Off-Side, Gonzalo Torrente Ballester

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ESTA NOVELA se ha debido de leer poco y mal en este viejo país ineficiente, si no es imposible alcanzar a comprender la gloria de otras y el destierro de ésta. Otras del mismo autor que son inferiores y otras de otros autores que son, siendo indulgentes, ominosas.

Off-Side fue confinada pronto a un inexpugnable bucle de incomprensión y ahí sigue, quieta y olvidada en un anaquel perdido pero sin agusanarse.

La novela es amplia, coral y monologada, yo me entiendo. Muchos personajes cohabitan en el libro que es Madrid. Un Madrid que casi no se nombra pero late. Late triste y desacompasado pero late. Hay, como digo, una ciudad amarilla contagiando la ictericia a los habitantes que transitan por las páginas bajo una mezquina y perenne llovizna. Es el tardofranquismo.

Cada personaje tiene una voz distinta y distinguible, son seres ficticios pero con muchas probabilidades de ser personas. Hablan y sienten como personas. Hay señoronas viudas que regentan comercios en Galerías Piquer. Hembras macizas con falda prieta y blusa tensa a las que no se les coge ni un pellizco. Hay pintores y copistas mariconiles de ego superlativo que trafican con cuadros y efebos. Hay putas, muchas putas. Putas de vocación, resignadas y alegres, ufanas, hacendosas y matronales putas. Putas finas también las hay. Muy finas. Putas cultas y refinadas, sofisticadas, fatales. Hay perdedores de la guerra que sirven con desgana a los vencedores. Hombres brillantes que un día cualquiera, cansados de la disputa, se entregan a la desesperanza sin más horizonte que la supervivencia diaria, el menudeo y la vecindad. Hay aristócratas suicidas, banqueros fatuos que albergan muy al fondo un buen corazón. Hay anarquistas decimonónicos y moribundos que chulean a sus hijas y fantasean con terminar la novela que los haga inmortales. Hay un horizonte de desesperanza para cada cual, un horizonte al alcance de las frustraciones de cada uno.

Una malla urdida de azares atrapa a los personajes relacionándolos entre sí. Los vínculos son fortuitos e interesados, un aura de desapego los orea haciéndolos resistirse a cualquier sentimentalidad. Solo las putas, de entre todos los personajes de la novela, ofrecen una vista halagüeña del futuro, una ingenua esperanza más allá del descansillo con olor a berza hervida de la escalera.

Soledades que se comparten mal y tarde, con pudor y educación. Contriciones pacatas, semánticas, a la vera de un chocolate con churros y un crucifijo haciendo guardia. Cada personaje tiene su prosapia y su prosodia y se hace patente al hablar. El habla de los cultos puede ser elocuente, persuasivo y vagamente cínico. El de las putas finas es sugerente e intimidador, el de las fulanas de esquina es franco y castizo, el del banquero es ampuloso y falso, el del escritor ácrata es proteico y volatinero… Todos hablan distinto porque todos son distintos. La prosa abarca cualquier registro, es dominadora, dúctil, descriptiva, directa, precisa, alambicada, ordinaria, rijosa, culta…, es la rehostia puta. Un manual de estilos acojonante.

El sexo se agazapa en cada página sin alzar nunca el vuelo. Hay un ardor íntimo contenido en cada oratoria. Sobre la castidad de las viudas se enfanga el deseo, mal espantado a golpe de avemaría y copazo de anís. Sobre las putas finas se acomoda la insinuación constante de placeres cosmopolitas y extramundanos, y sobre las putas del portón se palpa el sudorín acre de las malandanzas en camastros desvencijados y los sostenes de color carne. Todo lo de Torrente Ballester lleva un tizne salaz, una inclinación a la jodienda muy acentuada que él sabía embridar bien para burlar la censura. Sorprende que en esta novela, abiertamente política y crítica, le pusieran menos reparos que en otras anteriores.

La estructura es compleja, moderna, no de la modernidad de Tiempo de silencio y El Jarama, o La Colmena, paradigmas de modernidad española según los penenes de instituto de enseñanza secundaria cuando lo del bup. Es una modernidad tardía que enraíza más con el Manhattan Transfer de John Dos Passos  cuarenta años antes, en su intento por dilucidar una ciudad a la sombra de las existencias de unos personajes. Un remozado realismo que se aleja con paso firme de los pucheros menestrales galdosianos y de las lubricidades naturalistas ovetenses para entrar en el siglo veinte medio siglo tarde pero con importancia.

El narrador  introduce y describe las escenas, acotándolas como si de una voz teatral y omnisciente se tratara. Fija y dispone la acción en los escenarios que él delimita dando luego en los diálogos libertad absoluta a las numerosas voces de la novela. El ritmo se hace cinematográfico y no teatral debido a los numerosos conflictos y tramas tangenciales que viven los personajes y a la  agilidad del narrador para administrar los tiempos y jerarquizar las historias, pasando de una a otra como de un plano fijo a una larga secuencia y a otro plano corto después. La maestría técnica es abrumadora, y la utilización del lenguaje no es ponderable según las escalas contemporáneas al uso. Habría que remitirse a otras épocas, a otros siglos tal vez. El español de Torrente Ballester es uno de los mejores del S. XX y esta novela es infinitamente mejor que cualquiera de las de Cela y Delibes, por decir a dos señores con fama de leerse mucho en los institutos de antes, no sé si en los de ahora o eso.

“Cuanto más se ha sufrido, menos se reivindica. Protestar es una prueba de que no se ha atravesado ningún infierno”.   –E.M.Cioran-

 

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