Personas como yo, John Irving

Have_A_Problem___by_kernhal

ESPERO CADA NUEVA novela de Irving como una epifanía desde hace quince años. Cuando llega el runrún de que el libro está a punto de salir en su país se me apropia un entusiasmo relleno de impaciencia cuasi escolar, como de víspera de vacación o algo, pues sé que pronto lo publicarán aquí y allí iré yo, raudo a comprarlo.

Sostengo el libro en  una mano para sopesarlo. Calculo a ojo el volumen en fanegas y luego lo paso a celemines, según. Los libros de Irving siempre me han dado una impresión de vastedad muy propicia a la mensura agraria.

Personas como yo  no trae mal tonelaje, por de pronto digo que seiscientas páginas o casi. Menos que La última noche en Twisted River, y casi la mitad de la monumental Hasta que te encuentre, no obstante, doy por buena la cosecha.

La portada es una espalda hombruna con sostén preparatorio desabrochándose. Lo de sostén preparatorio lo he aprendido leyendo el libro. Se trata de un sostén primerizo para pechos aún en desarrollo, con la copa no demasiado rígida para no intimidar lo venidero, amedrentar las expectativas y eso.

La portada dice mucho del contenido o muy poco. No soy partidario de las portadas explícitas, sí de las sugerentes. Si una imagen no vale ni una frase bien dicha cómo va a resumir una gran novela de seiscientas páginas. Editores torpes es lo que hay.

Irving y el sexo entonces. Irving y el sexo a contracorriente aquí.

En muchas de sus novelas sucede que un joven, un niño más bien, tiene un encuentro carnal con una persona adulta. A veces el encuentro es brusco y traumático y ensombrece la vida del niño y del hombre que llegará a ser, otras, como en este caso, es taumatúrgico y protector. De igual modo el encuentro detonará la narración haciéndose extensa biografía.

De un follar lampiño y casto con un transexual se irá haciendo maraña y bosque cerrado hasta llegar a la manigua sexual que es la vida de Billy Abbott, el gran personaje del libro.

Narrado en primera persona por el propio Billy, entre saltos y digresiones, nos irá contando su vida desde la infancia hasta casi los setenta años, hecho ya un escritor reconocido, profesor del instituto en que estudió y director teatral amateur.

Entremedias, el proyecto de llegar a convertirse en escritor. Vocación que se remonta a sus relecturas juveniles de  Dickens (Grandes esperanzas) mediados los cincuenta, y a las atinadas recomendaciones de la bibliotecaria del pueblo, la escultural señorita Frost.

De padre homosexual desaparecido, abuelo transformista, prima lesbiana y madre insatisfecha, Billy derivará a bisexual. Toda su vida sentirá el rechazo de unos y otros, gais y heterosexuales, que lo acusarán de tibio y oportunista. A decir de él mismo: como un gay que viviera con un pie dentro del armario. Ese será su destino, sentirse digno, lograr  arrancarse la etiqueta.

De su conjeturada indeterminación sexual llegará la confusión, sus encaprichamientos adolescentes con los mocitos cachas del instituto y con las mamás de los mocitos cachas. Dos manos, dos barajas, el mismo solitario. Vacilaciones e incomprensiones familiares que tratarán de protegerlo de la intemperie de la carne aturdiéndolo aún más. El encuentro del impúber con el transexual matronal e intercrural allanará el camino íntimo y avivará el fuego colectivo, el vocerío acusatorio, la recriminación a la diferencia, la anormalidad no tolerada.

Eran los setenta ya, la gente se jodía hasta las piedras. Dilucidado si uno era de los de arriba o de los de abajo, de los de dar o recibir, se iban a Los Ángeles que era Gomorra, era San Francisco como dicen que era Sodoma, y Nueva York peor. Se folló mucho y de cualquier manera por aquellos días. Luego vino lo que vino, pandémica y celeste, se abrieron los sellos y sonaron las trompetas.

Un mal día a Rock Hudson le da por adelgazar, entonces el libro atempera el ritmo narrativo y se detiene a describir, y las descripciones son muy sentidas y veraces, tanto que nos enternecen y nos acojonan mucho. El libro se va llenando de renglón en renglón de crespones fúnebres. De amigos muertos, de amantes muertos, de travestis muertos, de compañeros de instituto muertos, de mujeres de amantes muertas, de madres de muertos muertas. El hospital San Vincent de Nueva York no da abasto. Médicos y enfermeras abandonan a los enfermos a su suerte por miedo a contagiarse.

Algunas mujeres se enteraban que sus maridos habían tenido relaciones con otros hombres sólo cuando sus maridos agonizaban. Algunos padres descubrían que sus jóvenes hijos varones agonizaban antes de saber o haber deducido que sus hijos eran homosexuales.

La pneumocystis carinii fue la neumonía que causó mayor mortandad, dicha neumonía era la forma más habitual de presentación del sida. Un hombre joven, por lo demás de aspecto saludable con tos y dificultad para respirar. Primero venía la fase en que no se mejoraba con antibióticos, por lo común a uno lo trataban con Bactrim, después las acumulaciones de cándidas y la lengua blanquecina, a veces el rostro se desfiguraba debido a las lesiones del sarcoma de Kaposi. El pelo ralea y la piel adquiere una coloración plomiza, a menudo cubierta de una película de sudor frío al tacto. Las cándidas descienden por la garganta hasta el esófago impidiendo la deglución, los labios aparecían agrietados y recubiertos de una costra blanca. Se hinchaban los nódulos linfáticos del cuello…, mielopatía, meningitis criptocócica, citomegalovirus …

La novela entra en la planta de cuidados paliativos y adquiere ese olor que despide el pelo cuando está apelmazado por el sudor y aplastado en la cabeza por el contacto con la almohada. El olor de la sal que se seca y endurece en la frente debido a la fiebre y a la sudoración incesante, las membranas mucosas se llenan a rebosar de levadura. Es un olor a levadura, pero también a fruta, tal como huele la cuajada, o el moho, o las orejas de un perro cuando están mojadas.

La ceremonia del adiós de los amigos es estremecedora y, como digo, el tono cambia. Se adecúa a la tristeza y el miedo que provoca la plaga. Billy no se contagia, desde mediados de los sesenta y por una razón más azarosa que premeditada decidió utilizar condón en todas sus relaciones sexuales. En cambio ve morir a muchos amigos. Conoce a los hijos de algunos amantes muertos, conoce al hijo de su gran encaprichamiento de juventud, el virtuoso luchador Kittredge, muerto en extrañas circunstancias después de descubrir que tras la fachada de gallito de instituto se escondía un travesti que en realidad lo admiraba mucho, no tanto su hijo.

No tuvo mucha fortuna la promoción de la academia preparatoria  Favourite River de First Sister 1955, entre el sida y la guerra de Vietnan se perdieron muchos de aquellos muchachos. Las representaciones teatrales de Ibsen y Shakespeare se resintieron desde entonces.

En un último afán por conocer a su padre Billy llega a Madrid, a Chueca, donde le han dicho que reside y trabaja. Este pasaje de la novela es deficiente, se mencionan un par de calles y dos o tres bares, en uno de ellos actúa su padre haciendo no sé qué estúpida cosa, es tópico y típico, nada afortunado, no debiera haber sido incluido en el libro. En la página de agradecimientos finales se mencionan entre muchos más los nombres de Vicente Molina Foix y Rodrigo Fresán, ahora ya sabemos qué anfitriones tuvo en Madrid y de qué le sirvieron.

“Sensualidad y desánimo combinan perfectamente. Cuando ya no se cree en nada, se puede aún creer en eso”.    –E.M.Cioran-

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