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La trabajadora, Elvira Navarro

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CIENTO CINCUENTA CUARTILLAS necesita La trabajadora para decirnos que un piso en Aluche no queda tan cerca del cielo. Es verdad que el piso de Sabina en Rebajas de enero era más céntrico, pero a él le bastaban un puñado de ripios para llegar mucho más lejos.

Dos mujeres necesitadas de vivir solas no tienen más remedio que compartir piso y lexatines para así poder pagar el alquiler y los aranceles de la vida ordinaria. Una auscultará a la otra y lo que diga el fonendoscopio nos será referido por la una, trabajadora editorial con ingresos provisionales –valga la redundancia-.

Hay una mujer premarchita que relata una juventud seriada de entrevistas carnales fortuitas con hombres brutos y obsesos en busca de orgasmo de cuando los anuncios por palabras de los periódicos y los contestadores telefónicos con cinta de rebobinar. Se nos dice que de todos ellos, prefirió a uno canijo que, por serlo, tenía mucha habilidad para torear bien por abajo, que es por donde a todos nos gusta más que se toree. Esta conducta encontradiza y de predilección lúbrica por los enanos, junto a la propensión a cortar revistas para ensamblar collages, son los distintivos de una de las dos locuras que se nos cuentan. A mí estas cosas me parecen más caprichos y chuminadas que locura propiamente dicha, pero se nos insiste en que eso sólo puede ser patología y bipolaridad y yo ahí no voy a entrar a discutir.

La segunda mujer es la voz de la narradora, y también, quizá, sea La trabajadora. Encabezamiento menestral adherido sin alarmantes dosis de inspiración o trabajo. Ella se ocupa de pacificar la ortografía de los textos, de corregir lo que otros dan por bueno. La vida así, leyendo los errores de los demás y sin cobrar casi, le hace ser excesivamente consciente de la errata de mayor dificultad de corrección, la vida propia, que se desvía hacia un extrarradio cicatero y herrumbroso de transbordos de autobús.

Una exótica película de los años cuarenta de Edgar Neville, La torre de los siete jorobados, y la posología de unos comprimidos, constituyen el vigoroso zócalo documental sobre el que esta chica, La trabajadora, quiere urbanizarnos dos locuras aledañas de etiología dispar. Encabalgar la locura biológica con la locura mancomunitaria, aquélla de nacimiento y ésta contraída después, consuetudinariamente.

De la película nos llegará la fantasmagoría de pasear a deshora un Madrid secreto, noctámbulo y suburbial, semisótanos como criptas y callejones erizados de torvos cartoneros que agreden. Este transitar lóbrego de periferia y ocultamiento, servirá a La trabajadora de mucho, aliviará su poquedad y su retraimiento salarial.

De la posología no llegarán más que advertencias y efectos secundarios. Se aluden algunos nombres comerciales convencionales y en torno a los atributos del fármaco, como si fueran dioses de una oscura mitología escandinava, se cifrará la animosidad de las dos mujeres que se dividen la historia. El Risperdal despersonaliza, lobotomiza, y borra hasta las manchas del iris, pero no quita las ganas de follar. El litio te vapulea el hígado, no obstante, te dará una tregua con ese parkinson facial tan propio de los neurolépticos. Los demás, benzodiazepinas típicas, anodinamente inocuas y accesibles, les procurarán un conspicuo letargo o amodorramiento parecido a la hibernación de un oso pardo.

El ambicioso desempeño por distinguir la locura que nos nace y la locura que nos dan, irá encanijándose alarmantemente, párrafo tras párrafo, aquejado de una inmunodeficiencia lingüística adquirida, sin rastro de la psicoesfera ni el infierno que nos tenían prometidos.

Unas prosas enjutas y desapercibidas, de corta crianza, ahiladas, perplejizantes, sin desarrollo ni policromía, llevarán en parihuela la esmirriada relación de histerias provisionales, domésticas y cutáneas, suscitadas por el trabajo inestable y el poco y mal follar de ambas mujeres. Una muy loca y despreocupada, y la otra, únicamente estresada y demasiado consciente.

“Que nadie intente vivir sin haber hecho su aprendizaje de víctima”. –E.M.Cioran-

 

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El palacio de la luna, Paul Auster

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LO MÁS GRAVE de todo es que Auster ya había excedido los cuarenta cuando publicó esta novela. Ya no tenía coartadas creíbles tras las que ocultarse y salir absuelto, la inconsecuencia juvenil no era ya un alegato admisible, no obstante lo hizo.

El libro, más que remedo tardío de los beatnik, es un eccema epigonal. Una excrecencia grasa que se abulta por fagocitosis de estereotipos de generaciones colindantes. Así, en la novela, se hayan presentes las recurrencias completas que personifican a todos esos muchachos a los que se les fueron negreando los huevos durante los voceríos aledaños a la guerra de Vietnam y todo ese cisma levantisco.

Holgazanería, mendicidad como posicionamiento estético, obnubilación, nihilismo ontológico, desleimiento mental limítrofe a emulsión del córtex…, cosas de este tipo le van ocurriendo al sujeto directo de la acción simplemente porque sí. Sin motivos ni drogadicción intercalada. Una rebeldía átona y sin exabruptos, violencia inversa, vuelta hacia uno mismo, como una huelga de hambre en una isla desierta. Con estas alforjas se nos apareja el burro para un viaje que, a priori, nos parece va a ser corto, mas luego no, luego se hace largo de cojones.

Se nos avisa de una orfandad prematura y un pariente altruista que toca el clarinete. Con la universidad de Columbia se irá el patrimonio y aparecerá la lasitud, el desaliento, la existencia de rizópodo, las pernoctaciones en Central Park y la desnutrición. La semejanza física y conductual con un ser unicelular le librará del reclutamiento. En su ayuda acudirán un compañero de estudios y una novia china que lo acompañará un tramo largo de novela, hasta que un embarazo discontinuo se interpone entrambas partes sin que haya lágrimas que valgan para volver.

Después de esto que digo al autor se le acaba el yo –la biografía- y empieza con la ficción. El personaje debe buscar trabajo y lo encuentra en un tablón de anuncios de la universidad. De todos los lugares a los que podría enviar un tablón de anuncios a un muchacho desesperado e insolvente en la fatua Nueva York –sin recomendaciones previas ni intercesiones divinas notificadas- el salón comedor de su abuelo desconocido será adonde lo envíe. Grave falta de respeto, pérfido menoscabo el perpetrado hacia el lector aquí, dejándonos cariacontecida la lectura, pero que, bien mirado, tampoco importa demasiado vamos.

La historia tuerce por la esquina de la casualidad y se licúa en una espiral de padres errabundos que se hacen los encontradizos ante hijos totalmente perdidos o perdidamente atontados. El abuelo, paralítico y ciego ahora, tuvo un pasado trashumante que novelizar, una juventud inquieta y expedicionaria con toda su ornamentación crepuscular take me home, Country roads: meandros del río Colorado, mulas que se despeñan por los riscos, cantimploras vacías, nativos aullándole a la luna, coyotes y guaridas de cuatreros rebosantes de dinero robado, latas de judías guisadas y bacon ahumado.

El nieto será el dócil amanuense que transcribirá las irisaciones mozas del viejo moribundo y el encargado de hacer llegar al hijo abandonado por el ciego tales crónicas, junto a las prerrogativas sucesorias convenidas por el finado. El descubrimiento del padre encubierto también se producirá al doblar una esquina casual en un viaje espontáneo y malogrado hacia la cueva de los cuatreros que les contara el paralítico difunto. A estas alturas la epistemología del texto ya nos ha persuadido de que la casualidad que pastorea los designios de los personajes también puede revolverse airada, y de igual forma te obsequia con un pariente imprevisto con heredad aneja como te quita un progenitor apenas entrevisto. La retórica de la orfandad ya la dejó clara el poeta:

Qué me agradeces, padre, acompañándome

con esta confianza

que entre los dos ha creado tu muerte?

No puedes darme nada. No puedo darte nada,y por eso me entiendes.

En mitad de la barahúnda sesentera neoyorkina Auster siembra a su personaje por ver si le germina algo decoroso y convincente, un Holden Caufield por ejemplo, que se parezca un poco a él pero no tanto.

El indisimulable efluvio de hechicería india con segregaciones lisérgicas, simbolismo chamánico, telurismo junguiano, viajes iniciáticos de aquí para allá, muertes espirituales y renacimientos carnales hiede, pero el peyote no acaba de aparecer por ningún lado. Se nos anticipa un viaje –on the road– con mucha prosopopeya beat pero sin infiernos dentro, sin tinieblas, sin bebop ni LSD ni heroína ni fornicatura, una pornografía para todos los públicos contada como cuenta este señor sus cosas: todo recto y seguido, sin adjetivar nunca, como si no considerase importante detenerse a matizar, sugerir o proponer desde otra perspectiva que no sea el  plano secuencia aniñado, tafiole y cursi, que convierte sus libros en animación industriosa fastidiosamente transparente para impúberes tornadizos con la frente colérica de acné.

Es inútil escribir sin emoción. Me parece que desciendo cada vez más hacia la sensación, que me encenago en ella y me encamino, así, hacia un terror frío.     –E.M.Cioran-

The Master, Colm Tóibín

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PARA BORGES,  las biografías eran el absurdo ejercicio de la minucia. Algunas, consideraba, no eran más que un cómputo de cambios de domicilio.

A Henry James su lápida lo considera ciudadano de dos países, pero conoció bien algunos más. Cambió de país cuando, en cierto modo, hacerlo equivalía a cambiar de mundo. Se autotrasplantó del nuevo al viejo mundo vigorosamente, sin que su corpachón de nigromante sufriera menoscabo. Sobre las permutas geográficas del escritor también  habla este libro, pero no vamos a reducirlo a biografía porque es mucho más que eso. Si la biografía hace sus diligencias para historiar una vida, aquí lo que se procura y hasta se consigue es cartografiar un espíritu.

Henry James debía de tener un espíritu ancho y bonancible no exento de transitorias detonaciones de hosquedad. Un espíritu muy compuesto y remilgado, juicioso y mujeril, de delicado ocultamiento y restricción. Como si temiese que una palabra de más o mal entonada fuera a derribar el parapeto de su homosexualidad. Mariconería que muchos trocan eufemísticamente por ambigüedad, pero lo evidente y nada ambiguo es que a James le gustaban los hombres también de cintura para abajo. Así nos lo cuenta consideradamente una de las escenas del libro: la confusión, el asombro y el posterior regocijo emocional de James tras su primer encuentro carnal.

The Master es una refinadísima escenografía de momentos, arbitrarios, importantes de la vida de un escritor y de las consecuencias anímicas y artísticas que esos momentos provocaron en él. Así pues, Tóibín nos conduce de la causa al efecto sin quedarse encajonado en la asepsia fría de  los hechos –nada emocionantes por otra parte- librándonos del inane biopic de cinematografía que a lo más que alcanza es a recortar siluetas sobre fondo oscuro.

Nada de eso, The Master indaga en las motivaciones y las aprensiones de Henry James expuestas con un virtuosismo humillante, porque, como he leído por ahí a uno de los muchos escritores que han recomendado este libro, Toíbín nos sumerge en la conciencia misma de Henry James nada más comenzar el libro. Y así es. Desde la tercera persona memorial del narrador, se nos dicen los hechos y lo que se desprende de ellos con tanta  serenidad y falta de afectación que la novela –leída en español- ni siquiera parece estar traducida.

En los escasos cinco años en que se cifra la novela, a Toíbín le caben los más de setenta que vivió James. La particularidad es concebir el tiempo narrativo como un personaje más. Disponiendo de él a capricho, elongándolo, deteniéndolo o haciéndolo desaparecer mismamente sin brusquedades. Un tempo narrativo muy bien pulseado para que las digresiones biográficas no parezcan una interrupción y las demoras paisajísticas una contrariedad (pero una cosa es decirlo y otra es hacerlo bien. Javier Marías sabe cómo hacerlo bien), luego el cadencioso, monótono ritmo de la narración, como la ascensión de un puerto alpino (subir como enredando, le dijeron una vez al Jabato), sin tirones, sin alardes, dolorosamente fluido y hermoso. Esto ya basta para hacer del estilo (que si lo hay) un gran estilo, el lector, su sensibilidad, debe poner lo demás para reconocerlo como excelente, porque donde no hay sensibilidad no puede haber nada (ni siquiera lectura).

Algunos hechos son triviales y otros definitivos, sentimentales pero sin melaza, observados desde lo que podríamos llamar un distanciamiento interior: James no queriendo ir a la guerra civil americana, James no queriendo estudiar derecho, James no queriendo casarse con su prima, James no queriendo vivir más que en Londres y James arrepintiéndose de vivir en Londres y de no haberse casado con su prima. Entre unos y otros abundan acontecimientos de índole doméstica y numerosos de alterne social. El destierro en Inglaterra y su carácter cauteloso nunca privaron a Henry James de una abultada agenda social cortesana.

La añoranza de su prima muerta, el recuerdo de la muerte de su hermana, la evocación de una amiga voluntariamente caída desde un balcón…, numerosas mujeres jóvenes muertas en su vida que suscitan un dolor culpable del que él hace materia alimenticia para sus novelas, sus artículos, sus relatos, su dramaturgia. Toda la obra de Henry James parece gravitar sobre la conciencia de una mujer joven muerta o a punto de morir, una muerte que le ronda a una mujer. Sus novelas más codiciosas son a menudo presagios o asechanzas lúgubres, desamores resueltos en fatalidad previa vivisección anímica de la víctima.

Se conocen las discrepancias existenciales con su hermano psicoanalista , sus viajes por Europa, su preocupación por el éxito de ventas de su libros, la amistad con aquel joven escultor tan fornido. El artista ensimismado, prospector de genotipos humanos, también hace frente a la cotidianidad y encara – no sin fastidio- los conflictos que acontecen en el día a día menestral. Lo vemos combatiendo el alcoholismo de sus criados, resolviendo la compra de una casa en la provincia, eligiendo un tapiz en un anticuario, objetando a favor de la detención del crápula Wilde.., pues no todo va a ser desovillar la psicología de las damas.

No obstante, a pesar de la naturaleza feminoide que algunos le atribuyen, no carece de determinación y, llegado el momento de hacer la obra, escribe, si la mano no le duele, o dicta y dicta sin conmiseración a su amanuense hasta que el mundo deja de existir alrededor y se desvanecen los viajes, los recuerdos tristes, los convites, la correspondencia, palidecen los donceles, dejan de crecer las petunias en los parterres, se suspenden los deseos…

En la penumbra de la vieja casa de Lamb House Henry James está reinventando el alma de una mujer, o, simplemente, relee una vieja biografía de Napoleón.

“La música sólo existe mientras dura la audición, como Dios mientras dura el éxtasis. El arte supremo y el ser supremo poseen en común el hecho de depender totalmente de nosotros”.  –E.M.Cioran-

La casa de hojas, Mark Z. Danielewski

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LA CASA DE ASH TREE LANE  no es una casa cualquiera, es una casa muy particular. La novela La casa de hojas de Mark Z. Danielewski, no lo es tanto.

El libro viene editado ampulosamente, sin escatimar en oropeles y molduras, un exotismo tipográfico resuelto y vistoso que dice mucho y bien del linotipista, pero absolutamente nada de todo lo demás. Ni siquiera del libro como bien común, sencillo y funcional, pues es un libro de mucho aparentar, hinchado de páginas en blanco y letra boca abajo, cuesta arriba o de medio lado, cuantiosos perifollos que atrancan divinamente la circulación lectora. Un libro con gran aparato ornamental.

De resultas de la defunción de un viejo anónimo en circunstancias de abandono el joven Johnny Truant se hace depositario y compilador de un arcón de legajos desmañados. El joven Truant, propietario de una vida drogadictiva y follarniega, encuentra en el baúl la sugestión adecuada para reactivar la esquizofrenia congénita que le domina y solazarse en la escritura de anotaciones delicuescentes a pie de página sobre los textos incautados al viejo.

Zampanò se hacía llamar el viejo muerto en condiciones de abandono, y en el cofre guardaba un derramamiento profuso de papeles historiados y ansiosos por glosar algo, un algo sinuoso y raro queriendo salir de allí a mordiscos. No una novela coral epopéyica familiar abundantísima, no, glosa una película documental contemporánea. Una película que no existe, que no se ha hecho, y si se ha hecho, nos advierte, no la vamos a encontrar.

La película documental glosada por el viejo muerto tiene nombre y autor: Expediente Navidson, de Will Navidson.

Will Navidson es un fotoperiodista prestigioso de niños desnutridos, su matrimonio ha llegado también a un estado carencial severo que hace falta reconstituir, para ello decide comprar una casa en Virginia e instalarse allí con Karen, su mujer, y sus hijos Daisy y Chad.

Pero la casa tiene otros planes distintos a los de la familia Navidson y no está dispuesta a dejarse habitar dócilmente y como es debido, parece preguntarles: “pero… ¿adónde cojones creéis que habéis venido a retoñar vuestro matrimoño, a la puta casa de la pradera? Esto es Richmond, Virginia”.  La casa empieza a significarse de la manera que tienen las casas viejas de significarse. Por deglución.

A la casa le nace primero un armario nuevo en el recibidor. Al asomarse descubren que no hay perchas colgadas y tiene mucho fondo para ser un armario empotrado, más bien parece un pasillo frío y oscuro. De este pasillo arterial arrancarán paulatinamente otras galerías, una boscosidad cavernosa y laberíntica de padre y muy señor mío.  El entramado circulatorio y ambulatorio de la casa escapa a la lógica de los cartabones y los agrimensores, las oquedades megalíticas son tornadizas y se descojonan de Euclides, del IBI, del valor catastral. La casa crece por dentro sin que se note por fuera. Se nos presenta un espacio infinito dentro de la ausencia de espacio. La aporía está servida.

Este espacio que se desdobla infinitamente ya nos lo decía Zenón en el bachillerato y nos dejaba pensativos todo el recreo. La lógica guapa e insoluble de la literatura frente al metro de medir.

Danielewski desarrolla El expediente Navidson o texto de Zampanò como un dossier en el que el distanciamiento narrativo y la frialdad del redactor –jamás se inmiscuye en los hechos ni los juzga- provoquen un clima que beneficie la veracidad. Para ello utiliza un estilo directo obsesivo que reproduce enésimas citas textuales de una pretendida comunidad académica y científica que se hace eco de la película destripándola fotograma a fotograma.

La estructura del texto es tan simple como el mecanismo de una palangana. Danielewski cree que para saber cómo es un pasillo negro primero hay que decir todo lo que no es, y a lo que no se parece un pasillo negro es a muchas cosas, no obstante nos las dice. Él apuesta por seguir esa linde y p’alante. Característico modo de autoafirmarse por negación de todo lo demás.

Más que narración hay una exposición de sucesos constantemente interrumpida y reanudada por los comentarios de Truant, que suscitan cierta ansiedad y mucho incordio. Intromisiones estratégicas que nos distraen de la casa y nos llevan a la vida desapacible y verbosa de Johnny Truant, con sus follanzas y sus traumas consanguíneos, como una contrapartida de la mudez de la casa o como suma de oscuridades tal vez.

Se va leyendo la cosa con desgana, vistos los primeros pronunciamientos de la casa y las alocuciones espermatorreicas de Truant, pero ahí sigue uno, en la breña, porque si algo es este texto es evocador, reminiscente, conmemorativo. Quiero decir que nos recuerda películas que ya hemos visto, libros que se han leído, relatos de algún sitio. Reclama la atención de cosas vagamente familiares y ya oídas, que, aunque se despreciaran en su momento, producen nostalgia. Quiero decir que se preferiría estar leyendo otra cosa. Pero el autor niega cualquier parecido o influencia de algo ya existente, y aunque cita por elevación elude títulos definitivos como  Casa tomada y El horla y eso ya lo dice todo.

El libro se va robusteciendo de comentarios y comentarios a los comentarios, se embastece de maraña bibliográfica apócrifa creando una mitología pseudorreal de doctores y eruditos que ponderan arguyen y rebaten sobre cualquier cosa pastoreándonos por los predios de la divulgación.

Si los pasillos son oscuros y tienen eco se nos teoriza sobre la fisicidad de la negrura y la velocidad de la voz de vuelta a la boca, si al raspar las paredes caen virutas de basalto nos fecha el magmatismo. Todo se vuelve ilimitada taxonomía, cómputo, inventario, escrutinio… Funes el memorioso haciendo la selectividad.

La casa influye psíquicamente en los actores, naturalmente, Karen es pacata, claustrofóbica y traumada. Navidson se envalentona cuando se cuelga la réflex del cuello y se vuelve expedicionario. Pero las influencias también afectan al cuerpo, la casa te suelta el vientre o te da carraspera, te sube la tensión o te baja el azúcar. Y eso nos lo justifica un destacamento de médicos y psicólogos que escudriñan las biografías y las expurgan dejándolas luminiscentes.

Volumétrica aglutinación de ideas y contraideas – sugestivas a veces- sobre las dimensiones psicológicas del espacio en base a alteraciones perceptivas provocadas por la experiencia, arquitecturas subjetivas (la arquitectura sólo existe cuando se la experimenta), cogniciones emocionales del entorno arraigadas en la historia personal (recuerdo de la experiencia pasada), percepciones espaciales que implican construcciones graduales,… Estas cosas de la posmodernidad la metaliteratura y el experimentalismo todo junto.

Así se ha ido construyendo -con más trabajo que elegía- una documentación, una breve historia de casi todo, un órgano que se hipertrofia, se esclerotiza y respira mal, agitadamente, como la propia casa que se nos cuenta.

Ser objetivo es la prueba de una perturbación inquietante. Quien dice vivo dice parcial: la objetividad, fenómeno tardío, síntoma alarmante, es el comienzo de la capitulación.   –E.M.Cioran-

 

Telegraph Avenue, Michael Chabon

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NADA DE LO DICHO en esta novela me concierne. Homo sum, humani nihil a me alienum puto” por los cojones. Todas las quinientas o más páginas de lectura atravesada que he ido fabricándome a chepazos de obstinación hasta acabar el libro me han sabido a puré de flagelo, a zumo de vergajo, a chicotazo en la entrenalga (yo sabía de mucho tiempo atrás que un vergajo como dios manda se fabrica con el meano de los toros, o sea con la piel y los pelos desflecados del extremo que recubren la verga del animal y no, como falsamente se especifica en las lexicografías, con la misma verga seca y retorcida del animal, así no. Lo que descubrí hace pocos años leyendo El sueño del celta de Varguitas es que el chicotazo es una variante africana de nuestro castizo vergajo, confeccionado con la todavía más elástica y exótica piel de hipopótamo, y que, a fines prácticos, es más eficaz desollando espaldas y abriendo encarnadas galerías en las extremidades de los negros, a los que se les supone una mayor espesura de piel que a los blancos y una superior renuencia al trabajo no remunerado)

Decía que Telegraph Avenue me ha sentado dolorosamente mal leerla y me ha indispuesto para con la novela americana actual, porque basta que se atraviese un espina en la garganta para mandar a tomar por culo a todos los peces del río sin segregaciones que valgan.

Durante toda la novela he tenido a Morrissey en la oreja susurrándome el salmo:

Burn down the disco
Hang the blessed DJ
Because the music that they constantly play
IT SAYS NOTHING TO ME ABOUT MY LIFE

Chabon, apellido que produce desconfianza o torpeza o las dos cosas a la vez según mi diccionario de lunfardo, es un tipo que parece no esforzarse demasiado en seguir pareciendo un adolescente tanto en su aspecto como en sus novelas a pesar de los cincuenta tacos que ya no cumplirá. Se dedica a escribir no bien ni mal sino guay.

Escribir guay solía ser la distancia más corta para tocarle mucho los cojones a un lector como yo y a un traductor cualquiera, pero como aquí el que traduce, convierte, trastoca y adecúa es Javier Calvo, tan habituado a bregar con estos encastes que se pasan la lidia parándose y mirándote por encima de los avíos, supongo que éste no le habrá hecho pasar muchos sofocos.

El escritor guay es torrencial o verboso, le salen palabras por todos los agujeros del cuerpo, es un jodido surtidor de palabras, las palabras se le caen solas a la página y él cree que con tener las piezas  sobre la superficie adecuada el puzle se agrupará solo. Y sucede que el puzle se va congregando, pero forzando los salientes y los recortes de las piezas, que se duelen de las insólitas colocaciones que les infligen, se afligen y se levantan, se doblan, se comban, se abarquillan, se dislocan, protestan coño, protestan, pero el escritor guay no las escucha porque para él las palabras son como rasillas de un exincastillos, solo valen para levantar un tropo pretendidamente sagaz y sobredimensionado y no para apadrinar una crónica probable, un trasunto, unos anales o algo. Luego Javier Calvo nos transpone el tropo a este lado del mar y yo, que soy muy tímido, noto como dos arreboles me caldean las mejillas, aparto la mirada del texto, carraspeo y dudo entre arrancar la página o arrancar esa y la siguiente, sentido que es uno ante el ridículo de otro.

Lo posmoderno solía consistir en intercambiar una foto tamaño carné por seiscientas páginas de descripciones de la misma foto. Chabon nos quita la foto y nos deja las páginas y las descripciones y vemos que sigue sin haber nada.

Hay una tienda decrépita de discos caducos regentada por un negro y un judío en el interior de una comunidad californiana culturalmente poliédrica, musicalmente polifónica, y racialmente diversa o polipiel. Hay dos mujeres parteras a la greña con la ortodoxia médica. Un adolescente que es enculado con frecuencia, y hay otro gran negro, gloria deportiva y empresario de éxito, que quiere abrir una superficie comercial en la zona donde el negro y el judío malviven de malvender sus malditos discos. El conflicto está servido, la oposición al gran negro que quiere arruinar a los comerciantes pequeños con la connivencia de los concejales corruptos.

Como este asunto es insuficientemente pulp o afterpop y nada freak, Chabon recurre a su particular ejército de salvación para disimular novelas convencionalmente realistas y hacerlas parecer más guays. Entonces se hace presente en el texto un Chuck Norris negro, moribundo, enfundado en un pijama de Kung-Fu y calzado con alpargatas Bruce Lee (loneta y suela antideslizante de caña de arroz) que consiguió cuarenta años atrás una dudosa relevancia a fuerza de protagonizar infrapelículas de artes marciales y persecuciones de coches, explosiones, patadas en la boca y toda esa jiña junta. Junto a él, la inseparable heroína del mismo género, cincuentona, turgente, apretada, aún elástica y aún follable, como una Catwomen o una Barbarella machorra. El Jackie Chan negro es el padre del mismo negro que regenta el tenducho de los discos, pero ni se tratan ni se ven. El viejo sueña todavía reverdecer sus laureles entre vaharada y vaharada de crack, y la Barbarella machorra ahí, del bracete de él, pavoneándose por el San Francisco y poniéndosela tiesa a los negrillos a su paso en todos los mostradores de las confiterías entre Berkeley y Oakland.

La música de los negros que se menciona es testimonial y de serie Z, las alusiones a personajes del folclore televisivo y populachero americano (piedra angular de todo el humor de Chabon), no se entienden si no has visto toda la televisión americana de los últimos cincuenta años, los personajes se multiplican rápidamente y desaparecen por inanes e insignificantes sin saber cuál es el papel para el que han sido llamados, la entrada y salida de nombres atiende a un requerimiento nominal transitorio o multi algo que no se explica bien. De pronto se muere un músico negro vecino de la comunidad y se le celebra mucho, vienen a la tienda de discos a plañir y a comer, el entierro dura tres cuartos de novela ¿y para qué? Pues para engrosar. Nada ni nadie parece tener una finalidad más que acumulativa, llenar un espacio que pronto quedará vacío; ningún personaje se erige, todos son subalternos, todo es liviandad y exhibición, retruécano sintáctico prescindible y estragante, accidente gramatical grave, yerma espermatorrea, onanismo tántrico.

“Esta mañana me decía en la cama que, para realizarme plenamente, me ha faltado una condición esencial: ser judío. Así, se me ha vedado una experiencia capital de la desdicha”.   –E.M.Cioran-

 

España, Manuel Vilas

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UNA NOVELA es un libro donde pone novela. Si pone que es una novela, pues ya está, es una novela, no hay por qué darle más vueltas. El problema de las novelas no es el nombre, sino el apellido. Cuando una novela lleva patronímico malo: rosa, negra, amarilla, pastoril, fotonovela, histórica, metanovela, nouveau roman…

Ha dolido que España sea dicha como novela y no como cuentos de panllevar. Nos sigue doliendo España por cualquier cosa. España como problema es cuento largo, ahora, España como novela, ya no sé si alcanza para tanto. Tal vez le ocurra como a Madrid, que es un género en sí mismo. Si España tiene género de novela ése debe ser el rústico aragonés, dos gañanes con légamo hasta los jarretes breándose a garrotazos (me incomoda poner esta imagen del goyesco tardío porque me suena de habérsela oído a Pérez Reverte. También me suena de él, a propósito de España como problema, lo de la guillotina eléctrica en La Puerta del Sol, pero nadie tiene memoria impunemente, esto o parecido también es de otro)

Se nos dice en algún renglón de la contraportada que España, de Manuel Vilas, es una novela, y yo me lo creo, otros muchos se creyeron que España era una unidad de destino en lo universal y que volvería a amanecer.

Para mí, la novela España, no son varias decenas de cuentos cortos encadenados sin ton ni son, sin conexión destacable alguna entre ellos, en pos de una coherencia arbitraria, tal vez infusa, que unifique y dé significado global al libro, no. Para mí, España, de Manuel Vilas, es una congregación de revisiones historiográficas apócrifas de un suceso particular acaecido a un particular, o sea, un ¡viva la virgen del Pilar! o ¡ahí va el Ebro!

Esto de indocumentar la Historia de otros, para fabricarnos una historia a la hechura nuestra o de nuestra vanguardia, no me parece muy novedoso, nada de empezar a comernos las pollas, en absoluto, lo que sí tienen algunos capítulos es enjundia, una enjundia mollar, una franquía o totalidad baturra muy saludable y graciosa, espontánea y vasta, como una jota a destiempo.

En una de las historias de España, Juan Belmonte es representado como un catedrático de astrofísica invitado a dar una charla sobre el universo. Comenzada la intervención, el ponente empieza a renegar de la astronomía, ningunea el espacio, las teorías físicas, niega la existencia de la materia, se caga en los putos telescopios, insulta a Einstein, la teoría de cuerdas es el judaísmo de la ciencia dice, sus saberes y su reconocimiento quedan sepultados bajo la desesperación y la ira. Su mujer, consternada, llama a un íntimo amigo de Juan, se trata de Joselito El Gallo, y es encarnado por un profesor de física teórica. La mujer le cuenta a Joselito que su marido está de los nervios, que lleva meses así, e incluso ha tratado de suicidarse inútilmente. Pues bien, este relato, probablemente desapercibido para la inmensa mayoría de los lectores de este libro, me parece una de las metáforas más audaces que he leído sobre lo que significó la irrupción de Belmonte en el toreo. El giro copernicano que supuso su estatismo y la invasión de los terrenos del toro, frente al inmovilismo clásico compendiado por Gallito, creo que está fabulosamente bien trazado por Vilas, dándole a Belmonte el papel de genio enloquecido, y al Gallo, el nada casual rol de físico especulativo. Formidable.

Las cosas que ocurren se cuentan rápido y bien, descerrajando un tiro al más mínimo atisbo de onanismo morfosintáctico, se renombra mucho Vilas en el libro, se personajea y personajea a otros muchos señores, les baraja los nombres y apellidos para repartirlos por trozos entre los textos, pero todos son identificables y risibles.

Hay mucha España sin espinazo en España y mucha tamborrada resollando por Calanda, sarcasmo y surrealismo rezuma el libro a buñoladas, en los capítulos caben muchas insolencias y anfibologías, y los tabúes, de haberlos, los vuelve hábilmente convenciones infantiles, ya se hable de la ETA, de los cristos o de la ninfomanía, Vilas siempre tiene un Sr. Lobo a quien recurrir para adecentarnos los chistes.

España me fascinaba porque ofrecía el ejemplo de los más prodigiosos fracasos. Uno de los países más poderosos del mundo llegando a semejante decadencia.    -E.M. Cioran-

 

A bordo del naufragio, Alberto Olmos

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RECUERDO QUE Los detectives salvajes me pareció una aburrida novela juvenil escrita por un señor empeñado en escribir libros gordos olvidadizo de que lo suyo era la corta y media distancia. Había muchachos por los tejados en ciudades protuberantes creo, persecuciones, un desierto o algo, y escritores decadentes de veinte años. También recuerdo que se follaba mucho, o bastante, vamos. El follar mucho intensifica el infantilismo de las novelas noveles me parece a mí.

En este libro que ahora cuento no se folla nunca y es un error. Al menos para el personaje, porque ésa y otra no (aunque nos trate de despistar) es la causa mayor de sus problemas.

La historia no la hay. Hay una segunda persona obsesiva diciéndose cosas feas a sí mismo. Yo no digo monólogo interior que suena manido y fatuo, yo pongo diálogo para dentro y ya está.

La acción es un muchacho diciéndose cosas para dentro de sí una mañana entera por Madrid de metro en metro, y eso es mucho decirse. Se levanta de la cama enfermo y depreciado y va disminuyéndose en progresión al avance del día. Del entresuelo varado  sale a la mañana fría y desprovista  del barrio obrero camino de la universidad en la otra punta de la desolación.  Las amonestaciones a su persona se yerguen monumentales como las llamas de un aquelarre por todo lo alto, le emboscan las entendederas y terminan secuestrándole el cerebro, que se disipa entre espumarajos y reniegos de la comunidad estudiantil paredaña primero y del orbe todo después.

Ya sé, ya sé. Ludibrios de inadaptado, feo, pobre y además lector, que las desgracias nunca vienen solas. Lleva una mochila cargada de libros que saca y vuelve a meter sin ton ni son, como por excusa o por disimularse la mirada. Los cuatro duros mal contados para el metro y la palmera de chocolate que tiene, se le van cayendo a las manos de los menesterosos despreocupadamente. Los desarreglos de dentro se le traslucen afuera, es huraño y astroso. Es el raro. Sin vida social pero con un mundo interior acojonante, como un cuadro de El Bosco.

Hay digresiones narrativas modernistas hacia una  puericia rural, agropecuaria, y un drama que se nos oculta con veladuras de sintaxis que velan poco porque  pronto se sabe de una infancia sin juguetes, una madre sin honor o esto. También hay unos abuelos dominantes y castradores en el origen del trauma, padres forzosos por interposición o disidencia de los titulares.

Madrid y la universidad de periodismo son un desengaño y, pues que la vida es un error, dice de volverse al campo, a Segovia, de resinero.  Se va consumiendo por las rumias constantes, la indómita flagelación, los pensamientos abrasivos fluctuantes, de la autocompasión pasa  a la ojeriza montaraz y vuelta la burra al trigo. No pensar, no pensar, piensa, pero nunca lo hace, porque la acción está supeditada al pensamiento y el pensamiento lo inmoviliza. Aquí es lo de la cola y la pescadilla. No quiere dejar de pensar o no puede dejar de hacerlo, aunque las más de las veces el pensamiento no es un pensamiento, no tiene esa jerarquía, es sólo una ocurrencia traída por los pelos (que se le van cayendo también) a propósito de un odio repentino, un dolor ágrafo, un mujerío codiciable, una esquizofrenia a su albedrío…

Sin aflojar el cilicio ni morigerarse  va construyendo la mañana en que ocurre el libro, y el armagedón que sigue sin venir. Una putada. Entonces repiensa lo de volverse a la era y al océano cereal castellano, menos antípoda que la cacherrería de Madrid, y se determina a marcharse, no sin antes cobrárselas todas juntas y resarcirse de tanta intemperie y malquerencia apilada en su individuo intrínseco. Decide ingurgitarse una botella de Ribera del Duero y robar un libro de Pessoa en El Corte Inglés. Tal cual.

A la novela le faltan más cagondioses altoparlantes,  que muchas veces parece estar dicha para un concurso de la tele. Las referencias librescas son estándares y las musicales son del Superpop. A uno le cuesta creerse los infiernos del muchacho cuando cita a Aleixandre o al noventayocho, lleva una camiseta de Dire Straits y habla de Nicholas Cage. Pero oye, no todos los infiernos arden a la misma temperatura, hay infiernos también de fuego lento o vitrocerámica que también queman.

No voy a poner lo de novela iniciática porque me suena a lo que dicen todos. Es una novela de inicio de escritura. Vamos que uno le viene la gana  recia de escribir a una edad y a tal hora y no hay más cojones que escribir una novela así, sin oponerse a ello, como un retortijón. Me parece bien que un joven a esa edad  hable de esto y no de creerse Thomas Mann reescribiendo  el  siglo diecinueve.

La novela se lee sola y a mí me ha divertido. Los detectives salvajes no tanto.

El acto del suicidio es terriblemente grande. Pero aún parece más agobiante suicidarse cada día…    -E.M. Cioran-