The Master, Colm Tóibín

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PARA BORGES,  las biografías eran el absurdo ejercicio de la minucia. Algunas, consideraba, no eran más que un cómputo de cambios de domicilio.

A Henry James su lápida lo considera ciudadano de dos países, pero conoció bien algunos más. Cambió de país cuando, en cierto modo, hacerlo equivalía a cambiar de mundo. Se autotrasplantó del nuevo al viejo mundo vigorosamente, sin que su corpachón de nigromante sufriera menoscabo. Sobre las permutas geográficas del escritor también  habla este libro, pero no vamos a reducirlo a biografía porque es mucho más que eso. Si la biografía hace sus diligencias para historiar una vida, aquí lo que se procura y hasta se consigue es cartografiar un espíritu.

Henry James debía de tener un espíritu ancho y bonancible no exento de transitorias detonaciones de hosquedad. Un espíritu muy compuesto y remilgado, juicioso y mujeril, de delicado ocultamiento y restricción. Como si temiese que una palabra de más o mal entonada fuera a derribar el parapeto de su homosexualidad. Mariconería que muchos trocan eufemísticamente por ambigüedad, pero lo evidente y nada ambiguo es que a James le gustaban los hombres también de cintura para abajo. Así nos lo cuenta consideradamente una de las escenas del libro: la confusión, el asombro y el posterior regocijo emocional de James tras su primer encuentro carnal.

The Master es una refinadísima escenografía de momentos, arbitrarios, importantes de la vida de un escritor y de las consecuencias anímicas y artísticas que esos momentos provocaron en él. Así pues, Tóibín nos conduce de la causa al efecto sin quedarse encajonado en la asepsia fría de  los hechos –nada emocionantes por otra parte- librándonos del inane biopic de cinematografía que a lo más que alcanza es a recortar siluetas sobre fondo oscuro.

Nada de eso, The Master indaga en las motivaciones y las aprensiones de Henry James expuestas con un virtuosismo humillante, porque, como he leído por ahí a uno de los muchos escritores que han recomendado este libro, Toíbín nos sumerge en la conciencia misma de Henry James nada más comenzar el libro. Y así es. Desde la tercera persona memorial del narrador, se nos dicen los hechos y lo que se desprende de ellos con tanta  serenidad y falta de afectación que la novela –leída en español- ni siquiera parece estar traducida.

En los escasos cinco años en que se cifra la novela, a Toíbín le caben los más de setenta que vivió James. La particularidad es concebir el tiempo narrativo como un personaje más. Disponiendo de él a capricho, elongándolo, deteniéndolo o haciéndolo desaparecer mismamente sin brusquedades. Un tempo narrativo muy bien pulseado para que las digresiones biográficas no parezcan una interrupción y las demoras paisajísticas una contrariedad (pero una cosa es decirlo y otra es hacerlo bien. Javier Marías sabe cómo hacerlo bien), luego el cadencioso, monótono ritmo de la narración, como la ascensión de un puerto alpino (subir como enredando, le dijeron una vez al Jabato), sin tirones, sin alardes, dolorosamente fluido y hermoso. Esto ya basta para hacer del estilo (que si lo hay) un gran estilo, el lector, su sensibilidad, debe poner lo demás para reconocerlo como excelente, porque donde no hay sensibilidad no puede haber nada (ni siquiera lectura).

Algunos hechos son triviales y otros definitivos, sentimentales pero sin melaza, observados desde lo que podríamos llamar un distanciamiento interior: James no queriendo ir a la guerra civil americana, James no queriendo estudiar derecho, James no queriendo casarse con su prima, James no queriendo vivir más que en Londres y James arrepintiéndose de vivir en Londres y de no haberse casado con su prima. Entre unos y otros abundan acontecimientos de índole doméstica y numerosos de alterne social. El destierro en Inglaterra y su carácter cauteloso nunca privaron a Henry James de una abultada agenda social cortesana.

La añoranza de su prima muerta, el recuerdo de la muerte de su hermana, la evocación de una amiga voluntariamente caída desde un balcón…, numerosas mujeres jóvenes muertas en su vida que suscitan un dolor culpable del que él hace materia alimenticia para sus novelas, sus artículos, sus relatos, su dramaturgia. Toda la obra de Henry James parece gravitar sobre la conciencia de una mujer joven muerta o a punto de morir, una muerte que le ronda a una mujer. Sus novelas más codiciosas son a menudo presagios o asechanzas lúgubres, desamores resueltos en fatalidad previa vivisección anímica de la víctima.

Se conocen las discrepancias existenciales con su hermano psicoanalista , sus viajes por Europa, su preocupación por el éxito de ventas de su libros, la amistad con aquel joven escultor tan fornido. El artista ensimismado, prospector de genotipos humanos, también hace frente a la cotidianidad y encara – no sin fastidio- los conflictos que acontecen en el día a día menestral. Lo vemos combatiendo el alcoholismo de sus criados, resolviendo la compra de una casa en la provincia, eligiendo un tapiz en un anticuario, objetando a favor de la detención del crápula Wilde.., pues no todo va a ser desovillar la psicología de las damas.

No obstante, a pesar de la naturaleza feminoide que algunos le atribuyen, no carece de determinación y, llegado el momento de hacer la obra, escribe, si la mano no le duele, o dicta y dicta sin conmiseración a su amanuense hasta que el mundo deja de existir alrededor y se desvanecen los viajes, los recuerdos tristes, los convites, la correspondencia, palidecen los donceles, dejan de crecer las petunias en los parterres, se suspenden los deseos…

En la penumbra de la vieja casa de Lamb House Henry James está reinventando el alma de una mujer, o, simplemente, relee una vieja biografía de Napoleón.

“La música sólo existe mientras dura la audición, como Dios mientras dura el éxtasis. El arte supremo y el ser supremo poseen en común el hecho de depender totalmente de nosotros”.  –E.M.Cioran-

La casa de hojas, Mark Z. Danielewski

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LA CASA DE ASH TREE LANE  no es una casa cualquiera, es una casa muy particular. La novela La casa de hojas de Mark Z. Danielewski, no lo es tanto.

El libro viene editado ampulosamente, sin escatimar en oropeles y molduras, un exotismo tipográfico resuelto y vistoso que dice mucho y bien del linotipista, pero absolutamente nada de todo lo demás. Ni siquiera del libro como bien común, sencillo y funcional, pues es un libro de mucho aparentar, hinchado de páginas en blanco y letra boca abajo, cuesta arriba o de medio lado, cuantiosos perifollos que atrancan divinamente la circulación lectora. Un libro con gran aparato ornamental.

De resultas de la defunción de un viejo anónimo en circunstancias de abandono el joven Johnny Truant se hace depositario y compilador de un arcón de legajos desmañados. El joven Truant, propietario de una vida drogadictiva y follarniega, encuentra en el baúl la sugestión adecuada para reactivar la esquizofrenia congénita que le domina y solazarse en la escritura de anotaciones delicuescentes a pie de página sobre los textos incautados al viejo.

Zampanò se hacía llamar el viejo muerto en condiciones de abandono, y en el cofre guardaba un derramamiento profuso de papeles historiados y ansiosos por glosar algo, un algo sinuoso y raro queriendo salir de allí a mordiscos. No una novela coral epopéyica familiar abundantísima, no, glosa una película documental contemporánea. Una película que no existe, que no se ha hecho, y si se ha hecho, nos advierte, no la vamos a encontrar.

La película documental glosada por el viejo muerto tiene nombre y autor: Expediente Navidson, de Will Navidson.

Will Navidson es un fotoperiodista prestigioso de niños desnutridos, su matrimonio ha llegado también a un estado carencial severo que hace falta reconstituir, para ello decide comprar una casa en Virginia e instalarse allí con Karen, su mujer, y sus hijos Daisy y Chad.

Pero la casa tiene otros planes distintos a los de la familia Navidson y no está dispuesta a dejarse habitar dócilmente y como es debido, parece preguntarles: “pero… ¿adónde cojones creéis que habéis venido a retoñar vuestro matrimoño, a la puta casa de la pradera? Esto es Richmond, Virginia”.  La casa empieza a significarse de la manera que tienen las casas viejas de significarse. Por deglución.

A la casa le nace primero un armario nuevo en el recibidor. Al asomarse descubren que no hay perchas colgadas y tiene mucho fondo para ser un armario empotrado, más bien parece un pasillo frío y oscuro. De este pasillo arterial arrancarán paulatinamente otras galerías, una boscosidad cavernosa y laberíntica de padre y muy señor mío.  El entramado circulatorio y ambulatorio de la casa escapa a la lógica de los cartabones y los agrimensores, las oquedades megalíticas son tornadizas y se descojonan de Euclides, del IBI, del valor catastral. La casa crece por dentro sin que se note por fuera. Se nos presenta un espacio infinito dentro de la ausencia de espacio. La aporía está servida.

Este espacio que se desdobla infinitamente ya nos lo decía Zenón en el bachillerato y nos dejaba pensativos todo el recreo. La lógica guapa e insoluble de la literatura frente al metro de medir.

Danielewski desarrolla El expediente Navidson o texto de Zampanò como un dossier en el que el distanciamiento narrativo y la frialdad del redactor –jamás se inmiscuye en los hechos ni los juzga- provoquen un clima que beneficie la veracidad. Para ello utiliza un estilo directo obsesivo que reproduce enésimas citas textuales de una pretendida comunidad académica y científica que se hace eco de la película destripándola fotograma a fotograma.

La estructura del texto es tan simple como el mecanismo de una palangana. Danielewski cree que para saber cómo es un pasillo negro primero hay que decir todo lo que no es, y a lo que no se parece un pasillo negro es a muchas cosas, no obstante nos las dice. Él apuesta por seguir esa linde y p’alante. Característico modo de autoafirmarse por negación de todo lo demás.

Más que narración hay una exposición de sucesos constantemente interrumpida y reanudada por los comentarios de Truant, que suscitan cierta ansiedad y mucho incordio. Intromisiones estratégicas que nos distraen de la casa y nos llevan a la vida desapacible y verbosa de Johnny Truant, con sus follanzas y sus traumas consanguíneos, como una contrapartida de la mudez de la casa o como suma de oscuridades tal vez.

Se va leyendo la cosa con desgana, vistos los primeros pronunciamientos de la casa y las alocuciones espermatorreicas de Truant, pero ahí sigue uno, en la breña, porque si algo es este texto es evocador, reminiscente, conmemorativo. Quiero decir que nos recuerda películas que ya hemos visto, libros que se han leído, relatos de algún sitio. Reclama la atención de cosas vagamente familiares y ya oídas, que, aunque se despreciaran en su momento, producen nostalgia. Quiero decir que se preferiría estar leyendo otra cosa. Pero el autor niega cualquier parecido o influencia de algo ya existente, y aunque cita por elevación elude títulos definitivos como  Casa tomada y El horla y eso ya lo dice todo.

El libro se va robusteciendo de comentarios y comentarios a los comentarios, se embastece de maraña bibliográfica apócrifa creando una mitología pseudorreal de doctores y eruditos que ponderan arguyen y rebaten sobre cualquier cosa pastoreándonos por los predios de la divulgación.

Si los pasillos son oscuros y tienen eco se nos teoriza sobre la fisicidad de la negrura y la velocidad de la voz de vuelta a la boca, si al raspar las paredes caen virutas de basalto nos fecha el magmatismo. Todo se vuelve ilimitada taxonomía, cómputo, inventario, escrutinio… Funes el memorioso haciendo la selectividad.

La casa influye psíquicamente en los actores, naturalmente, Karen es pacata, claustrofóbica y traumada. Navidson se envalentona cuando se cuelga la réflex del cuello y se vuelve expedicionario. Pero las influencias también afectan al cuerpo, la casa te suelta el vientre o te da carraspera, te sube la tensión o te baja el azúcar. Y eso nos lo justifica un destacamento de médicos y psicólogos que escudriñan las biografías y las expurgan dejándolas luminiscentes.

Volumétrica aglutinación de ideas y contraideas – sugestivas a veces- sobre las dimensiones psicológicas del espacio en base a alteraciones perceptivas provocadas por la experiencia, arquitecturas subjetivas (la arquitectura sólo existe cuando se la experimenta), cogniciones emocionales del entorno arraigadas en la historia personal (recuerdo de la experiencia pasada), percepciones espaciales que implican construcciones graduales,… Estas cosas de la posmodernidad la metaliteratura y el experimentalismo todo junto.

Así se ha ido construyendo -con más trabajo que elegía- una documentación, una breve historia de casi todo, un órgano que se hipertrofia, se esclerotiza y respira mal, agitadamente, como la propia casa que se nos cuenta.

Ser objetivo es la prueba de una perturbación inquietante. Quien dice vivo dice parcial: la objetividad, fenómeno tardío, síntoma alarmante, es el comienzo de la capitulación.   –E.M.Cioran-

 

Gillian Flynn, Perdida

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TIENE QUE HABER libros para venderlos ahora ya y libros que los venda la posteridad si dios quiere (un señor llena su comercio de posteridad y se muere de hambre, con las librerías igual) Entre los primeros comercializan mejor los editores la novela gorda para best-seller. Un best-seller enteco no dice nada a los que suelen comprar de oído y al peso el cuarto y mitad de libro lechal. En cambio, el libro gordo, con su porte obispal, además de impresionar a las visitas, confiere jerarquía e instrucción a los anaqueles del recibidor, tan colonizados siempre por marcos de alpaca y chuminadas de cuando las bodas y comuniones.

El best-seller o ahora ya es un libro que no suele tener paciencia para que su autor llegue a Premio Nobel o algo y prefiere hacer carrera por su cuenta. Su naturaleza ansiosa le lleva a significarse pronto. Se mueve en un tiempo contiguo y transitorio, llevando en las solapas el estigma de las inmediateces y las caducidades, las rimbombancias los encomios y encarecimientos, como un yogur de estrafalario sabor que recomiendan consumir preferentemente.

¿Por qué de entre todos los yogures presuntamente extravagantes de sabor se erige uno, confinando al sótano de la fresquera y a la caducidad urgente a todos los demás? Mireusté, la respuesta no se tiene porque la pregunta no vale como pregunta. Así de torticero no se pregunta ni para un referéndum de autodeterminación.

Leer un best-seller caducado, fuera de promoción, aunque permanezca en la sección de lácteos frescos, es jugarse a los chinos la diarrea Todos los sabores están ya descubiertos y saben a muy poco, la verdad. Lo otro, el espíritu santo y lo que el azar dispone, el lucky strike y el Draper que nos recuerde: It’s toasted, ocurre que poco tiene que ver con la literatura y sí con la publicidad, con las voces de las autoridades domésticas en las charcuterías y en las tahonas, a la cola de la caja rápida del Mercadona, que es como el palco del Bernabéu de la masa transeúnte donde se decide si las sombras de Grey nos pone o no nos pone, la carestía de las frutas de temporada y lo tarde que es ya para casi cualquier cosa.

El best-seller se lee en las primeras floraciones o no se lee, se agosta en las manos tardías. Consumir los best-sellers de antes es una forma de penuria lectora, de menesterosidad, de estrechamiento, de falta de consonancia con la fecha del mundo que te ha correspondido. La forma más rápida de desactualizarse.

El nombre de la rosa y Los pilares de la Tierra se consumían bien en su día porque nos contaban una edad media ochentera y transicional, como El médico o El perfume. Cosas que ahora sólo puede leerlas quien posea un DeLorean tuneado.

Esto es, o se leen best-sellers ahora ya o se lee otra cosa.

Yo he consumido este libro que ahora digo antes de sus diez de últimas pues no sé, porque no todo va a ser follar, habrá también que indocumentarse con aseo.

Se nos cuenta a dos voces las disonancias de un matrimonio joven y guapo que peregrina de la opulencia afectiva y pecuniaria a una escasez adyacente y arrabalera. Él ha empezado a amarla a ella por coño interpuesto y ella se duele maquiavélicamente por ello, que es la forma sinuosa de afligirse que tenía Islero cuando mató a Manolete.

Se producen desperfectos entrambas partes y empieza la policía a buscar (aquí también es tonta), pero no sólo busca ella (la policía), porque ella (la esposa) es también de mucho trastear y regocijarse, para adversidad de él, que es indisimuladamente obtuso.

La rutina desdice las onomásticas y desencola los cajones. Los novios ya no son lo que eran cuando eran novios y no esposos, falta dinero y follar da para poco. Todo se maldispone, ya casi nunca leemos juntos los horóscopos,… me voy o me matas que es peor.

La localización fluvial del texto nos va llevando por un flemático paraje de sobreabundancias conyugales hacia un desenlace correlativo: dónde, cómo y por qué. Las permutas argumentales son disuasorias y fraudulentas, la esgrima entre el dime y el direte es un sablazo en el antepecho del sentido común, el cadáver llega mal y tarde pero al menos llega, hay zorrerías y zorrerías.

Y cuando todo es demasiado y me digo: al menos no he dejado caducar otro best-seller en la nevera, aparece Fresón epilogándome el regurgitado, avisándome de que me fije más en la hija bastarda de Patricia Highsmith que, según él, es Gilliam Flynn, dueña de una prodigiosa capacidad para diseccionar lo cotidiano y familiar y hacernos ver de manera nueva lo que pensamos que teníamos completamente visto… Y sí, me acuerdo con emoción de la hija bastarda de Patricia Highsmith y también de la madre de este señor, un tal Fresón, o Fresán.

 “Llega un momento en que hasta la negación pierde su brillo y, deteriorada, va, como las evidencias, a la cloaca”.    –E.M.Cioran-

Telegraph Avenue, Michael Chabon

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NADA DE LO DICHO en esta novela me concierne. Homo sum, humani nihil a me alienum puto” por los cojones. Todas las quinientas o más páginas de lectura atravesada que he ido fabricándome a chepazos de obstinación hasta acabar el libro me han sabido a puré de flagelo, a zumo de vergajo, a chicotazo en la entrenalga (yo sabía de mucho tiempo atrás que un vergajo como dios manda se fabrica con el meano de los toros, o sea con la piel y los pelos desflecados del extremo que recubren la verga del animal y no, como falsamente se especifica en las lexicografías, con la misma verga seca y retorcida del animal, así no. Lo que descubrí hace pocos años leyendo El sueño del celta de Varguitas es que el chicotazo es una variante africana de nuestro castizo vergajo, confeccionado con la todavía más elástica y exótica piel de hipopótamo, y que, a fines prácticos, es más eficaz desollando espaldas y abriendo encarnadas galerías en las extremidades de los negros, a los que se les supone una mayor espesura de piel que a los blancos y una superior renuencia al trabajo no remunerado)

Decía que Telegraph Avenue me ha sentado dolorosamente mal leerla y me ha indispuesto para con la novela americana actual, porque basta que se atraviese un espina en la garganta para mandar a tomar por culo a todos los peces del río sin segregaciones que valgan.

Durante toda la novela he tenido a Morrissey en la oreja susurrándome el salmo:

Burn down the disco
Hang the blessed DJ
Because the music that they constantly play
IT SAYS NOTHING TO ME ABOUT MY LIFE

Chabon, apellido que produce desconfianza o torpeza o las dos cosas a la vez según mi diccionario de lunfardo, es un tipo que parece no esforzarse demasiado en seguir pareciendo un adolescente tanto en su aspecto como en sus novelas a pesar de los cincuenta tacos que ya no cumplirá. Se dedica a escribir no bien ni mal sino guay.

Escribir guay solía ser la distancia más corta para tocarle mucho los cojones a un lector como yo y a un traductor cualquiera, pero como aquí el que traduce, convierte, trastoca y adecúa es Javier Calvo, tan habituado a bregar con estos encastes que se pasan la lidia parándose y mirándote por encima de los avíos, supongo que éste no le habrá hecho pasar muchos sofocos.

El escritor guay es torrencial o verboso, le salen palabras por todos los agujeros del cuerpo, es un jodido surtidor de palabras, las palabras se le caen solas a la página y él cree que con tener las piezas  sobre la superficie adecuada el puzle se agrupará solo. Y sucede que el puzle se va congregando, pero forzando los salientes y los recortes de las piezas, que se duelen de las insólitas colocaciones que les infligen, se afligen y se levantan, se doblan, se comban, se abarquillan, se dislocan, protestan coño, protestan, pero el escritor guay no las escucha porque para él las palabras son como rasillas de un exincastillos, solo valen para levantar un tropo pretendidamente sagaz y sobredimensionado y no para apadrinar una crónica probable, un trasunto, unos anales o algo. Luego Javier Calvo nos transpone el tropo a este lado del mar y yo, que soy muy tímido, noto como dos arreboles me caldean las mejillas, aparto la mirada del texto, carraspeo y dudo entre arrancar la página o arrancar esa y la siguiente, sentido que es uno ante el ridículo de otro.

Lo posmoderno solía consistir en intercambiar una foto tamaño carné por seiscientas páginas de descripciones de la misma foto. Chabon nos quita la foto y nos deja las páginas y las descripciones y vemos que sigue sin haber nada.

Hay una tienda decrépita de discos caducos regentada por un negro y un judío en el interior de una comunidad californiana culturalmente poliédrica, musicalmente polifónica, y racialmente diversa o polipiel. Hay dos mujeres parteras a la greña con la ortodoxia médica. Un adolescente que es enculado con frecuencia, y hay otro gran negro, gloria deportiva y empresario de éxito, que quiere abrir una superficie comercial en la zona donde el negro y el judío malviven de malvender sus malditos discos. El conflicto está servido, la oposición al gran negro que quiere arruinar a los comerciantes pequeños con la connivencia de los concejales corruptos.

Como este asunto es insuficientemente pulp o afterpop y nada freak, Chabon recurre a su particular ejército de salvación para disimular novelas convencionalmente realistas y hacerlas parecer más guays. Entonces se hace presente en el texto un Chuck Norris negro, moribundo, enfundado en un pijama de Kung-Fu y calzado con alpargatas Bruce Lee (loneta y suela antideslizante de caña de arroz) que consiguió cuarenta años atrás una dudosa relevancia a fuerza de protagonizar infrapelículas de artes marciales y persecuciones de coches, explosiones, patadas en la boca y toda esa jiña junta. Junto a él, la inseparable heroína del mismo género, cincuentona, turgente, apretada, aún elástica y aún follable, como una Catwomen o una Barbarella machorra. El Jackie Chan negro es el padre del mismo negro que regenta el tenducho de los discos, pero ni se tratan ni se ven. El viejo sueña todavía reverdecer sus laureles entre vaharada y vaharada de crack, y la Barbarella machorra ahí, del bracete de él, pavoneándose por el San Francisco y poniéndosela tiesa a los negrillos a su paso en todos los mostradores de las confiterías entre Berkeley y Oakland.

La música de los negros que se menciona es testimonial y de serie Z, las alusiones a personajes del folclore televisivo y populachero americano (piedra angular de todo el humor de Chabon), no se entienden si no has visto toda la televisión americana de los últimos cincuenta años, los personajes se multiplican rápidamente y desaparecen por inanes e insignificantes sin saber cuál es el papel para el que han sido llamados, la entrada y salida de nombres atiende a un requerimiento nominal transitorio o multi algo que no se explica bien. De pronto se muere un músico negro vecino de la comunidad y se le celebra mucho, vienen a la tienda de discos a plañir y a comer, el entierro dura tres cuartos de novela ¿y para qué? Pues para engrosar. Nada ni nadie parece tener una finalidad más que acumulativa, llenar un espacio que pronto quedará vacío; ningún personaje se erige, todos son subalternos, todo es liviandad y exhibición, retruécano sintáctico prescindible y estragante, accidente gramatical grave, yerma espermatorrea, onanismo tántrico.

“Esta mañana me decía en la cama que, para realizarme plenamente, me ha faltado una condición esencial: ser judío. Así, se me ha vedado una experiencia capital de la desdicha”.   –E.M.Cioran-

 

En la orilla, Rafael Chirbes

 

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“Detrás de toda gran fortuna, siempre hay un crimen”, nos contaron.

La gran tragedia de la España coetánea es la pérdida de los usos tradicionales debidos. La falta de etiqueta y ceremonia con que se han llevado a cabo los latrocinios. La violación sistematizada del rito apremiada por la baratura de la culpa, la depreciación de las aptitudes necesarias para la criminalidad, al alcance ahora del más pusilánime.

La burbuja más dañina no ha sido la inmobiliaria, ha sido el poco valor exigido para robar, la insuficiente exposición al miedo que cualquier hecho delictivo acarrea, y que los aspirantes a nuevos ricos no han tenido apenas que soportar. Alegóricamente, podríamos decir que el escalafón de matadores se nos fue colmando de figuras con dos cortijos pagados cada uno, sin haberse puesto siquiera delante de un becerro en su puta vida, viviendo la gloria del figura pero sin pasar sus miedos y sin exponerse a las cornadas. Vamos que aquí se ha enriquecido cualquiera sin tener que mancharse las manos de sangre, sin contrapartidas, sin riesgo, y eso, entiendo yo, no se puede tolerar.

Antes, un muertodhambre, un pelagatos cualquiera con veleidades de cambiar de clase, de ascender en lo social, de abrirse cacho y convertirse por ejemplo en cacique levantino, tenía claro que el precio por conseguirlo sería tener que guardar en el armario de la alcoba dos o tres cadáveres (o muchos más, dependiendo de sus aspiraciones) para el resto de su puta vida. Unos cadáveres que de tanto en tanto pedían a gritos que les abriesen las puertas para orearse un poco, y reclamar a la vez sus derechos de muertos, una venganza, que si tal justicia, un enterramiento o algo. Situación que el cacique tenía que prever y disimular, conviviendo con ellos, con los cadáveres, como con la parienta y la querida, y haciéndolo con naturalidad y desparpajo para no llamar demasiado la atención durante las tenidas de arroz caldoso con bogavante en la barraca de la Malvarrosa.

Teseo pasaportó al Minotauro dejándole media lagartijera en el rincón de Ordóñez, después volvió por donde había llegado tirando del copo hilado por Ariadna. Muchos españoles, en tránsito inverso, llegaron hasta el becerro de oro a través de las hiladas de ladrillos que tiraban a destajo y a precio de ganga los moros, los rumanos, los sudacas, los portugueses, y los adolescentes españoles con la efepé todavía  así así. Revisamos el mito adaptándolo a nuestro parecer de entonces; era tan fácil entrar y salir indemne del laberinto con el becerro de oro bajo el sobaco y el ABC abierto por la columna de Ussía, que no hacerlo era de imbéciles.

Uno de esos imbéciles, Esteban, se decidió tarde y mal a adentrarse en el laberinto a por su becerrito particular, la ganancia furtiva que convertiría su jubilación en un colchón viscolástica frente a la amenaza cierta de una vejez descamisada, cuando lo hizo comenzaron a tocar a retreta, las puertas de Babilonia se cerraron de inmediato, y los muros comenzaron a desmoronarse sobre los torpes y los imbéciles que no lo habían visto venir.

La historia de Esteban es la del argonauta tardío que se queda en tierra de nadie sin vellocino, sin becerro y sin carpintería, y ve alejarse con viento próspero a  Jasón y los suyos en una confortable embarcación a través de un pastueño Mediterráneo mientras lo despiden ondeando holgados pañuelos, grímpolas, gallardetes, y dando voces atenuadas por la algarabía del mar que él interpreta fielmente como: ahí te quedas tonto’l pijo.

La crisis comunal, la gran crisis crisis, o ébola perentorio de nuestros días laborables, aquí, En la orilla, no es ingrediente primordial, y si solapas contrasolapas y reseñas de pago se obstinan en vocearlo es por ver de ganarse la atracción de los incautos y candorosos, de los represaliados por la crisis crisis, ya que, en esta última novela de Chirbes, la única crisis crisis que calcifica toda la osatura de la historia es la personal, existencial, del carpintero Esteban.

Esteban, anciano y soltero, setenta o por ahí. Macerado a perpetuidad entre virutas y formones en el taller de carpintería menestral de su padre vegetativo. Un padre vegetativo es un padre tímido hasta que se encuentra en el baño a solas con su hijo. Creo que Philip Roth se encargó de explicarnos en algún sitio toda la elocuencia de la que es capaz un padre inorgánico. Esteban y su soledad entonces. Esteban y la guerra de papá, rojo dogmático. El embargo del negocio de Esteban, la traición a su empleados, a la puta calle todos, con lo que eso duele mire usté. Esteban sin un duro para pagarle a la colombiana dulzona y comestible los fregoteos a su padre, la camisa limpia y la cuchara. Esteban cazando con su perro en el marjal, que es un pantano, una ciénaga oscura, agua estancada, paludismo, tifus, légamos y limos deslizantes que se tragan objetos muy grandes y hombres también, representación del mal paredaño, de toda la comunidad valenciana me parece a mí. Con decir que es un lugar para acercarse con katiuskas y escopeta está dicho. La manigua circundante lo oculta todo, lo olvida todo.

Esteban rechazado por una novia abortiva en una juventud de era geológica que vuelve y vuelve a desazonarlo. Esteban cursando Bellas Artes por ver de ser escultor. Esteban en París. Esteban volviéndose al pueblo. Los convecinos del bar, compañeros de barra, de cartas y de putas, a cada cual mejor instalado. Chismosos como porteras. Esteban cagándose en dios un día sí y otro también. Esteban sin salida, desamparado, irritado por las malquerencias familiares, dos hermanos puestos de través a la husma de la hucha del viejo vegetativo. El viejo cabrón inflexible y frustrado que tampoco fue capaz de cumplir su deseo de hacerse escultor, ni siquiera a ebanista llegó, a hacer trabajos finos con la madera, y que martirizó a Esteban toda la puta vida tratándolo como se trata a un hijo subalterno, con un amor que no encuentra su momento, que se difiere y aplaza y aplaza sin fecha. Esteban hasta los cojones y a punto de desahucio sin poder calzarse a una ucraniana en el Ladies o en el Lovers.

El pobre Esteban que solo deseaba un retiro viscolástico con una casita y un perro, por lo que metió todo lo que tenía en las promociones inmobiliarias de un lugareño con fama de espabilado y que resultó ser un cabronazo. Esteban, sin edad ya ni para ser un damnificado, incapaz toda su existencia de emanciparse de la vida mediocre.

Nos lo cuenta Chirbes con desenvoltura en uno de esos soliloquios suyos donde cabe de todo y ni siquiera hay que preocuparse por las concordancias verbales. El monólogo del yo vale para decir los estados de ánimo individuales y ahora también, novedad, para los de los demás. Se trata de un yo íntimo que se extrapola o se transmigra a conveniencia de la narración. La torrencialidad genera desorden y reiteraciones, la inercia verbosa de Esteban por contar lo suyo y lo de los demás varias veces seguidas deriva a aburrimiento por insistencia y a desbarajuste estructural.

Novela escrita como con prisa, por aprovechar no sé qué coyuntura favorable o no sé qué tirón popular (bueno qué cojones sí que lo sé), que parece hecha desde más abajo de las tripas, desde un colon irritable o por ahí cerca. Pero bueno oye, decía uno que en tiempos de hipocresía cualquier sinceridad parece cinismo.

“Si se quiere conocer un país, hay que leer a sus escritores mediocres, que son los únicos que reflejan de verdad sus defectos, virtudes y vicios. Los otros escritores, los buenos, suelen reaccionar contra su patria, se avergüenzan de formar parte de ella. Por eso, expresan perfectamente su esencia, quiero decir su inutilidad cotidiana”.    –E.M.Cioran-

Todo lo que era sólido, Antonio Muñoz Molina

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EL ESCRITOR  de la solapa lleva la cara emboscada por una barbaza agreste y sólida, ubetense, que le endurece las facciones y disipa las analogías juveniles con aquellas criaturas de José Luis Moreno, Monchito y Macario. La edad le está yendo bien al rostro que se ha librado de la prosopopeya del bigote optando por el desabrimiento de la barba entrecana y su eficacia para producir circunspección.

Antonio Muñoz, después de adecuar al fin su fisonomía al tono de sus libros, viene a afearnos la socialdemocracia y la españolidad, nos suspende en regeneracionismo y en previsión de gastos, y nos echa una tercera llave al sepulcro del Cid, fíjate tú, nosotros que ya no recordábamos dónde habíamos puesto las otras dos, y para colmo nos castiga sin postre.

Por esos días que nos dice, Antonio Muñoz estaba desterrado en las hemerotecas documentando los folleteos de Ignacio Abel y la bella Judith. Vivía entero para la obra, o sea por nosotros, y nosotros mientras qué hacíamos: negociábamos préstamos baratos para comprarnos casas muy caras, nos fundíamos el oro, nos comportábamos como vulgares adoratrices del coche del vecino. Derrochábamos. Nuestros alcaldes y concejales creaban áreas, patronatos, corporaciones, conmemoraban efemérides, expos, olimpiadas, copas américa, carreras de coches, motociclismos, qué sé yo, prolongaban las fiestas del Corpus, se daban corridas extraordinarias, se organizaban conciertos gratuitos de los artistas más cotizados. Allí donde antes imperaba la cautela de la gestión privada se impuso la prodigalidad pública, todo era júbilo entonces, alborozo, regocijo institucionalizado y esta ronda yo la pago. Dinero para lo accesorio y precariedad para lo fundamental. Pero Antonio Muñoz descendió del monte Sinaí con su obra terminada en las manos, La noche de los tiempos, y contempló estupefacto en lo que nos habíamos convertido. Renegó de nuestro pueblo y prefirió ser ciudadano. Frente a la tiranía de los vínculos espurios de la sangre eligió el formulario administrativo, el empadronamiento y el IRPF. Antonio Muñoz miró hacia atrás y no vio nada o no se acordó de nada, por lo que hubo de volver a las hemerotecas, esta vez no eran las fechas de la guerra civil las que buscaba, eran de apenas cinco años atrás, de dos mil siete. Miró y remiró y volvió a mirar aquellas montañas de papel quebradizo y amarillo y vio una metáfora de nuestra historia, de la tendencia innata de este país por autodestruirse, por desmenuzarse, por sabotearse. Comprendió y sufrió, y no sé si lloró Antonio, no lo sé.

De su experiencia como auxiliar administrativo en el ayuntamiento de Granada puede asegurar Antonio Muñoz que un funcionario no roba de por sí, que para ello necesita de la tentación instigadora del político. Cuando los políticos se adueñan de las administraciones eligiendo a dedo a sus cómplices en los puestos de libre disposición es cuando la rapiña adquiere su carta de naturaleza, acabándose así el sueño de un cuerpo de funcionarios bien formado, diligente, disciplinado y capaz, independiente del poder político. El nepotismo y el clientelismo se encargaron de finiquitar ese sueño. La administración, tan transparente entonces, fue engullida por la política, por la opacidad, los funcionarios perdieron independencia y quedaron supeditados al antojadizo sistema de recompensas y sanciones impuesto por los prebostes. Nuestra codicia nos hizo caer en los dominios del señor oscuro que nos condenó a recalificarnos hasta la tierra de las macetas y vendérselas a cambio de unas comisioncillas de medio pelo a una nueva gama de satanases travestidos de constructores. Ése fue el inicio del fin, después llegarían los madremías de hoy.

Aprovecha Antonio Muñoz para autosoflamarse y vindicar sus cosas al socaire de estas amonestaciones generales que nos hace con fluctuante severidad y empeño aleccionador. La democracia es un largo y costoso camino de aprendizaje, pone ejemplitos. Lo que mucho tarda en construirse rápidamente se viene abajo. No hemos valorado suficientemente lo que teníamos. Constancia y trabajo, trabajo diario, pero no, preferimos los sanfermines, la feria de abril y la tomatina de Buñol, la fiesta y el enriquecimiento rápido y efímero. Vindica su derecho a no ser andaluz, a no parecerlo, a ser un andaluz serio y no un estereotipo con barba y ceceo. Vindica también su derecho a joder la fiesta de los demás sin que por ello le llamen aguafiestas. Desconfía de la circularidad de los objetos y de algunas estancias, como el congreso de los diputados, que tanto le recuerda a una plaza de toros, emblema nacional de la persistencia en el atraso vendido como tradición. Nos enumera a los de siempre: Max Aub, Chaves Nogales y Arturo Barea como ejemplos de algo no demasiado bien explicado. Añade varias citas de Orwell y no sé si alguna de Virginia Woolf. Vindica la serena ironía y el hondo calado de Cervantes frente a las interjecciones y los retruécanos de Quevedo el cínico. Nos intercala entre vindicaciones y apercibimientos los lejanos ecos de su clandestinidad, que el hecho de estar vivos exige algo, acaso heroicidades, no todo va a ser pasearse por el Hudson. Su heroicidad clandestina fue estarse muy callado leyendo un panfleto comunista en casa de un amigo durante el paso de una procesión de semana santa en Mágina o Granada, no recuerdo. Ya se sabe, un héroe es el que hace lo que puede. Justifica sus residencias intercontinentales, su querencia a los viajes, a descubrir con ojos de niño cualquier insignificancia ridícula en los países en los que pernocta, mirada que de vuelta a España se le vuelve pitañosa y congestiva.

Y en este plan todo: España, aparta de mí este cáliz, niños del mundo, si cae España –digo, es un decir- id a buscarla, y cuídate España de tu propia España, cuídate de la hoz sin el martillo, cuídate del martillo sin la hoz, cuídate de la víctima, del verdugo y el indiferente. Y españolito que vienes al mundo te guarde dios…,paz, piedad y perdón.

Una selección de lugares comunes, trivialidades y cartas del lector escogidas resobadas e insuficientes. Un libro que destaca por su poquedad, y que probablemente no le correspondía haber escrito porque ya lo estaban escribiendo otros semana a semana en sus columnas de opinión mientras él se azacanaba en el Babelia por reseñarnos su última visita al Carnegie Hall  sopesando la preeminencia o la destemplanza de tal o cual orquesta sinfónica húngara.

No basta la buena intención, no basta el buenismo yuxtapuesto a la proverbial malafollá granaína, no basta llevar el New York Times y el New Yorker bajo el brazo para ganarse el respeto de los hechos, no bastan las hemerotecas para ganar veracidad, no basta una escritura sin ondulaciones, afilada y poco complaciente, para comprender el mundo. Tiene Antonio Muñoz la vida y la prosa tan ungida de instalada burguesía como para que venga a contarnos cuánto sufren los que sufren y le creamos. No basta desembarazarse de un aspecto poco propicio dejando atrás a Macario y Monchito si uno no ha sido capaz de deshacerse de la ventriloquía.

“Ventriloquía: esa facultad de modificar la voz de manera que parezca venir de lejos, y que imita la de otras personas”.

“Sartre ha conseguido escribir bien al estilo de Heidegger, pero no al estilo de Céline. La falsificación es más fácil en filosofía que en literatura. Ese ambicioso que se imaginaba que bastaba con querer para tener talento ni siquiera ha logrado dar la ilusión de la profundidad: cosa muy fácil para todo filósofo que hace una incursión en las letras”.       -E.M.Cioran-

España, Manuel Vilas

hhhhhyt

UNA NOVELA es un libro donde pone novela. Si pone que es una novela, pues ya está, es una novela, no hay por qué darle más vueltas. El problema de las novelas no es el nombre, sino el apellido. Cuando una novela lleva patronímico malo: rosa, negra, amarilla, pastoril, fotonovela, histórica, metanovela, nouveau roman…

Ha dolido que España sea dicha como novela y no como cuentos de panllevar. Nos sigue doliendo España por cualquier cosa. España como problema es cuento largo, ahora, España como novela, ya no sé si alcanza para tanto. Tal vez le ocurra como a Madrid, que es un género en sí mismo. Si España tiene género de novela ése debe ser el rústico aragonés, dos gañanes con légamo hasta los jarretes breándose a garrotazos (me incomoda poner esta imagen del goyesco tardío porque me suena de habérsela oído a Pérez Reverte. También me suena de él, a propósito de España como problema, lo de la guillotina eléctrica en La Puerta del Sol, pero nadie tiene memoria impunemente, esto o parecido también es de otro)

Se nos dice en algún renglón de la contraportada que España, de Manuel Vilas, es una novela, y yo me lo creo, otros muchos se creyeron que España era una unidad de destino en lo universal y que volvería a amanecer.

Para mí, la novela España, no son varias decenas de cuentos cortos encadenados sin ton ni son, sin conexión destacable alguna entre ellos, en pos de una coherencia arbitraria, tal vez infusa, que unifique y dé significado global al libro, no. Para mí, España, de Manuel Vilas, es una congregación de revisiones historiográficas apócrifas de un suceso particular acaecido a un particular, o sea, un ¡viva la virgen del Pilar! o ¡ahí va el Ebro!

Esto de indocumentar la Historia de otros, para fabricarnos una historia a la hechura nuestra o de nuestra vanguardia, no me parece muy novedoso, nada de empezar a comernos las pollas, en absoluto, lo que sí tienen algunos capítulos es enjundia, una enjundia mollar, una franquía o totalidad baturra muy saludable y graciosa, espontánea y vasta, como una jota a destiempo.

En una de las historias de España, Juan Belmonte es representado como un catedrático de astrofísica invitado a dar una charla sobre el universo. Comenzada la intervención, el ponente empieza a renegar de la astronomía, ningunea el espacio, las teorías físicas, niega la existencia de la materia, se caga en los putos telescopios, insulta a Einstein, la teoría de cuerdas es el judaísmo de la ciencia dice, sus saberes y su reconocimiento quedan sepultados bajo la desesperación y la ira. Su mujer, consternada, llama a un íntimo amigo de Juan, se trata de Joselito El Gallo, y es encarnado por un profesor de física teórica. La mujer le cuenta a Joselito que su marido está de los nervios, que lleva meses así, e incluso ha tratado de suicidarse inútilmente. Pues bien, este relato, probablemente desapercibido para la inmensa mayoría de los lectores de este libro, me parece una de las metáforas más audaces que he leído sobre lo que significó la irrupción de Belmonte en el toreo. El giro copernicano que supuso su estatismo y la invasión de los terrenos del toro, frente al inmovilismo clásico compendiado por Gallito, creo que está fabulosamente bien trazado por Vilas, dándole a Belmonte el papel de genio enloquecido, y al Gallo, el nada casual rol de físico especulativo. Formidable.

Las cosas que ocurren se cuentan rápido y bien, descerrajando un tiro al más mínimo atisbo de onanismo morfosintáctico, se renombra mucho Vilas en el libro, se personajea y personajea a otros muchos señores, les baraja los nombres y apellidos para repartirlos por trozos entre los textos, pero todos son identificables y risibles.

Hay mucha España sin espinazo en España y mucha tamborrada resollando por Calanda, sarcasmo y surrealismo rezuma el libro a buñoladas, en los capítulos caben muchas insolencias y anfibologías, y los tabúes, de haberlos, los vuelve hábilmente convenciones infantiles, ya se hable de la ETA, de los cristos o de la ninfomanía, Vilas siempre tiene un Sr. Lobo a quien recurrir para adecentarnos los chistes.

España me fascinaba porque ofrecía el ejemplo de los más prodigiosos fracasos. Uno de los países más poderosos del mundo llegando a semejante decadencia.    -E.M. Cioran-