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Alabanza, Alberto Olmos

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EN EL CAMPO, ese horrible lugar donde los Pollos se pasean crudos (in memoriam)”, ha estacionado Olmos su última novela.

Ya no se hacen novelas agrarias porque todos vivimos en la Gran Vía, pero hubo un tiempo en que sí se hacían. Un escritor podía llegar a ser un gran escritor hablando de las perdices de Olmedo y las zuritas de Villanueva. Los jóvenes han preferido irse a nacer a las ciudades y se han llevado allí la literatura. Del campo hace ya demasiado que no crece nada vivo y volver a él, siquiera en las novelas, está mal visto. Abordar la ruralística es regresar a la gramática del Brocense se piensa. Lo moderno es opuesto de lo agropecuario y los libros no pueden volver a ser de adobe.

Se aprende más del curso de un río que de la geometría de un estanque, pero las novelas de ahora no son más que vida estancada. El curso libre y fluvial de la vida ha desaparecido de las novelas desde que se le dio la espalda al campo. De vez en cuando llega un bachiller y levanta una majada semántica agronómica o pseudoléxica y congrega unas cabras hozando un soto, pero aquello suena a falso y sin cuajo, tocado de oído y como a humo de pajas. Hay que haber pasado unas cuantas adolescencias cascándosela en la era y haberse rascado unas cuantas tiñas para escribir bien del campo, pues que no basta un veraneo en Cáceres, además hay que tener escritura.

Se sabe que esto es así, sin embargo, Alberto Olmos, acuciado tal vez por la motivación épica de prolongar una higiénica rebeldía, o por constituirse una individualidad distintiva, le sigue jodiendo la marrana al convencionalismo rampante y pegándole arcabuzazos a los principios rectores del comercio de la literatura y de otros comercios bien considerados. El del amor y sus expendedurías domésticas por ejemplo. Por eso, por indisciplina generacional, ha llevado Olmos su novela al trigo a esperar que el sol de Castilla se la panifique.

“No estoy enamorado de ti” abre la novela y abre también una herida en una pareja. El comienzo es audaz y no necesita prefacios. El autor abre un ojal en la narración y donde hay una abertura siempre hay alguien dispuesto a meter algo: la cabeza, un dedo, la polla, por ver o palpar lo que hay dentro. Aunque ya sepamos que el amor lo inventó un tipo como Don Draper (joder cuánto se fuma en Alabanza y lo varia que es la ceniza) para vender medias de cristal, está bien que se nos recuerde que uno puede joderse a la misma mujer con quien comparte domicilio desde hace diez, quince, veinte años, sin que sea necesario establecer por ello una confidencialidad o una intimidad sentimental exhaladora de histerismo.

Sebastian Bel y Claudia se vienen una canícula a Castilla, a sufrirla. Aquí, uno y otro, interiorizarán el paisaje y exteriorizarán el ser de modo contrario. Ella se adjudica una holganza expedicionaria y andariega, y él, literato, tratará de discernir el espacio anegándose de dolor y reflexión sin salir de casa. Ella se trueca en labriega y ameniza sus vacaciones oreando un huerto, aparta la ciudad de sí y deja asomar el alma labrantía que
lleva escondida, le espolea el paisaje y sus criaturas, todo le es foráneo. Dejad de respirar y que os respire la tierra parece decirse, le nace un entusiasmo cándido, escolar y femenino. Busca enigmas donde sólo hay decrepitud y postrimería. Ella, Claudia, es así, un poco fantasiosa.

Sebastian, machadiano, ya no reconoce el bíblico jardín, sabe lo de las llanuras bélicas, lo del águila, lo de la sombra errante, lo de Caín. Se ha venido a Castilla a escribir unos cuentos y a resucitar la literatura que le han dicho que ha muerto o que la ha matado él. Se siente muy dolido de la acusación y muy culpable. Hizo un libro por dinero y su recuerdo le atormenta. Nunca pensó que alguien pudiera molestarse tanto por un mal libro suyo. Los cuentos no le vienen o le vienen en la dirección equivocada. Escribir en la dirección equivocada es otra forma de prostitución. Prostituirse es escribir El código Da Vinci cuando hubieras podido hacer el Ulises o Corazón tan blanco. Tampoco sabe uno con certeza si la culpa es de la puta o del putero. En este caso la literatura no se ha muerto porque sí. No, al menos, porque quisiera algún Goytisolo que se muriera. Video killed the radio star y el interné se encargó de todo lo demás.

En el futuro inmediato en que se ubica la narración Bob Dylan ha sido galardonado con el Nobel, pero Sebastian Bel, como su apelativo apócrifo denuncia, donde de verdad le gusta Dylan es in the movies, porque un escritor que no es escritor no puede ganar un premio de escritores, es un contradiós. La literatura sin literatura en un mundo ágrafo sirve para desenvainar la sátira y ensartarla hasta los gavilanes en la misma cruz de la fauna literaria.

Mucha reflexión le dedica el personaje de Sebastian a la literatura mientras llega o no llega el momento de escribir sus cuentos. Un cómputo de amoríos y noviazgos ancestrales más o menos consumados presumiblemente intitulado Las amadas. No hay literatura que no se detenga un punto a inventariar lo follado.

Los momentos más lúcidos del libro, creo yo, los espigamos de esta veta de escritura relacionada con la escritura -la parte hidalga del libro-, que se trenza primorosamente con la biografía fragmentaria y elusiva de Sebastian produciendo un tornasol ambivalente de nostálgico desencanto por una juventud descerrajada y rural, y un berroqueño cinismo sobre la metalurgia de la literatura y sus celadas en la corte. La corte, aquel paraíso baldío.

Es, ya digo, en la reflexión, cuando la literatura de Olmos es más literatura y mejor novela. Nos llega más porque es más visceral (sorprende que, siendo esta su octava novela creo, aún conserve cierta rabia, o tal vez sea odio, hacia alguien o hacia sí mismo, no importa, en cualquier caso admirable y poderoso acicate), más sentida, y, por tanto, mucho más real toda esa gleba de abstracciones, presunciones, jactancias y veredictos (esto lo he leído de otro) casi verdaderos que nos afligen bastante más que la combustión espontánea de una parroquia que segrega viudas.

El relato lo hace una tercera persona memorial y glosadora que rastrea los pensamientos de los personajes y nos los transmite sintácticamente muy bien confeccionados, escogiendo distintas modulaciones según la gravedad y el énfasis que el pensamiento o la acción necesitan.

Esto de hacer una novela casi únicamente con pensamiento espanta mucho a los reseñistas y a los lectores hembra, ya que, puestos a hablar de ella, incapaces de destripar el argumento por falta de él, no les queda otra que arremeter contra el autor por espurios motivos ajenos al libro que se pretende comentar. Desglosar una a una, para después rebatirlas, todas las ideas expuestas en el libro, me parece arduo trabajo para llevarlo a cabo sólo por afición, sin cobrar o cobrando poco. Así pues, no creo equivocarme demasiado al pensar que, de todas las reseñas aparecidas de este libro muñidas por diletantes de pago y alamañacs cibernéticos, las más serán motivadas por la simpatía o la aversión que nos provoque la personalidad online del autor.

Pero esta novela tiene otra osatura, más corpulencia que la anterior del autor. No es únicamente una corpulencia deportiva o muscular destacable por su mayor número de hojas no, sino que al tener más caja, a la novela le caben también más cosas. Es una novela de más lenguaje a la que el novelista ha impuesto una estructura prensil, un corpiño prieto que sujeta bien los tres o cuatro estratos diferentes de razonamiento por los que quiere conducirnos. Alabanza está estratificada. Se advierten los cortes geológicos del pensamiento que la dispone. Insisto, no se trata de azarosas líneas divisorias, discrecionales, que separan un capítulo de otro, es un entente entre distintas formas de narrar que robustecen no sólo la historia, confiriéndola espesura y oficio, sino que advierten del óptimo punto de sazón de un gran escritor.

“Los paisajes y la naturaleza en general no son más que una huida fuera del tiempo. De ahí la sensación de que nada ha existido jamás cada vez que nos entregamos a ese sueño de la materia que es la naturaleza.” -E.M.Cioran-

 

 

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Ada o el ardor, Vladimir Nabokov

jjjj“All our old loves are corpses or wives.”

LE TENGO LEÍDO a Umbral en algún sitio lo de la diferencia entre escribir y redactar. Ahora se redactan minuciosas novelas sin una sola intuición verbal –decía-. Cuando Juan Ramón le daba la tarde libre a las musas, aparecía el cabrón con pintas que ocultaba bajo la astenia y regoldaba: “Guillén está forzando un nuevo libro.” Los libros se fuerzan a que salgan, pero hay que decir que se redactan. La redacción engendra únicamente documentos de valor administrativo. Es una aptitud técnica, como puede serlo el dibujo, donde las imágenes pasan del ojo a la mano y de ahí a la cuartilla sin apenas tránsito cerebral. El redactor es perseverante porque de la insistencia siempre acaba por nacer algo, un texto, una sudación.

Para disfrazarse de escritor el que redacta necesita una prótesis argumental, una ortopedia con la que hacer pie en el hondón de la escritura. Nabokov, que era todo escritura, en cambio, tenía que disfrazarse de entomólogo para ocultar lo escritor que era. Sin más postizos que un cazamariposas y su embastecida educación de ruso blanco, Nabokov echó los dientes después de tener resabidos tres idiomas contrapuestos más el latín helénico, se convirtió en el mejor escritor de la gran novela americana del s. xx, cosa que, habiendo nacido en Leningrado, tiene bastante mérito, creo yo.

Ardis o la Arcadia lúbrica y pura. Cápsula aristocratizante. Orografía carnal del deseo, toponimia del paraíso, baños de sol e irisaciones de luz vespertina traspasando los polifacéticos tapones de cristal labrado de las botellas del mueble bar chippendale junto a la piscina olímpica. Vagido visceral de las atardecidas de junio sobre las acacias, mientras Lucette, tras los aligustres oculta, examina la espalda sobretensa de Van vuelto hacia Ada que, maquinalmente, se levanta el halda del vestido canalé, vagamente excitada, para entregarse dócil al tercer o cuarto retozo del día. Todo un bosque lírico de fornicaciones furtivas y conversaciones botanizantes. Follar y refollar sin el grito del tiempo intercalándose entre los cuerpos párvulos, empalidecidos, encurvados en los sobremuslos, tímidamente velados por la hojarasca pubiana. Una huida hacia el fondo del cuerpo del otro, a colonizar las entrañas e hincar en lo más aparte el gallardete de la felicidad, sin parientes limítrofes que se vuelvan plaga.

Voy a ponerme doctoral o ecuménico y redactar aquí las cuestiones cliché que la literatura de Nabokov sigue suscitándome; porque a mí, de lo que me preocupa, las preguntas siempre han sido lo que más. Si la pederastia, y quizá el incesto, son formalmente reprobables, por qué en las novelas de Nabokov no me lo parecen tanto. Por qué dos hermanos vaginales incapaces de renunciar a amarse, en un proscenio floral integrado en una tónica de señorío y de belleza, no sólo me parece hermoso sino lógico. Por qué la ordenanza moral queda derogada ante el placer estético. Por qué la evocación de antológicos motivos barrocos, las yuxtaposiciones imprevistas, la confusión de expectativas de tiempo y lugar, la dificultad retórica extrema, la geografía alternativa, enfrentadas al desafuero ético, me producen una emoción estival de vida y de mujer, de coloquio de aguas y de risas de hijos. Por qué esa poesía menor de la carne no me es extraña. Por qué en ese firmamento dislocado, en ese pliegue de indisciplina, nunca sé ni llega a importarme, lo que es real y lo que es realista. Por qué de entre todas las realidades, prefiero secretamente la realidad sentimental que la de la sangre.

Estas cosas que están tan bien dichas por ahí también tengo que decírmelas yo –por aparentar- como si sólo con decírmelas afluyera una presunta respuesta conjetural a los hechos circunstanciados. La respuesta no afluye claro, pero de la reyerta entre la ética y la estética, entre la sustancia y el estilo (ave del paraíso sorprendida), entreveo que Nabokov construye un nuevo dédalo en la literatura de ficción, una literatura ambivertida y prismática, hecha para verla con ocelos de artrópodo y no con ojos de hombre. Una literatura de inimitable expresión, complejísima en la forma, provista de un logogrifo insoluble, la posibilidad de hallar belleza, humor y placer en una narrativa que es moralmente repulsiva.

Nabokov no tiene epígonos porque su escritura es genial e infalsificable, lo que sí le han copiado, después de él todos, ha sido la provocación. La corteza más aparente del alerce colosal que es su escritura.

Hubiera sido preferible que a Nabokov no lo hubiera lamido el cine con su lengua publicitaria de celuloide. Lolita quedó como axioma y bestseller, y Nabokov como pornógrafo, y no es así no.

Nabokov hizo de la pornografía algo ajeno al sexo, e hizo sexo de todo lo demás. Esto no lo supieron ver los americanos ni la crema de la intelectualidad, que ignoraban lo que era un samovar y no entendían bien las metáforas híbridas y las palabras de doble sentido.

Ada o el ardor es un libro inmenso y testamentario. Una autobiografía general tardía o crónica familiar que principia en Tolstói y no alcanzamos a ver dónde termina. Demasiado inteligente para los norteamericanos y para todos los demás también.

Toda la hemorragia épica de su prosa nos desangra, llevándonos, exangües, a descubrir otra Lolita, más verídica y con más luz y espesura que la anterior. Ada, la Lolita de una vida entera, la niña que le obsesionó cuando niño, llena de adhesividad sexual, nos la descubre ninfa y hembra con la opulencia de una memoración proustiana inabarcable.

“Cuanto más de vuelta de todo está uno, más se arriesga, en caso de enamorarse, a reaccionar como una modistilla.” -E.M.Cioran-

 

Kassel no invita a la lógica, Enrique Vila-Matas

hhhhh

DE VILA-MATAS he dicho algo aquí: https://lahoradellobo.wordpress.com/2011/11/30/una-vida-absolutamente-maravillosa-enrique-vila-matas/, y también aquí: https://lahoradellobo.wordpress.com/2012/04/05/aire-de-dylan-enrique-vila-matas/. Sin embargo, su último libro publicado, Kassel no invita a la lógica, me exhorta a hacerlo de nuevo sin saber muy bien por qué, porque, como se sabe, de los libros de este señor –que son siempre el mismo libro- ya está todo dicho. Espero por tanto se me reconozca sino la destreza al menos la afición.

Sorteados los trampantojos librescos, detrás yo continúo viendo un escritor bastante honesto y leal. Me refiero a esa lealtad de perfiles más bien turbios que la vida ha convertido casi en sumisión y docilidad, una lealtad subyugada ya por la experiencia, que nos dirige en una única dirección –la que mejor conocemos- autorizándonos la escritura únicamente del modo que sabemos hacerla y no de otro. Esto que digo es una evidente estupidez, pero en el caso que nos ocupa me parece relevante, puesto que Vila-Matas, concluyo, se ha plegado a escribir como mejor sabe escribir y de las cosas de las que siempre ha preferido escribir, no de las que su creatividad ha sabido imponerle a su escritura.

La grandeza de un escritor –se nos dice- está en su condición, asegurada de antemano, de fracasado. El arte está sólo en el intento, en la búsqueda de lo nuevo. Pero nada nuevo busca ya el señor Matas, y la pujanza juvenil y la insolencia, esencia misma de su forma de estar en el mundo y que él asegura aún tiene frescas y lozanas, no son más que una licencia poética mal disimulada.

El yo narrador, no sé si debo confundirlo con el autor aunque temo que así sea, es un ser envejecido, temeroso de un pasado reciente de enfermedad grave, de colapso como él prefiere llamarlo, poseído por recurrentes accesos de melancolía nocturna que a veces consigue eludir siguiendo una escrupulosa rutina de enclaustramiento doméstico a la caída del sol, una suerte de vampirismo inverso del que suele recuperarse por la mañana.

Una llamada desconocida ha venido a perturbar sus rutinas monacales y su fragilidad somatológica. Alguien le invita a cenar y termina haciéndole una proposición no demasiado indecente, según se mire. Le dicen de ir a Kassel (ciudad centro-alemana a orillas del río Fulda, con una población que alberga cerca de doscientos mil residentes) a pasearse por allí del bracete del comisariado artístico responsable de la dOCUMENTA –ya saben, la influyente exposición de arte contemporáneo que se celebra cada cinco años en la ciudad anteriormente citada- y a representar un modesto papel en ella. Un papel insignificante, más bien patético, formar parte de una…, digamos “instalación” anónima, una “performance” modernilla en consonancia con el tono artístico que predomina en toda la ciudad. Se trata de ir todas las mañanas a un restaurante chino de las afueras de Kassel y sentarse a una mesa a escribir. Ese cometido a él le desazona y le espeluzna, se ve invadido de una intolerable excitación y un deseo de huida inmediato, no sabemos muy bien por qué, pero rehúye el momento de aparecer por allí y difiere el momento de sentarse a escribir o a hacer como que escribe alegando cualquier excusa, y cuando lo hace, recurre a unos heterónimos intrínsecos que enmascaren la impostura abriendo a su vez otra impostura, pues la recurrencia de la simulación y la falsificación, sabemos, es pábulo nutricio hipercalórico en los textos de Matas. 

Él prefiere combatir la angustia paseando, encerrándose durante horas en un autobús urbano, alternando con las sugestivas comisarias, visitando las numerosas instalaciones diseminadas por el entorno y conjeturando sobre ellas y la contemporaneidad artística en la intimidad de su cuarto de hotel, candorosamente llamado cabaña de pensar.

Lugar de hipótesis, conmemoraciones y desmemorias, divagaciones y desvaríos traídos y llevados azarosamente por la contingencia de la exposición o por cualquier otro motivo anímico urdido en la insondable fantasía del viejo recluido, la cabaña de pensar es la filial recóndita donde se aparejan los burros que acarrean los bultos conjeturales del viajero, el perenne flâneur walseriano que pasea y pasea  y parece querer volver a asombrarse, aunque la admiración ya no se le levante como antaño y la luna del asombro esté en cuarto decreciente.

En Kassel recobrará los mejores recuerdos de sus inicios de artista –insiste-, su admiración, por ejemplo, por aquellos que hicieron de la escritura su destino: Kafka, Mallarmé, Joyce, Michaux, aquellos para los que la vida apenas era concebible fuera de la literatura y aquellos que hicieron con sus vidas literatura. La literatura hay que ir a hacerla también fuera de la cuartilla. Cuántos casos no habrá de tipos que son todo literatura sin haber escrito un remite.

El arte debe ser nuevo siempre o no será o será manufactura. Y a la busca del arte nuevo se perderá en Kassel  y Kassel será reconstituyente y ansiolítico para la angustia, superación pasajera de la melancolía de haber vivido siendo más joven y estando más sano.

Hace muchos libros que Vila-Matas perdió su carné de disidente y ganó el de afiliado a algo, no sé bien a qué, en cualquier caso una militancia, una sujeción. En casi todas su cosas –excepto en la espantosa Aire de Dylan– hay un escritor que viaja y escribe su desplazamiento, el eje de su taumaturgia es el recorrido. Este volver una y otra vez al viaje como sustancia y razón contrasta con su rechazo a la repetición de lo ya repetido, con la reprobable consideración de que la tarea del escritor es reproducir, copiar, imitar la realidad.

Y la realidad de Kassel, con o sin posmodernidad artística, tampoco dista mucho, incluso se confunde si la miramos atentamente, con aquella otra realidad rústica que contaba Cela en la Alcarria. De alguna manera, reírse de los lugareños tullidos en Budia (Guadalajara) no es más grave que pintarle de rosa una pata a un galgo y hacerlo deambular sobre un  terreno excrementicio (¿tendría que venir Nietzsche de nuevo a pedirle disculpas a este perro por Descartes?). No obstante, El viaje a la Alcarria desagrada mucho a Vila-Matas, no le cabe en el Parnaso, el galgo con la pata rosa sí. Es como si, puestos  a reírse, mejor aquello que lo haga de toda la humanidad.

Aquí y ahora digo, aceptando toda  responsabilidad excedente, sin ápice de solemnidad ni gloria de cenotafio o tentación de hacer un mcguffin, que el oficio de escritor ha consumido al artista, y que éste cayó vencido por la costumbre y el conocimiento, y reducido al universo estanco de su percepción, cayó con él también su afán de vanguardismo permanente. La traición se ha consumado, el voluntarismo de escribir, como lanzada artera de Longinos, vuelve a atravesar el costado de D. Marcel Duchamp.

“Lo importante en el arte es la necesidad. Hay que sentir de forma absoluta que una obra es necesaria, sin lo cual no vale nada y aburre, sentir que, si nos da, aunque sólo sea por un instante, la impresión de que es intercambiable, todo se desploma”.   –E.M.Cioran-

 

Pregúntale al polvo, John Fante

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ME GUSTAN LAS PENSIONES únicamente en las novelas. La pensión es un género menor de la literatura que algunos buenos escritores han sabido utilizar como trasunto de la otra realidad, la radical. Dentro de cualquier pensión del mundo hay siempre una revolución a punto de fracasar, una dictadura del proletariado que va a ser derrocada, una bandera personal que se va arriando cada noche entre las sábanas desnutridas y el traqueteo del somier.

Una pensión bien dicha nos explica mejor, de modo más eficaz y realista, más accesible y abordable que un ensayo de sociología, la historiografía particular de un hecho, la estructura de una sociedad determinada, la sanguinaria lucha de clases que se desencadena entre la realidad y el deseo, entre el quiero y el miedo de un individuo con el corazón deshabitado.

Un viandante varado en una pensión es un revolucionario en pugnaz aversión hacia sí mismo. Pocas luchas intestinas tan crueles como la del huésped en la oscuridad de su cuarto de pensión con  máquina de escribir al fondo.

La prosa de las pensiones para ser creíble no ha de ser grandilocuente. Debe mostrar la desnudez sintáctica de la necesidad, esencialidad misma, sujeto verbo y predicado, sin más subordinación que la del huésped hacia la matrona. De esa sinceridad elemental de ascendencia desvalida, ollas con cardenillo y olor a lentejas pegadas, que se establece entre el desamparo y el cobijo, entre la tormenta y la hospedería, una relación comercial y pendular con sus períodos de pasión y de ultraje, han salido cosas muy interesantes – Los esclavos de la soledad, recuerdo, de Patrick Hamilton– que no siempre apelan al espacio escaso y la sordidez en que se desarrolla la acción tanto como al tiempo mismo. El tiempo tiempo, magnitud y trascendencia.

Una pensión es un tren detenido en algún andén descatalogado, sin embargo, todo habitante de pensiones está convencido de que, como todos los viajes, también el suyo es transitorio y tarde o temprano llegará a la estación deseada. Con retraso o sin él, la pensión es siempre un vagón de tercera que simboliza el fracaso y la soledad, dentro de él viajan, arracimados a esa masa tumoral que es el tiempo, los hermosos vencidos, los perdedores, los derrotados en alguna batalla indeterminada.

A menudo los vencidos no saben que lo son. No lo saben todavía al menos. Bandini es uno más de los vencidos que desconoce que lo es. Circula entre las clarividencias de la pobreza y las vacilaciones de la abundancia por las calles de California que no desembocan en Malibú. El sol es un oro lejano que vocea y convoca con el mismo vigor que el oro pecuniario. Los jubilados de Norteamérica sueñan con ir a morirse al sol de Los Ángeles dentro de un domicilio de cartón color pastel. Hay vida en los inviernos soviéticos de Illinois, Montana, Idaho, las dos Dakotas y sitios así, pero no es vida. California y La Florida son el Benidorm mórbido de ellos, los norteamericanos. El retiro soleado de plexiglás capaz de gratinar el organismo más destemplado.

Bandini los mira asolearse con desprecio y escupe por el colmillo. Él llegó desde Colorado pero vino a otra cosa, siente que su objetivo migratorio es más noble, su meta más alta, él es escritor, como tal se presenta, ya tiene un cuento publicado en un magazine, eso le da una notoriedad que nadie de su alrededor posee. La consideración que él se tiene, una consideración distintiva y excluyente, no es mejor que la de los chulos o las putas más tiradas, pero él es ufano y estúpido, sus cortos momentos de entoldada lucidez no nos compensan para ganarnos su simpatía. Reacciona impulsivamente, su comportamiento es tan imprevisto como el desplazamiento de un muelle accionado por una mano invisible. A injustificados periodos de euforia se suceden otros de depresión. Anda enamoriscado de una camarera mexicana pero es incapaz de controlar su arrogancia de muerto de hambre ante el único ser que se muestra solícito con él. Un editor fantasma le va sufragando el fracaso con dinerillos eventuales que despilfarra alocadamente. Hubiera preferido ser americano viejo pero lleva el baldón latino herrado al patronímico. La identidad italiana, trashumante, le molesta sin obsesionarle, peor hubiera sido ser mestizo, turbio.

Bandini es un perdedor incómodo para el lector, su guerra no parece ser la nuestra. Pasea por trincheras adversarias su desventura. Como muchos perdedores no sabe aún que lo es. No quiere saberlo porque todavía es joven, y que la vida iba en serio uno lo empieza a comprender más tarde.

Dicen que Arturo Bandini es la alteridad de John Fante. Vivir de las semejanzas de otro se hace tanto que yo no sé si importa que se diga. Todo personaje es usufructuario de su creador, qué más da que lo sea mucho o sólo un poco. Pregúntale al polvo es el tomo interpuesto de un trilogía. Los otros dos libros, me hago cargo, no los he leído.

La predestinación me fascina tanto como en otro tiempo la desgracia. En realidad, es la misma palabra. No poder ser otro que el que eres. Yo soy incambiable y sufro por ello a cada instante. ¡Dadme otro yo mismo!    -E.M.Cioran-

En la orilla, Rafael Chirbes

 

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“Detrás de toda gran fortuna, siempre hay un crimen”, nos contaron.

La gran tragedia de la España coetánea es la pérdida de los usos tradicionales debidos. La falta de etiqueta y ceremonia con que se han llevado a cabo los latrocinios. La violación sistematizada del rito apremiada por la baratura de la culpa, la depreciación de las aptitudes necesarias para la criminalidad, al alcance ahora del más pusilánime.

La burbuja más dañina no ha sido la inmobiliaria, ha sido el poco valor exigido para robar, la insuficiente exposición al miedo que cualquier hecho delictivo acarrea, y que los aspirantes a nuevos ricos no han tenido apenas que soportar. Alegóricamente, podríamos decir que el escalafón de matadores se nos fue colmando de figuras con dos cortijos pagados cada uno, sin haberse puesto siquiera delante de un becerro en su puta vida, viviendo la gloria del figura pero sin pasar sus miedos y sin exponerse a las cornadas. Vamos que aquí se ha enriquecido cualquiera sin tener que mancharse las manos de sangre, sin contrapartidas, sin riesgo, y eso, entiendo yo, no se puede tolerar.

Antes, un muertodhambre, un pelagatos cualquiera con veleidades de cambiar de clase, de ascender en lo social, de abrirse cacho y convertirse por ejemplo en cacique levantino, tenía claro que el precio por conseguirlo sería tener que guardar en el armario de la alcoba dos o tres cadáveres (o muchos más, dependiendo de sus aspiraciones) para el resto de su puta vida. Unos cadáveres que de tanto en tanto pedían a gritos que les abriesen las puertas para orearse un poco, y reclamar a la vez sus derechos de muertos, una venganza, que si tal justicia, un enterramiento o algo. Situación que el cacique tenía que prever y disimular, conviviendo con ellos, con los cadáveres, como con la parienta y la querida, y haciéndolo con naturalidad y desparpajo para no llamar demasiado la atención durante las tenidas de arroz caldoso con bogavante en la barraca de la Malvarrosa.

Teseo pasaportó al Minotauro dejándole media lagartijera en el rincón de Ordóñez, después volvió por donde había llegado tirando del copo hilado por Ariadna. Muchos españoles, en tránsito inverso, llegaron hasta el becerro de oro a través de las hiladas de ladrillos que tiraban a destajo y a precio de ganga los moros, los rumanos, los sudacas, los portugueses, y los adolescentes españoles con la efepé todavía  así así. Revisamos el mito adaptándolo a nuestro parecer de entonces; era tan fácil entrar y salir indemne del laberinto con el becerro de oro bajo el sobaco y el ABC abierto por la columna de Ussía, que no hacerlo era de imbéciles.

Uno de esos imbéciles, Esteban, se decidió tarde y mal a adentrarse en el laberinto a por su becerrito particular, la ganancia furtiva que convertiría su jubilación en un colchón viscolástica frente a la amenaza cierta de una vejez descamisada, cuando lo hizo comenzaron a tocar a retreta, las puertas de Babilonia se cerraron de inmediato, y los muros comenzaron a desmoronarse sobre los torpes y los imbéciles que no lo habían visto venir.

La historia de Esteban es la del argonauta tardío que se queda en tierra de nadie sin vellocino, sin becerro y sin carpintería, y ve alejarse con viento próspero a  Jasón y los suyos en una confortable embarcación a través de un pastueño Mediterráneo mientras lo despiden ondeando holgados pañuelos, grímpolas, gallardetes, y dando voces atenuadas por la algarabía del mar que él interpreta fielmente como: ahí te quedas tonto’l pijo.

La crisis comunal, la gran crisis crisis, o ébola perentorio de nuestros días laborables, aquí, En la orilla, no es ingrediente primordial, y si solapas contrasolapas y reseñas de pago se obstinan en vocearlo es por ver de ganarse la atracción de los incautos y candorosos, de los represaliados por la crisis crisis, ya que, en esta última novela de Chirbes, la única crisis crisis que calcifica toda la osatura de la historia es la personal, existencial, del carpintero Esteban.

Esteban, anciano y soltero, setenta o por ahí. Macerado a perpetuidad entre virutas y formones en el taller de carpintería menestral de su padre vegetativo. Un padre vegetativo es un padre tímido hasta que se encuentra en el baño a solas con su hijo. Creo que Philip Roth se encargó de explicarnos en algún sitio toda la elocuencia de la que es capaz un padre inorgánico. Esteban y su soledad entonces. Esteban y la guerra de papá, rojo dogmático. El embargo del negocio de Esteban, la traición a su empleados, a la puta calle todos, con lo que eso duele mire usté. Esteban sin un duro para pagarle a la colombiana dulzona y comestible los fregoteos a su padre, la camisa limpia y la cuchara. Esteban cazando con su perro en el marjal, que es un pantano, una ciénaga oscura, agua estancada, paludismo, tifus, légamos y limos deslizantes que se tragan objetos muy grandes y hombres también, representación del mal paredaño, de toda la comunidad valenciana me parece a mí. Con decir que es un lugar para acercarse con katiuskas y escopeta está dicho. La manigua circundante lo oculta todo, lo olvida todo.

Esteban rechazado por una novia abortiva en una juventud de era geológica que vuelve y vuelve a desazonarlo. Esteban cursando Bellas Artes por ver de ser escultor. Esteban en París. Esteban volviéndose al pueblo. Los convecinos del bar, compañeros de barra, de cartas y de putas, a cada cual mejor instalado. Chismosos como porteras. Esteban cagándose en dios un día sí y otro también. Esteban sin salida, desamparado, irritado por las malquerencias familiares, dos hermanos puestos de través a la husma de la hucha del viejo vegetativo. El viejo cabrón inflexible y frustrado que tampoco fue capaz de cumplir su deseo de hacerse escultor, ni siquiera a ebanista llegó, a hacer trabajos finos con la madera, y que martirizó a Esteban toda la puta vida tratándolo como se trata a un hijo subalterno, con un amor que no encuentra su momento, que se difiere y aplaza y aplaza sin fecha. Esteban hasta los cojones y a punto de desahucio sin poder calzarse a una ucraniana en el Ladies o en el Lovers.

El pobre Esteban que solo deseaba un retiro viscolástico con una casita y un perro, por lo que metió todo lo que tenía en las promociones inmobiliarias de un lugareño con fama de espabilado y que resultó ser un cabronazo. Esteban, sin edad ya ni para ser un damnificado, incapaz toda su existencia de emanciparse de la vida mediocre.

Nos lo cuenta Chirbes con desenvoltura en uno de esos soliloquios suyos donde cabe de todo y ni siquiera hay que preocuparse por las concordancias verbales. El monólogo del yo vale para decir los estados de ánimo individuales y ahora también, novedad, para los de los demás. Se trata de un yo íntimo que se extrapola o se transmigra a conveniencia de la narración. La torrencialidad genera desorden y reiteraciones, la inercia verbosa de Esteban por contar lo suyo y lo de los demás varias veces seguidas deriva a aburrimiento por insistencia y a desbarajuste estructural.

Novela escrita como con prisa, por aprovechar no sé qué coyuntura favorable o no sé qué tirón popular (bueno qué cojones sí que lo sé), que parece hecha desde más abajo de las tripas, desde un colon irritable o por ahí cerca. Pero bueno oye, decía uno que en tiempos de hipocresía cualquier sinceridad parece cinismo.

“Si se quiere conocer un país, hay que leer a sus escritores mediocres, que son los únicos que reflejan de verdad sus defectos, virtudes y vicios. Los otros escritores, los buenos, suelen reaccionar contra su patria, se avergüenzan de formar parte de ella. Por eso, expresan perfectamente su esencia, quiero decir su inutilidad cotidiana”.    –E.M.Cioran-

Velocidad de los jardines, Eloy Tizón

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SE ABRE EL LIBRO y se oye una escritura abstracta y epistolar, susurrada a los oídos de Nabokov el grande, aclamado por imitación. Nada más que eso, un elogio estilístico improbable, hermoso, con salpicaduras referenciales a Ada o el ardor, sobre la naturaleza trágica del tiempo, la grandeza y el estrago. Es “Carta a Nabokov”.

“Viajes de Anatolia” se dice en primera persona parental, y se entiende como una trashumancia familiar, la huida de una guerra, o la busca de unas caldas o unos manantiales salutíferos quizá. La itinerancia nos viene como pigmentada de alta burguesía prusiana con veraneos en Biarritz. Parece un retrato de fantasmas con familia al fondo, paisajes en sepia, cortinas de rayón en las antesalas y despachos con planisferios y catalejos. Todo muy pretendidamente bodegón y tal.

“Los puntos cardinales” es un viajante de comercio color abrigo de entretiempo que viaja y viaja y nos lo describe. Aquí se nos dicen las moquetas con cercos de hoteles hospicianos, los tonos de luz amarilla de los portales, la letra parpadeante del anuncio de Cinzano entrevista desde el ventano de la pensión, las nieblas del desayuno, la fatiga de los muestrarios de prótesis, la mudez de los timbres…, en fin, la argamasa y el hartazgo cuántico de la vida cuando nos sale convaleciente. También están los trenes, los vagones fríos, las oscuridades de andén y los encuentros de fantasmagoría. Terriblemente atmosférico.

“La vida intermitente” habla de unos jóvenes, creo, que se quieren mucho y nos muestran muchos detalles de su amor; que el amor sin detalles no es quererse ni es nada.

¡Se morían de ganas por hacerse una foto juntos! Eso era lo único que empañaba un tanto la perfección del universo. Así que se apretaron un poco más y se vieron reflejados, posando, en el espejo de la cabina del fotomatón. Un horror de cara, les entraba la risa, si me miras no puedo.

Por sobre los detalles de esta historia de amor como no hay otra igual, se superponen los recuerdos de los amigos muertos, jodiéndose de repente, el encanto amatorio, y llevándosela a ella, Sonia creo, más hacia la lejanía y el embeleso mortuorio, que hacia la realidad carnal de él. Con el entristecimiento es lo que sucede, que perdemos de vista el objeto próximo intentado enfocar lo que ya no existe, lo ido.

“Escenas en un pic-nic”. En este breve relato, un yo diletante le escribe una carta  sensiblera a su hermana austrohúngara, contándole sus estúpidas figuraciones suicidas.

“Si caigo en la campaña de Crimea, ¿enviarás a tus amigas un cablegrama diciendo que fue un final heroico para un espíritu atormentado que siempre detestó la escuela naturalista?”.

“Villa Borghese”. Este cuento creo no haberlo entendido adecuadamente, o es que lo he leído mal y parpadeando en exceso, o tal vez es el mareo ante tanta burguesía rozagante permutándose por las campiñas. La impresión es que, como todo el tono del libro, es, diríamos, aristocratizante. Demasiadas pérgolas en los jardines y demasiado floridas siempre las putas glicinas. A qué viene tanto tiovivo y tanta moldura azulenca, tanto jugador de cricket en lontananza y tanta ociosidad decadente. Uno se llama Bruno y otro Alesio. ¿Por qué Alesio? Acaso es un nombre intencionadamente más impostado. A estas alturas del libro todo es ineludiblemente impostado, fingido y artificioso, difícil de digerir, pero sigo.

“Austin”a secas, no Austin Martin por ejemplo. Los nombres de los personajes son distinguidamente rebuscados, eso distingue más el cuento. Austin es catedrático de algo, y la conducción favorece su bienestar muscular y emocional. Austin busca entre carreteras comarcales y cambios de rasante una juventud perdida. Ahí va Austin el catedrático, un Michael Knight cultivado, pensando en la epistemología mientras acelera más y más. El tablero de mandos le hace una señal que él desdeña, arranca de nuevo mientras piensa en la biblioteca de la universidad de Lovaina, apenas era un chavalito entonces, no era todavía tutor. Es nochevieja. Su vida ha sido un serpear de museos, rayas discontinuas y despachos. Conducir es viajar al pasado, en la Galleria degli Uffizi vio llover sobre el Arno y experimentó una especie de furor de vivir. Acelera. Una duermevela se ha ido alojando en su cerebro, tantos recuerdos, las ramas de las pináceas le rozan declamatoriamente la ventanilla, no se duerma todavía señor profesor, ¡no se duerma coño!

“Familia, desierto, teatro, casa”. Hay un abuelo indispuesto o muerto en uno de los cuartos traseros de la casa. En la vejez, la indisposición, el sueño, y la muerte, se confunden o son la misma cosa. Los niños estudian juntos, hacen los deberes juntos, y hacen el teatro. El teatro de fin de curso digo, la obrita en la que los dos tienen papeles estelares. Al niño le han dicho de quedarse a comer un día en casa de su amiguita, y el niño no quiere o le da asco. Un día la niña se indispone y él tiene que quedarse solo en esa casa con cuarto de abuelo indispuesto o muerto. Subió las escaleras y llegó hasta el cuarto del viejo. Ruidos sí había, escuchó una respiración ineficiente, una ronquera, una tos, algo en desuso, y salió cagando hostias de allí. La niña se recompuso la trenza para la catequesis pero dejó la obrita, el teatro. Y nada. Ya está. Qué tontería acordarse de esto ahora.

“En cualquier lugar del atlas”. Aquí el cuento más metaliterario del libro. El narrador, escritor de oficio, se agrega a la historia que está narrando confundiéndose con ella en algún punto de la misma. La mixtura no llega a ser muy convincente, pero como lo importante son los ambientes, las atmósferas, la presión de la columna de mercurio a cero grados y eso, pues la damos de paso, porque al menos, es el texto más narrativo y en el que el autor se mira menos al espejo de todos los de este libro. Una delirante asociación pro defensa de inmigrantes se dedica a esconderlos y a disfrazarlos en los cementerios, lugares de poco tránsito y poca acción, para hacerlos pasar desapercibidos de las autoridades y demás desaprensivos. El narrador será el desaprensivo que busca a Klara, que sin ser nada fuera de lo común, tiene un no sé qué atrayente y concitador, pero Klara se esconde y la esconden bien en la Almudena o el Carmen, y allí vete tú a buscar a Marica por Rávena.

“Cubriré de flores tu palidez”. Camisas, necesitarás camisas. Le dice la mujer al marido que acaba de poner en la puta calle. Y en la puta calle hay siempre una cafetería abierta a deshora en la que cobijarse, en la que parecer menos indefenso y más persona. Les pasa a las putas también. Una puta discreta en una cafetería propicia puede pasar por secretaria o por modista con naturalidad. Nuestro hombre abandonado contempla sin avidez a la puta, conmiserativamente. Él es profesor de historia, tiene un diccionario de etimologías en algún cajón, escribe sobre la dialéctica y la coyuntura histórica de algunos conflictos sociales, mira a la puta como entomólogo, no como mantis religiosa hembra. Se ha fijado en sus manos finas y blancas de pianista tuberculosa, y sobre ellas, en las cicatrices vivas, rosáceas, de sus muñecas. Afuera nieva.

“Velocidad de los jardines”. Llegamos al cuento que cierra y a la vez da título al libro. Teodicea de pupitres a la deriva. Tercer curso de un Bup particular, fin de la diversión. Llaman a la puerta las decisiones importantes y hay que abrir por cojones. Tú ciencias o letras, tú, sí, tú, el pánfilo. La mitad de los amigos se suben al tren correcto, los demás nos quedamos a las letras. Las mañanas son un escaparate de legañas y pelos duros de colonia. Olivia, joder cómo está Olivia, mascarón, estandarte, luz de donde el sol la toma, cariátide, sin ti se desmorona el aula. No jodas que han matado al archiduque de Austria, ya te digo, pues ahí se va a armar una buena. La de inglés está preñadísima, cualquier día se pone a parir encima de la mesa. Ha llegado el sustituto de la de inglés, el típico principiante, ni tiene autoridad ni sabe cómo obtenerla. Se le van a comer vivo. Y tú sabes que los bolcheviques han tomado el Palacio de Invierno, no, si ya me lo temía yo ya. Dicen que la Olivia está liada con el Aubi, ¡¿con quién, con el macarra retardao?! No puede ser, sí que es sí. La puta madre que lo desparió, pero si es subnormal. Eso cuéntaselo a Olivia, yo a Olivia le contaba uno a uno los….

El cuento es la representación burlesca de un asunto muy serio, de una pérdida importante, una pérdida definitiva, la pérdida de la inocencia y la despreocupación. El fracaso escolar suponía volar el resto de la vida con una perdigonada abierta en el ala, un estigma que, además, amenazaba tu futuro. De pronto, el semáforo se abre, ante el estupor de todos, y una voz cavernosa e infalible nos apremia: tonto y pobre el último… 

Tristeza melancólica originada por el recuerdo de una dicha perdida, dice el RAE cuando tecleo la palabra nostalgia y pulso Enter

“Si una noche de invierno un viajero” es un libro fabuloso, pero antes de yo saberlo, era únicamente un título fabuloso, el mejor de los títulos posibles para un libro. Pocas veces un título se ha revelado tan sugerente, tan literario. Hay en ese título una invitación VIP a la lectura. Después de leerlo descubres que la noche de invierno no es la misma noche que tú deseabas que fuera, y que el viaje del viajero es más bien corto. Pero no importa, porque lo que descubres, si bien no se ajusta a lo imaginado e intuido por el título, no pierde intensidad ni interés. Y, además abre otros caminos lectores que uno no podía imaginar que existían. Es el noviciado del lector, el peaje obligatorio para circular por las autopistas de la literatura. El asombro. El asombro que me produjo el libro de Calvino fue el de descubrir que las historias de los libros también pueden olerse, que hay registros estilísticos que equivalen a una sensación táctil, y hay textos que saben, que tienen sabor a algo. Hay una literatura sensorial a la que no es fácil acceder, por impericia, incapacidad, o lo que sea. No creo que Tizón haya accedido a esa cámara literaria secreta privilegiada a la que me estoy refiriendo, pero no desdeño su intención. No muy desencaminado está, o estaba.

Sólo hay que escribir y sobre todo publicar cosas que hagan daño, es decir que recordemos. Un libro debe hurgar en llagas, suscitarlas incluso. Debe ser la causa de un desasosiego fecundo, pero, por encima de todo, un libro debe constituir un peligro.    –E.M. Cioran-

El hijo de Greta Garbo, Francisco Umbral

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UNA MADRE es la causa más importante. Muy por encima de la liberación de Argelia. Eso lo sabemos todos. La madre es toda la literatura que uno puede esperar de la vida.

La mancha de las moras en el vestido de la madre, en el blancor de su blusa, es una afrenta de la naturaleza a la musa de alabastro, un beso oxidado en la superficie fina de su anatomía. Mamá entre los zarzales y la mancha de las moras es como el sabor de aquella magdalena de la nostalgia que nos contaron.

La mancha es una llaga que se ahonda en el pecho de la madre y le subraya al hijo las pesadumbres de ella. Ahí va la madre ahora, dulcificando la vida con su elegancia de estrella sueca de la cinematografía, con su estigma enseñoreándose en el pecho blanco de la camisa, por entre las zarzas, junto al Duero, muy cerca de Valladolid, con su hijo recóndito de la mano.

La habitación de la madre, el mirador de las lecturas, tardes de parra virgen, el vencejo de siempre dando circularidad al cielo, butacas con paisajes, gran cama matrimonial y el armario, que esconde el hombre que falta en la cama. Un viejo traje de húsar con gorro de Napoleón, un traje con alamares de sangre rescatado de alguna guerra romántica, un uniforme que se confunde con el padre ausente, preso o muerto. Un enigmático soldado colgado del armario entre las gabardinas de entretiempo de mamá y sus trajes de blanco. Con ropa blanca iban muchas, pero mamá sólo iba de blanco, como si la blancura, más que llevarla puesta la habitara. El cuarto para leer y para decirle a ella las lecciones, cuando estaba en la cama, reposando con una decimillas o por los males menstruales. Sobre la cómoda el dibujo a plumilla de Leonardo, y el tosco bargueño junto a su cama, donde guardar las epístolas y la caligrafía. El niño la mira escribir y sueña con imitar los trazos de garza de su letra.

Va la madre al trabajo, a la mecanografía diaria de los asuntos, a la política, porque el niño tiene una madre muy política, y el niño la aguarda paciente en la biblioteca. Allí, subrepticio, descubre a Federico diciendo aquello de “los relojes se pararon, y el coñac de las botellas se disfrazó de noviembre…”, tras la turbación inicial, inmediatamente reconoce el decisivo momento por el que atraviesa su vida y su vocación, ya más confortado concluye: si se puede escribir que las botellas se disfrazan de noviembre yo también puedo ser escritor. Ahora tiene que desembarazarse de los galdoses coñones, de los infiernos del Dante y la alcahueta Beatriz, ilustrados en gótico por Doré. El gótico todavía no se nos había politizado y germanizado como ocurrió después. El gótico eran las familiares letras de la cabecera de El Norte de Castilla y los demás periódicos regionales, leídos en el Café Ideal Nacional cuando mamá me llevaba allí a remozarme de azañismo. El azañismo era ver pasar la prisa o la tardanza de las clases medias, porque lo republicano era llevar los gemelos de oro del abuelo sin ningún fanatismo por el abuelo ni por el oro. El azañismo era otra manera de ponerse el sombrero o pedir el periódico. El azañismo estaba en la estatura valiente de mi padre, y más que en ninguna parte, en los ojos profundos de mi madre, de un castaño dorado o de un oro verdeante, cuando la enfermedad pasaba por su fondo como un cortejo fúnebre o una novia enlutada.

La mancha de moras de la madre es  una  hermosa orla anterior al mausoleo. Porque la madre aún vive, pero está tocada del pecho, aunque la abuela la dé ya por muerta. La hemoptisis, una menstruación inversa de la madre, le hace tener que reposar. Del pueblo viene el primo Paulo que es un hombre hecho de silencio y humo de tabaco. Un hombre cabal que viene a Valladolid a ver los toros como hay que verlos. En silencio. Y trata a mamá con la veneración del tímido enamorado. Tiene un Ford modelo T que los clericatos le requisan cuando quieren. Mamá se monta en el coche que huele a guante y a viaje para irse al norte a reposar, lejos de las nieblas de Valladolid, de la reclusión del Campo Grande con sus cisnes anélidos, y el esputo insidioso de la provincia entera, más irreverente que la hemoptisis de mamá.

En el pueblo del norte el niño subirá a los palomares a degollar palomos tristes y penar por ello detrás de las criadas, mirará sus muslos partenónicos  e indubitables y, sin aprensión, irá dándose sobrada cuenta de que siempre se está aprendiendo algo en la difícil asignatura de la mujer. La cercanía de la mujer, el aprendizaje continuado de una madre. Al primo Paulo ya le han vuelto a requisar el Ford T los curas cabrones. La clerigalla ominosa.

La vuelta a Valladolid será peor, dicen que ha pasado una guerra entera, no sé cuándo. La ciudad cainita con sus mecenas barbados y sus melenas blancas como palomos viejos ululando por el Casino, bohemios embarnecidos de la sangre que van a la música a desentonarla, no la que le gusta a mamá, la música cuya sola presencia contribuye a armonizar vagamente, por como ensalmo o agradecimiento a la musa de alabastro tocada del pecho. La música se toma su justicia poética y satisface o decepciona según el público presente. La orquesta sinfónica regional suena a quincallería cuando mamá no puede ir a escucharla porque está enferma. Mamá es tañida por la propia música, pulsada como una  de esas criaturas instrumento en quienes la música, la poesía, la vida, el amor, o simplemente el tiempo, siempre tañen algo. Lleva ahora la melena más crecida, anovelado el pelo, las piernas larguísimas, más embarullada su soledad de bibliotecas de penumbra y policías, donde es una marginada, postergada doblemente por la política y la enfermedad contagiosa. Pero es igualmente bella, herida por la mora agraz en su pecho, y por la malhadada parroquia de modistillas y fregatrices provincianas.

Estamos mal hijo, estamos muy mal, papá no vuelve, a tu padre no le sueltan de la cárcel.

Un día nos dijeron que papá se había muerto y ya no quise hacer más preguntas. El traje de húsar del armario ha perdido el cuerpo que le corresponde, el guerrero ausente, aquel romántico de paisano, aquel húsar de sangre, aquel loco, aquel rojo, el revolucionario, adónde iba con tanta literatura, ya era hora. La muerte del tan muerto corrió por la ciudad y fue noticia en el Casino.

Mamá se acostó y comió en la cama. Yo leía en el mirador, a la luz rosa de la parra virgen. La madre en la cama, tan revuelta, rota de fiebre y vómitos, era otra. Lo espantoso del dolor es que nos trueca las criaturas, lo satánico de la enfermedad, del tiempo, de la muerte, en fin, es que cambia al ser amado por un desconocido, antes de asesinarlo para siempre. Ya no era ella.

Luego el negrear de viudas alrededor del viático, un hedor de procesión en toda la casa.

Hay días en que la soledad es un sarao, en que la habitación está llena de su pasado. Mi madre fue la idea más luminosa y exigente que la ciudad tuvo nunca de sí misma. De mi madre solo quedo yo. Ese alabastro de madre, ese desnudo blanco, mate y excesivo, es la corporalidad en que me he reinternado, ámbito de mujer dentro del cual quiero vivir uterinamente. No es su habitación lo que habito, sino el cuerpo blanco de mi madre. Dentro de esa blancura me muevo y nutro.

Pero hay días, ya digo, en que la soledad es un sarao.

“Tengo que escribir un texto sobre el dolor. Veo claramente lo que he de decir al respecto…pero, ¿por qué decirlo? ¿Por qué no sufrir en silencio como los animales?   -E.M. Cioran-