La casa de hojas, Mark Z. Danielewski

bbbb

LA CASA DE ASH TREE LANE  no es una casa cualquiera, es una casa muy particular. La novela La casa de hojas de Mark Z. Danielewski, no lo es tanto.

El libro viene editado ampulosamente, sin escatimar en oropeles y molduras, un exotismo tipográfico resuelto y vistoso que dice mucho y bien del linotipista, pero absolutamente nada de todo lo demás. Ni siquiera del libro como bien común, sencillo y funcional, pues es un libro de mucho aparentar, hinchado de páginas en blanco y letra boca abajo, cuesta arriba o de medio lado, cuantiosos perifollos que atrancan divinamente la circulación lectora. Un libro con gran aparato ornamental.

De resultas de la defunción de un viejo anónimo en circunstancias de abandono el joven Johnny Truant se hace depositario y compilador de un arcón de legajos desmañados. El joven Truant, propietario de una vida drogadictiva y follarniega, encuentra en el baúl la sugestión adecuada para reactivar la esquizofrenia congénita que le domina y solazarse en la escritura de anotaciones delicuescentes a pie de página sobre los textos incautados al viejo.

Zampanò se hacía llamar el viejo muerto en condiciones de abandono, y en el cofre guardaba un derramamiento profuso de papeles historiados y ansiosos por glosar algo, un algo sinuoso y raro queriendo salir de allí a mordiscos. No una novela coral epopéyica familiar abundantísima, no, glosa una película documental contemporánea. Una película que no existe, que no se ha hecho, y si se ha hecho, nos advierte, no la vamos a encontrar.

La película documental glosada por el viejo muerto tiene nombre y autor: Expediente Navidson, de Will Navidson.

Will Navidson es un fotoperiodista prestigioso de niños desnutridos, su matrimonio ha llegado también a un estado carencial severo que hace falta reconstituir, para ello decide comprar una casa en Virginia e instalarse allí con Karen, su mujer, y sus hijos Daisy y Chad.

Pero la casa tiene otros planes distintos a los de la familia Navidson y no está dispuesta a dejarse habitar dócilmente y como es debido, parece preguntarles: “pero… ¿adónde cojones creéis que habéis venido a retoñar vuestro matrimoño, a la puta casa de la pradera? Esto es Richmond, Virginia”.  La casa empieza a significarse de la manera que tienen las casas viejas de significarse. Por deglución.

A la casa le nace primero un armario nuevo en el recibidor. Al asomarse descubren que no hay perchas colgadas y tiene mucho fondo para ser un armario empotrado, más bien parece un pasillo frío y oscuro. De este pasillo arterial arrancarán paulatinamente otras galerías, una boscosidad cavernosa y laberíntica de padre y muy señor mío.  El entramado circulatorio y ambulatorio de la casa escapa a la lógica de los cartabones y los agrimensores, las oquedades megalíticas son tornadizas y se descojonan de Euclides, del IBI, del valor catastral. La casa crece por dentro sin que se note por fuera. Se nos presenta un espacio infinito dentro de la ausencia de espacio. La aporía está servida.

Este espacio que se desdobla infinitamente ya nos lo decía Zenón en el bachillerato y nos dejaba pensativos todo el recreo. La lógica guapa e insoluble de la literatura frente al metro de medir.

Danielewski desarrolla El expediente Navidson o texto de Zampanò como un dossier en el que el distanciamiento narrativo y la frialdad del redactor –jamás se inmiscuye en los hechos ni los juzga- provoquen un clima que beneficie la veracidad. Para ello utiliza un estilo directo obsesivo que reproduce enésimas citas textuales de una pretendida comunidad académica y científica que se hace eco de la película destripándola fotograma a fotograma.

La estructura del texto es tan simple como el mecanismo de una palangana. Danielewski cree que para saber cómo es un pasillo negro primero hay que decir todo lo que no es, y a lo que no se parece un pasillo negro es a muchas cosas, no obstante nos las dice. Él apuesta por seguir esa linde y p’alante. Característico modo de autoafirmarse por negación de todo lo demás.

Más que narración hay una exposición de sucesos constantemente interrumpida y reanudada por los comentarios de Truant, que suscitan cierta ansiedad y mucho incordio. Intromisiones estratégicas que nos distraen de la casa y nos llevan a la vida desapacible y verbosa de Johnny Truant, con sus follanzas y sus traumas consanguíneos, como una contrapartida de la mudez de la casa o como suma de oscuridades tal vez.

Se va leyendo la cosa con desgana, vistos los primeros pronunciamientos de la casa y las alocuciones espermatorreicas de Truant, pero ahí sigue uno, en la breña, porque si algo es este texto es evocador, reminiscente, conmemorativo. Quiero decir que nos recuerda películas que ya hemos visto, libros que se han leído, relatos de algún sitio. Reclama la atención de cosas vagamente familiares y ya oídas, que, aunque se despreciaran en su momento, producen nostalgia. Quiero decir que se preferiría estar leyendo otra cosa. Pero el autor niega cualquier parecido o influencia de algo ya existente, y aunque cita por elevación elude títulos definitivos como  Casa tomada y El horla y eso ya lo dice todo.

El libro se va robusteciendo de comentarios y comentarios a los comentarios, se embastece de maraña bibliográfica apócrifa creando una mitología pseudorreal de doctores y eruditos que ponderan arguyen y rebaten sobre cualquier cosa pastoreándonos por los predios de la divulgación.

Si los pasillos son oscuros y tienen eco se nos teoriza sobre la fisicidad de la negrura y la velocidad de la voz de vuelta a la boca, si al raspar las paredes caen virutas de basalto nos fecha el magmatismo. Todo se vuelve ilimitada taxonomía, cómputo, inventario, escrutinio… Funes el memorioso haciendo la selectividad.

La casa influye psíquicamente en los actores, naturalmente, Karen es pacata, claustrofóbica y traumada. Navidson se envalentona cuando se cuelga la réflex del cuello y se vuelve expedicionario. Pero las influencias también afectan al cuerpo, la casa te suelta el vientre o te da carraspera, te sube la tensión o te baja el azúcar. Y eso nos lo justifica un destacamento de médicos y psicólogos que escudriñan las biografías y las expurgan dejándolas luminiscentes.

Volumétrica aglutinación de ideas y contraideas – sugestivas a veces- sobre las dimensiones psicológicas del espacio en base a alteraciones perceptivas provocadas por la experiencia, arquitecturas subjetivas (la arquitectura sólo existe cuando se la experimenta), cogniciones emocionales del entorno arraigadas en la historia personal (recuerdo de la experiencia pasada), percepciones espaciales que implican construcciones graduales,… Estas cosas de la posmodernidad la metaliteratura y el experimentalismo todo junto.

Así se ha ido construyendo -con más trabajo que elegía- una documentación, una breve historia de casi todo, un órgano que se hipertrofia, se esclerotiza y respira mal, agitadamente, como la propia casa que se nos cuenta.

Ser objetivo es la prueba de una perturbación inquietante. Quien dice vivo dice parcial: la objetividad, fenómeno tardío, síntoma alarmante, es el comienzo de la capitulación.   –E.M.Cioran-

 

Anuncios

6 pensamientos en “La casa de hojas, Mark Z. Danielewski

  1. julian bluff

    Por lo que cuentas, y me fío, un libro condenado a pasar de moda enseguida. Un libro que ha nacido antiguo. Con el baldón de la modernez autoconsciente. Un bluff. Deglutición, con esquemitas, de Isaac Asimov, Brautigan, Poe y las películas paranormales de los setenta’s/ochenta’s (The Shining, Poltergeist, la Semilla del Diablo…) para las nuevas generaciones de investigadores de la nada.
    Continúo con Naguib Mahfuz. Gracias.

    Responder
  2. michelstaedter Autor de la entrada

    Hola j. bluff. Sí, como dices recuerda a todo eso. Sobre todo a esas películas presuntamente espontáneas rodadas al estilo “Dogma” con cámaras domésticas que empezaron a brotar como setas desde el estreno de “El proyecto de la bruja Blair”. Pero, curiosamente, el arquetipo de lectores entusiastas de este tipo de libros es el de los más irreductibles e intransigentes, los que sólo leen cosas como estas y mantienen “la frescura” de estos artefactos recomendánselos unos a otros durante años. No sé si se leerá mucho pero es probable que se venda bien.

    Responder
  3. condonumbilical

    Quizás haya cierto grado de efectismo, pero la novela tiene cosas muy interesantes que ni siquiera mencionas. En tu reseña ignoras el contenido de la novela, simplemente iluminas donde te apetece para justificar tu aversión, no estás siendo honesto.

    Creo que también podrías haber hablado de su relación con el hipertexto, la era digital y el predominio de lo visual, de su efectividad como novela de terror psicológico, de su crítica a los críticos literarios, de cómo la mutabilidad de la forma sobre el papel trata de intensificar la relación entre lector y texto… De eso mejor no digas nada porque restaría credibilidad a tu rechazo y se te vería el plumero.

    Creo que todas las críticas extremadamente negativas hacia esta novela son fruto de lo que yo llamaría “contrahipsterismo”, es decir, si los hipsters defienden algo que aumenta su grado de hipsterismo y les hace más guays, el contrahipster se dedica a hundir esos tótems del mundo hipster para ponerse por encima y parecer más guay todavía. Eso es lo que me transmite la poca rigurosidad de tu reseña.

    Un saludo

    Responder
  4. brux

    He macerado mi opinión durante unos días, prefería hacer poso; ya sabe usted que yo no soy lector de best sellers, aunque sí un ávido lector de otras muchas cosas -Penthouses aparte-; puedo decirle hoy después de varios días de haber leído su crítica y sin releerla ahora, así, a puro pelo, que aún me ronda Zenón por la cabeza y aquello de la literatura zafándose y volando por los aires toda lógica espacial.

    Por lo que cuenta de la casa me ha sorprendido que no mencione usted Rose Red, aquella serie basada en un guión de Stephen King, una casa con poderes paranormales que asesinaba a cualquier incauto que atravesara sus umbrales, claro que en ésta se reclutaba a un grupito de freaks -también bastante “para” y mucho más subnormales-, cada uno con un poder distinto. Lo importante aquí es que a dicha casa también le crecían galerías y cuartos y hasta alas completas como a otros los enanos, cosa que me recuerda bastante a lo que leí en esta crítica.

    Para terminar, decirle que mantengo en pié mis observancias pues creo que nos proporcionan algo beneficioso, cierto distanciamiento en confianza, una especie de código, no sé, chorradas.
    Al grano: con respecto a lo que le dicen justo encima de mí, lo de la maquetación y el diseño y toda la parafernalia ésa filigranoentafetada, creo que Luis Cernuda tenía una percepción bastante esclarecedora. Lo que sigue es extracto de una carta suya a Luis Cano, (fechada en Febrero de 1948), que fue uno de sus editores en España durante su exilio y con el que mantuvo una nutrida correpondencia:

    <>

    Por cierto, gracias a este cuaderno he visto La Hora del Lobo, del señor Bergman… le quedo agradecido por su anterior respuesta y le doy las gracias nuevamente por todo lo antedicho: GRACIAS.

    BRUX.

    Responder
  5. brux

    Vaya, al parecer este formato elimina las los entrecomillados entre “inglesas”, repito aquí la lo que dice Cernuda, que es lo más importante al fin y al cabo: “(…) Me olvidaba decir que no quiero dibujos para Ocnos -poemario-, ni por lo demás para ningún escrito mío quiero ilustraciones. Con ellas se limita y equivoca la imaginación del lector; si éste no tiene ninguna lo mejor es que deje el libro.” LUIS CERNUDA

    Responder
    1. michelstaedter Autor de la entrada

      Una más de mis numerosas carencias es la falta de entusiasmo por los géneros de ciencia ficción y de terror en el cine y en la literatura -creo que la vida real ya nos surte a diario suficientemente de estos géneros como para tener que irlos a buscar, adulterados, en el arte- aunque le advierto que también es la carencia que menos me preocupa. Usted tras esta confesión podrá recriminarme ahora con justicia: ¿qué es entonces La hora del lobo si no terror absoluto? Y lo único que podría contestarle es que sí , que tiene toda la razón, pero tratándose de Bergman nunca soy razonable, ni pretendo serlo, lo quiero como quiere una madre a sus hijos, sin contrapartidas y sin porqués.
      Como he dicho por ahí, creo que La casa de hojas es un libro que provocará adhesiones inquebrantables y hostiles aversiones, a mí, sinceramente, sólo me ha provocado indiferencia. Siempre que un libro me provoca indiferencia lo considero malo. Si alguien viene hablándome de la importancia de las conexiones hipertextuales y de la ruptura tradicional de las secuencias conceptuales para originar asociaciones de significado distintas a las existentes yo inmediatamente sé que el tipo no ha leído el Tristram Shandy, me entristezco con el interlocutor y ya no me apetece hablar más sobre lo que es moderno y lo que es remedo. La cabecera del blog personal de Muñoz Molina (http://antoniomuñozmolina.es/) lleva una cita de Juan de Mairena muy a propósito de esto: “En política, como en arte, los novedosos apedrean a los originales”. Saludos.

      Responder

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s