Madrid 1940, Francisco Umbral

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DE SUYO TIENEN las editoriales  arbóreas ramificaciones de donde colgar sus varios productos según convenga. Las ramas pueden haberle nacido al árbol por naturaleza o habérselas injertado después por concurso de acreedores. Las editoriales rentables, que alguna habrá, hermosean sus jardines injertando a su tronco madre ramas antañonas de otros árboles ilustres. Una editorial arruinada es como una marquesa pobre, no le quedan más que los papeles del desahucio y el título nobiliario con el que abanicarse los sofocos. Es entonces cuando aprovecha la plebeya burguesía enriquecida a comprarse un título noble y reconocible por el vulgo. En literatura un catálogo de libros monumental no vale nada, lo que importa es un logotipo, y Austral lo tiene. Tiene un esotérico cabrón con estrellitas en sus portadas que a los que han leído algo de siempre les ha dicho mucho, y a los que no, de algo también les suena, aunque sea de oídas.

El Grupo Planeta le está volviendo a reverdecer los libros a Umbral colgándoselos de la rama de Austral, que era una sitio de papel áspero con astillas gordas dentro de la letra minutísima, y cuyas portadas tienden a acumular una abundantísima cantidad de mugre, de ahí que se destaquen tanto en los puestos de ocasión.

Reeditan a Umbral en bolsillo y me parece muy bien que lo hagan. Porque los libros de Umbral siempre ha tenido uno que irlos a buscar a la quincallería o al ropavejero y no es plan. Yo creo que Umbral va a envejecer bien después de muerto y se le va a leer como es debido ahora que ya no está él para boicotearse. Los jóvenes empiezan a leer un Umbral sin Umbral presente que les joda la lectura, que se la desbarate. Es el caso de Dalí, pongamos, que la gente se pega por entrar a ver sus cosas ahora que estamos seguros de que no ha resucitado y que no lo hará, que está fiablemente muerto y no nos va a sacar de sus exposiciones a bastonazos.

Una personalidad significativa avillana cualquier obra. Es malo destacar fuera de la obra, y cuando ocurre lo mejor que puede pasar es morirse, morirse y esperar que la obra comience a galopar sola, sin las vesánicas espuelas del autor. Hay muertos de más de cien años que todavía esperan que su obra galope y por los cojones.

Madrid 1940 es de 1993, o sea de un Umbral ya viejurgo que sabía que todo lo de la guerra y la posguerra lo había dicho mil veces y de la misma manera. Por eso, este libro, parece un ajuste de cuentas y una toma de postura más atrevida y desnuda que las que nos tenía acostumbrados en el César Visionario, Los Helechos arborescentesMemorias de un niño de derechas…, y tales cosas. Umbral se desmadra y ladra, unos ladridos terribles como de perro sin dueño y con hambre, de perro rabioso que dice sus verdades de sangre en el cuello de un niño, sin restricciones morales, en crudo.

Durante el primer año de la paz de Franco, la llegada de la Victoria, lo más urgente es atender las reclamaciones de venganza de los vencedores. Volver a abrir los grifos calientes de la sangre de los españoles. Depurar hasta dejar resplandecientes los últimos fondillos de España de españoles rojos o sospechosos de serlo, o con cara de serlo o de haberlo sido, o de conocer a alguien que lo fuera o lo hubiera sido, pues que la manga es muy ancha y cabe casi todo. Españoles torturando y matando nuevamente a españoles en las mismas checas de Madrid que unos meses antes habían utilizado españoles también para torturar y matar a otros españoles.

A Mariano Armijo, puro  falangista joseantoñano  de primera hora, el ritmo de españoles  muertos que está imponiendo Franco no le satisface, le parecen pocos. Más y más deprisa hay que matar. Las sacas nocturnas de los verdugos del régimen  y las otras, las permitidas a los niños de falange para divertirse, no se realizan con la diligencia debida.

Armijo viene de provincias a instalarse con los suyos, los vencedores, a Madrid, y por ver de medrar en la incipiente y caótica administración franquista que empezaba a devorarse a sí misma por un puesto relevante a la medida de su talento y de sus principios estéticos falangistas. Recién llegado a Madrid Mariano Armijo constatará la traición de Franco a José Antonio, la sustitución de los ideales falangistas revolucionarios por un ridículo autoritarismo militar ungido de aquiescencia eclesiástica que nada tiene que ver con el fascismo ibérico que José Antonio promulgaba, ni con los originales de Mussolini y Hitler.

Armijo logra instalarse en el lecho de una marquesa apócrifa amancebada con un ministro de Franco que pone a disposición de su barragana, además de mesada, coche oficial con banderín y chófer con gorra de plato. Desde los muslos de la marquesa Armijo saltará hasta hacerse colaborador del delegado nacional de prensa Juan Aparicio, ejerciendo un periodismo exaltado y radical cuyo objetivo es la delación de estudiantes, escritores e intelectuales que puedan hacerle sombra en algún momento, promoviendo en sus artículos el encarcelamiento inmediato de los citados en ellos. Un asunto que a Armijo apasiona y que le libera, a su modo de ver, de rebajarse a la violencia, fría y sucia, de la acción directa, la tortura en la checa, el pistoletazo en la tapia, la muerte por desangrado, como sarcásticamente llamaban a los fusilados. Para Armijo lo suyo es la parte lírica, artística y noble de la represión, fiel a su idealismo sintáctico de guante blanco él se comporta como un mero supervisor exento e inocente de los crímenes que azuza con saña.

Se folla a la marquesa y a la princesita tísica rescatada de la aldea  por el terrateniente  enamoriscado y tonto. Comparte a las mujeres con otros hombres, vive de ellas, de sus rentas. Mujeres medio prostituidas le mantienen a él a la vez que las reduce teórica y prácticamente  a un orden animal inferior dependiente del sexo, aligerándolas de sentido común y valía, fortaleza y valor para otra cosa que no sea engendrar y servir. Las mujeres viven sugestionadas y sometidas al sexo masculino, una polla es todo su horizonte reseñable, para una mujer nada hay más allá que la polla de un hombre en su boca, sentencia con elocuencia argumentativa.

Frecuenta los lugares de tortura y muerte para asegurarse que el sistema sigue funcionado y la sangre sigue manando. Desdeña las cárceles y los juicios, aunque sumarios, considera que hay demasiados tribunales y son lentos, que se abaratarían costes vaciando las cárceles y llenando las calles de muertos. Muertos que él también visita a menudo en los depósitos, en las morgues olvidadas. Allí desata su instinto de infrahombre, su propensión hacia la muerte. Viola muchachas muertas. Describe su conservación, sus buenas condiciones, sus olores, su humedad, su tacto aún reblandecido, la estanquidad de sus coños muertos y anónimos y su calor mantenido, su dulzura grata de joder, la lasitud que les es propia a los muertos y cómo se las imagina cuando vivas. Todo esto y la pederastia, porque también la pederastia.

Hay mucho tremendismo en estas escenas y mucha provocación, como si en una alocada carrera hacia el paroxismo Umbral quisiera asegurarse que a su personaje le vamos a odiar a muerte, vamos a desear de él la más ominosa de las muertes, el mayor  y por más tiempo sostenido sufrimiento que sea posible imaginar, por ser él, Mariano Armijo, el hijoputa más grande que el escritor ha sido capaz de crear.

Mientras media España iba muriéndose de la otra media, los señoritos alternaban  y bebían los cócteles de Chicote, sus putas finas, ya saben, derretían la crema de la intelectualidad, que se nos enumera repetidamente y se nos retrata con dos sopapos frívolos y subcutáneos conocidos de otros libros de Umbral, que se solapan con éste sin saber a veces qué ni cuál.

Los umbrales no resplandecen en las ramas de las editoriales como otros libros lo hacen  porque no irradian luz, la luz de los umbrales va por dentro, todo el torrente de luz de la prosa, caudal y rosa, se desenreda por la sintaxis hasta los ojos, que los estraga y enceguece. Hay que haber leído muchos umbrales y haberse asombrado mucho para decidirse a decir que sí, que son el mismo todos. Pero qué más da. Yo ya no cambio la capacidad de asombro que me produce, no una sinestesia, sino el lenguaje mismo cuando lo que se pretende es la continua metamorfosis de la prosa en otra cosa, de la vida en palabras, del dolor en amor, por una buena historia.

Abril se enciende en verde por los pinabetos del Retiro y distribuye galas nupciales, blancas, entre su prados. La naturaleza se está casando con alguien.

Yo no soy escritor, no sé preparar las transiciones, desconozco la verborrea, por lo que todo lo que escribo ofrece un aspecto entrecortado, discontinuo, torpe. Me horrorizan las palabras, ahora bien, etcétera… etcétera. La concisión: mi privilegio y mi maldición.    –E.M. Cioran-

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