Todo como antes, Kjell Askildsen

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LOS TIPOS de los que habla Askildsen en sus cuentos malviven la prórroga última de sus vidas. Una prórroga que no han pedido y les irrita. Son hoscos, huraños, insociables, asociales, huidizos y silenciosos. La vida les ha concedido más tiempo del que ellos creen necesitar y no saben qué hacer con él. Viven en  una continua amargura de origen inespecífico que los hace desagradables, despreciables, convirtiéndolos en auténticos hijos de puta. Parecen comadrejas, zarigüeyas o garduñas, animales de estos. Van de la hura a la husma o al revés.

De todos ellos, viejos o no tan viejos, se vislumbra una existencia avejentada y zaherida. Un vivir inercial y sin objeto del que solo se espera ya la hora de diñarla sin que le toquen a uno demasiado los cojones. No hay desesperanza ni desesperación en estas vidas porque no se nos ha comunicado que antes hubiera esperanza o ilusión. Nos encontramos a estos hombres así, ya hechos, sin motivos para conocer o intuir que antes no hubieran sido de igual manera. Sobre esta amargura injustificada basa su retórica el autor, poco dado a dar explicaciones.

El estilo conciso y apocado ensombrece más los textos y los revitaliza. Quiero decir que los da credibilidad sin renunciar a la aspereza. El estilo se ciñe a lo que se quiere expresar, que es algo inusual hoy en día pero denota coherencia y convencimiento en el que escribe. Para ser una cosa primero hay que parecerlo, y para contar tristezas hay que escribir corto y triste.

Askildsen cree que para contar la soledad y la incomunicación que exudan sus criaturas poca falta hacen oraciones muy subordinadas y tiene razón. Si uno no se cree la sintaxis mal puede creerse el argumento.

El dolorido sentir se enmascara en la mala hostia de los personajes para no resultar cursi o tópico. Nadie quiere cambiar nada de forma drástica y repentina. La violencia, que la hay y mucha, es intramuscular, no epidérmica. Nadie está llamado a grandes acciones justicieras, grandes matanzas, algo. La desazón y el desapego es de orden existencial y no tiene remedio. La fugacidad del tiempo, el silencio de dios…, la conciencia nórdica y alcohólica de la biblia mal comentada.

Incide mucho en el descastamiento. Uno de los odios más agresivos y menos comprendidos. El rechazo de la familia, la renuncia a lo genético, a lo que nos es propio. El exilio global, la vuelta a la animalidad primordial, el revolverse contra nosotros mismos (remito a la zarigüeya).

Aparecen matrimonios que se incomunican bien y se boicotean con maldades inocuas pero dañinas. Hay asesinos caballerosos con los que tomar café  y familiares de los que huir como si fueran asesinos descansillo abajo. Mucha irreverencia  y mucho artificio con apariencia de sosegada costumbre. Dramatismo desdramatizado y normalidad adulterada, la cuerda en ese punto de tensión que aprieta pero no ahoga. Nos jode pero no nos mata.

Todo es incómodo y raro pero no por ello deja de ser real, de ahí el desasosiego y la irritación. Hay desamparo  y desamor sin lamentaciones, y donde no hay quejas no solemos reconocer el dolor, pero lo hay, claro que lo hay, solo que no nos llega con la suficiente nitidez con la que es habitual que se nos presente. En ese lenguaje de insuficiencias radica el mayor mérito de estos cuentos. Que sí, que pueden recordar a Carver en algunos momentos, sobre todo en el tempo y en el clima de los relatos, pero yo veo en Askildsen  mayor preocupación por soterrar la trama, por hurtarnos información para que solo resplandezca lo oscuro, hay más economía y más perversión.

La acción no aparece en ninguna parte porque estos relatos son lo contrario del actuar, son elegías a la inacción. El tedio nace de la inmovilidad. Al personaje le basta con observar la realidad sin intervenir en ella para que le lleguen las arcadas. Hay un asco sordo hacia todo lo vivo en cada renglón del libro. Un asco contemplativo y estabulado, voyeur por decir algo. El observador mira con desagrado pero no deja de mirar. Tampoco es masoquismo porque todo lo más que le provoca la realidad es insatisfacción y desprecio, no un dolor adictivo o narcotizante. A propósito de otro libro el prologuista de éste alude a Celan con un engarce bien traído, “la brutalidad silenciosa de lo que realmente somos cuando no sabemos qué ser”. Ahí lo dejo dicho.

“La rebelión es una señal de vitalidad, al tiempo que de indigencia metafísica. Cuando hemos ido al fondo, no ya de las cosas, sino de una sola cosa, podemos aún rebelarnos, pero ya no creemos en la rebelión”.   –E.M.Cioran-

 

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