En la orilla, Rafael Chirbes

 

jjjjjj

“Detrás de toda gran fortuna, siempre hay un crimen”, nos contaron.

La gran tragedia de la España coetánea es la pérdida de los usos tradicionales debidos. La falta de etiqueta y ceremonia con que se han llevado a cabo los latrocinios. La violación sistematizada del rito apremiada por la baratura de la culpa, la depreciación de las aptitudes necesarias para la criminalidad, al alcance ahora del más pusilánime.

La burbuja más dañina no ha sido la inmobiliaria, ha sido el poco valor exigido para robar, la insuficiente exposición al miedo que cualquier hecho delictivo acarrea, y que los aspirantes a nuevos ricos no han tenido apenas que soportar. Alegóricamente, podríamos decir que el escalafón de matadores se nos fue colmando de figuras con dos cortijos pagados cada uno, sin haberse puesto siquiera delante de un becerro en su puta vida, viviendo la gloria del figura pero sin pasar sus miedos y sin exponerse a las cornadas. Vamos que aquí se ha enriquecido cualquiera sin tener que mancharse las manos de sangre, sin contrapartidas, sin riesgo, y eso, entiendo yo, no se puede tolerar.

Antes, un muertodhambre, un pelagatos cualquiera con veleidades de cambiar de clase, de ascender en lo social, de abrirse cacho y convertirse por ejemplo en cacique levantino, tenía claro que el precio por conseguirlo sería tener que guardar en el armario de la alcoba dos o tres cadáveres (o muchos más, dependiendo de sus aspiraciones) para el resto de su puta vida. Unos cadáveres que de tanto en tanto pedían a gritos que les abriesen las puertas para orearse un poco, y reclamar a la vez sus derechos de muertos, una venganza, que si tal justicia, un enterramiento o algo. Situación que el cacique tenía que prever y disimular, conviviendo con ellos, con los cadáveres, como con la parienta y la querida, y haciéndolo con naturalidad y desparpajo para no llamar demasiado la atención durante las tenidas de arroz caldoso con bogavante en la barraca de la Malvarrosa.

Teseo pasaportó al Minotauro dejándole media lagartijera en el rincón de Ordóñez, después volvió por donde había llegado tirando del copo hilado por Ariadna. Muchos españoles, en tránsito inverso, llegaron hasta el becerro de oro a través de las hiladas de ladrillos que tiraban a destajo y a precio de ganga los moros, los rumanos, los sudacas, los portugueses, y los adolescentes españoles con la efepé todavía  así así. Revisamos el mito adaptándolo a nuestro parecer de entonces; era tan fácil entrar y salir indemne del laberinto con el becerro de oro bajo el sobaco y el ABC abierto por la columna de Ussía, que no hacerlo era de imbéciles.

Uno de esos imbéciles, Esteban, se decidió tarde y mal a adentrarse en el laberinto a por su becerrito particular, la ganancia furtiva que convertiría su jubilación en un colchón viscolástica frente a la amenaza cierta de una vejez descamisada, cuando lo hizo comenzaron a tocar a retreta, las puertas de Babilonia se cerraron de inmediato, y los muros comenzaron a desmoronarse sobre los torpes y los imbéciles que no lo habían visto venir.

La historia de Esteban es la del argonauta tardío que se queda en tierra de nadie sin vellocino, sin becerro y sin carpintería, y ve alejarse con viento próspero a  Jasón y los suyos en una confortable embarcación a través de un pastueño Mediterráneo mientras lo despiden ondeando holgados pañuelos, grímpolas, gallardetes, y dando voces atenuadas por la algarabía del mar que él interpreta fielmente como: ahí te quedas tonto’l pijo.

La crisis comunal, la gran crisis crisis, o ébola perentorio de nuestros días laborables, aquí, En la orilla, no es ingrediente primordial, y si solapas contrasolapas y reseñas de pago se obstinan en vocearlo es por ver de ganarse la atracción de los incautos y candorosos, de los represaliados por la crisis crisis, ya que, en esta última novela de Chirbes, la única crisis crisis que calcifica toda la osatura de la historia es la personal, existencial, del carpintero Esteban.

Esteban, anciano y soltero, setenta o por ahí. Macerado a perpetuidad entre virutas y formones en el taller de carpintería menestral de su padre vegetativo. Un padre vegetativo es un padre tímido hasta que se encuentra en el baño a solas con su hijo. Creo que Philip Roth se encargó de explicarnos en algún sitio toda la elocuencia de la que es capaz un padre inorgánico. Esteban y su soledad entonces. Esteban y la guerra de papá, rojo dogmático. El embargo del negocio de Esteban, la traición a su empleados, a la puta calle todos, con lo que eso duele mire usté. Esteban sin un duro para pagarle a la colombiana dulzona y comestible los fregoteos a su padre, la camisa limpia y la cuchara. Esteban cazando con su perro en el marjal, que es un pantano, una ciénaga oscura, agua estancada, paludismo, tifus, légamos y limos deslizantes que se tragan objetos muy grandes y hombres también, representación del mal paredaño, de toda la comunidad valenciana me parece a mí. Con decir que es un lugar para acercarse con katiuskas y escopeta está dicho. La manigua circundante lo oculta todo, lo olvida todo.

Esteban rechazado por una novia abortiva en una juventud de era geológica que vuelve y vuelve a desazonarlo. Esteban cursando Bellas Artes por ver de ser escultor. Esteban en París. Esteban volviéndose al pueblo. Los convecinos del bar, compañeros de barra, de cartas y de putas, a cada cual mejor instalado. Chismosos como porteras. Esteban cagándose en dios un día sí y otro también. Esteban sin salida, desamparado, irritado por las malquerencias familiares, dos hermanos puestos de través a la husma de la hucha del viejo vegetativo. El viejo cabrón inflexible y frustrado que tampoco fue capaz de cumplir su deseo de hacerse escultor, ni siquiera a ebanista llegó, a hacer trabajos finos con la madera, y que martirizó a Esteban toda la puta vida tratándolo como se trata a un hijo subalterno, con un amor que no encuentra su momento, que se difiere y aplaza y aplaza sin fecha. Esteban hasta los cojones y a punto de desahucio sin poder calzarse a una ucraniana en el Ladies o en el Lovers.

El pobre Esteban que solo deseaba un retiro viscolástico con una casita y un perro, por lo que metió todo lo que tenía en las promociones inmobiliarias de un lugareño con fama de espabilado y que resultó ser un cabronazo. Esteban, sin edad ya ni para ser un damnificado, incapaz toda su existencia de emanciparse de la vida mediocre.

Nos lo cuenta Chirbes con desenvoltura en uno de esos soliloquios suyos donde cabe de todo y ni siquiera hay que preocuparse por las concordancias verbales. El monólogo del yo vale para decir los estados de ánimo individuales y ahora también, novedad, para los de los demás. Se trata de un yo íntimo que se extrapola o se transmigra a conveniencia de la narración. La torrencialidad genera desorden y reiteraciones, la inercia verbosa de Esteban por contar lo suyo y lo de los demás varias veces seguidas deriva a aburrimiento por insistencia y a desbarajuste estructural.

Novela escrita como con prisa, por aprovechar no sé qué coyuntura favorable o no sé qué tirón popular (bueno qué cojones sí que lo sé), que parece hecha desde más abajo de las tripas, desde un colon irritable o por ahí cerca. Pero bueno oye, decía uno que en tiempos de hipocresía cualquier sinceridad parece cinismo.

“Si se quiere conocer un país, hay que leer a sus escritores mediocres, que son los únicos que reflejan de verdad sus defectos, virtudes y vicios. Los otros escritores, los buenos, suelen reaccionar contra su patria, se avergüenzan de formar parte de ella. Por eso, expresan perfectamente su esencia, quiero decir su inutilidad cotidiana”.    –E.M.Cioran-

Anuncios

7 pensamientos en “En la orilla, Rafael Chirbes

  1. fernando blanco inglés.

    Desde el acogedor espacio del mutuo desconocimiento me dirijo a usted en representación de una pequeña editorial, aunque no por ello menos indigna, para la que constituiría un privilegio de marca mayor editar sus escritos, caso de que los tuviese y enigmáticamente le interesase sacarlos a la luz. Pero, por encima de cualquier estéril vanagloria o determinación mercantil (la ruina es un estado glorioso del que nunca saldremos), mi interés básico es el de lector alucinado por sus diabólicas artes para resucitar una lengua muerta como el castellano en España, por devolverle la oscura alegría del faraón al estilo (sus palabras son cabras en llamas que saltan sobre las mustias praderas de la frase), y, sobre todo, por su actitud non serviam frente a este hortera y siniestro régimen afanado en vendernos sombras, triturar nuestras carnes, pudrir nuestras almas y conducirnos por los senderos de la estulticia hacia sus cámaras de hedor insoportable.

    P. S. Disculpe que invada como intruso el apartado de comentarios, pero no hallé modo de dar con su correo personal. Un abrazo.

    Responder
      1. fernando blanco inglés.

        Ruego disculpe mi obtuso proceder, pero por más arrestos que le eche al asunto, no logro dar con usted. ¿Existe? Si le interesa el delirio que le propuse como negocio de distracción, consideraría un honor el que se pusiera en contacto conmigo.

        fblancoingles@gmail.com.

      2. fernando blanco inglés.

        Al fin llegué, pero no alcanzo a dilucidar cual de ellas sea usted. si tiene la amabilidad, especifíqueme quien. Más que nunca hoy, un abrazo.

  2. brux

    No puedo (quiero) resistirme a comentar… lo primero anunciarle cierta inseguridad puesto que no sabe uno muy bien el terreno que pisa, no sé la edad que tiene ni si tratarle de usted (de un lado el tono de los textos me invita a no hacerlo, pero por otro lado, el sentido común— no nos han presentado—, el tono de los mensajes precedentes y cierto natural recato, le llevan a uno a no tomarme excesivas confianzas, por lo tanto, verá usted que de usted le trato… ) y de seguido, al tajo: me acabo de reír mucho, pues como buen mamón, me he dejado arrastrar por la ponzoñosa urticaria de la curiosidad y hete aquí que me he topado con lo que usted de sobra sabe… dos teorías barajo yo al respecto: la una, que bien pudiese ser usted una señora de órdago a la grande — sin ningún baboseo, vaya esto por delante—, y es esto debido, no tanto a cierta página como sí a otras cosas, a que existe una entrada, tal vez dos, en la que hay un titubeo, por decirlo así, en el que escribe “porque cuando una…” o similar, que pudiera ser, perfectamente, debido a algún tipo de concordancia o tal vez sólo a un lapsus (pero ahora no recuerdo, lo que sí que recuerdo es que dejé el género en “paso” hasta la siguiente lectura) y por lo tanto no debiera constituir ninguna consecuencia a efectos prácticos, como si por írsenos la “a” en algún momento nos fuesen a brotar unas tremendas tetas; en lo que a mí respecta, podría ser usted una mujer, un hombre, un corpúsculo de Golgi e incluso una planta porque aquí lo que importa es cómo hace las críticas, que es algo que, como ya sabrá, hace de fábula. Pero de todas formas no se vaya a pensar que se me va la cabeza, que sí que se me va, de modo que sin más me dispongo a lanzarle la segunda opción que le barajo: creo que es usted alguien bregado/a en estas lides y que en esto del palabreo baturro, castizo, eñético o como a cada cual le diese por llamarlo hay un mensaje implícito, pienso que usted no necesita de ningún trabajo, que ya anda bien cubierto/a y que este blog lo escribe por otros motivos… pero tal vez me rayo —en su décima acepción—, pues todo puede ser. ¡Y es algo que me encanta como parte del blog! Para acabar, tan sólo decir que acabo de descubrirle hace unos pocos días y que lo he devorado y que volveré a hacerlo porque aunque frente a un lobo se sienta uno lobezno ando hambriento de eñes y de vocabulario y me bajo del monte que está ahora tan nevado en busca de palabras vivitas, coleando para hincarles los dientes entre tanta carroña como hay por todos lados… ¡mil gracias por los trozos sangrantes que nos tiras! Lo sé, al final se me ha escapado, pero perdóneme, los agradecimientos “de tú” es cómo mejor suenan al decirlos “de usted” me aprietan los leotardos… Un saludo, Brux.

    Responder
  3. Quintín Noriega

    “En este momento de prosperidad el pueblo se agrandó, se limpiaron las calles, se pusieron aceras, se instaló la luz eléctrica…; luego vino la terminación del tratado, y como nadie sentía la responsabilidad de representar al pueblo, a nadie se le ocurrió decir : Cambiemos el cultivo; volvamos a nuestra antigua vida; empleemos la riqueza producida por el vino pata transformar la tierra para las necesidades de hoy. Nada”

    “El árbol de la ciencia”, Pío Baroja.

    Responder
  4. brux

    Saludos de nuevo; van ya varias veces que entro esperando la próxima crítica y no acaba de salir… Imagino que esté usted leyendo, entre otras muchas cosas que yo le presupongo, no se vaya a pensar… De todas formas hoy vengo a proponerle algo, pues quisiera ser breve, aunque me temo que me sea imposible: creo que sería para todos bastante interesante ponerle a usted en un brete literario, del que si sale bien seguro es que se luzca; verá, me pregunto cómo sería una crítica suya sobre La Odisea, tal vez de El Quijote (cuento con que la extensión debería ser más o menos la habitual en usted), Pedro Páramo, El Buscón, cualquiera de Shakespeare, pienso que tal vez le guste a usted La Iliada, o tal vez algo de Nabokov, Lolita le pega un montón, o En Brazos de la Mujer Madura también le sienta bien… o incluso Lorca. En fin, que trate de una obra, como ya lo ha hecho con Virginia (crítica en la que sólamente difiero con usted en un par de puntos, pues no la veo yo de dificil lectura, no la leo dificil, lo que sucede es que Virginia escribía, algo que se está perdiendo mucho, por no decir que se ha perdido, con esa encomiable aspiración de volver a ser leída, no es un libro de consumo, ella, más que una escritora “de compañía”, aspiraba a ser una compañera para el vieje de la vida y así creo que hay que leerla, si hoy por hoy todos escribiesen así, ya le digo yo que otro gallo muy distinto y muchísimo mejor y más vistoso, nos cantaría en este oscuro corral que es nuestra desmaxestrellada España ; la otra cosa es que no sé de dónde se saca lo de el embate de la única ola, esa especie de correlación recolectora unitaria, exceptuando el final, “arremete, viajera”, pero fíjese usted en el título y reconsidere bien a la sesuda y meticulosa Virginia… ¿una sola ola y lo titula en plural?, cada ola una vida, sí, pero todas el mar, todas, Las Olas… yo veo ahí como usted bien apunta una señora alegoría… y nada más. Le seguiré leyendo con toda mi atención y mi respeto. (tampoco hace falta que me cuelgue usted los comentarios, puede poner ahí recibido, y ya está, ya sé que usted lo ha leído)) Brux.

    Responder

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s