La cabeza en llamas, Luis Mateo Díez

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LAS CRIATURAS de Mateo Díez tienen nombres con sonoridades de gravedad, míticas, lejanas, como rescatadas de un arcón olvidado en el sobrado de una casa de adobe de un pueblo sumergido bajo las aguas de un pantano. Nombres y topónimos a los que se les adivinan con solo pronunciarlos una vislumbre inquietante, un bies engañoso, el de una historia antañona y polvorienta acaso, o un inconfesable secreto que linda entre realidad y ficción, entre lucidez y locura. Nombres con peso de siglos que callan y con eso espesan el tiempo incomodándolo, predisponiendo la narración hacia lo irresoluble, enlodando el relato de presagios y asechanzas turbias, oprobiosas contra las virtudes teologales o peor.

Resabios de provincia deshecha y campanario, piedras limadas y regatos, pajotes furtivos y sotanas acartonadas de lefa y cera. Una ruina orgullosa que se resiste a morir y manotea fútilmente sobre el follaje de una memoria desvencijada.

Los cuatro relatos de este libro fabuloso son blasones de una prosa en extinción sin semejanza alguna en el panorama literario español de alto standing. Complejidad sintáctica y procedimental que mantiene abierta la veta indagatoria y el asombro que bascula entre la pretensión y el hallazgo. O sea, voluntad de estilo al servicio de tramas y personajes, quizá más escorado hacia el personaje que a la trama, variables de una ecuación irrenunciable cuyo objetivo es contar la vida; y en ese cuento lo más apremiante son las posibles resoluciones. Porque la vida sigue siendo ante todo un asunto a resolver.

“Que la vida que se cuenta fluya revelando el propio sentido de la misma, lo que simbólicamente debiera alcanzarse con un armamento puramente narrativo y tan expresivo como eficaz.”

Narración, expresión, y eficacia, tres formas de una única verdad que en la prosa de Mateo Díez se revela natural, cadenciosa y enérgica. La santísima trinidad literaria: contarlo, contarlo con belleza, y que además se entienda. Un dogma al que no se renuncia por escepticismo sino por incapacidad.

La cabeza en llamas titula el primer relato y da nombre al libro, compuesto por cuatro novelas cortas de cuño cervantino y un epílogo aclaratorio donde las conductas, nunca ejemplarizantes, confluyen en dilemas morales y existencias atormentadas e inconsecuentes.

Camil es un personaje entre dos mundos; huérfano, se crió con su abuelo y sus tíos, aprendió a leer solo y se fue haciendo con una irritante retórica embaucadora y contestataria de atracción y repulsa hacia los suyos. Una rebeldía indómita fronteriza entre la insolente osadía y la enfermedad. Viviendo así, entre el ardor y la llama, el desenredo solo puede determinarse en los límites de una vasta y elocuente hoguera.

En Luz del Amberes el escenario es un restaurante lujoso. Dos sobrinos adolescentes son imprevistamente invitados a comer por su tío Viro rompiendo así la rutinaria atonía de sus vidas en internados religiosos. Sobre la timidez de los niños se irá depositando una espesura de confidencialidad, una tonalidad moral auspiciada por los secretos infantiles de Viro que se confunden con misteriosas ensoñaciones y son revelados a los niños como una mágica confesión. El restaurante se integra magistralmente en el relato como un personaje más sin que sea necesario describirlo con profusión, actúa como una compañía silenciosa que los niños perciben vivamente creando una atmósfera  física y afectiva, un halo de excepcionalidad y misterio sobre sus vidas insignificantes.

El gusto que algunos tienen a la infelicidad da lugar a Contemplación de la desgracia. Un ejercicio intelectual de distinción, discriminación, entre dos tipos de tristeza: aquélla que se nutre de la contemplación y la otra que aspira a la comprensión.

“Comprender la desgracia es un grado mayor de sabiduría que contemplarla, se trata ya de una dimensión moral que puede encaminar la comprensión a la piedad, y en la piedad como bien sabemos anida la virtud.”

Implícitamente es también  un reconocimiento moral a la acedia, la tristeza con o sin objeto que proyecta la totalidad de su obra, sus ciudades de sombra. Veda Noya degusta con deleite y se recrea en la contemplación de la desgracia, por eso el teatro trágico es composición y aprendizaje idóneo del sentido del infortunio que gobierna el destino de los seres. La sublimación de la aflicción engendra un ensueño melancólico vagamente lúcido, simbólico y romántico que lo aproxima al desvarío y al ensimismamiento, de ahí que sea conveniente descifrarla con palabras para tratar de comprenderla, y como la vida, en el proceso de enunciación pueden ir las claves de su resolución.

La última de las historias es Vidas de insecto y parecen ser unas disparatadas memorias escolares en las que se reconocen un colegio de curas y una peculiar disposición taxonómica jerarquizada donde alumnos y profesores formarían parte de distintas familias y especies de insectos debido a su proceso de educación y su inalterable destino. El texto es premeditadamente enfático, gamberro, y en ocasiones muy gracioso, una ingeniosa subversión infantil cercana al surrealismo amenizada de metáforas desaforadas y hallazgos expresivos a medio camino entre la remembranza y la imaginación más alocada.

“Debo reconocer, y así lo hago, que vivo en la novela lo que la vida ya no me reclama.

Escribir es lo único que me interesa para que la vida no decaiga, y en la escritura está el único aliciente que me queda para acabar de resolverla”.

“Reírse burlonamente o rezar: todo lo demás es accesorio.”    -E.M.Cioran-

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