El hijo de Greta Garbo, Francisco Umbral

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UNA MADRE es la causa más importante. Muy por encima de la liberación de Argelia. Eso lo sabemos todos. La madre es toda la literatura que uno puede esperar de la vida.

La mancha de las moras en el vestido de la madre, en el blancor de su blusa, es una afrenta de la naturaleza a la musa de alabastro, un beso oxidado en la superficie fina de su anatomía. Mamá entre los zarzales y la mancha de las moras es como el sabor de aquella magdalena de la nostalgia que nos contaron.

La mancha es una llaga que se ahonda en el pecho de la madre y le subraya al hijo las pesadumbres de ella. Ahí va la madre ahora, dulcificando la vida con su elegancia de estrella sueca de la cinematografía, con su estigma enseñoreándose en el pecho blanco de la camisa, por entre las zarzas, junto al Duero, muy cerca de Valladolid, con su hijo recóndito de la mano.

La habitación de la madre, el mirador de las lecturas, tardes de parra virgen, el vencejo de siempre dando circularidad al cielo, butacas con paisajes, gran cama matrimonial y el armario, que esconde el hombre que falta en la cama. Un viejo traje de húsar con gorro de Napoleón, un traje con alamares de sangre rescatado de alguna guerra romántica, un uniforme que se confunde con el padre ausente, preso o muerto. Un enigmático soldado colgado del armario entre las gabardinas de entretiempo de mamá y sus trajes de blanco. Con ropa blanca iban muchas, pero mamá sólo iba de blanco, como si la blancura, más que llevarla puesta la habitara. El cuarto para leer y para decirle a ella las lecciones, cuando estaba en la cama, reposando con una decimillas o por los males menstruales. Sobre la cómoda el dibujo a plumilla de Leonardo, y el tosco bargueño junto a su cama, donde guardar las epístolas y la caligrafía. El niño la mira escribir y sueña con imitar los trazos de garza de su letra.

Va la madre al trabajo, a la mecanografía diaria de los asuntos, a la política, porque el niño tiene una madre muy política, y el niño la aguarda paciente en la biblioteca. Allí, subrepticio, descubre a Federico diciendo aquello de “los relojes se pararon, y el coñac de las botellas se disfrazó de noviembre…”, tras la turbación inicial, inmediatamente reconoce el decisivo momento por el que atraviesa su vida y su vocación, ya más confortado concluye: si se puede escribir que las botellas se disfrazan de noviembre yo también puedo ser escritor. Ahora tiene que desembarazarse de los galdoses coñones, de los infiernos del Dante y la alcahueta Beatriz, ilustrados en gótico por Doré. El gótico todavía no se nos había politizado y germanizado como ocurrió después. El gótico eran las familiares letras de la cabecera de El Norte de Castilla y los demás periódicos regionales, leídos en el Café Ideal Nacional cuando mamá me llevaba allí a remozarme de azañismo. El azañismo era ver pasar la prisa o la tardanza de las clases medias, porque lo republicano era llevar los gemelos de oro del abuelo sin ningún fanatismo por el abuelo ni por el oro. El azañismo era otra manera de ponerse el sombrero o pedir el periódico. El azañismo estaba en la estatura valiente de mi padre, y más que en ninguna parte, en los ojos profundos de mi madre, de un castaño dorado o de un oro verdeante, cuando la enfermedad pasaba por su fondo como un cortejo fúnebre o una novia enlutada.

La mancha de moras de la madre es  una  hermosa orla anterior al mausoleo. Porque la madre aún vive, pero está tocada del pecho, aunque la abuela la dé ya por muerta. La hemoptisis, una menstruación inversa de la madre, le hace tener que reposar. Del pueblo viene el primo Paulo que es un hombre hecho de silencio y humo de tabaco. Un hombre cabal que viene a Valladolid a ver los toros como hay que verlos. En silencio. Y trata a mamá con la veneración del tímido enamorado. Tiene un Ford modelo T que los clericatos le requisan cuando quieren. Mamá se monta en el coche que huele a guante y a viaje para irse al norte a reposar, lejos de las nieblas de Valladolid, de la reclusión del Campo Grande con sus cisnes anélidos, y el esputo insidioso de la provincia entera, más irreverente que la hemoptisis de mamá.

En el pueblo del norte el niño subirá a los palomares a degollar palomos tristes y penar por ello detrás de las criadas, mirará sus muslos partenónicos  e indubitables y, sin aprensión, irá dándose sobrada cuenta de que siempre se está aprendiendo algo en la difícil asignatura de la mujer. La cercanía de la mujer, el aprendizaje continuado de una madre. Al primo Paulo ya le han vuelto a requisar el Ford T los curas cabrones. La clerigalla ominosa.

La vuelta a Valladolid será peor, dicen que ha pasado una guerra entera, no sé cuándo. La ciudad cainita con sus mecenas barbados y sus melenas blancas como palomos viejos ululando por el Casino, bohemios embarnecidos de la sangre que van a la música a desentonarla, no la que le gusta a mamá, la música cuya sola presencia contribuye a armonizar vagamente, por como ensalmo o agradecimiento a la musa de alabastro tocada del pecho. La música se toma su justicia poética y satisface o decepciona según el público presente. La orquesta sinfónica regional suena a quincallería cuando mamá no puede ir a escucharla porque está enferma. Mamá es tañida por la propia música, pulsada como una  de esas criaturas instrumento en quienes la música, la poesía, la vida, el amor, o simplemente el tiempo, siempre tañen algo. Lleva ahora la melena más crecida, anovelado el pelo, las piernas larguísimas, más embarullada su soledad de bibliotecas de penumbra y policías, donde es una marginada, postergada doblemente por la política y la enfermedad contagiosa. Pero es igualmente bella, herida por la mora agraz en su pecho, y por la malhadada parroquia de modistillas y fregatrices provincianas.

Estamos mal hijo, estamos muy mal, papá no vuelve, a tu padre no le sueltan de la cárcel.

Un día nos dijeron que papá se había muerto y ya no quise hacer más preguntas. El traje de húsar del armario ha perdido el cuerpo que le corresponde, el guerrero ausente, aquel romántico de paisano, aquel húsar de sangre, aquel loco, aquel rojo, el revolucionario, adónde iba con tanta literatura, ya era hora. La muerte del tan muerto corrió por la ciudad y fue noticia en el Casino.

Mamá se acostó y comió en la cama. Yo leía en el mirador, a la luz rosa de la parra virgen. La madre en la cama, tan revuelta, rota de fiebre y vómitos, era otra. Lo espantoso del dolor es que nos trueca las criaturas, lo satánico de la enfermedad, del tiempo, de la muerte, en fin, es que cambia al ser amado por un desconocido, antes de asesinarlo para siempre. Ya no era ella.

Luego el negrear de viudas alrededor del viático, un hedor de procesión en toda la casa.

Hay días en que la soledad es un sarao, en que la habitación está llena de su pasado. Mi madre fue la idea más luminosa y exigente que la ciudad tuvo nunca de sí misma. De mi madre solo quedo yo. Ese alabastro de madre, ese desnudo blanco, mate y excesivo, es la corporalidad en que me he reinternado, ámbito de mujer dentro del cual quiero vivir uterinamente. No es su habitación lo que habito, sino el cuerpo blanco de mi madre. Dentro de esa blancura me muevo y nutro.

Pero hay días, ya digo, en que la soledad es un sarao.

“Tengo que escribir un texto sobre el dolor. Veo claramente lo que he de decir al respecto…pero, ¿por qué decirlo? ¿Por qué no sufrir en silencio como los animales?   -E.M. Cioran-

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3 pensamientos en “El hijo de Greta Garbo, Francisco Umbral

  1. Dudi

    Bueno, solo era un apunte que he constatado en las últimas entradas, también la otra reseña de Tizón se me hizo larga…en cualquier caso, es un gusto leer tu blog, con esa prosa ‘transparente’ que diría el propio Umbral! Un abrazo y sigo esperando nuevas reseñas!

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