Canadá, Richard Ford

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DICE RICHARD FORD que la dislexia le voltea el significante y el significado de las palabras por lo que su escritura se enlentece y sus novelas se demoran. Una putada para mí, que con regocijo leería una, dos novelas al año, o lo que fuera menester leer de este señor.

Los escritores que tardan mucho tiempo en publicar entre una cosa y otra dan la impresión de ser mejores que los que escriben a tanto la línea. Nos parece que la tardanza es debida a que repiensan más la sintaxis, son más exigentes y esperan a estar más inspirados; o es que corrigen mucho por buscar la excelencia, mayor precisión, más belleza…, o que la historia se les indispone en las cuartillas y no hay tutía. Pero esto, aún siendo a veces probable, es la excusa digna del escritor que padece estreñimiento creativo, porque vamos a ver, de lo que se trata aquí es de ser sublime sin interrupción y no de andar tocándose los cojones.

A estas alturas no vamos a esperar de Dylan un disco nuevo con otro Like a rolling o un It’s your love in vain, o un Cohen con otro Hallelujah, otro Dress rehearsal rag, un Waits con otra Jersey girl… Ejemplos que pongo aquí a ojo para escenificar la indulgencia debida A quien tanto nos satisfizo antaño y que ahora…, bueno, ahora lo siguen intentando.

Richard Ford lo intenta a lo grande en Canadá después de Frank Bascombe. Pero es que la trilogía de Bascombe, lo digo con gravedad y sin compostura, es la putísima trinidad de las letras americanas del siglo pasado, el misterio inefable de mi religión, y calzarse otra vez los arneses para volver a escalar después de haber hecho cima en el Annapurna de la literatura es penalizarse indefectiblemente, infligirse un menoscabo, adjudicarse una disminución. Y no hablo de fracaso, sino de mengua. Con todo, un Ford decreciente sigue siendo el Cantar de los Cantares respecto a la medianía internacional.

En Canadá, cantaba el Krahe: aunque las temperaturas desde luego son más duras, también hay gente y se vive. No sé, no sé. En este libro se mencionan topónimos con sonoridades de hechicería india que reverberan en los oídos como manadas de bisontes al trote. Saskatchewan por ejemplo, ¿a qué suena eso? Winnipeg, capital de Manitoba. Inmensas praderas y osos, arcos y flechas, no digáis que no.

Por inteligencia y por paisanaje, Ford hace suyo el alumbramiento estético de Faulkner. Un personaje. Cualquier personaje comprendido en una historia que albergue el más leve afán de verosimilitud, debe estar contenido en un territorio oportunamente delimitado, y que el escritor debe conocer con pelos y señales. Tras el personaje y el territorio viene el drama, la epopeya, la decadencia incorregible, el determinismo aciago innato, hereditario, y la imposibilidad de revelare contra ese sino trágico.

“La vida es un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y de furia, que no tiene ningún sentido”

En torno a estos versos de Mcbeth empieza a articular Faulkner El ruido y la furia . El idiota es Benjamin Compson, que farfulla y gorjea sus salmos inconexos al inicio de la novela. Después vendrán otros miembros de la familia contando su punto de vista. Pero lo sustancial, si hemos sabido entenderlo, ya lo ha dicho el tonto, Benjy Compson.

Ford nos habla en primera persona a través de Dell Parsons, uno de los niños damnificados por la estupidez de sus padres, la otra perjudicada será su hermana Berner. En la primera página de la novela nos resuelve el texto entero, sin ocultar nada. Sus padres cometieron el error de atracar un banco sin un buen motivo y sin una buena planificación, les detuvieron y ellos dos, Dell y Berner, tuvieron que huir rápidamente de su casa para no caer en manos de los servicios sociales del estado y de la alargada sombra del orfanato. En estas trágicas circunstancias Dell habrá de renunciar a su planes iniciales de niño; comenzar un nuevo curso en el instituto, postergar su creciente interés por las abejas, y llegar a convertirse en un buen jugador de ajedrez. Su vida desde el momento en que sus padres son detenidos y encarcelados queda en suspenso. Supeditada a lo que personas ajenas a él dispongan. Este es el arranque y el desarrollo ulterior del libro. Todo lo demás son detalles y opiniones, como en Faulkner.

Se nos contará en una primera parte, morosamente prolongada, los caracteres incompatibles de los padres. Él, un campesino con ganas de marcha que se enrola en la fuerza aérea con pretensiones de llegar a ser piloto de combate y que, por falta de actitudes, hubo de conformarse con ser oficial de bombardero. Y ella, mujer menuda, coqueta, escéptica, hija de inmigrantes judíos y aficionada a la poesía que desprende en su mirar miope hondas cargas de insatisfacción marital.

Los pormenorizados vínculos familiares que se nos cuentan, se atienen a cuestiones de índole moral, a comportamientos domésticos cuya información únicamente sirve para esclarecer una conducta inapropiada, un negocio delictivo, una forma de pensar o una salida de tono conyugal. Las relaciones se van hilando desde la desconfianza y la insensatez pedagógica del padre sobre sus hijos. Sobre la postal pseudoidílica del joven matrimonio americano de clase aún por determinar, hijos adolescentes, y domicilios pasajeros por la condición transeúnte del padre militar, siempre de base en base, trasluce un grave conflicto familiar de inadaptación e incomunicación, agravado cuando el padre deja las fuerzas aéreas y no le queda otra que enfangarse en trabajos subalternos de escasa cualificación.

Bastan unos padres inútiles para joderle la vida, la mejor parte de la vida a unos niños. Y después qué. Qué les queda a los niños tras esa descomposición familiar, ese anteproyecto de vida dinamitado estúpidamente. Pues les queda el exilio. El exilio de dentro y el de fuera. La reconquista lenta y dolorida del ser esquilmado, hurtado de la frondosa juventud primera, la única, la despreocupada y casi feliz casi siempre juventud primera.

Dell y Berner verán por última vez a sus padres un día después de su detención, en la cárcel. Poco después su madre se suicida dejando un borrador memorialístico sin mucho valor para nadie donde da cuenta de los hechos. Chapuceros y fácilmente evitables de haber tenido ella misma un poco más de determinación frente a su abyecto marido.

Dell y Berner se separan casi definitivamente ese mismo día. Ella vuela no se sabe dónde, lejos. Él es transportado hacia el frío inhóspito y destartalado de Canadá junto a un tipo huraño, de oscuro e incierto pasado, un hijo de la gran puta. Allí, en un pueblo fantasma olvidado de dios y del mundo, no le quedarán más cojones que endurecerse. Alimentarse de la precariedad circundante, de los deseos insatisfechos, y de su buen corazón, único lugar donde poder albergar un poco de esperanza para mantenerse firme y sereno. Observando silencioso la espesa realidad que lo rodea pero sin involucrarse demasiado en ella.

Curtido en el trabajo menestral y rodeado de sórdidos personajes amenazantes, el chico no desfallecerá en su empeño de llegar a cambiar su suerte, reanudar su vida secuestrada y disfrutar alguna vez de un su primer día de instituto, perdido para siempre jamás un aciago fin de verano. Y, aunque zarandeado por las dudas, el muchacho jamás se entregará a la autocompasión y a la holganza putañera y delincuencial con que el destino parece querer emboscarlo. No. Pasarán los años y él compondrá su vida, la remendará dignamente y será un hombre de provecho que terminará haciendo lo que siempre había deseado, contra su destino y contra todo dios.

Su hermana, en cambio, no podrá decir lo mismo al final de sus días. Su vida quedará irrevocablemente unida a una decisión que ella nunca tomó, que tomaron por ella sus padres y a la que no pudo sobreponerse.

Así nos cuenta Richard Ford las cosas, dándonos casi siempre con sus personajes el mandoble de la desesperanza y el destino inamovible aquilatándose con morbidez sobre los actos, las decisiones tomadas o las dejadas de tomar. Los hechos, en fin, que nos cuantifican irremediablemente.

Salvo en el caso que nos ocupa, y a diferencia de otras veces, a Dell sí se le presenta una segunda oportunidad que afortunadamente, tal vez porque en esa ocasión sólo depende de él, no deja escapar.

La prosa fluye limpia y clara, de una introspección sutil distinta a la tristeza o el remordimiento. La exposición es lenta, reconcentrada, descriptiva, minuciosa. Los personajes visten de tal o cual forma y se peinan o no lo hacen de tal manera, el paisajismo es puntilloso, los interiores de las casas y casetas son reproducidos al milímetro, los objetos cuentan, cuentan los olores, las texturas desplumadas de los gansos, las cajas mohosas de cartón repletas de revistas roídas por los ratones, los tejidos de sirga, los campos de cebada de Dakota del Norte, las naves vacías de la arruinada Detroit, Great Falls, Fort Royal, Montana, Medicine Hat…, todo es necesario para construir la geografía propia, el mundo a considerar, el universo múltiple del conflicto. La ratonera ingobernable.

Los únicos acontecimientos importantes de una vida son las rupturas. Ellas son también lo último que se borra de nuestra memoria.    –E.M. Cioran-

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