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Pregúntale al polvo, John Fante

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ME GUSTAN LAS PENSIONES únicamente en las novelas. La pensión es un género menor de la literatura que algunos buenos escritores han sabido utilizar como trasunto de la otra realidad, la radical. Dentro de cualquier pensión del mundo hay siempre una revolución a punto de fracasar, una dictadura del proletariado que va a ser derrocada, una bandera personal que se va arriando cada noche entre las sábanas desnutridas y el traqueteo del somier.

Una pensión bien dicha nos explica mejor, de modo más eficaz y realista, más accesible y abordable que un ensayo de sociología, la historiografía particular de un hecho, la estructura de una sociedad determinada, la sanguinaria lucha de clases que se desencadena entre la realidad y el deseo, entre el quiero y el miedo de un individuo con el corazón deshabitado.

Un viandante varado en una pensión es un revolucionario en pugnaz aversión hacia sí mismo. Pocas luchas intestinas tan crueles como la del huésped en la oscuridad de su cuarto de pensión con  máquina de escribir al fondo.

La prosa de las pensiones para ser creíble no ha de ser grandilocuente. Debe mostrar la desnudez sintáctica de la necesidad, esencialidad misma, sujeto verbo y predicado, sin más subordinación que la del huésped hacia la matrona. De esa sinceridad elemental de ascendencia desvalida, ollas con cardenillo y olor a lentejas pegadas, que se establece entre el desamparo y el cobijo, entre la tormenta y la hospedería, una relación comercial y pendular con sus períodos de pasión y de ultraje, han salido cosas muy interesantes – Los esclavos de la soledad, recuerdo, de Patrick Hamilton– que no siempre apelan al espacio escaso y la sordidez en que se desarrolla la acción tanto como al tiempo mismo. El tiempo tiempo, magnitud y trascendencia.

Una pensión es un tren detenido en algún andén descatalogado, sin embargo, todo habitante de pensiones está convencido de que, como todos los viajes, también el suyo es transitorio y tarde o temprano llegará a la estación deseada. Con retraso o sin él, la pensión es siempre un vagón de tercera que simboliza el fracaso y la soledad, dentro de él viajan, arracimados a esa masa tumoral que es el tiempo, los hermosos vencidos, los perdedores, los derrotados en alguna batalla indeterminada.

A menudo los vencidos no saben que lo son. No lo saben todavía al menos. Bandini es uno más de los vencidos que desconoce que lo es. Circula entre las clarividencias de la pobreza y las vacilaciones de la abundancia por las calles de California que no desembocan en Malibú. El sol es un oro lejano que vocea y convoca con el mismo vigor que el oro pecuniario. Los jubilados de Norteamérica sueñan con ir a morirse al sol de Los Ángeles dentro de un domicilio de cartón color pastel. Hay vida en los inviernos soviéticos de Illinois, Montana, Idaho, las dos Dakotas y sitios así, pero no es vida. California y La Florida son el Benidorm mórbido de ellos, los norteamericanos. El retiro soleado de plexiglás capaz de gratinar el organismo más destemplado.

Bandini los mira asolearse con desprecio y escupe por el colmillo. Él llegó desde Colorado pero vino a otra cosa, siente que su objetivo migratorio es más noble, su meta más alta, él es escritor, como tal se presenta, ya tiene un cuento publicado en un magazine, eso le da una notoriedad que nadie de su alrededor posee. La consideración que él se tiene, una consideración distintiva y excluyente, no es mejor que la de los chulos o las putas más tiradas, pero él es ufano y estúpido, sus cortos momentos de entoldada lucidez no nos compensan para ganarnos su simpatía. Reacciona impulsivamente, su comportamiento es tan imprevisto como el desplazamiento de un muelle accionado por una mano invisible. A injustificados periodos de euforia se suceden otros de depresión. Anda enamoriscado de una camarera mexicana pero es incapaz de controlar su arrogancia de muerto de hambre ante el único ser que se muestra solícito con él. Un editor fantasma le va sufragando el fracaso con dinerillos eventuales que despilfarra alocadamente. Hubiera preferido ser americano viejo pero lleva el baldón latino herrado al patronímico. La identidad italiana, trashumante, le molesta sin obsesionarle, peor hubiera sido ser mestizo, turbio.

Bandini es un perdedor incómodo para el lector, su guerra no parece ser la nuestra. Pasea por trincheras adversarias su desventura. Como muchos perdedores no sabe aún que lo es. No quiere saberlo porque todavía es joven, y que la vida iba en serio uno lo empieza a comprender más tarde.

Dicen que Arturo Bandini es la alteridad de John Fante. Vivir de las semejanzas de otro se hace tanto que yo no sé si importa que se diga. Todo personaje es usufructuario de su creador, qué más da que lo sea mucho o sólo un poco. Pregúntale al polvo es el tomo interpuesto de un trilogía. Los otros dos libros, me hago cargo, no los he leído.

La predestinación me fascina tanto como en otro tiempo la desgracia. En realidad, es la misma palabra. No poder ser otro que el que eres. Yo soy incambiable y sufro por ello a cada instante. ¡Dadme otro yo mismo!    -E.M.Cioran-