Velocidad de los jardines, Eloy Tizón

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SE ABRE EL LIBRO y se oye una escritura abstracta y epistolar, susurrada a los oídos de Nabokov el grande, aclamado por imitación. Nada más que eso, un elogio estilístico improbable, hermoso, con salpicaduras referenciales a Ada o el ardor, sobre la naturaleza trágica del tiempo, la grandeza y el estrago. Es “Carta a Nabokov”.

“Viajes de Anatolia” se dice en primera persona parental, y se entiende como una trashumancia familiar, la huida de una guerra, o la busca de unas caldas o unos manantiales salutíferos quizá. La itinerancia nos viene como pigmentada de alta burguesía prusiana con veraneos en Biarritz. Parece un retrato de fantasmas con familia al fondo, paisajes en sepia, cortinas de rayón en las antesalas y despachos con planisferios y catalejos. Todo muy pretendidamente bodegón y tal.

“Los puntos cardinales” es un viajante de comercio color abrigo de entretiempo que viaja y viaja y nos lo describe. Aquí se nos dicen las moquetas con cercos de hoteles hospicianos, los tonos de luz amarilla de los portales, la letra parpadeante del anuncio de Cinzano entrevista desde el ventano de la pensión, las nieblas del desayuno, la fatiga de los muestrarios de prótesis, la mudez de los timbres…, en fin, la argamasa y el hartazgo cuántico de la vida cuando nos sale convaleciente. También están los trenes, los vagones fríos, las oscuridades de andén y los encuentros de fantasmagoría. Terriblemente atmosférico.

“La vida intermitente” habla de unos jóvenes, creo, que se quieren mucho y nos muestran muchos detalles de su amor; que el amor sin detalles no es quererse ni es nada.

¡Se morían de ganas por hacerse una foto juntos! Eso era lo único que empañaba un tanto la perfección del universo. Así que se apretaron un poco más y se vieron reflejados, posando, en el espejo de la cabina del fotomatón. Un horror de cara, les entraba la risa, si me miras no puedo.

Por sobre los detalles de esta historia de amor como no hay otra igual, se superponen los recuerdos de los amigos muertos, jodiéndose de repente, el encanto amatorio, y llevándosela a ella, Sonia creo, más hacia la lejanía y el embeleso mortuorio, que hacia la realidad carnal de él. Con el entristecimiento es lo que sucede, que perdemos de vista el objeto próximo intentado enfocar lo que ya no existe, lo ido.

“Escenas en un pic-nic”. En este breve relato, un yo diletante le escribe una carta  sensiblera a su hermana austrohúngara, contándole sus estúpidas figuraciones suicidas.

“Si caigo en la campaña de Crimea, ¿enviarás a tus amigas un cablegrama diciendo que fue un final heroico para un espíritu atormentado que siempre detestó la escuela naturalista?”.

“Villa Borghese”. Este cuento creo no haberlo entendido adecuadamente, o es que lo he leído mal y parpadeando en exceso, o tal vez es el mareo ante tanta burguesía rozagante permutándose por las campiñas. La impresión es que, como todo el tono del libro, es, diríamos, aristocratizante. Demasiadas pérgolas en los jardines y demasiado floridas siempre las putas glicinas. A qué viene tanto tiovivo y tanta moldura azulenca, tanto jugador de cricket en lontananza y tanta ociosidad decadente. Uno se llama Bruno y otro Alesio. ¿Por qué Alesio? Acaso es un nombre intencionadamente más impostado. A estas alturas del libro todo es ineludiblemente impostado, fingido y artificioso, difícil de digerir, pero sigo.

“Austin”a secas, no Austin Martin por ejemplo. Los nombres de los personajes son distinguidamente rebuscados, eso distingue más el cuento. Austin es catedrático de algo, y la conducción favorece su bienestar muscular y emocional. Austin busca entre carreteras comarcales y cambios de rasante una juventud perdida. Ahí va Austin el catedrático, un Michael Knight cultivado, pensando en la epistemología mientras acelera más y más. El tablero de mandos le hace una señal que él desdeña, arranca de nuevo mientras piensa en la biblioteca de la universidad de Lovaina, apenas era un chavalito entonces, no era todavía tutor. Es nochevieja. Su vida ha sido un serpear de museos, rayas discontinuas y despachos. Conducir es viajar al pasado, en la Galleria degli Uffizi vio llover sobre el Arno y experimentó una especie de furor de vivir. Acelera. Una duermevela se ha ido alojando en su cerebro, tantos recuerdos, las ramas de las pináceas le rozan declamatoriamente la ventanilla, no se duerma todavía señor profesor, ¡no se duerma coño!

“Familia, desierto, teatro, casa”. Hay un abuelo indispuesto o muerto en uno de los cuartos traseros de la casa. En la vejez, la indisposición, el sueño, y la muerte, se confunden o son la misma cosa. Los niños estudian juntos, hacen los deberes juntos, y hacen el teatro. El teatro de fin de curso digo, la obrita en la que los dos tienen papeles estelares. Al niño le han dicho de quedarse a comer un día en casa de su amiguita, y el niño no quiere o le da asco. Un día la niña se indispone y él tiene que quedarse solo en esa casa con cuarto de abuelo indispuesto o muerto. Subió las escaleras y llegó hasta el cuarto del viejo. Ruidos sí había, escuchó una respiración ineficiente, una ronquera, una tos, algo en desuso, y salió cagando hostias de allí. La niña se recompuso la trenza para la catequesis pero dejó la obrita, el teatro. Y nada. Ya está. Qué tontería acordarse de esto ahora.

“En cualquier lugar del atlas”. Aquí el cuento más metaliterario del libro. El narrador, escritor de oficio, se agrega a la historia que está narrando confundiéndose con ella en algún punto de la misma. La mixtura no llega a ser muy convincente, pero como lo importante son los ambientes, las atmósferas, la presión de la columna de mercurio a cero grados y eso, pues la damos de paso, porque al menos, es el texto más narrativo y en el que el autor se mira menos al espejo de todos los de este libro. Una delirante asociación pro defensa de inmigrantes se dedica a esconderlos y a disfrazarlos en los cementerios, lugares de poco tránsito y poca acción, para hacerlos pasar desapercibidos de las autoridades y demás desaprensivos. El narrador será el desaprensivo que busca a Klara, que sin ser nada fuera de lo común, tiene un no sé qué atrayente y concitador, pero Klara se esconde y la esconden bien en la Almudena o el Carmen, y allí vete tú a buscar a Marica por Rávena.

“Cubriré de flores tu palidez”. Camisas, necesitarás camisas. Le dice la mujer al marido que acaba de poner en la puta calle. Y en la puta calle hay siempre una cafetería abierta a deshora en la que cobijarse, en la que parecer menos indefenso y más persona. Les pasa a las putas también. Una puta discreta en una cafetería propicia puede pasar por secretaria o por modista con naturalidad. Nuestro hombre abandonado contempla sin avidez a la puta, conmiserativamente. Él es profesor de historia, tiene un diccionario de etimologías en algún cajón, escribe sobre la dialéctica y la coyuntura histórica de algunos conflictos sociales, mira a la puta como entomólogo, no como mantis religiosa hembra. Se ha fijado en sus manos finas y blancas de pianista tuberculosa, y sobre ellas, en las cicatrices vivas, rosáceas, de sus muñecas. Afuera nieva.

“Velocidad de los jardines”. Llegamos al cuento que cierra y a la vez da título al libro. Teodicea de pupitres a la deriva. Tercer curso de un Bup particular, fin de la diversión. Llaman a la puerta las decisiones importantes y hay que abrir por cojones. Tú ciencias o letras, tú, sí, tú, el pánfilo. La mitad de los amigos se suben al tren correcto, los demás nos quedamos a las letras. Las mañanas son un escaparate de legañas y pelos duros de colonia. Olivia, joder cómo está Olivia, mascarón, estandarte, luz de donde el sol la toma, cariátide, sin ti se desmorona el aula. No jodas que han matado al archiduque de Austria, ya te digo, pues ahí se va a armar una buena. La de inglés está preñadísima, cualquier día se pone a parir encima de la mesa. Ha llegado el sustituto de la de inglés, el típico principiante, ni tiene autoridad ni sabe cómo obtenerla. Se le van a comer vivo. Y tú sabes que los bolcheviques han tomado el Palacio de Invierno, no, si ya me lo temía yo ya. Dicen que la Olivia está liada con el Aubi, ¡¿con quién, con el macarra retardao?! No puede ser, sí que es sí. La puta madre que lo desparió, pero si es subnormal. Eso cuéntaselo a Olivia, yo a Olivia le contaba uno a uno los….

El cuento es la representación burlesca de un asunto muy serio, de una pérdida importante, una pérdida definitiva, la pérdida de la inocencia y la despreocupación. El fracaso escolar suponía volar el resto de la vida con una perdigonada abierta en el ala, un estigma que, además, amenazaba tu futuro. De pronto, el semáforo se abre, ante el estupor de todos, y una voz cavernosa e infalible nos apremia: tonto y pobre el último… 

Tristeza melancólica originada por el recuerdo de una dicha perdida, dice el RAE cuando tecleo la palabra nostalgia y pulso Enter

“Si una noche de invierno un viajero” es un libro fabuloso, pero antes de yo saberlo, era únicamente un título fabuloso, el mejor de los títulos posibles para un libro. Pocas veces un título se ha revelado tan sugerente, tan literario. Hay en ese título una invitación VIP a la lectura. Después de leerlo descubres que la noche de invierno no es la misma noche que tú deseabas que fuera, y que el viaje del viajero es más bien corto. Pero no importa, porque lo que descubres, si bien no se ajusta a lo imaginado e intuido por el título, no pierde intensidad ni interés. Y, además abre otros caminos lectores que uno no podía imaginar que existían. Es el noviciado del lector, el peaje obligatorio para circular por las autopistas de la literatura. El asombro. El asombro que me produjo el libro de Calvino fue el de descubrir que las historias de los libros también pueden olerse, que hay registros estilísticos que equivalen a una sensación táctil, y hay textos que saben, que tienen sabor a algo. Hay una literatura sensorial a la que no es fácil acceder, por impericia, incapacidad, o lo que sea. No creo que Tizón haya accedido a esa cámara literaria secreta privilegiada a la que me estoy refiriendo, pero no desdeño su intención. No muy desencaminado está, o estaba.

Sólo hay que escribir y sobre todo publicar cosas que hagan daño, es decir que recordemos. Un libro debe hurgar en llagas, suscitarlas incluso. Debe ser la causa de un desasosiego fecundo, pero, por encima de todo, un libro debe constituir un peligro.    –E.M. Cioran-

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