La noche que llegué al Café Gijón, Francisco Umbral

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A Umbral todos le decían: mire joven, búsquese un trabajo en una oficina, hágase con un sueldo y tal, y después escriba usted lo que le dé la gana. Y Umbral, hasta los cojones del insistente consejito, tímido para decirles a esos señores tristes lo que hubiera querido decirles de buena gana, les sonreía detrás de sus gafas de hipermiope y gravedad, y respondía que sí, que a eso mismo iba a ponerse en cuantito se acabara el café, no te jode.

Pero Umbral no se había ido a Madrid a hacer lo que ya hacía en la provincia. Umbral llegó a Madrid con un destino propio por desembalar. El destino de ser escritor o nada. Escritor profesional a tiempo completo. Nada de simultanear los oficios y que uno se le inmiscuyera en el otro, como les ocurría a casi todos los escritores de la tertulia, que el sueldo del ministerio de hacienda se les traspapelaba en la prosa desbaratándola.

Umbral solo quiso ser escritor escritor, y no ordenanza escritor, agrimensor escritor, contramaestre escritor, metalúrgico escritor, agropecuario escritor…, subsecretario escritor…

Y así se plantó Umbral una noche de algún año lejano y afligido a la puerta del Café Gijón de Madrid. Solo, con sus cuatro verdades bien apretadas entre los puños para que no se las cambiara nadie, mucha afición, y un par de cojones como los que dicen que tiene el caballo del General Espartero, si no cómo.

A Umbral le sobraba afición, pero solo con afición no se pegan pases, también hace falta valor, porque lo otro, el oficio, es una cosa como ornamental que se va adquiriendo sobre la marcha. Umbral cogió el oficio tirándose de espontáneo delante de cualquier morucho pregonao, saliendo molido a revolcones y recosido a varetazos de casi todas sus capeas iniciáticas. Entre el maletilla del toreo y el maletilla de las letras siempre se ha interpuesto la  misma tapia; el hambre, el frío, el tope de los trenes, los pajares o las pensiones de Ventas y Caravanchel. Solo que, mientras el maletilla de las letras tenía el cobijo del café y la tertulia, al maletilla del toreo no le quedaba más que el hatillo rojo, la carretera y la manta rala hasta los recónditos de Salamanca o por ahí.

La disyuntiva entonces era estar en El Café Gijón o estar en la puta calle. Porque fuera de los cafés, alejados de sus  tertulias diarias, antes, no hace mucho, un escritor o aspirante a escritor, se sentía huérfano e indefenso, adolorido de hallarse en la más concluyente y categórica puta calle. Ahora los escritores van a los bares, no a los cafés, a ver gratis el fútbol que no pueden permitirse ver en casa y quien más quien menos va esquivando la intemperie y la puta calle, si es que sigue existiendo la puta calle.

Umbral cultivaba y cuidaba su relaciones personales como el hortofrutícola avisado que conoce los ciclos naturales de la tierra y las plantas, sabiendo que para recoger el fruto hay que haber abonado primero, regado y fumigado adecuadamente el labrantío. Y el fruto era la recomendación de fulano para tal revistilla de reportajes, la entrevista al señor importante que se va muriendo entre olvidos, el cuento breve para el concurso de juegos florales de Tomelloso. Cosas de éstas, voluntarias o serviles, que le pusieron en el camino abrupto del ir cobrando alguna perra por escribir y poder pagarse la pensión en Argüelles, los plazos de la Olivetti y los bocadillos de calamares y sardinas arenques en un Madrid aldeano y pobre que olía a regüeldo y a chocolate con soconusco.

En El Café Gijón los espejos repartían los perfiles de los clientes por todas las esquinas, y las jarras de agua, gratuitas, refractaban la luz dorada que llegaba de los apliques con reverberaciones de acuario. Había tertulia de poetas, la había de actores, de pintores… Había una ringlera de habituales, llegados desde desdibujados confines de la ciudad en metro, tranvía, o como fuera, a los que solo les faltaba fichar al entrar y al salir. Y había los otros, los ocasionales.

Unos y otros, perdedores y vencidos, vencedores y perdidos de algo y de alguien, una guerra, una mujer, una rima que se envalentona, un lienzo sorprendido en un renuncio, aparecían allí, en el Gijón, a comentar la literatura y la vida, que había de ser comentada y prologada con finura y erudición, aunque después ni la vida ni la literatura, que bien podría ser lo mismo, le importara demasiado a alguno de ellos. Todos, descritos por Umbral con tres brochazos epidérmicos, parecían unos señores muy tristes detrás de sus bigotes, sus gafas, bajo sus calvas, entre sus trajes grises y como gastados o con brillos de luces añejas en las entretelas.

Umbral se muestra obsequioso y complacido con los hombres que va nombrando, diciendo de ellos un chisme, una esposa, un oficio o un piso en el barrio de La Concepción. Que si tal pintor venido de París ya iba vendiéndose bien, y que si un articulista tardaba una semana en entregar un suelto, lo que le parecía una barbaridad. Por allí va, especialmente tierno y afectuoso con Pepe Hierro, con Delibes, transeúnte madrileño desde su universo provinciano, con Garciasol, Ballester, García Pavón, García Nieto, Garcés, Gerardo Diego…, muchos nombres de poetas, prosistas y articulistas, que se olvidaron porque tal vez no llegaron a existir nunca. Con la excepción de clamor de González Ruano, que no escribía en el Gijón sino en el Teide, a quien iba a visitar cada mañana solo por ver de que se le pegara algo del maestro.

Cosas tiernas a los poetas y los pintores muertos y olvidados, y admoniciones y resentimiento contra los consagrados. Furibundas andanadas resuenan contra Azorín y Baroja, el panadero vasco que se puso a las novelas con su prosa de ropavejero.

Y entre vasito de agua gratis y cafelito corto para toda una larga noche de tertulia, las hembras del café y sus figuraciones, las que se dicen putas y las demás. Las modelos, las estudiantes, las intelectuales, las artistas, las muchachas más bien poco accesibles y abatanadas o las corderitas mullidas del Ateneo, con sonoridades de mesa camilla y suelos de hule, contempladas con apetito desde el organismo hasta el alma en la privilegiada  atalaya última del café.

Y las teorías, importantes, falsas, hermosísimas. El sueño húmedo de la prosa lírica y su reino celestial frente a lo espurio y mentido de la historia hecha y la prótesis argumental de  la novela burguesona, renca y ciclán, de inferior altura que el espumarajo raudo de la vida echado como un esputo por sobre la cuartilla del artículo, promisorio, fragmentario, delicuescente. Del artículo menor a la Obra con mayúscula, que uno no puede quedarse, como tantos otros, ahí, avejentándose al solecito bobo del artículo.

La Obra hay que hacerla, dice, a dos páginas por día, y en poco rato la Obra se eleva y se espesa, se aquilata el expediente y se diferencia uno de los demás.

La Obra a Umbral le empezó con Larra, pero dicho con otra voz, muy lejana de la biografía y el academicismo común. Umbral se plantó en Larra para decir lo poco que se podía decir de la mierda de vida que nos daba el franquismo y lo mal que escribía fulanito, pues que para eso ha utilizado Umbral a los personajes históricos en sus libros, para hablar por ellos de él mismo y de lo suyo.

No habría que escribir nunca sobre nadie. Tan convencido estoy de ello que cada vez que no tengo más remedio que hacerlo, mi primer pensamiento es atacar, incluso si lo admiro, a aquel de quien debo hablar”.    –E.M.Cioran-

 

 

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