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Ada o el ardor, Vladimir Nabokov

jjjj“All our old loves are corpses or wives.”

LE TENGO LEÍDO a Umbral en algún sitio lo de la diferencia entre escribir y redactar. Ahora se redactan minuciosas novelas sin una sola intuición verbal –decía-. Cuando Juan Ramón le daba la tarde libre a las musas, aparecía el cabrón con pintas que ocultaba bajo la astenia y regoldaba: “Guillén está forzando un nuevo libro.” Los libros se fuerzan a que salgan, pero hay que decir que se redactan. La redacción engendra únicamente documentos de valor administrativo. Es una aptitud técnica, como puede serlo el dibujo, donde las imágenes pasan del ojo a la mano y de ahí a la cuartilla sin apenas tránsito cerebral. El redactor es perseverante porque de la insistencia siempre acaba por nacer algo, un texto, una sudación.

Para disfrazarse de escritor el que redacta necesita una prótesis argumental, una ortopedia con la que hacer pie en el hondón de la escritura. Nabokov, que era todo escritura, en cambio, tenía que disfrazarse de entomólogo para ocultar lo escritor que era. Sin más postizos que un cazamariposas y su embastecida educación de ruso blanco, Nabokov echó los dientes después de tener resabidos tres idiomas contrapuestos más el latín helénico, se convirtió en el mejor escritor de la gran novela americana del s. xx, cosa que, habiendo nacido en Leningrado, tiene bastante mérito, creo yo.

Ardis o la Arcadia lúbrica y pura. Cápsula aristocratizante. Orografía carnal del deseo, toponimia del paraíso, baños de sol e irisaciones de luz vespertina traspasando los polifacéticos tapones de cristal labrado de las botellas del mueble bar chippendale junto a la piscina olímpica. Vagido visceral de las atardecidas de junio sobre las acacias, mientras Lucette, tras los aligustres oculta, examina la espalda sobretensa de Van vuelto hacia Ada que, maquinalmente, se levanta el halda del vestido canalé, vagamente excitada, para entregarse dócil al tercer o cuarto retozo del día. Todo un bosque lírico de fornicaciones furtivas y conversaciones botanizantes. Follar y refollar sin el grito del tiempo intercalándose entre los cuerpos párvulos, empalidecidos, encurvados en los sobremuslos, tímidamente velados por la hojarasca pubiana. Una huida hacia el fondo del cuerpo del otro, a colonizar las entrañas e hincar en lo más aparte el gallardete de la felicidad, sin parientes limítrofes que se vuelvan plaga.

Voy a ponerme doctoral o ecuménico y redactar aquí las cuestiones cliché que la literatura de Nabokov sigue suscitándome; porque a mí, de lo que me preocupa, las preguntas siempre han sido lo que más. Si la pederastia, y quizá el incesto, son formalmente reprobables, por qué en las novelas de Nabokov no me lo parecen tanto. Por qué dos hermanos vaginales incapaces de renunciar a amarse, en un proscenio floral integrado en una tónica de señorío y de belleza, no sólo me parece hermoso sino lógico. Por qué la ordenanza moral queda derogada ante el placer estético. Por qué la evocación de antológicos motivos barrocos, las yuxtaposiciones imprevistas, la confusión de expectativas de tiempo y lugar, la dificultad retórica extrema, la geografía alternativa, enfrentadas al desafuero ético, me producen una emoción estival de vida y de mujer, de coloquio de aguas y de risas de hijos. Por qué esa poesía menor de la carne no me es extraña. Por qué en ese firmamento dislocado, en ese pliegue de indisciplina, nunca sé ni llega a importarme, lo que es real y lo que es realista. Por qué de entre todas las realidades, prefiero secretamente la realidad sentimental que la de la sangre.

Estas cosas que están tan bien dichas por ahí también tengo que decírmelas yo –por aparentar- como si sólo con decírmelas afluyera una presunta respuesta conjetural a los hechos circunstanciados. La respuesta no afluye claro, pero de la reyerta entre la ética y la estética, entre la sustancia y el estilo (ave del paraíso sorprendida), entreveo que Nabokov construye un nuevo dédalo en la literatura de ficción, una literatura ambivertida y prismática, hecha para verla con ocelos de artrópodo y no con ojos de hombre. Una literatura de inimitable expresión, complejísima en la forma, provista de un logogrifo insoluble, la posibilidad de hallar belleza, humor y placer en una narrativa que es moralmente repulsiva.

Nabokov no tiene epígonos porque su escritura es genial e infalsificable, lo que sí le han copiado, después de él todos, ha sido la provocación. La corteza más aparente del alerce colosal que es su escritura.

Hubiera sido preferible que a Nabokov no lo hubiera lamido el cine con su lengua publicitaria de celuloide. Lolita quedó como axioma y bestseller, y Nabokov como pornógrafo, y no es así no.

Nabokov hizo de la pornografía algo ajeno al sexo, e hizo sexo de todo lo demás. Esto no lo supieron ver los americanos ni la crema de la intelectualidad, que ignoraban lo que era un samovar y no entendían bien las metáforas híbridas y las palabras de doble sentido.

Ada o el ardor es un libro inmenso y testamentario. Una autobiografía general tardía o crónica familiar que principia en Tolstói y no alcanzamos a ver dónde termina. Demasiado inteligente para los norteamericanos y para todos los demás también.

Toda la hemorragia épica de su prosa nos desangra, llevándonos, exangües, a descubrir otra Lolita, más verídica y con más luz y espesura que la anterior. Ada, la Lolita de una vida entera, la niña que le obsesionó cuando niño, llena de adhesividad sexual, nos la descubre ninfa y hembra con la opulencia de una memoración proustiana inabarcable.

“Cuanto más de vuelta de todo está uno, más se arriesga, en caso de enamorarse, a reaccionar como una modistilla.” -E.M.Cioran-

 

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