Gillian Flynn, Perdida

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TIENE QUE HABER libros para venderlos ahora ya y libros que los venda la posteridad si dios quiere (un señor llena su comercio de posteridad y se muere de hambre, con las librerías igual) Entre los primeros comercializan mejor los editores la novela gorda para best-seller. Un best-seller enteco no dice nada a los que suelen comprar de oído y al peso el cuarto y mitad de libro lechal. En cambio, el libro gordo, con su porte obispal, además de impresionar a las visitas, confiere jerarquía e instrucción a los anaqueles del recibidor, tan colonizados siempre por marcos de alpaca y chuminadas de cuando las bodas y comuniones.

El best-seller o ahora ya es un libro que no suele tener paciencia para que su autor llegue a Premio Nobel o algo y prefiere hacer carrera por su cuenta. Su naturaleza ansiosa le lleva a significarse pronto. Se mueve en un tiempo contiguo y transitorio, llevando en las solapas el estigma de las inmediateces y las caducidades, las rimbombancias los encomios y encarecimientos, como un yogur de estrafalario sabor que recomiendan consumir preferentemente.

¿Por qué de entre todos los yogures presuntamente extravagantes de sabor se erige uno, confinando al sótano de la fresquera y a la caducidad urgente a todos los demás? Mireusté, la respuesta no se tiene porque la pregunta no vale como pregunta. Así de torticero no se pregunta ni para un referéndum de autodeterminación.

Leer un best-seller caducado, fuera de promoción, aunque permanezca en la sección de lácteos frescos, es jugarse a los chinos la diarrea Todos los sabores están ya descubiertos y saben a muy poco, la verdad. Lo otro, el espíritu santo y lo que el azar dispone, el lucky strike y el Draper que nos recuerde: It’s toasted, ocurre que poco tiene que ver con la literatura y sí con la publicidad, con las voces de las autoridades domésticas en las charcuterías y en las tahonas, a la cola de la caja rápida del Mercadona, que es como el palco del Bernabéu de la masa transeúnte donde se decide si las sombras de Grey nos pone o no nos pone, la carestía de las frutas de temporada y lo tarde que es ya para casi cualquier cosa.

El best-seller se lee en las primeras floraciones o no se lee, se agosta en las manos tardías. Consumir los best-sellers de antes es una forma de penuria lectora, de menesterosidad, de estrechamiento, de falta de consonancia con la fecha del mundo que te ha correspondido. La forma más rápida de desactualizarse.

El nombre de la rosa y Los pilares de la Tierra se consumían bien en su día porque nos contaban una edad media ochentera y transicional, como El médico o El perfume. Cosas que ahora sólo puede leerlas quien posea un DeLorean tuneado.

Esto es, o se leen best-sellers ahora ya o se lee otra cosa.

Yo he consumido este libro que ahora digo antes de sus diez de últimas pues no sé, porque no todo va a ser follar, habrá también que indocumentarse con aseo.

Se nos cuenta a dos voces las disonancias de un matrimonio joven y guapo que peregrina de la opulencia afectiva y pecuniaria a una escasez adyacente y arrabalera. Él ha empezado a amarla a ella por coño interpuesto y ella se duele maquiavélicamente por ello, que es la forma sinuosa de afligirse que tenía Islero cuando mató a Manolete.

Se producen desperfectos entrambas partes y empieza la policía a buscar (aquí también es tonta), pero no sólo busca ella (la policía), porque ella (la esposa) es también de mucho trastear y regocijarse, para adversidad de él, que es indisimuladamente obtuso.

La rutina desdice las onomásticas y desencola los cajones. Los novios ya no son lo que eran cuando eran novios y no esposos, falta dinero y follar da para poco. Todo se maldispone, ya casi nunca leemos juntos los horóscopos,… me voy o me matas que es peor.

La localización fluvial del texto nos va llevando por un flemático paraje de sobreabundancias conyugales hacia un desenlace correlativo: dónde, cómo y por qué. Las permutas argumentales son disuasorias y fraudulentas, la esgrima entre el dime y el direte es un sablazo en el antepecho del sentido común, el cadáver llega mal y tarde pero al menos llega, hay zorrerías y zorrerías.

Y cuando todo es demasiado y me digo: al menos no he dejado caducar otro best-seller en la nevera, aparece Fresón epilogándome el regurgitado, avisándome de que me fije más en la hija bastarda de Patricia Highsmith que, según él, es Gilliam Flynn, dueña de una prodigiosa capacidad para diseccionar lo cotidiano y familiar y hacernos ver de manera nueva lo que pensamos que teníamos completamente visto… Y sí, me acuerdo con emoción de la hija bastarda de Patricia Highsmith y también de la madre de este señor, un tal Fresón, o Fresán.

 “Llega un momento en que hasta la negación pierde su brillo y, deteriorada, va, como las evidencias, a la cloaca”.    –E.M.Cioran-

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2 pensamientos en “Gillian Flynn, Perdida

  1. brux

    En esta ocasión le tengo que decir que no sé qué decirle… viniendo de mí es todo un señor elogio; dos cosas que anoto: una, que yo creo apreciar en esta entrada cierto cambio de tono, de sobriedad de estilo, por una vez le leo con una voz distinta, por momentos, de serena casi lírica: “El best-seller se lee en las primeras floraciones o no se lee, se agosta en las manos tardías”, un buen vuelo rasante, sin mariconerias; dos, es la primera vez que leo tan palmariamente expresado lo que daré en llamar “el espíritu de la letra” del mundillo del best-seller, yo siempre me quedaba en la parte más prosaica, la de la estantería en un puesto preferente, la parte pecunaria, los hinchados elogios, las fajas, las cifras del marchamo de las treinta ediciones y siempre renegando del brutal engranaje de las mercaderías, sintiéndome aquel Chaplin de unos Tiempos Modernos que hoy resulta que son en un viejo blanco y negro -y conste que me encanta-, pero hay letra pequeña… y ahora, gracias a sus palabras, al fin la entiendo.
    “Puede que sea cierto que no haya nada nuevo bajo el Sol; excepto el mismo Sol, de nuevo.” PD: nunca había pensado en la veta retórica como en un referendum. Le leo.

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    1. michelstaedter Autor de la entrada

      Le agradezco sus merodeos por este inhóspito y deshabitado paisaje, hago mías sus observancias y valoro sus estimulantes pareceres de lo que yo no considero otra cosa -a las categorías de este cuaderno me remito- que añagazas y baladronadas. Impertinencias e irreflexiones echadas (tiradas) casi siempre contra algo o alguien sin más apoyatura que un desapego injustificable, una adhesión repentina o una irresolución anímica. Sensaciones caprichosas en todo caso que dudo tengan rigor o estilo y merezcan conformidades y disquisiciones sesudas. No obstante, espero seguir coincidiendo o desaviniendo con usted en lo que haga falta, faltaría más. Gracias.

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