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La pianista, Elfriede Jelinek

zzzz

TAMBIÉN A ERIKA KOHUT podría decírsele aquello de Cocteau a Marlene Dietrich. Lo del nombre que principia como una caricia y termina como un zurriagazo.

Erika Kohut es el nombre de una mujer que únicamente autoriza, o al menos así lo cree ella, previo formulario escrupulosamente cumplimentado, las caricias del látigo y la de los cables pelados. Sus vínculos con los seres vivos son administrativos y procedimentales, impedimentos y restricciones que ella levanta como un muro defensivo sin procurarse apenas un par de atalayas para no morir asfixiada dentro de él. La música es una de ellas. Y es que Erika es una pianista con muchas teclas que tocar.      

Igualmente, yo llegué a esta novela desde el cine y no desde el premio Nobel. Haneke, como tantas otras veces, me escupió a la puta cara las verdades del barquero después de haberme zarandeado como un pelele sin moverme del sillón. Fané y descangayado, comprendí que debía leer pronto esta novela, La pianista, pero la sospecha de que el texto no estuviera a la par que la adaptación cinematográfica, me llevó a dar algún rodeo, a mostrarme reacio a la lectura, posponiéndola una y otra vez. Pasado el tiempo, continuaban siendo tan vívidas las imágenes de la película, que tuve la certeza de que abordar la novela me iba a causar una gran decepción.

Isabelle Huppert no iba a estar en la novela, eso era más que suficiente para que yo continuara sin querer acercarme al libro. En la novela aparecería, como mucho, Elfriede Jelinek, con esos labios finos de anfibio pintarrajeados de carmín con los que suele aparecer en las fotos de interné que he mirado. Que no digo yo que no, oye, pero no es igual. No obstante, la leí, la he leído ya.

La novela no tiene la vivacidad que Haneke, a fuerza de saltarse sus convencionalismos estéticos más característicos, le imprime a la película. Como si el director hubiera rehusado a su habitual profilaxis documental por una dicción declamativa  más conveniente a la hiperestésica sensibilidad de Erika. Desanudar la trabazón emocional que aflige a Erika haciendo explícito para el espectador el sumario íntegro de sus patologías a través de hechos consumados, y no con las vagarosidades y crípticas metáforas que se congregan adiposamente en la novela.

Erika fue educada para ser concertista profesional de piano, pero el fracaso le hizo subirse al remolque de la pedagogía. Mientras se ahoga en su indigerible frustración, se va sepultando a paladas que ella misma se echa encima en un compacto sustrato teórico intelectual que le confiere un prestigio amateur y vecinal de mesa camilla y canutillos de nata los domingos por la mañana. Se indigna cuando alguien increpa  a Schubert y lo tilda de artesano. Ella sabe que Schubert es un artesano, pero hay que decirlo con señorío, como lo decía Adorno.

La Kohut ofrece recitales extraoficiales a sus alumnos y a sus veleidosos padres, que la aplauden con fervor cuando construye el contrapunto adecuado y se da después a la fuga, escapando airosa, de las delicadas penitenciarías de Bach. Erika recoge las ovaciones con altivez, como quien devuelve el guante tras haber matado al duelista, la madre se relame y le mete prisa: vamos niña, no vayan a pedir más, que lo hacemos gratis.

Esa forma inferior de vivir la música entre escolares y palurdos la desazona. Un halo de severidad y descortesía relumbra su conducta pública. La privada, compartida con su madre viuda, es peor, es la relación entre dos hermanas siamesas que se envidian y se vigilan cuando duermen, y a la vez, no pueden matarse sin que mueran las dos.

Pero no todo van a ser alumnos cohibidos por la displicencia de la profesora sarampión y sus vestidos de cretona, pronto aparecerá el desinhibido pichabrava organizando el galanteo, acorralando a doña escarcha entre la polla y el espejo. Veremos qué es peor.

El espejo nos devuelve la coreografía vital de una mujer que rechaza para ser rechazada y se complace de ello. Un epítome de parafilias apiladas en un alma de mujer de tamaño convencional, supongo. Demasiados instrumentos para un cuarto tan pequeño, demasiado ruido para ser música de cámara solamente. A Erika le suenan las disconformidades del alma como la orquesta filarmónica de Viena acompañada de media docena de corales, excesiva algarabía que atemperar con una sola batuta –aunque sea la del robusto joven piragüista-.

La novela viene a ser el ajuar de soltera que Erika va desembalando para nosotros –voyeurs involuntarios- como si de un striptease se tratara, solo que en vez de ir desprendiéndose de indumentaria, nos va ofreciendo, depravación tras depravación, un desnudo psiquiátrico integral muy turbador, seamos sinceros; aunque el reiterado tono de acotación teatral que utiliza Jelinek y las descripciones impresionistas, antojadizas y equívocas, según la tornadiza luz que decida concedernos en cada escena, a cada alzada y caída del telón, llegue a convertir la novela en algo poco fluido, espeso y cargante, bituminoso o alquitranado.

Erika en la bañera, hurgándose con las viejas cuchillas filomatic de su padre, la geografía física reservada al placer. Viéndose sangrar, flemática. Erika se corta y se punza la carne y no le duele nunca. Erika en la oscuridad desabrida de un parque apartado, a esa hora en que los deseos se satisfacen casi de cualquier manera, oculta, espiando como joden los seres clandestinos, desarropados, a la intemperie, la ceremonia inminente fornicial animalaria, temerosa de ser descubierta o deseando que eso ocurra. Animada por el peligro de ser desventrada por un energúmeno más que por la contemplación de la follanza, por sentir esa nerviosidad doncellueca seguida del picor venido del coño que le hace mearse toda patas abajo. Erika soñando en aclimatar a su cuerpo objetos metálicos, fríos, coriáceos, filosos, córneos.., allí donde debería reposar algo blando, tierno, delicado. Erika aspirando el husmo de un tisú enlefado por un sarraceno en la cabina de un sex-shop de un suburbio…

Tantas escenas de entrañas latiendo a contrasentido, ilustradas y ejemplificadas con puntería y complejidad que, decir aquí como se dice en otros sitios, que La pianista es sado y masoquismo, dominación y subordinación, Edipos y frigideces, anhedonia y qué sé yo qué más es como no decir nada y no lo digo.

Pero sí voy a decir que Erika Kohut es toda ella un simposio, un concilio internacional de animistas, freudianos, jungianos, lacanianos, chamanes, exorcistas, conductistas, cognitivistas, gestaltistas…, y que, dos mil o tres mil ponencias después, el diagnóstico, de llegar a haberlo, no sería más que aproximativo y epidérmico. El aquelarre seguiría sin disolverse, las brujas habrían aparcado las escobas, pero se habrían ido andando a buscar un after para continuar bailando.

“El amor nos muestra hasta dónde podemos estar enfermos dentro de los límites de la salud. El estado amoroso no es una intoxicación orgánica, sino metafísica”.     –E.M.Cioran-

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Gillian Flynn, Perdida

aaaa

TIENE QUE HABER libros para venderlos ahora ya y libros que los venda la posteridad si dios quiere (un señor llena su comercio de posteridad y se muere de hambre, con las librerías igual) Entre los primeros comercializan mejor los editores la novela gorda para best-seller. Un best-seller enteco no dice nada a los que suelen comprar de oído y al peso el cuarto y mitad de libro lechal. En cambio, el libro gordo, con su porte obispal, además de impresionar a las visitas, confiere jerarquía e instrucción a los anaqueles del recibidor, tan colonizados siempre por marcos de alpaca y chuminadas de cuando las bodas y comuniones.

El best-seller o ahora ya es un libro que no suele tener paciencia para que su autor llegue a Premio Nobel o algo y prefiere hacer carrera por su cuenta. Su naturaleza ansiosa le lleva a significarse pronto. Se mueve en un tiempo contiguo y transitorio, llevando en las solapas el estigma de las inmediateces y las caducidades, las rimbombancias los encomios y encarecimientos, como un yogur de estrafalario sabor que recomiendan consumir preferentemente.

¿Por qué de entre todos los yogures presuntamente extravagantes de sabor se erige uno, confinando al sótano de la fresquera y a la caducidad urgente a todos los demás? Mireusté, la respuesta no se tiene porque la pregunta no vale como pregunta. Así de torticero no se pregunta ni para un referéndum de autodeterminación.

Leer un best-seller caducado, fuera de promoción, aunque permanezca en la sección de lácteos frescos, es jugarse a los chinos la diarrea Todos los sabores están ya descubiertos y saben a muy poco, la verdad. Lo otro, el espíritu santo y lo que el azar dispone, el lucky strike y el Draper que nos recuerde: It’s toasted, ocurre que poco tiene que ver con la literatura y sí con la publicidad, con las voces de las autoridades domésticas en las charcuterías y en las tahonas, a la cola de la caja rápida del Mercadona, que es como el palco del Bernabéu de la masa transeúnte donde se decide si las sombras de Grey nos pone o no nos pone, la carestía de las frutas de temporada y lo tarde que es ya para casi cualquier cosa.

El best-seller se lee en las primeras floraciones o no se lee, se agosta en las manos tardías. Consumir los best-sellers de antes es una forma de penuria lectora, de menesterosidad, de estrechamiento, de falta de consonancia con la fecha del mundo que te ha correspondido. La forma más rápida de desactualizarse.

El nombre de la rosa y Los pilares de la Tierra se consumían bien en su día porque nos contaban una edad media ochentera y transicional, como El médico o El perfume. Cosas que ahora sólo puede leerlas quien posea un DeLorean tuneado.

Esto es, o se leen best-sellers ahora ya o se lee otra cosa.

Yo he consumido este libro que ahora digo antes de sus diez de últimas pues no sé, porque no todo va a ser follar, habrá también que indocumentarse con aseo.

Se nos cuenta a dos voces las disonancias de un matrimonio joven y guapo que peregrina de la opulencia afectiva y pecuniaria a una escasez adyacente y arrabalera. Él ha empezado a amarla a ella por coño interpuesto y ella se duele maquiavélicamente por ello, que es la forma sinuosa de afligirse que tenía Islero cuando mató a Manolete.

Se producen desperfectos entrambas partes y empieza la policía a buscar (aquí también es tonta), pero no sólo busca ella (la policía), porque ella (la esposa) es también de mucho trastear y regocijarse, para adversidad de él, que es indisimuladamente obtuso.

La rutina desdice las onomásticas y desencola los cajones. Los novios ya no son lo que eran cuando eran novios y no esposos, falta dinero y follar da para poco. Todo se maldispone, ya casi nunca leemos juntos los horóscopos,… me voy o me matas que es peor.

La localización fluvial del texto nos va llevando por un flemático paraje de sobreabundancias conyugales hacia un desenlace correlativo: dónde, cómo y por qué. Las permutas argumentales son disuasorias y fraudulentas, la esgrima entre el dime y el direte es un sablazo en el antepecho del sentido común, el cadáver llega mal y tarde pero al menos llega, hay zorrerías y zorrerías.

Y cuando todo es demasiado y me digo: al menos no he dejado caducar otro best-seller en la nevera, aparece Fresón epilogándome el regurgitado, avisándome de que me fije más en la hija bastarda de Patricia Highsmith que, según él, es Gilliam Flynn, dueña de una prodigiosa capacidad para diseccionar lo cotidiano y familiar y hacernos ver de manera nueva lo que pensamos que teníamos completamente visto… Y sí, me acuerdo con emoción de la hija bastarda de Patricia Highsmith y también de la madre de este señor, un tal Fresón, o Fresán.

 “Llega un momento en que hasta la negación pierde su brillo y, deteriorada, va, como las evidencias, a la cloaca”.    –E.M.Cioran-

Técnicas de iluminación, Eloy Tizón

vvvvvvvv

“El adjetivo, cuando no da vida, mata”. Y las metáforas ni te cuento.

Ocurre con todos los libros de cuentos que los cierras y ya no recuerdas nada de ellos. Se llama amnesia anterógrada, y la persona afectada no es capaz de recordar algo si deja de prestarle atención unos segundos. Cosas que pasan con los calmantes y los libros debido a una interacción alostérica o algo digo yo.

De este libro tampoco se recordará nada inmediatamente después de cerrarlo, y luego tampoco. Pero no importa, porque nadie escribe para que se le recuerde sino para que le lean de seguido, todo el rato. Los de ahora y los que vendrán. Que no se rompa la cadena y le estén leyendo a uno siempre, de época en época. La lectura o es inminente o no es nada.

No se recuerdan los argumentos porque no los tienen, y es que, los cuentos pueden tener un temperamento libertario que no se les tolera a las novelas y las biografías, para eso son cuentos.

A Tizón parece no importarle demasiado que recordemos o no sus historias, entre cuentista y escritor prefiere ser escritor y así nos lo hace saber, tomándose muchas molestias con el estilo. Eso es mucho y es escaso.

Casi todos los textos de este libro son dichos en primera persona introspectiva. Comienzan con retraso, como si nos hubiéramos perdido algo de la narración en el momento de empezarlos, algo necesario para la comprensión del relato que ya hubiera sido dicho antes y que no aparece escrito. La impresión que da ese inicio eludido es de desorientación y enrarecimiento, muy propicios a la ambientación que busca crear, al escenario donde quiere hacernos bailar, un escenario reconocible pero con licencias a la extrañeza.

Consigue que bajo una apariencia de realismo y costumbre no dejemos de mirar, azorados, en todas direcciones, buscando una clave privada, un  secreto perverso. Y todo lo consigue sin truculencias argumentativas, sin sangre y sin semen, sólo con los aperos de la prosa, los avíos de la sintaxis, los útiles propios del idioma cuando una está dispuesto a remangarse y salir ahí fuera, a la lingüística, a hozar los epítetos, a enfangarse en la retórica y recoger algunos frutos estimables.

Hay muchas enumeraciones. Ringleras de palabras separadas por comas cuyo valor no es solamente informativo. Hay adjetivos que calzan bien y muchos otros que sobran, que hostigan al sustantivo hasta acojonarlo y hacerle salir corriendo de la página por los renglones de  arriba. Tanta animosidad ornamental topa demasiadas veces con esa inefable máxima que, por ponerle palabras, vendría a decir que en la república de las metáforas rige una ley aritmética inexorable cuyo enunciado es: una buena metáfora + dos metáforas regulares = tres metáforas malas. Muchas, y digo muchas veces durante el libro, esta ley arruina hallazgos exquisitos. Hay comparaciones que no se entienden o tienen un significado sólo para iniciados, demasiados símiles intercambiables o accesibles a la prosa de cualquier jeremías. Por abusar del floreo se distinguen hasta greguerías (…una mecedora, esa silla altisonante que parece un homenaje a la duda). La metáfora más el humorismo. Estraga muchas veces tanto lustre, precisamente porque un exceso de luz contribuye a que no se vea nada, a que se difumine lo reconocible. La voluntad inicial de concisión y la sequedad lírica que se propone acaba abotagándose y abotagando. Dos páginas de Tizón equivalen a dos páginas y dos tercios de Tizón, y eso es mucho desnivel.

El remedio utilizado por los que no han querido renunciar a su prosa metafórica y lírica sin pasar por cascabeleros ha sido el equilibrio. Y ese equilibro algunos lo han hallado (desde Valle a Lorca pasando por Gómez de la Serna y llegando a Umbral por ejemplo) alternando lo culto con lo popular, lo distinguido con lo ordinario, lo arcaico y en desuso con el neologismo… El destello de una metáfora redonda luce más al resol de su contrario. El machihembrado perfecto.

Fotosíntesis abre el libro y es un homenaje me parece a Robert Walser. Una divagación continuada sin límite y sin día. Se loan las pasiones humanas, los placeres alimenticios y los carnales, se entrevera el paisaje, se intuye una alabanza al flâneur, a la despreocupación, se sazona con figuras retóricas de repetición, salidas de madre medio surrealista, y se cierra con un axioma altisonante del modo: “Sin embargo, en el instante de morir, con nuestro último aliento, todos comprenderemos que sin sospecharlo nuestros pies han bordado un tapiz”.

Ciudad dormitorio es una dependienta al que su jefe, un tipo con alopecia prematura que el autor con buen tino denomina vapor de pelo, le encarga deshacerse discretamente de una caja en la que algo vivo se mueve (no se nos dice qué es, pero yo rápidamente advertí que podría tratarse de un gremlin guapo y no me apeo de ahí). La tramoya del relato consiste en hacernos creer que estamos en una película de Ridley Scott, donde los metros transitan en superficie y en altura por un paisaje de rascacielos hacinados y de lloviznas y neones crónicos, chinos cocinando sus seres vivos en autocaravanas, roboces que parecen personas y viceversa. Pero la verdad es que la chica puede estar cogiendo el metro para ir de Valdeacederas a Almendrales perfectamente, aunque ella crea estar dentro de Blade Runner.

Nautilus habla de un científico al que se le muere un hijo estando en un congreso en el extranjero y trata de hacer cohabitar en una lóbrega madrugada, la aparente tranquilidad entresacada de sus convicciones racionalistas y su formación técnica, con la más absoluta desolación. Como en casi todos los cuentos del libro, éste también tendrá un epílogo esperanzador, continuista con la vida y en ningún caso será ajusticiado en rebeldía, que quizás sea un cambio de modulación necesario, avillanarse un poco digo, flambearse ligeramente de infierno y oscurantía, lo que necesite este señor para saltar de las metáforas bien traídas a las listas de ventas.

La extrañeza infantil se llama miedo y la adulta asombro. El asombro del adulto es el miedo del niño y ambos comparten, teniendo distintas sensaciones, una única cualidad, la cualidad de raro. Raro es el trasfondo del libro. A veces lo infantil se superpone destacándose la rama más optimista del árbol, mientras el tronco retorcido queda en sombra. Otras veces opta por ocultar esas formas juveniles del desarrollo y la esperanza bastante empalagosas y se decide a mostrar su inteligencia adulta y cínica, sacando de ahí las mejores piezas.

Me quedo con el Tizón cínico de Manchas solares o Los horarios cambiados, creo que es el tono más conveniente a su prosa, el más maduro, el que de la anécdota saca una experiencia más universal para los conflictos de pareja, por ejemplo.

Alrededor de la boda es volver al bayleys, al pacharán y al anisete de Velocidad de los jardines, una escritura para adolescentes pajilleros que se llevan al botellón la mochila con los libros del barco de vapor subrayados en fresa. Y por ahí no hombre no.

“Leer es dejar a otros padecer por nosotros. La forma más delicada de la explotación”.    –E.M.Cioran-

Madrid 1940, Francisco Umbral

kkkkk

DE SUYO TIENEN las editoriales  arbóreas ramificaciones de donde colgar sus varios productos según convenga. Las ramas pueden haberle nacido al árbol por naturaleza o habérselas injertado después por concurso de acreedores. Las editoriales rentables, que alguna habrá, hermosean sus jardines injertando a su tronco madre ramas antañonas de otros árboles ilustres. Una editorial arruinada es como una marquesa pobre, no le quedan más que los papeles del desahucio y el título nobiliario con el que abanicarse los sofocos. Es entonces cuando aprovecha la plebeya burguesía enriquecida a comprarse un título noble y reconocible por el vulgo. En literatura un catálogo de libros monumental no vale nada, lo que importa es un logotipo, y Austral lo tiene. Tiene un esotérico cabrón con estrellitas en sus portadas que a los que han leído algo de siempre les ha dicho mucho, y a los que no, de algo también les suena, aunque sea de oídas.

El Grupo Planeta le está volviendo a reverdecer los libros a Umbral colgándoselos de la rama de Austral, que era una sitio de papel áspero con astillas gordas dentro de la letra minutísima, y cuyas portadas tienden a acumular una abundantísima cantidad de mugre, de ahí que se destaquen tanto en los puestos de ocasión.

Reeditan a Umbral en bolsillo y me parece muy bien que lo hagan. Porque los libros de Umbral siempre ha tenido uno que irlos a buscar a la quincallería o al ropavejero y no es plan. Yo creo que Umbral va a envejecer bien después de muerto y se le va a leer como es debido ahora que ya no está él para boicotearse. Los jóvenes empiezan a leer un Umbral sin Umbral presente que les joda la lectura, que se la desbarate. Es el caso de Dalí, pongamos, que la gente se pega por entrar a ver sus cosas ahora que estamos seguros de que no ha resucitado y que no lo hará, que está fiablemente muerto y no nos va a sacar de sus exposiciones a bastonazos.

Una personalidad significativa avillana cualquier obra. Es malo destacar fuera de la obra, y cuando ocurre lo mejor que puede pasar es morirse, morirse y esperar que la obra comience a galopar sola, sin las vesánicas espuelas del autor. Hay muertos de más de cien años que todavía esperan que su obra galope y por los cojones.

Madrid 1940 es de 1993, o sea de un Umbral ya viejurgo que sabía que todo lo de la guerra y la posguerra lo había dicho mil veces y de la misma manera. Por eso, este libro, parece un ajuste de cuentas y una toma de postura más atrevida y desnuda que las que nos tenía acostumbrados en el César Visionario, Los Helechos arborescentesMemorias de un niño de derechas…, y tales cosas. Umbral se desmadra y ladra, unos ladridos terribles como de perro sin dueño y con hambre, de perro rabioso que dice sus verdades de sangre en el cuello de un niño, sin restricciones morales, en crudo.

Durante el primer año de la paz de Franco, la llegada de la Victoria, lo más urgente es atender las reclamaciones de venganza de los vencedores. Volver a abrir los grifos calientes de la sangre de los españoles. Depurar hasta dejar resplandecientes los últimos fondillos de España de españoles rojos o sospechosos de serlo, o con cara de serlo o de haberlo sido, o de conocer a alguien que lo fuera o lo hubiera sido, pues que la manga es muy ancha y cabe casi todo. Españoles torturando y matando nuevamente a españoles en las mismas checas de Madrid que unos meses antes habían utilizado españoles también para torturar y matar a otros españoles.

A Mariano Armijo, puro  falangista joseantoñano  de primera hora, el ritmo de españoles  muertos que está imponiendo Franco no le satisface, le parecen pocos. Más y más deprisa hay que matar. Las sacas nocturnas de los verdugos del régimen  y las otras, las permitidas a los niños de falange para divertirse, no se realizan con la diligencia debida.

Armijo viene de provincias a instalarse con los suyos, los vencedores, a Madrid, y por ver de medrar en la incipiente y caótica administración franquista que empezaba a devorarse a sí misma por un puesto relevante a la medida de su talento y de sus principios estéticos falangistas. Recién llegado a Madrid Mariano Armijo constatará la traición de Franco a José Antonio, la sustitución de los ideales falangistas revolucionarios por un ridículo autoritarismo militar ungido de aquiescencia eclesiástica que nada tiene que ver con el fascismo ibérico que José Antonio promulgaba, ni con los originales de Mussolini y Hitler.

Armijo logra instalarse en el lecho de una marquesa apócrifa amancebada con un ministro de Franco que pone a disposición de su barragana, además de mesada, coche oficial con banderín y chófer con gorra de plato. Desde los muslos de la marquesa Armijo saltará hasta hacerse colaborador del delegado nacional de prensa Juan Aparicio, ejerciendo un periodismo exaltado y radical cuyo objetivo es la delación de estudiantes, escritores e intelectuales que puedan hacerle sombra en algún momento, promoviendo en sus artículos el encarcelamiento inmediato de los citados en ellos. Un asunto que a Armijo apasiona y que le libera, a su modo de ver, de rebajarse a la violencia, fría y sucia, de la acción directa, la tortura en la checa, el pistoletazo en la tapia, la muerte por desangrado, como sarcásticamente llamaban a los fusilados. Para Armijo lo suyo es la parte lírica, artística y noble de la represión, fiel a su idealismo sintáctico de guante blanco él se comporta como un mero supervisor exento e inocente de los crímenes que azuza con saña.

Se folla a la marquesa y a la princesita tísica rescatada de la aldea  por el terrateniente  enamoriscado y tonto. Comparte a las mujeres con otros hombres, vive de ellas, de sus rentas. Mujeres medio prostituidas le mantienen a él a la vez que las reduce teórica y prácticamente  a un orden animal inferior dependiente del sexo, aligerándolas de sentido común y valía, fortaleza y valor para otra cosa que no sea engendrar y servir. Las mujeres viven sugestionadas y sometidas al sexo masculino, una polla es todo su horizonte reseñable, para una mujer nada hay más allá que la polla de un hombre en su boca, sentencia con elocuencia argumentativa.

Frecuenta los lugares de tortura y muerte para asegurarse que el sistema sigue funcionado y la sangre sigue manando. Desdeña las cárceles y los juicios, aunque sumarios, considera que hay demasiados tribunales y son lentos, que se abaratarían costes vaciando las cárceles y llenando las calles de muertos. Muertos que él también visita a menudo en los depósitos, en las morgues olvidadas. Allí desata su instinto de infrahombre, su propensión hacia la muerte. Viola muchachas muertas. Describe su conservación, sus buenas condiciones, sus olores, su humedad, su tacto aún reblandecido, la estanquidad de sus coños muertos y anónimos y su calor mantenido, su dulzura grata de joder, la lasitud que les es propia a los muertos y cómo se las imagina cuando vivas. Todo esto y la pederastia, porque también la pederastia.

Hay mucho tremendismo en estas escenas y mucha provocación, como si en una alocada carrera hacia el paroxismo Umbral quisiera asegurarse que a su personaje le vamos a odiar a muerte, vamos a desear de él la más ominosa de las muertes, el mayor  y por más tiempo sostenido sufrimiento que sea posible imaginar, por ser él, Mariano Armijo, el hijoputa más grande que el escritor ha sido capaz de crear.

Mientras media España iba muriéndose de la otra media, los señoritos alternaban  y bebían los cócteles de Chicote, sus putas finas, ya saben, derretían la crema de la intelectualidad, que se nos enumera repetidamente y se nos retrata con dos sopapos frívolos y subcutáneos conocidos de otros libros de Umbral, que se solapan con éste sin saber a veces qué ni cuál.

Los umbrales no resplandecen en las ramas de las editoriales como otros libros lo hacen  porque no irradian luz, la luz de los umbrales va por dentro, todo el torrente de luz de la prosa, caudal y rosa, se desenreda por la sintaxis hasta los ojos, que los estraga y enceguece. Hay que haber leído muchos umbrales y haberse asombrado mucho para decidirse a decir que sí, que son el mismo todos. Pero qué más da. Yo ya no cambio la capacidad de asombro que me produce, no una sinestesia, sino el lenguaje mismo cuando lo que se pretende es la continua metamorfosis de la prosa en otra cosa, de la vida en palabras, del dolor en amor, por una buena historia.

Abril se enciende en verde por los pinabetos del Retiro y distribuye galas nupciales, blancas, entre su prados. La naturaleza se está casando con alguien.

Yo no soy escritor, no sé preparar las transiciones, desconozco la verborrea, por lo que todo lo que escribo ofrece un aspecto entrecortado, discontinuo, torpe. Me horrorizan las palabras, ahora bien, etcétera… etcétera. La concisión: mi privilegio y mi maldición.    –E.M. Cioran-

Bilbao-New York-Bilbao, Kirmen Uribe

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HAY UN MODO de escribir que no considero ni siquiera estilo, porque no es voluntario y lo impone indefectiblemente la inoperancia del escribiente, que pertenece menos a la literatura que al contorno de la apariencia y de la manera, por querer ser yo ahora voluntariamente vago e inespecífico con las formas de expresión.

De este libro hablaré sólo de apariencias, formas y maneras. Que son conceptos míos alternativos a la geometría euclidiana que utilizo cuando no tengo nada bueno que decir de las cosas que leo.

Las frases de Bilbao-New York-Bilbao son cortas y poco trabajadas. Se nota la dificultad que el autor ha tenido para juntarlas con pretensión de naturalidad y corrección. Le basta un manojillo de ellas (apenas cinco renglones) para apresurarse a cerrar un párrafo y sudar un poco hasta encontrar algo nuevo que contar en el siguiente. Lo siguiente es otro chisme de un pariente o la enumeración de largos e intercambiables nombres en vascuence. La lectura se hace sincopada y arrítmica. Leemos mal lo que se ha escrito con esfuerzo, sin fluidez y sin propósito. A la incapacidad para hilar fino y seguido el autor la denomina fragmentariedad, quede dicho.

El texto está inmóvil, no transcurre. No hay trama, no hay personajes y no hay pensamiento especulativo. No es una novela ni un ensayo ni un poema, entonces, ¿qué cojones es esto que he comprado (en edición de bolsillo naturalmente) como si fuera una novela? Pues todavía no lo sé chico.

Un tal Uribe, Kirmen, es un escritor, puede que poeta, requerido por universidades de medio mundo. Va de conferencia en conferencia en vuelos transoceánicos a reunirse con editores y más poetas unánimemente reconocidos. Poetas y editores con los que mantiene una confidencialidad paredaña a lo familiar. Bullen los e-mail, y los tweets para qué te quiero contar, los sms…, WhatsApp no, en dos mil ocho no se conocían, no obstante, la comunicación es una fiesta interplanetaria. Los poetas en gaélico enseñan sus islas deshabitadas, los vascuences buscan en Wikipedia los hábitos del cormorán y recuerdan con añoranza la pesca de bajura en Ondárroa, mientras, Renata, la negra especialista en derechos civiles vecina de asiento de Uribe en el avión, hacia la mitad del libro, le pregunta qué coño se le ha perdido en el Nueva York ése a uno de Bilbao. Y entonces sí, nos aclara lo de su fama internacional y lo de sus conferencias transatlánticas, y la posibilidad de escribir su primera novela sobre un tipo que va en un avión a Nueva York desde Bilbao parándose un rato en Fráncfort a repostar. Entre las doscientas páginas escasas, cabrían también, nos advierte, tres generaciones de una misma familia y un tal Aurelio Arteta, pintor. Así que marchando.

El libro no es sólo humilde. Humilde a la manera en que lo son muchos primeros libros: pies de plomo, no pretender demasiado y equivocarse poco.

El libro es pobre, archipobre, protomísero, de una cortedad que sonroja e irrita.

Un tipo no tiene absolutamente nada que contar y lo cuenta, jódele anda. Y lo cuenta con la espontaneidad de un niño al que le acaban de poner un seis y medio en redacción. Y luego está la cursilería y el buenismo, la vasquedad,  la franqueza y la hombría de bien, las reflexiones preadolescentes y los cotilleos, muchos cotilleos metidos con calzador.

Chismes inconexos para ocupar papel, para llegar a las escasas doscientas páginas de mierda. He dicho que personajes no hay. Lo que hay son muchos nombres sin nada detrás, hueco, vacío.

Esta redacción ganó el premio nacional de narrativa 2009, creo.

“Una obra no cuenta, no existe, salvo si se ha preparado en la sombra tan minuciosamente como un golpe por un bandido. En los dos casos, lo que importa es la cantidad de atención.”    -E.M.Cioran-

Intemperie, Jesús Carrasco

kkkkk

ESTE LIBRO PERTENECE a un género que hizo buena fortuna antaño. Lo practicaron de inicio escritores que después llegarían a mucho, o a bastante, por ser a la par accesible recurso y reclamo voceón. Decir nombres como Cela, Ferlosio, Laforet, Delibes, Aldecoa, Fernández Flórez, Ballester o Fernández Santos, es mucho decir claro está, pero ya están leídos y para algo.

Pongamos que hablo del tremendismo calcáreo. O sea un personaje, su desgarradura emocional, y un paraje pelado. Aquí sobra hasta la yunta de la guardisiví. Para qué. De una sequía y un burro cuántas florecientes mitologías no le han crecido a la españolidad letrahiriente.

Intemperie daba bien para rellenar siete u ocho carillas doble espacio, una plica con pseudónimo y conquistar un accésit con placa de alpaca plateada junto al beso de la concejala en Maribáñez de la Jara XXIX Certamen Literario. Pero no. Hubo de prolongarse el cuento hasta la pequeña novela ya puestos. Cuántos ya puestos y buenas intenciones concurren en malas novelas. Se sienta uno a escribir el remite de un sobre y ya puestos…

Medio libro se nos va aparejando y desaparejando el burro, y cuando no dando de beber a las cabras en medias latas de atún o de verdeles, no sé, de algo. Todo es carestía y dilación. Unos tipos malísimos persiguen a un niño por algo que no sabemos qué es pero que ya nos lo va pareciendo y se encuentra a un viejo pastor de cabras generoso y protector que además conoce las hierbas y sabe preparar untos para curar las cosas malas que también nos da el campo, como las insolaciones y eso.

El niño y el pastor huyen pero muy despacio, dándole tiempo al autor entremedias a describirnos el atalaje, a llenar y vaciar los serones, levantar apriscos, dar de vientre unas cuantas veces, preparar unas migas con leche de cabra, roer la corteza de un queso curado hasta la enfermedad, despellejar una liebre, echarse unos tientos de vinazo…, y así todo.

Morosidad tensa, irritante, enumerándonos hasta los músculos que se le mueven al niño cuando le da un retortijón o las hebras que le quedan en la tabaquera al alguacil. Se quiere contar todo y en todo momento, sin acertar a saber cuándo hay que hablar y cuando tiene uno que callarse. Porque, claro, conocerse todos los aperos de un burro y el orden correcto en que hay que endilgárselos no es lo mismo que saber utilizar la elipsis en una novela. El diccionario no va a poner nunca lo que no puede poner el talento.

La narración permanece estancada de inicio en una galbana existencial que contagia hasta a las piedras. Falta agua y sobra sol, demasiados algarrobos sarmentosos, cantuesos y torviscos, rebollares arruinados, junqueras quebradas, pastizales agostados, amenazantes serrijones, torvos roquedales, murallas roídas, casas denegridas, galgos famélicos, agria melancolía de la ciudad decrépita…, es empezar con esto y noventayochizarse seguido.

En fin, tedio y sesteo hasta un prefigurado final violento y cañí, tantas veces dicho y hecho en un paraje más de la España invertebrada, más candente que nunca ahora.

La novela, vamos a ver, está escrita con una llamativa voluntad de corrección y contención. Algo inusual en muchos jovencitos de ahora, que entregan sus resmas y hala, verdes las han segao. Está bien la persecución de cierta pulcritud característica, la busca de un tono propio, de un estilo, pero aquí la persecución denota más limitación que indagación. Justo lo contrario de los grandes nombres arriba mencionados, para los que sus novelas tremendistas iniciáticas sirvieron de lanzadera temática y estilística. El señor Carrasco podrá escribir mejores novelas que ésta, desde luego, y escribirlas bien, o correctamente, pero ya se columbra una sintaxis de natural apersogada. Sin genio ni llama, y eso…

“No se trata de trabajar, sino de ser. Eso es lo que olvidan los escritores, porque les conviene olvidarlo.” -E.M.Cioran-

Me hallará la muerte, Juan Manuel de Prada

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TODAS LAS NOVELAS que he leído de Juan Manuel de Prada, la gran mayoría de las que ha escrito, me han parecido folletines en el más estricto sentido de la palabra. Es decir, relatos emocionantes cuajados de situaciones insólitas y poco o nada verosímiles. Yo me imagino que si el ABC decidiera publicar por entregas estos textos insertados en los fondillos del periódico, a lo mejor renovaba un género periclitado y abría una vía de publicación tan digna como cualquier otra para aspirantes a plumillas, o incluso para resucitar cadáveres ambulantes, que nunca se sabe.

Tiene Juan Manuel (la familiaridad es mía), el mismo problema que los buenos prosistas de tradición carpetovetónica casticista, joseantonianos o no, que poseen fluidez y facilidad verbal, anchura lexicográfica, gran capacidad para levantar imágenes, símiles y metáforas, prorrumpen en epítetos de algarabía, pero no tienen ni puta idea de armar una novela y de narrarla de tal modo que el que la lea no tenga la impresión de que aparte de la mampostería sintáctica lo demás es cartón piedra.

Tampoco ayuda nada la elección de los temas sobre los que escribe Juan Manuel, a vueltas y revueltas siempre con la preguerra, la guerra y la posguerra, para insertar en esos paisajes solanescos un patio de monipodio remozado en parte, pero con las mismas particularidades que un Guzmán de Alfarache, un Lucas Trapaza, un Estebanillo González, un buscón don Pablos, y unas cuantas aldonzas más que amenizan la zahúrda. Materiales de derribo que le dieron fama muy pronto, pero que lo han ido confinando a un cajón bituminoso de oprobio y baldón, despreciado por toda la narrativa contemporánea en español, que lo ve como un cetáceo de cuarenta años momificado que se ha escapado de un olvidado museo de ciencias naturales, o como uno de esos laínes umbralianos de fanfarria y eucaristía teletransportado al S. XXI desde la Zamora de doña Urraca. Y es que, aunque ha atemperado ese estilo lírico de querer decir las cosas como las decía Ramón en El libro mudo y tal, con la fiebre en la boca y el pelo de la dehesa desflecándosele en el morrillo, todavía parece dispuesto a querer reescribir el Madrid, de Corte a checa un día de estos; aunque de sobra sepa, tonto no es por muy premoderno que se considere, que hasta el Madrid, de Corte a Chueca hace mucho que también quedó desactualizado, y que las genialidades juveniles duran lo que una fiebre de primavera en el tránsito hacia el convencionalismo.

Creo que en Juan Manuel se da una singularidad que es de agradecer en estos tiempos yermos que transcurren. Él, aunque mala, siempre ha intentado hacer literatura. Una literatura reconocible mediante eso que parece ya no contar nada, o que un siniestro consenso general ha decidido que ya no cuente. Me refiero al estilo. Antes el estilo era, joder el estilo antes lo era todo. Ahora parece querer escribirse sin que se note que se escribe, como en sordina, y cuando el estilo asoma un poco la patita ya se encargan cuatro tafioles de denunciarlo con menosprecio: fulano escribe a lo Berhnard, mengano puntúa como Marías, zutano es como Benet… qué barbaridad ¡Y la puta de oros pretende escribir como Juan Eugenio Hartzenbusch qué pasa!

Juan Manuel de Prada tiene cierta inclinación barroquizante que gusta o disgusta, es opinable, pero no pasa desapercibido desde luego. El estilo, insisto, debería ser uno de los caballos de batalla de toda discusión libresca, acaso el más importante. Pero las formas parecen haber pasado a un segundo plano en favor de los temas, que son la madre del cordero de toda reseña, e incluso de toda crítica remunerada. Mal vamos.

En el puerto de Navacerrada, el crepúsculo se ensangrentaba como el ara de un sacrificio ritual, y a medida que se adentraba en la meseta castellana, la noche adquiría la tensión de un tambor de son opaco o una campana con el badajo envuelto en trapos.

Me hallará la muerte, he oído decir por ahí al autor a toro pasado, es una novela sobre el mal y sus diversas caras, sobre la hipocresía. Una hipérbole cañí de algún pasaje bíblico predilecto del artista supongo, que tiene la costumbre de hacer pasar por la sacristía todas las cosas que dice y escribe para darle un aire de trascendencia teologal, de cristianillo viejo. Pero por más que se mire y remire en esta novela, dios no aparece por ninguna parte, y si algún figurante bíblico merece una mención especial ése es el diablo, que es instigador de las acciones de los numerosos hijoputas que pueblan sus páginas.
Antonio Expósito, un raterillo con presunciones empresariales, se alista en la División Azul para huir de España por un crimen cometido junto a su compinche. En Rusia, cautivo y desarmado, será apresado junto a una buena recua de españolitos indómitos en la batalla de Krasny Bor y se pasará doce años penando en campos de concentración como los de Cherepovets, Borovichi y sitios así. El relato documentado de la batalla y las condiciones de los años de cautiverio constituyen gran parte de la novela. Allí, Expósito cogerá amistad con el alférez Gabriel Mendoza, un falangista de dogma inquebrantable alistado para purgarse de los pecados de juventud. Entre espiritosas arengas cuarteleras y diarreicas soflamas patrióticas, el alférez Mendoza intentará hacer más llevadero el confinamiento de sus hombres, entre los cuales alguno cambiará el bozo mariconil del caudillo por los bigotazos del padrecito Stalin.

El gran parecido físico entre Expósito y Mendoza será el absurdo trampantojo narrativo utilizado para enredar la historia torticeramente. El alférez morirá en Rusia y Antonio, de vuelta a España, usurpará su identidad. Heredará los sórdidos negocios del padre de Mendoza, sus pisos, su dinero y hasta su amante. Ya instalado y desenvuelto en la impostura, comenzará una tournée errabunda por ese Madrid emputecido y astroso que se empezaba a asomar a los sesenta con los ojos pitañosos y la quemazón del piojo verde aún por restañar. Un poblachón manchego ya más ruedo histérico que corte de los milagros en el que al zorrón de Ava Gardner las patas de gallo le llegaban hasta los zancajos de tanto mamar pollas de colmao en colmao.

La noche se llenó de ululaciones y graznidos siniestros, de sibilantes y viscosos gemidos, como si un pentecostés de faunos inmundos le diera la bienvenida en su reino de légamo y putrescencia.

En este escenario la prosa comparativa de Juan Manuel se encabrita y gallea hasta abotagarse de presunción y cursilería en imágenes a veces ingeniosas y otras no tanto.

Que pasen cosas ¡cojones!, parece decirse el autor para azuzar y darle brío a la narración, pero los diálogos artificiales, poco espontáneos, nada coloquiales, rígidos como escayolas, propios de consejeros espirituales con el cilicio demasiado prieto, chocan entre esos personajes de extracción menesterosa por afectados y grandilocuentes. Y la prosa, hábil y bien construida, se estrella constantemente con el “como” fronterizo; de una parte la intención de contar y de otra la de asombrar. Una antinomia que de Prada todavía no ha logrado resolver en ninguna de sus novelas.

La noche tenía el cielo de barro, un cielo sin estrellas, como una tapia de adobe o un túmulo sin epitafio.

Sus senos parecían recogerse bajo las clavículas, como palomas bajo un alero.

Los americanos alardeaban de su arsenal atómico, como los chavales púberes alardean de chorra.

Y además la monserga. Frente a la deriva criminal que la vida de Antonio Expósito va tomando irremisiblemente. La monserga moral de los personajes “íntegros” ideologizados, como el camisa vieja, divisionario herido, devenido a ginecólogo y obligado a realizar un aborto que paga su culpa tirándose por el viaducto. Y los personajes femeninos con esos nombrecillos tan, tan poco apetitosos, casi cuaresmales, aunque se rasquen con las uñas el sarpullido del ansia. Carmencita, Consuelito, Paloma, Amparo…, nombres como para no irradiar deseo pero que luego sí, luego follan y son putas algunas, otras no, otras se contentan con ser madres.

Consuelito no necesitaba darle el pego a nadie, porque todo en ella era natural y fresco, con ese atractivo matinal del rocío y del pan recién sacado del horno.

Le bastaba reírse para lograr lo que otras mujeres sólo consiguen desnudándose.

Su pecho se asomaba a la baranda del escote, como un suicida al pretil de un puente, deseoso de entregarse.

Antonio la oyó vomitar sobre el lavabo, como si expulsara alguna lava que le abrasara los bofes; y luego, más calmada o claudicante, orinar como si vertiera una miel delgada, trémula, argentina, obstinada.

Quede claro que ser considerado un escritor católico no significa ser un escritor pacato. De Prada dice que es católico pero también es rijoso, le añade lirismo a las jodiendas con intención sensualizadora, porque en las novelas de Juan Manuel siempre se ha jodido mucho, o, al menos, bastante. Es posible que en cualquier novela de Juan Manuel de Prada se joda más que en toda la obra de Reverte y Javier Marías junta, estoy convencido de ello.

La narración de esas jodiendas adquiere en la novela tonos metafísicos, y momentos de gran belleza expresiva:

Antonio se apretaba contra Nina como el alfarero se aprieta contra el barro que está moldeando, para anegarse en su misma temperatura, y restregaba su rostro contra su melena revuelta, que se había olvidado del tinte oxigenado, mientras aspiraba el olor de su piel, un olor matinal de establo limpio, de horno todavía tibio, de sudor fresco y ovulación con una décimas de fiebre.

…rozándolo muy levemente con las yemas de los dedos, como si estuviese apartando la nata de un cazo de leche humeante.

…apaciguaba su pataleo furioso y el corcoveo de su espalda, la sometía lentamente, dejando que dilapidara sus energías en forcejeos inútiles, como una potrilla salvaje, y luego entraba en ella mientras le robaba el aliento, entraba en ella como en territorio sojuzgado, para enseguida explorar los veneros secretos de su placer, por los que bogaba como un batelero, siempre a favor de corriente.

Encontramos hallazgos sorprendentes, pero se diluyen en un marasmo de forzado voluntarismo por sacar adelante una historia correcta técnicamente pero sin alma, plana y previsible desde el primer al último personaje, que parecen moverse como títeres carentes de voluntad de acción y de destino propio. Marionetas a las que el narrador mete la mano en el culo y mueve con solvencia y resolución, una ilusión que dura lo que el autor tarda en sacar la mano del culo de los personajes, que caen sin aliento, sin vida, inanes sobre la escena espléndidamente decorada.

“No son los pesimistas, sino los decepcionados, los que escriben bien”. -E.M. Cioran-