El ruido de las cosas al caer, Juan Gabriel Vásquez

EL RUIDO DE LAS COSAS AL CAER es el ruido que hicieron al caer sobre los Andes las cosas del vuelo 965. Juan Gabriel Vásquez lo dice en un colombiano dócil y sin volutas, mansamente salpicado de indigenismos que no azucaran los renglones en exceso salvo el último que abrocha la faena, que nos lo endilga aleve y artero como un bajonazo en el chaleco. Júzguese: “…el mundo es un lugar demasiado riesgoso para andar por ahí…”

Esta novela, correcta y hábilmente contenida, tanto que a veces peca de frialdad y lejanía, pertenece al género sudamericano absoluto que llaman  ¿en qué momento se jodió el Perú?, o bien Colombia, o México, o la Argentina, o el Uruguay

Vásquez o su personaje principal, Antonio Yammara, es un damnificado anónimo de la violencia que siembran las drogas y la guerra contra las drogas en Bogotá. Él, un joven profesor de derecho aficionado al billar, establece una reservada cercanía con un tipo recién salido de la cárcel por narcotráfico. Una tibia confidencialidad les hará pasar fortuitamente juntos por el lugar en que unos motoristas esperan al ex presidiario para acribillarle a balazos. El joven profesor no saldrá indemne de la balacera, llevándose de recuerdo una en el vientre. El traumático acontecimiento dejará a Yammara sepultado durante años entre las ruinas física y anímica. Deteniéndose en el inevitable desmoronamiento familiar y profesional del protagonista, el autor lleva con solvencia y sin histerismos un eficaz juego de sobrentendidos narrativos que aluden a la historia reciente de Colombia, como el esplendor y el ocaso de Pablo Escobar, los atentados políticos, las bombas en lugares públicos, las muertes indiscriminadas…, lo que viene a llamar: la peste de su país, que le cazó a él y a tantos de su generación dejándoles una espesa mancha de miedo, tristeza y odio en la conciencia. La sórdida atmósfera de violencia que secuestró a Bogotá durante los interminables años de plomo y que obligó a muchos supervivientes a largarse de allí avergonzados y humillados.

Los complejos, aprensiones e impotencias, dejarán a Yammara al borde del colapso existencial hasta que decide indagar en la vida de aquel hombre, Ricardo Laverde, descubriendo así la historia de un joven piloto de familia bien venida a menos enamorado de una voluntaria americana de los Peace Corps con la que tuvo una hija. El cuerpo central de la novela consistirá en deshilvanar la historia vital de estas dos mujeres, madre e hija, Elaine y Maya Fritts, junto a los amoríos y malquerencias que mantuvieron con Laverde, padre y esposo.

Por momentos Vásquez parece odiar profundamente a Colombia y hace lo posible por embridar ese odio, no así la rabia, que se filtra por el bocado en vastos espumarajos que caen alternativamente sobre su personificación malévola, Bogotá, alta, fea, sucia y sanguinaria.

Había en Maya Fritts una naturalidad que yo nunca había visto, y que desde luego era muy distinta del puritanismo de los bogotanos, capaces de pasarse la vida entera fingiendo que nunca han cagado.”

No obstante, el potro galopa con destreza de los llanos a la cordillera sin desfallecimientos graves por el mal de altura. Abreva por las riberas del río Magdalena, donde el cólera y las bandadas de gallinazos han marcado a fuego la geografía sentimental de una generación de lectores de la que él, Juan Gabriel Vásquez, en un momento de la novela hace chanza y befa.

Elaine rasgó el papel de regalo, vio un diseño de nueve marcos azules de esquinas cortadas, y en los marcos vio campanas, soles, gorros frigios, esbozos florales, lunas con cara de mujer y calaveras cruzadas con tibias y diablillos bailantes, y todo le pareció absurdo y gratuito, y el título, Cien años de soledad, exagerado y melodramático. Y días después, en carta a sus abuelos, escribió: “Mándenme lectura, por favor, que por las noches me aburro. Lo único que tengo aquí es un libro que me regaló mi señor, y he tratado de leerlo, juro que he tratado, pero el español es muy difícil y todo el mundo se llama igual. Es lo más tedioso que he leído en mucho tiempo y hasta hay erratas en la portada. Cuando pienso que ustedes estarán leyendo el último Graham Greene. Es que no hay derecho.”

Voluntariamente o no, los personajes traveseros de las dos mujeres se adueñan de la narración fagocitándole el perfil a Laverde y a Yammara. La diatriba se recompone con aseo, pero deja regusto a vaguedad e inconclusión como de final encontradizo y poco veraz, al intentar en vano Antonio Yammara, daño colateral de la violencia desmandada, no hacer partícipes a su mujer y su hija de una realidad dolorosa pero evidente. Después de todo, el mundo es un lugar demasiado riesgoso para andar por ahí sin protección, a la intemperie de la multitud.

“¿Qué es el dolor? Una sensación que no quiere pasar inadvertida, una sensación ambiciosa.”      -E.M.Cioran-

 

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