Criaturas manchadas junto a una horrible y elemental imperfección congénita sustentada en el odio, el combate, el asesinato y la jodienda. Seres hechos a semejanza de dios, pero no del nuestro, sino del de los antiguos griegos. El dios vicioso y desmesurado que únicamente pensaba en joderse a diosecillas de medio pelo, a núbiles mortales, a osas y a novillas, manifestándose en forma de bestia, de toro, incluso de cisne, según las infinitas caras de la perversidad.

La novela es el biopic abultado del profesor de lenguas clásicas Coleman Silk, nacido negro y por voluntad renegado, narrado por el escritor Nathan Zuckerman. El relato originariamente es un encargo de Coleman para denunciar su caída en desgracia de la universidad a las vísperas de su jubilación, acusado injustamente de racismo por dos alumnos negros y desautorizado por todos sus colegas. El oprobio precipitará su retiro, y una inconsolable congoja se adueñará de él y de su adorable y fiel esposa Iris Silk, dando como resultado un colapso fatal que habrá de matarla irremisiblemente. Doliente e iracundo, el viudo hará responsable de la muerte de su mujer a los mismos que le acusaron y le declararon tácitamente culpable de racista en la universidad: la pacata, hipocritona y gazmoña comunidad docente, y por ende a toda la sociedad civil y política americana. Pero no pasará demasiado tiempo hasta que Coleman encuentre consuelo a sus desdichas en los brazos de una asendereada treintañera, Faunia Farley.

Por los días en que Zuckerman comienza el relato, salía a la luz con pelos, señales y exudados, el secreto de Bill Clinton, desatándose de un extremo a otro de Norteamérica una orgía de religiosidad y pureza al relance de la mamada de la joven becaria judía al presidente de mediana edad, viril y de aspecto juvenil, reviviendo la pasión general más antigua de Estados Unidos: el éxtasis de la mojigatería.

Sobres estos puntales Roth acciona la máquina de narrar y lo hace frenéticamente. A la historia principal de Coleman Silk, desde su infancia hasta su muerte, se superpondrán narraciones colindantes sobre el origen de su familia, su madre enfermera y su padre óptico devenido a camarero de tren con veleidades lingüísticas y estricto fervor shakesperiano. Aparecerán los desafíos sentimentales en medio de la impostura, el rechazo de su amante blanca más apasionada y, acaso, el pretexto más concluyente para robustecer la suplantación y abundar en la mentira, el cambio de entraña, su dimisión como negro y el inexpugnable convencimiento de querer embarcarse a perpetuidad en una travesía vital ajena. La fractura fría y definitiva con su amada madre y la punzante desaprobación de su hermano Walter, sus pinitos como boxeador, su paso por el ejército, el ascenso y la consolidación académica…Todo impregnado de una elegante cautela que apenas sugiere, sin remarcar excesivamente la irrespirable condición social de los negros entre los años veinte y setenta del siglo pasado en los Estados Unidos. Las terribles dificultades que a un muchachito cualquiera, por muy listo que fuera, le suponían tener que adentrarse en las de ya de por sí procelosas aguas de la supervivencia en la América de la segregación racial. Recordemos que Newark era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava…

Pronto, el peso de la narración se va escorando hacia los costados, desinteresándonos de la biografía del negro impostor y siéndonos más provechoso el correlato argumental de los personajes traveseros. De entre los que se suceden, destaca la azarosa vida de Faunia. Trabajadora menestral de mantenimientos y ordeños con un pasado aglutinado de precariedades y calamidades exponenciales. La joven bestia, que oculta más de lo que dice y se entrega sin preguntar, será el aditivo que coloree los últimos meses de vida del viejo Coleman. La relación y la diferencia de edad descamará de nuevo la melindrosa población local, llegando pronto a los oídos del ex marido de Faunia, un energúmeno psicótico con latentes traumas de guerra que vive sonámbulo y avecindado aún en la floresta de Saigón. La descripción de la cuadrilla de ex combatientes y sus artesanales métodos terapéuticos para superar las alienaciones, es a mi juicio, el trecho más conseguido del trayecto. Ése y la semblanza académica de Delphine Roux, una jovencita francesa menuda y follable con currículo imperioso que medra por escalar puestos académicos que la lleven a una universidad destacada. Entreteniéndose mientras expurga el campus en busca de una polla convincente, en provocar jugosos combates dialécticos con el viejo Coleman, que le dará sopas con honda a ella y a su refinada y cursi educación de école normale de París.

Historia matriz decididamente absurda que se adoba para hacerse comestible de elocuentes narraciones tangenciales. Arcabuzazo alto a la cicatería moral americana, mezquina, severa e infantiloide, regida por la privilegiada clase wasp, diseminada por los corredores más insospechados del país; de la universidad a la política, de los palacios a las tabernas, para cuya huída, presumimos, solo es posible la impostura, la deserción, la alienación, la puta, pura, y flamante mentira.

La novela se ha terminado y Philip Roth sigue narrando, qué aliento el de este hombre.

“Siempre se perece por el yo que se asume; llevar un nombre es reivindicar un modo exacto de hundimiento.”    -E.M.Cioran-

 

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