El sentido de un final, Julian Barnes

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FUNCIONAN LAS NOVELAS de Julian Barnes como un sofisticado artefacto para medir el tiempo de la manera más imprecisa posible. Ese cómputo irregular con apariencia científica, se parece más al de una clepsidra que al tiempo exacto señalado por un reloj moderno. La sucesión de un tiempo desconcertante y desengranado, alternativo en cierto modo, hace que los textos de Barnes, en apariencia cuajados de flemática erudición y un escrupuloso rigor lexicográfico, deriven hacia turbias y accidentadas regiones de la conciencia donde, bajo un esmalte de ortodoxo realismo, palpitan viscosas moralidades.

El sentido de un final vuelve a ser la imagen especular de una apariencia, el azogue inverso de un espejo preterido. El recuerdo de conveniencia cristalizado en un ojo vago.

Pocas cosas sacuden tan decisivamente un presente complacido como un pasado mal resuelto. Un pasado aún por resolver, cerrado en falso, sin la doble lazada ceremonial que anuda un olvido limpio de remordimientos, puede rasgar su envoltura y derramarse en el momento más imprevisto del futuro, haciéndole replantearse la vida entera hasta al más indolente de los instalados.

Así le ocurre a Tony Webster, recién jubilado y divorciado, padre de una hija adulta, cuando un buen día, obligado a echar la vista atrás y revisar su juventud lejana a propósito de una extraña herencia, verá como un pasado remozado e inédito se alzará en armas apoderándose del suyo, que él creía sojuzgado y domeñado, reescribiéndose con brío y algazara sobre las viejas afrentas juveniles y las cuentas olvidadas. Una historia completamente nueva y muy distinta de la que él se avino a creer por comodidad, para continuar con su vida sin lastres que la entorpecieran.

En su ignorancia y conformidad, se verá forzado a recordar cosas que no creía haber olvidado, descubriendo demasiado tarde los automatismos de defensa de la memoria, que actúa como un órgano independiente manufacturando los recuerdos hasta convertirlos en algo presentable a nosotros mismos, a nuestros deseos o nuestro resentimiento.

Eran tres y él fue el cuarto. Adrian  Finn, el más inteligente de todos. Los demás se disputaban su atención, buscaban su aprobación, le cortejaban, los tres pensaban que eran, y merecían ser, su amigo más íntimo. Eran pretenciosos, meritocráticos, anarquistas, el deporte escolar les parecía una forma de criptofascismo, la vida les rodeaba de certezas filosóficamente evidentes. Porfiaban sobre sus lecturas; si uno leía a Russell y a Wittgenstein, otro se embaulaba a Camus y a Nietzsche, mientras un tercero releía a Orwell y a Huxley, también a Baudelaire y Dostoyevski y en ese plan. Follar les interesaba mucho, pero todavía les pillaba un poco a trasmano. Eran jóvenes, amigos, soberbios y peligrosamente documentados.

Es solo una fase, se os pasará, les decían sus mayores; la vida os enseñará realidad y realismo. Uno de sus grandes temores se les reveló pronto: que la vida no resultara ser como la literatura.

Adrian rebatía a los profesores con argumentos lúcidos y complejos que destilaban ingenio y lecturas, más de uno se vio tentado a cederle su puesto docente. “La historia es la certeza obtenida en el punto en que las imperfecciones de la memoria topan con las deficiencias de documentación.” -replicaba con determinación-.

Webster, en cambio, predecible y subalterno compuso: “la historia son las mentiras de los vencedores”. El profesor, decepcionado, le apostilló: “bien, siempre que recuerdes que es también los autoengaños de los derrotados.” A Tony Webster, como la novela se encarga de desvelarnos más adelante, se le olvidó esta última e importante lección.

Todos sabían que la vida le tenía reservado un papel estelar a Adrian, tras una brillante formación académica entre las élites rectoras, estaba llamado a mover los hilos, a cortar el bacalao, a señalar con autoridad tú sí y tú no, a contemplar el mundo y sojuzgarlo desde las más apetecibles tarimas, desde los estrados más altos…, pero nadie pudo adivinar que Adrian fuera the first of the gang to die, porque nunca antes había estado enamorado, ni había visto tiritar, azules, los astros, a lo lejos, hasta que se cruzó en su camino Veronica, la novia de su más íntimo amigo Tony Webster. Y junto a ella, también la madre de Veronica; y el desencanto, la responsabilidad inasumible tras el enorme error, y la asunción serena de la derrota, fría y definitiva.

Un lance último proporcionará un final inesperado, tal vez tramposo por el hecho de ocultarle al lector datos importantes. No importa, para entonces Barnes ya nos ha contado todo lo que había venido a decirnos. Todo lo que viene diciéndonos desde largo. El patético fracaso de la educación moderna y el inútil deslumbramiento de la inteligencia, el dulce pájaro de juventud abatido tras los primeros aleteos, y la madurez toda como una noche oscura del alma , sobreviviendo a pesar de nosotros mismos. Un precio demasiado alto para un valor tan exiguo.

“Llueve. Este ruido regular en el silencio de la noche tiene algo de sobrenatural. Me pregunto qué haría yo, si de pronto desaparecieran todas las personas y yo fuese el único superviviente. Creo que continuaría.”      –E.M.Cioran-

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