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Todo lo que era sólido, Antonio Muñoz Molina

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EL ESCRITOR  de la solapa lleva la cara emboscada por una barbaza agreste y sólida, ubetense, que le endurece las facciones y disipa las analogías juveniles con aquellas criaturas de José Luis Moreno, Monchito y Macario. La edad le está yendo bien al rostro que se ha librado de la prosopopeya del bigote optando por el desabrimiento de la barba entrecana y su eficacia para producir circunspección.

Antonio Muñoz, después de adecuar al fin su fisonomía al tono de sus libros, viene a afearnos la socialdemocracia y la españolidad, nos suspende en regeneracionismo y en previsión de gastos, y nos echa una tercera llave al sepulcro del Cid, fíjate tú, nosotros que ya no recordábamos dónde habíamos puesto las otras dos, y para colmo nos castiga sin postre.

Por esos días que nos dice, Antonio Muñoz estaba desterrado en las hemerotecas documentando los folleteos de Ignacio Abel y la bella Judith. Vivía entero para la obra, o sea por nosotros, y nosotros mientras qué hacíamos: negociábamos préstamos baratos para comprarnos casas muy caras, nos fundíamos el oro, nos comportábamos como vulgares adoratrices del coche del vecino. Derrochábamos. Nuestros alcaldes y concejales creaban áreas, patronatos, corporaciones, conmemoraban efemérides, expos, olimpiadas, copas américa, carreras de coches, motociclismos, qué sé yo, prolongaban las fiestas del Corpus, se daban corridas extraordinarias, se organizaban conciertos gratuitos de los artistas más cotizados. Allí donde antes imperaba la cautela de la gestión privada se impuso la prodigalidad pública, todo era júbilo entonces, alborozo, regocijo institucionalizado y esta ronda yo la pago. Dinero para lo accesorio y precariedad para lo fundamental. Pero Antonio Muñoz descendió del monte Sinaí con su obra terminada en las manos, La noche de los tiempos, y contempló estupefacto en lo que nos habíamos convertido. Renegó de nuestro pueblo y prefirió ser ciudadano. Frente a la tiranía de los vínculos espurios de la sangre eligió el formulario administrativo, el empadronamiento y el IRPF. Antonio Muñoz miró hacia atrás y no vio nada o no se acordó de nada, por lo que hubo de volver a las hemerotecas, esta vez no eran las fechas de la guerra civil las que buscaba, eran de apenas cinco años atrás, de dos mil siete. Miró y remiró y volvió a mirar aquellas montañas de papel quebradizo y amarillo y vio una metáfora de nuestra historia, de la tendencia innata de este país por autodestruirse, por desmenuzarse, por sabotearse. Comprendió y sufrió, y no sé si lloró Antonio, no lo sé.

De su experiencia como auxiliar administrativo en el ayuntamiento de Granada puede asegurar Antonio Muñoz que un funcionario no roba de por sí, que para ello necesita de la tentación instigadora del político. Cuando los políticos se adueñan de las administraciones eligiendo a dedo a sus cómplices en los puestos de libre disposición es cuando la rapiña adquiere su carta de naturaleza, acabándose así el sueño de un cuerpo de funcionarios bien formado, diligente, disciplinado y capaz, independiente del poder político. El nepotismo y el clientelismo se encargaron de finiquitar ese sueño. La administración, tan transparente entonces, fue engullida por la política, por la opacidad, los funcionarios perdieron independencia y quedaron supeditados al antojadizo sistema de recompensas y sanciones impuesto por los prebostes. Nuestra codicia nos hizo caer en los dominios del señor oscuro que nos condenó a recalificarnos hasta la tierra de las macetas y vendérselas a cambio de unas comisioncillas de medio pelo a una nueva gama de satanases travestidos de constructores. Ése fue el inicio del fin, después llegarían los madremías de hoy.

Aprovecha Antonio Muñoz para autosoflamarse y vindicar sus cosas al socaire de estas amonestaciones generales que nos hace con fluctuante severidad y empeño aleccionador. La democracia es un largo y costoso camino de aprendizaje, pone ejemplitos. Lo que mucho tarda en construirse rápidamente se viene abajo. No hemos valorado suficientemente lo que teníamos. Constancia y trabajo, trabajo diario, pero no, preferimos los sanfermines, la feria de abril y la tomatina de Buñol, la fiesta y el enriquecimiento rápido y efímero. Vindica su derecho a no ser andaluz, a no parecerlo, a ser un andaluz serio y no un estereotipo con barba y ceceo. Vindica también su derecho a joder la fiesta de los demás sin que por ello le llamen aguafiestas. Desconfía de la circularidad de los objetos y de algunas estancias, como el congreso de los diputados, que tanto le recuerda a una plaza de toros, emblema nacional de la persistencia en el atraso vendido como tradición. Nos enumera a los de siempre: Max Aub, Chaves Nogales y Arturo Barea como ejemplos de algo no demasiado bien explicado. Añade varias citas de Orwell y no sé si alguna de Virginia Woolf. Vindica la serena ironía y el hondo calado de Cervantes frente a las interjecciones y los retruécanos de Quevedo el cínico. Nos intercala entre vindicaciones y apercibimientos los lejanos ecos de su clandestinidad, que el hecho de estar vivos exige algo, acaso heroicidades, no todo va a ser pasearse por el Hudson. Su heroicidad clandestina fue estarse muy callado leyendo un panfleto comunista en casa de un amigo durante el paso de una procesión de semana santa en Mágina o Granada, no recuerdo. Ya se sabe, un héroe es el que hace lo que puede. Justifica sus residencias intercontinentales, su querencia a los viajes, a descubrir con ojos de niño cualquier insignificancia ridícula en los países en los que pernocta, mirada que de vuelta a España se le vuelve pitañosa y congestiva.

Y en este plan todo: España, aparta de mí este cáliz, niños del mundo, si cae España –digo, es un decir- id a buscarla, y cuídate España de tu propia España, cuídate de la hoz sin el martillo, cuídate del martillo sin la hoz, cuídate de la víctima, del verdugo y el indiferente. Y españolito que vienes al mundo te guarde dios…,paz, piedad y perdón.

Una selección de lugares comunes, trivialidades y cartas del lector escogidas resobadas e insuficientes. Un libro que destaca por su poquedad, y que probablemente no le correspondía haber escrito porque ya lo estaban escribiendo otros semana a semana en sus columnas de opinión mientras él se azacanaba en el Babelia por reseñarnos su última visita al Carnegie Hall  sopesando la preeminencia o la destemplanza de tal o cual orquesta sinfónica húngara.

No basta la buena intención, no basta el buenismo yuxtapuesto a la proverbial malafollá granaína, no basta llevar el New York Times y el New Yorker bajo el brazo para ganarse el respeto de los hechos, no bastan las hemerotecas para ganar veracidad, no basta una escritura sin ondulaciones, afilada y poco complaciente, para comprender el mundo. Tiene Antonio Muñoz la vida y la prosa tan ungida de instalada burguesía como para que venga a contarnos cuánto sufren los que sufren y le creamos. No basta desembarazarse de un aspecto poco propicio dejando atrás a Macario y Monchito si uno no ha sido capaz de deshacerse de la ventriloquía.

“Ventriloquía: esa facultad de modificar la voz de manera que parezca venir de lejos, y que imita la de otras personas”.

“Sartre ha conseguido escribir bien al estilo de Heidegger, pero no al estilo de Céline. La falsificación es más fácil en filosofía que en literatura. Ese ambicioso que se imaginaba que bastaba con querer para tener talento ni siquiera ha logrado dar la ilusión de la profundidad: cosa muy fácil para todo filósofo que hace una incursión en las letras”.       -E.M.Cioran-

Mao II, Don DeLillo

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POR DECIR ALGO de escritores que también se esconden como Bill Gray, el personaje de esta novela, destaco que la prosa última de Pynchon es el cantar de los cantares, alta orfebrería en comparación con el estilo de hojalatero estrábico de este DeLillo.

De los escritores de la posmodernidad uno solamente espera un puñado de frases por tomo que pongan en cuestión la putísima trinidad esa tan extendida de que escribir bien es el resultado de trabajo, trabajo, y más trabajo.

La inspiración te puede pillar escribiendo o no, pero en la puta vida te va a sorprender trabajando, porque la inspiración es una señora muy respetable y ocupada (aunque bastante puta) que no tiene tiempo de mirar por encima del hombro a los guadamacileros y los taraceadores que se obstinan en bruñir los sintagmas y desbastar las locuciones con herramientas de ebanistería.

La curiosidad de estas lecturas desusadas está en comprobar si les siguen quedando diamantes en la mina a los escritores que hicieron sus libros a golpe de renglonazo. Desconocedores de esa unidad superior que vertebra y cohesiona los libros que desean estar vertebrados y cohesionados como es el párrafo.

El párrafo en DeLillo es el espacio muerto en que tarda en llegarle una frase cojonuda que le recuerde lo bueno que es. Los párrafos son bolsas viejas de aspirador repletas de borra, polvo y ácaros. Producen picores, alergias y malestar en la narración, pero no la resuelven, no la hacen avanzar, están ahí para llenar el vacío de una oración que se desmanda y no acude a su debido tiempo o para tapar las pausas del tabaco, entonces hay que levantar las alfombras y dar la vuelta a los colchones a ver qué pasa, y no pasa nunca nada.

De cuando este libro se morían ayatolás y los gentíos se desmadraban, se decían fatwas contra escritores desahuciados y de pronto cobraban notoriedad mundial, había sectas con miles de voluntades que anular y los chinos, que siempre han sido muchos, desfilaban con uniformes sin cuello y parecían más. Las muchedumbres emasculadas intentaban reaccionar al estímulo de un nervio desconocido y ganaban una refrescante efervescencia en los telediarios. Había guerras de pobres contra pobres y fotografías que aspiraban a revelar verdades como balazos en el pecho. Alguien con una réflex al cuello juraba y perjuraba que la humanidad había movido una ceja y eso anticipaba su salida del coma, algunos pues se lo creían y tal. Los terroristas a lo suyo que es el matar, y los escritores a escribir o a hacer como que escriben.

Bill Gray hace como que escribe pero en realidad reescribe, que no es igual. Reescribir es volver a decir lo que se ha dicho creyendo que se va a poder decir mejor. Pero sólo se reescribe cuando no se tiene ya más que decir, es una falsa ilusión de actividad y de exigencia para escritores sin ideas. Entretanto vive ocultándose de no se sabe qué con un mayordomo que le ordena los papeles y con la mujer de éste que le desordena las sábanas. Un día se le ocurre que lleva escondido bastante tiempo y debe adaptar su fisonomía a la del calendario. Llama a una fotógrafa especialista en escritores y posa. Por Nueva York todo sigue igual, los hobos y los homeless y los mendigos y los sin techo acarrean cartones de plaza en plaza y la mierda de Andy Warhol se sigue celebrando y vendiendo en una cagantina sin fin. C’est la vie.

El escritor oculto se desoculta y se pone a intermediar con secuestradores de tú a tú, devolviendo al escritor un status primigenio de engañador próximo al infractor delincuente criminal terrorista actual. Un tropo así responde a la finalidad del argumento, pero puesto al modo de los collages. Recortes y vaguedades, ligerezas y sensaciones luminiscentes. Pinceladas que vienen y van manchando, a lo suyo, una gran superficie. Aunque la impresión final es que la mitad del cuadro sigue estando en blanco.

Cuando uno está a punto de abandonarse al escepticismo y naufragar de nuevo en el tedio de estos tipos tan sobrevalorados en Europa por señores continuamente ninguneados en los Estados Unidos, de pronto, vuelvo una hoja y, perdiendo el hilo de la página, bajo hasta el renglón dieciocho saltándome toda la ganga hacia lo que me ha parecido un destello cegador. Miro, remiro, leo, vuelvo a leer y, ¡zas!, ¡diamante!, pequeño pero diamante. El pecho se me llena de no sé qué grandeza y me crece un entusiasmo espiritoso que sube por los calcañares hasta mediado el espinazo. Me sorprendo diciéndome esperanzado: ¡coño!, a ver si no todo va a estar perdido…

-¿Te acuerdas de la literatura, Charlie? Tenía que ver con emborracharse y follar.

Pero el diamante es menudo y pasadas unas cuantas hojas el brillo se enfría sin cristalizar, disolviéndose en párrafos arcillosos y mollares, acumulativos y menestrales.

Todo hombre que, colmado de años, recapitula su vida puede decir: <<Estoy contento de haber vivido>>, como: <<Más habría valido no haber nacido>>. Las dos reacciones son igualmente legítimas e igualmente profundas.     –E.M.Cioran-

 

Personas como yo, John Irving

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ESPERO CADA NUEVA novela de Irving como una epifanía desde hace quince años. Cuando llega el runrún de que el libro está a punto de salir en su país se me apropia un entusiasmo relleno de impaciencia cuasi escolar, como de víspera de vacación o algo, pues sé que pronto lo publicarán aquí y allí iré yo, raudo a comprarlo.

Sostengo el libro en  una mano para sopesarlo. Calculo a ojo el volumen en fanegas y luego lo paso a celemines, según. Los libros de Irving siempre me han dado una impresión de vastedad muy propicia a la mensura agraria.

Personas como yo  no trae mal tonelaje, por de pronto digo que seiscientas páginas o casi. Menos que La última noche en Twisted River, y casi la mitad de la monumental Hasta que te encuentre, no obstante, doy por buena la cosecha.

La portada es una espalda hombruna con sostén preparatorio desabrochándose. Lo de sostén preparatorio lo he aprendido leyendo el libro. Se trata de un sostén primerizo para pechos aún en desarrollo, con la copa no demasiado rígida para no intimidar lo venidero, amedrentar las expectativas y eso.

La portada dice mucho del contenido o muy poco. No soy partidario de las portadas explícitas, sí de las sugerentes. Si una imagen no vale ni una frase bien dicha cómo va a resumir una gran novela de seiscientas páginas. Editores torpes es lo que hay.

Irving y el sexo entonces. Irving y el sexo a contracorriente aquí.

En muchas de sus novelas sucede que un joven, un niño más bien, tiene un encuentro carnal con una persona adulta. A veces el encuentro es brusco y traumático y ensombrece la vida del niño y del hombre que llegará a ser, otras, como en este caso, es taumatúrgico y protector. De igual modo el encuentro detonará la narración haciéndose extensa biografía.

De un follar lampiño y casto con un transexual se irá haciendo maraña y bosque cerrado hasta llegar a la manigua sexual que es la vida de Billy Abbott, el gran personaje del libro.

Narrado en primera persona por el propio Billy, entre saltos y digresiones, nos irá contando su vida desde la infancia hasta casi los setenta años, hecho ya un escritor reconocido, profesor del instituto en que estudió y director teatral amateur.

Entremedias, el proyecto de llegar a convertirse en escritor. Vocación que se remonta a sus relecturas juveniles de  Dickens (Grandes esperanzas) mediados los cincuenta, y a las atinadas recomendaciones de la bibliotecaria del pueblo, la escultural señorita Frost.

De padre homosexual desaparecido, abuelo transformista, prima lesbiana y madre insatisfecha, Billy derivará a bisexual. Toda su vida sentirá el rechazo de unos y otros, gais y heterosexuales, que lo acusarán de tibio y oportunista. A decir de él mismo: como un gay que viviera con un pie dentro del armario. Ese será su destino, sentirse digno, lograr  arrancarse la etiqueta.

De su conjeturada indeterminación sexual llegará la confusión, sus encaprichamientos adolescentes con los mocitos cachas del instituto y con las mamás de los mocitos cachas. Dos manos, dos barajas, el mismo solitario. Vacilaciones e incomprensiones familiares que tratarán de protegerlo de la intemperie de la carne aturdiéndolo aún más. El encuentro del impúber con el transexual matronal e intercrural allanará el camino íntimo y avivará el fuego colectivo, el vocerío acusatorio, la recriminación a la diferencia, la anormalidad no tolerada.

Eran los setenta ya, la gente se jodía hasta las piedras. Dilucidado si uno era de los de arriba o de los de abajo, de los de dar o recibir, se iban a Los Ángeles que era Gomorra, era San Francisco como dicen que era Sodoma, y Nueva York peor. Se folló mucho y de cualquier manera por aquellos días. Luego vino lo que vino, pandémica y celeste, se abrieron los sellos y sonaron las trompetas.

Un mal día a Rock Hudson le da por adelgazar, entonces el libro atempera el ritmo narrativo y se detiene a describir, y las descripciones son muy sentidas y veraces, tanto que nos enternecen y nos acojonan mucho. El libro se va llenando de renglón en renglón de crespones fúnebres. De amigos muertos, de amantes muertos, de travestis muertos, de compañeros de instituto muertos, de mujeres de amantes muertas, de madres de muertos muertas. El hospital San Vincent de Nueva York no da abasto. Médicos y enfermeras abandonan a los enfermos a su suerte por miedo a contagiarse.

Algunas mujeres se enteraban que sus maridos habían tenido relaciones con otros hombres sólo cuando sus maridos agonizaban. Algunos padres descubrían que sus jóvenes hijos varones agonizaban antes de saber o haber deducido que sus hijos eran homosexuales.

La pneumocystis carinii fue la neumonía que causó mayor mortandad, dicha neumonía era la forma más habitual de presentación del sida. Un hombre joven, por lo demás de aspecto saludable con tos y dificultad para respirar. Primero venía la fase en que no se mejoraba con antibióticos, por lo común a uno lo trataban con Bactrim, después las acumulaciones de cándidas y la lengua blanquecina, a veces el rostro se desfiguraba debido a las lesiones del sarcoma de Kaposi. El pelo ralea y la piel adquiere una coloración plomiza, a menudo cubierta de una película de sudor frío al tacto. Las cándidas descienden por la garganta hasta el esófago impidiendo la deglución, los labios aparecían agrietados y recubiertos de una costra blanca. Se hinchaban los nódulos linfáticos del cuello…, mielopatía, meningitis criptocócica, citomegalovirus …

La novela entra en la planta de cuidados paliativos y adquiere ese olor que despide el pelo cuando está apelmazado por el sudor y aplastado en la cabeza por el contacto con la almohada. El olor de la sal que se seca y endurece en la frente debido a la fiebre y a la sudoración incesante, las membranas mucosas se llenan a rebosar de levadura. Es un olor a levadura, pero también a fruta, tal como huele la cuajada, o el moho, o las orejas de un perro cuando están mojadas.

La ceremonia del adiós de los amigos es estremecedora y, como digo, el tono cambia. Se adecúa a la tristeza y el miedo que provoca la plaga. Billy no se contagia, desde mediados de los sesenta y por una razón más azarosa que premeditada decidió utilizar condón en todas sus relaciones sexuales. En cambio ve morir a muchos amigos. Conoce a los hijos de algunos amantes muertos, conoce al hijo de su gran encaprichamiento de juventud, el virtuoso luchador Kittredge, muerto en extrañas circunstancias después de descubrir que tras la fachada de gallito de instituto se escondía un travesti que en realidad lo admiraba mucho, no tanto su hijo.

No tuvo mucha fortuna la promoción de la academia preparatoria  Favourite River de First Sister 1955, entre el sida y la guerra de Vietnan se perdieron muchos de aquellos muchachos. Las representaciones teatrales de Ibsen y Shakespeare se resintieron desde entonces.

En un último afán por conocer a su padre Billy llega a Madrid, a Chueca, donde le han dicho que reside y trabaja. Este pasaje de la novela es deficiente, se mencionan un par de calles y dos o tres bares, en uno de ellos actúa su padre haciendo no sé qué estúpida cosa, es tópico y típico, nada afortunado, no debiera haber sido incluido en el libro. En la página de agradecimientos finales se mencionan entre muchos más los nombres de Vicente Molina Foix y Rodrigo Fresán, ahora ya sabemos qué anfitriones tuvo en Madrid y de qué le sirvieron.

“Sensualidad y desánimo combinan perfectamente. Cuando ya no se cree en nada, se puede aún creer en eso”.    –E.M.Cioran-

Todo como antes, Kjell Askildsen

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LOS TIPOS de los que habla Askildsen en sus cuentos malviven la prórroga última de sus vidas. Una prórroga que no han pedido y les irrita. Son hoscos, huraños, insociables, asociales, huidizos y silenciosos. La vida les ha concedido más tiempo del que ellos creen necesitar y no saben qué hacer con él. Viven en  una continua amargura de origen inespecífico que los hace desagradables, despreciables, convirtiéndolos en auténticos hijos de puta. Parecen comadrejas, zarigüeyas o garduñas, animales de estos. Van de la hura a la husma o al revés.

De todos ellos, viejos o no tan viejos, se vislumbra una existencia avejentada y zaherida. Un vivir inercial y sin objeto del que solo se espera ya la hora de diñarla sin que le toquen a uno demasiado los cojones. No hay desesperanza ni desesperación en estas vidas porque no se nos ha comunicado que antes hubiera esperanza o ilusión. Nos encontramos a estos hombres así, ya hechos, sin motivos para conocer o intuir que antes no hubieran sido de igual manera. Sobre esta amargura injustificada basa su retórica el autor, poco dado a dar explicaciones.

El estilo conciso y apocado ensombrece más los textos y los revitaliza. Quiero decir que los da credibilidad sin renunciar a la aspereza. El estilo se ciñe a lo que se quiere expresar, que es algo inusual hoy en día pero denota coherencia y convencimiento en el que escribe. Para ser una cosa primero hay que parecerlo, y para contar tristezas hay que escribir corto y triste.

Askildsen cree que para contar la soledad y la incomunicación que exudan sus criaturas poca falta hacen oraciones muy subordinadas y tiene razón. Si uno no se cree la sintaxis mal puede creerse el argumento.

El dolorido sentir se enmascara en la mala hostia de los personajes para no resultar cursi o tópico. Nadie quiere cambiar nada de forma drástica y repentina. La violencia, que la hay y mucha, es intramuscular, no epidérmica. Nadie está llamado a grandes acciones justicieras, grandes matanzas, algo. La desazón y el desapego es de orden existencial y no tiene remedio. La fugacidad del tiempo, el silencio de dios…, la conciencia nórdica y alcohólica de la biblia mal comentada.

Incide mucho en el descastamiento. Uno de los odios más agresivos y menos comprendidos. El rechazo de la familia, la renuncia a lo genético, a lo que nos es propio. El exilio global, la vuelta a la animalidad primordial, el revolverse contra nosotros mismos (remito a la zarigüeya).

Aparecen matrimonios que se incomunican bien y se boicotean con maldades inocuas pero dañinas. Hay asesinos caballerosos con los que tomar café  y familiares de los que huir como si fueran asesinos descansillo abajo. Mucha irreverencia  y mucho artificio con apariencia de sosegada costumbre. Dramatismo desdramatizado y normalidad adulterada, la cuerda en ese punto de tensión que aprieta pero no ahoga. Nos jode pero no nos mata.

Todo es incómodo y raro pero no por ello deja de ser real, de ahí el desasosiego y la irritación. Hay desamparo  y desamor sin lamentaciones, y donde no hay quejas no solemos reconocer el dolor, pero lo hay, claro que lo hay, solo que no nos llega con la suficiente nitidez con la que es habitual que se nos presente. En ese lenguaje de insuficiencias radica el mayor mérito de estos cuentos. Que sí, que pueden recordar a Carver en algunos momentos, sobre todo en el tempo y en el clima de los relatos, pero yo veo en Askildsen  mayor preocupación por soterrar la trama, por hurtarnos información para que solo resplandezca lo oscuro, hay más economía y más perversión.

La acción no aparece en ninguna parte porque estos relatos son lo contrario del actuar, son elegías a la inacción. El tedio nace de la inmovilidad. Al personaje le basta con observar la realidad sin intervenir en ella para que le lleguen las arcadas. Hay un asco sordo hacia todo lo vivo en cada renglón del libro. Un asco contemplativo y estabulado, voyeur por decir algo. El observador mira con desagrado pero no deja de mirar. Tampoco es masoquismo porque todo lo más que le provoca la realidad es insatisfacción y desprecio, no un dolor adictivo o narcotizante. A propósito de otro libro el prologuista de éste alude a Celan con un engarce bien traído, “la brutalidad silenciosa de lo que realmente somos cuando no sabemos qué ser”. Ahí lo dejo dicho.

“La rebelión es una señal de vitalidad, al tiempo que de indigencia metafísica. Cuando hemos ido al fondo, no ya de las cosas, sino de una sola cosa, podemos aún rebelarnos, pero ya no creemos en la rebelión”.   –E.M.Cioran-

 

La noche que llegué al Café Gijón, Francisco Umbral

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A Umbral todos le decían: mire joven, búsquese un trabajo en una oficina, hágase con un sueldo y tal, y después escriba usted lo que le dé la gana. Y Umbral, hasta los cojones del insistente consejito, tímido para decirles a esos señores tristes lo que hubiera querido decirles de buena gana, les sonreía detrás de sus gafas de hipermiope y gravedad, y respondía que sí, que a eso mismo iba a ponerse en cuantito se acabara el café, no te jode.

Pero Umbral no se había ido a Madrid a hacer lo que ya hacía en la provincia. Umbral llegó a Madrid con un destino propio por desembalar. El destino de ser escritor o nada. Escritor profesional a tiempo completo. Nada de simultanear los oficios y que uno se le inmiscuyera en el otro, como les ocurría a casi todos los escritores de la tertulia, que el sueldo del ministerio de hacienda se les traspapelaba en la prosa desbaratándola.

Umbral solo quiso ser escritor escritor, y no ordenanza escritor, agrimensor escritor, contramaestre escritor, metalúrgico escritor, agropecuario escritor…, subsecretario escritor…

Y así se plantó Umbral una noche de algún año lejano y afligido a la puerta del Café Gijón de Madrid. Solo, con sus cuatro verdades bien apretadas entre los puños para que no se las cambiara nadie, mucha afición, y un par de cojones como los que dicen que tiene el caballo del General Espartero, si no cómo.

A Umbral le sobraba afición, pero solo con afición no se pegan pases, también hace falta valor, porque lo otro, el oficio, es una cosa como ornamental que se va adquiriendo sobre la marcha. Umbral cogió el oficio tirándose de espontáneo delante de cualquier morucho pregonao, saliendo molido a revolcones y recosido a varetazos de casi todas sus capeas iniciáticas. Entre el maletilla del toreo y el maletilla de las letras siempre se ha interpuesto la  misma tapia; el hambre, el frío, el tope de los trenes, los pajares o las pensiones de Ventas y Caravanchel. Solo que, mientras el maletilla de las letras tenía el cobijo del café y la tertulia, al maletilla del toreo no le quedaba más que el hatillo rojo, la carretera y la manta rala hasta los recónditos de Salamanca o por ahí.

La disyuntiva entonces era estar en El Café Gijón o estar en la puta calle. Porque fuera de los cafés, alejados de sus  tertulias diarias, antes, no hace mucho, un escritor o aspirante a escritor, se sentía huérfano e indefenso, adolorido de hallarse en la más concluyente y categórica puta calle. Ahora los escritores van a los bares, no a los cafés, a ver gratis el fútbol que no pueden permitirse ver en casa y quien más quien menos va esquivando la intemperie y la puta calle, si es que sigue existiendo la puta calle.

Umbral cultivaba y cuidaba su relaciones personales como el hortofrutícola avisado que conoce los ciclos naturales de la tierra y las plantas, sabiendo que para recoger el fruto hay que haber abonado primero, regado y fumigado adecuadamente el labrantío. Y el fruto era la recomendación de fulano para tal revistilla de reportajes, la entrevista al señor importante que se va muriendo entre olvidos, el cuento breve para el concurso de juegos florales de Tomelloso. Cosas de éstas, voluntarias o serviles, que le pusieron en el camino abrupto del ir cobrando alguna perra por escribir y poder pagarse la pensión en Argüelles, los plazos de la Olivetti y los bocadillos de calamares y sardinas arenques en un Madrid aldeano y pobre que olía a regüeldo y a chocolate con soconusco.

En El Café Gijón los espejos repartían los perfiles de los clientes por todas las esquinas, y las jarras de agua, gratuitas, refractaban la luz dorada que llegaba de los apliques con reverberaciones de acuario. Había tertulia de poetas, la había de actores, de pintores… Había una ringlera de habituales, llegados desde desdibujados confines de la ciudad en metro, tranvía, o como fuera, a los que solo les faltaba fichar al entrar y al salir. Y había los otros, los ocasionales.

Unos y otros, perdedores y vencidos, vencedores y perdidos de algo y de alguien, una guerra, una mujer, una rima que se envalentona, un lienzo sorprendido en un renuncio, aparecían allí, en el Gijón, a comentar la literatura y la vida, que había de ser comentada y prologada con finura y erudición, aunque después ni la vida ni la literatura, que bien podría ser lo mismo, le importara demasiado a alguno de ellos. Todos, descritos por Umbral con tres brochazos epidérmicos, parecían unos señores muy tristes detrás de sus bigotes, sus gafas, bajo sus calvas, entre sus trajes grises y como gastados o con brillos de luces añejas en las entretelas.

Umbral se muestra obsequioso y complacido con los hombres que va nombrando, diciendo de ellos un chisme, una esposa, un oficio o un piso en el barrio de La Concepción. Que si tal pintor venido de París ya iba vendiéndose bien, y que si un articulista tardaba una semana en entregar un suelto, lo que le parecía una barbaridad. Por allí va, especialmente tierno y afectuoso con Pepe Hierro, con Delibes, transeúnte madrileño desde su universo provinciano, con Garciasol, Ballester, García Pavón, García Nieto, Garcés, Gerardo Diego…, muchos nombres de poetas, prosistas y articulistas, que se olvidaron porque tal vez no llegaron a existir nunca. Con la excepción de clamor de González Ruano, que no escribía en el Gijón sino en el Teide, a quien iba a visitar cada mañana solo por ver de que se le pegara algo del maestro.

Cosas tiernas a los poetas y los pintores muertos y olvidados, y admoniciones y resentimiento contra los consagrados. Furibundas andanadas resuenan contra Azorín y Baroja, el panadero vasco que se puso a las novelas con su prosa de ropavejero.

Y entre vasito de agua gratis y cafelito corto para toda una larga noche de tertulia, las hembras del café y sus figuraciones, las que se dicen putas y las demás. Las modelos, las estudiantes, las intelectuales, las artistas, las muchachas más bien poco accesibles y abatanadas o las corderitas mullidas del Ateneo, con sonoridades de mesa camilla y suelos de hule, contempladas con apetito desde el organismo hasta el alma en la privilegiada  atalaya última del café.

Y las teorías, importantes, falsas, hermosísimas. El sueño húmedo de la prosa lírica y su reino celestial frente a lo espurio y mentido de la historia hecha y la prótesis argumental de  la novela burguesona, renca y ciclán, de inferior altura que el espumarajo raudo de la vida echado como un esputo por sobre la cuartilla del artículo, promisorio, fragmentario, delicuescente. Del artículo menor a la Obra con mayúscula, que uno no puede quedarse, como tantos otros, ahí, avejentándose al solecito bobo del artículo.

La Obra hay que hacerla, dice, a dos páginas por día, y en poco rato la Obra se eleva y se espesa, se aquilata el expediente y se diferencia uno de los demás.

La Obra a Umbral le empezó con Larra, pero dicho con otra voz, muy lejana de la biografía y el academicismo común. Umbral se plantó en Larra para decir lo poco que se podía decir de la mierda de vida que nos daba el franquismo y lo mal que escribía fulanito, pues que para eso ha utilizado Umbral a los personajes históricos en sus libros, para hablar por ellos de él mismo y de lo suyo.

No habría que escribir nunca sobre nadie. Tan convencido estoy de ello que cada vez que no tengo más remedio que hacerlo, mi primer pensamiento es atacar, incluso si lo admiro, a aquel de quien debo hablar”.    –E.M.Cioran-

 

 

Extramuros, José Fernández Santos

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HAY NOVELAS que no amarillean aunque parezcan rancias porque están escritas en un español cabal de sillería añeja. Aquélla con la que no sólo se levantaban picudas catedrales, sino humildes ermitas y conventos anónimos también. Extramuros de Jesús Fernández Santos se lee y se masca como se masca en verano el agua de un búcaro curado con anís, con obscena delicia.

Sobre los yermos se destacan los muros raídos de alguna venta que enseña ya su osatura de arpillera; los caminos desiertos sin restos de fogatas, ni labrantines, ni ganado. Un carro desvencijado traquetea hacia la corte, y sólo un silencio estremecido y el olor de los muertos embosca la tarde, filosa y macilenta. El aroma persistente va cayendo a los arrabales, un olor a cáñamo quemado, a adobes calcinados, a cal viva y azogue, hedor a muerte que presta aliento humano al apocalíptico paisaje, a la postal de Brueghel el viejo.  Cuadrillas de lisiados e impedidos van medrando a su antojo por los hogares vacíos, tomando para sí lo que los más pudientes no se pudieron llevar con ellos. Lo demás se quema todo en violentas piras que humean en la distancia, recortándose entre los lamidos tesos y los minúsculos oteros.

En una fecha imprecisa de una decadente monarquía medieval, el hambre, la peste y la sequía, se enseñorean por una España insalubre, escuálida y deficiente. Una de esas Españas de las pesadillas de Darío Regoyos, Solana y Buñuel, que a la vez hubiera inspirado a Bergman para ambientar El séptimo sello, sólo que el sueco con más alegría.

La seca se prolonga agónicamente rajando los baldíos, dejando sin trigo las aceñas del río. Un alcotán endemoniado cruza el páramo inhóspito, mientras, los vencejos permanecen mudos, temerosos de cantar o bullir. En un instante, un enjuto haz de luz vuelve brillantes los caminos, los tejados y corrales, más allá de las murallas, de los agudos campanarios, cubriendo ese paisaje lunar tiranizado por la escasez y la enfermedad de diminutos cristales. Todo ello, la ciudad y las lomas, se adivinan más allá, al otro lado del ajedrez alto de la celosía. Extramuros. Fuera de esa luz furtiva y mezquina todo es desolación, encomendarse al altísimo o crujir de dientes. Frailes descarnados que follan con desvergonzadas motilonas en pajares de mugre, mastines del santo oficio acechando a sus presas, prioras tiesas, frígidas y ruines, capellanes que justifican los males que el señor permite alegando que es por el bien de los fieles, médicos contritos prestos a la sangría como único remedio.., hambre, miedo, y más hambre en derredor.

No obstante, las monjitas de nuestra hermandad, tan desesperadas como todos los demás, se agrupan en el coro cuando tocan a maitines, y entre cabezada y cabezada, bien por sueño o bien por pura debilidad, les salen los cantos exangües como una escolanía fantasmagórica, y rezan mentalmente para que llueva de una vez y las escorrentías se lleven la ponzoña y traigan el trigo candeal, algunas de ellas con muy poquita fe. Antes de asistir a misa y recibir la comunión, después de haber cantado las liturgias menores, ya se habrán muerto de hambre o de peste un par de hermanitas, a las que es preciso llevar al huerto a dormir el sueño de los justos, entre la tamuja seca, los rastrojos sarmentosos y los cardones raquíticos.

Todos sabemos que las monjas no se tocan. Pero, en tiempos de tanta necesidad, un sentimiento vivificante aflorará de entre los hábitos de buena lana de merina castellana y más adentro todavía, de dos miembros de la congregación. Una fraternidad entendida a las bravas carnales construida con los pequeños materiales del deseo escolar. Primero surgirá la piedad y la compasión frente a la enfermedad de una de ellas, seguido de la no omisión del deber de socorro. Después, ya se sabe, la cercanía, el ascetismo de las celdillas que tanto predispone a expandirse espiritualmente para contrarrestar la asfixiante austeridad reinante, luego las caricias en las mejillas, el frotar de manos y el enderezamiento oportuno de las tocas descolocadas…

El fragor carnal, matizado de sentimientos de culpa por parte de una de los dos hermanas, saldrá del plano central de la novela por un tiempo ganando en complejidad argumental y en espesura moral al pedirle una a la otra que le hiera las manos con un cuchillo para simular estigmas divinos que puedan ayudar al convento a invertir su calamitosa situación. El rumor de unos buenos estigmas abiertas espontáneamente en ambas manos de una novicia, como dos rutilantes vulvas encarnadas, bien puede mover a los desesperados, hambrientos, enfermos, beatos, y demás alcurnia, a ir en busca de la solución milagrosa a sus males, dejando ofrendas y limosnas que aplaquen la ardiente necesidad en que vive el convento. Tal petición, tomada con ligera reticencia al principio, se irá malquistando en el pensamiento de la joven enamoradiza hasta conducirla a penosas diatribas morales con respecto a las heridas y a la obligación de no ocultar por más tiempo el origen de las mismas una vez aliviada la sequía.

El amor de dos religiosas embarcadas en un mundo que naufraga despojado de concesiones morbosas y casquería. Un trazo solemne y grave, pausado, descriptivo de emociones humildes que contrastan con un paisaje despiadado. Escrito con sobriedad y precisión, sin ditirambos lexicográficos al diccionario terruñero, al de aperos, y al de monacatos, que tanto gustan de hacer los que han meado tres veces en Valladolid , concisión, y una sintaxis aparentemente sencilla  que enmascara orfebrería de alto copete. Sensibilidad, pensamiento y estilo. Que es mucho y es escaso.

“Puede haber felicidad en el apego, pero la beatitud aparece sólo allí donde se ha roto todo apego. La beatitud no es compatible con este mundo. Es la que busca el monje, por ella destruye todos sus vínculos, por ella se destruye.”     -E.M.Cioran-

 

 

 

El vano ayer, Isaac Rosa

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¿CUÁNTAS DIFERENCIAS tonales destacables entre el encarnao, el rosáceo, el corinto, el púrpura de Tiro, el rojillo y el rojazo, distingue un carnicero en los sótanos de la dirección general de seguridad de Puerta del Sol a la luz escasa de un tísico fluorescente? Todo dependerá del número de hostias y del tiempo de que disponga. La física son habas contadas que decía uno, y las longitudes de onda del espectro de luz electromagnético que un madero de la político social puede percibir con sus gafapasta emanando de un cuerpo luminiscente  ardorosamente entregado a la lucha clandestina tienen gran variedad de matices hasta llegar al colorao que se busca con insistencia.

Se termina viendo lo que se quiere ver y no otra cosa. Y si en lugar de lo que queremos ver aparece otra cosa basta con mirar hacia otro lado.

La militancia no son sólo unas barbas talares, un cagondios, y el ciclostil gruñendo sobre la mesa de una singer en un tabuco de Entrevías. Hay militancias discretas de traje gris bajo el loden con roderas de grasa, nombres vernáculos, y la familia bien a dios gracias  a los que también hay que represaliar de vez en vez, como es el caso que nos ocupa.

Julio Denis parece la clase de persona que en una película sobre su vida privada se dejaría arrebatar el papel protagonista por cualquiera cayendo hasta actor de reparto o menos todavía, un figurante sin frase. Un tipo que deambula entre la discreción y la invisibilidad por los pasillos de la universidad y la vida, cabeza gacha, termo de café bajo el brazo y bocadillo de verdel en escabeche. Arrastrando esa fama de hombre sombra que rápidamente adquieren los inadaptados y  tanto rechazo suscita en todos los demás. Un carácter que su valía académica y sus furtivas miradas a las inaccesibles gachís no pueden soslayar, y por el cual nadie estaría dispuesto a mover un dedo para ayudarle, menos aún en tiempos de tormenta.

El probo ciudadano cero  escribe novelas de kiosco a tanto la línea para redondear el jornal, en ellas aparecen ciudades exóticas y playas de color azafrán, jodibles y perversas mujeres, y astutos detectives. Un día viene la pasma haciéndole una oferta que no podrá rechazar y amanecerá en París con aguacero y adiós a la vida tal como la había conocido hasta entonces. Un anónimo más al que nadie echará en falta. Pero llega Isaac y nos trocea la historia y después baraja los cachos y las voces, que son de muchos y muy distintos registros, dándole perspectica ahistórica e informalismo documental para evitar solemnidades y lugares comunes, siendo además un medio eficaz para reforzar la voz y las convicciones del autor. Destaca la sinceridad con la que declara sus intenciones antes de cada texto, algo inusual en el patio de Monipodio de plumillas pubecestentes y penenes, donde hasta el más tonto cree hacer bien guardándose la puta de oros en la manga para llevarse las diez de últimas. Rosa, enseña sus cartas desde el principio para que nadie se llame a engaño o se cree falsas expectativas, poniendo sus cartas boca arriba nos dice que no va de farol, pero que no renunciará a guindarte el juego con treinta y tres siendo postre. Te dice que las cosas fueron de tal manera, que está convencido de que fueron así y no de otra forma, no obstante te deja oír otras versiones que él y nosotros sabemos que son falsas. Vistosa estructura para un tema muy sobado.

“Un libro sólo es fecundo y duradero, si se presta a varias interpretaciones diferentes. Las obras que se pueden definir son esencialmente perecederas. Una obra vive por los malentendidos que suscita.”    -E.M.Cioran-