Los Buddenbrook, Thomas Mann

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ESTA NOVELA no es, como se suele escribir con ligereza e irritante inexactitud en numerosas reseñas, un fresco de la sociedad burguesa alemana del siglo XIX personalizado en la próspera familia de comerciantes Buddenbrook durante más de cuarenta años, no señor. Todavía más impreciso sería hablar de la narración del ascenso económico y social de tres generaciones de una familia mercantil y el posterior declive, retroceso, o decadencia de la misma. Eso sería la confirmación de que el que lo dice o lo escribe no ha leído la novela, o la ha leído mal y no se ha enterado de nada porque le falta capacidad.

Hay libros de los que uno sale reforzado después de haberlos leído, con más presencia de ánimo y envanecido por ello, y otros libros en cambio, que humillan tanto o más que la negativa de una mujer. Los primeros son aquéllos que desde el comienzo creemos entender las razones que guían al autor, seguimos sin dificultad el desarrollo pudiendo anticipar incluso su desenlace, aceptamos o rechazamos las intenciones, las ideas si las hubiere, ponderamos o desestimamos el estilo y lo olvidamos pronto portando el dudoso orgullo de haber superado otra baliza más (leer es antes que nada otra forma de acumulación numérica), por insignificante que sea. Sin embargo existen, joder que si existen, los otros libros. Los libros que no son cualesquiera, los libros que en vez de insignificantes escupen a la cara la insignificancia de uno. Libros digo, que humillan, que entendemos mal, que confundimos con su argumento o con alguno de sus personajes, acostumbrados casi siempre a que una novela, en el mejor de los casos, no sea más que eso: un paisaje, un argumento, y unos personajes.

Pero hay novelas que, siendo sinceros con nosotros mismos, nos hacen más tontos de lo que somos. Los Buddenbrook es una de ellas. Cuanto más extraordinaria es una novela más empequeñece el lector, más minúscula se vuelve su estatura moral e intelectual respecto a la inabarcables perspectivas que nos ofrece el libro. Una gran novela es aquella que desenmascara la minusvalía de sus lectores. Si además se conoce que el autor la terminó y publicó con veinticinco años, ya no solo es que nos empequeñezca, es que nos hace desaparecer.

Los Buddenbrook, en mi opinión, no es la historia de una saga familiar que decae, sino la crónica de una extinción inapelable. El triunfo de la muerte sacado de la tabla de Brueghel y puesto sobre el papel; de eso da fe la reproducción del cristo de Thorvaldsen que preside los velatorios de los miembros de la familia Buddembrook.

La estructura formal del texto se aviene a una ortodoxa sucesión temporal sin apenas alteraciones cuyo inicio se iría allá por el 1835, y terminaría sobre el 1877. La narración se extiende sin uniformidad entre ambas fechas conformando un tapiz inagotable urdido por infinidad de escenas observadas muy de cerca con gran sutileza y objetividad mediante profusión de descripciones físicas y anatómicas. Escenas de costumbres correspondientes a la interacción entre la vida pública y privada de los miembros de la familia Buddenbrook. Si espigamos de memoria fácilmente aparecen numerosas acontecimientos socio-familiares como celebraciones religiosas, nacimientos, bautizos, bodas, velatorios, funerales, banquetes, vacaciones junto al mar, reuniones comerciales, convalecencias, clases escolares, lecciones de música, visitas médicas…, un sinfín de situaciones comunes que avanzan cronológicamente dando cuerpo y espesura a la obra.

La detalladísima recreación de algunos de estos acontecimientos, las minuciosas descripciones de los muebles, las habitaciones, los menús, la vestimenta, los gestos y la dicción de los personajes, recuerda en ocasiones el travelling de una cámara de cine obsesionada por captarlo todo desde lugares diferentes, y no es descabellado decir que esa puesta en escena fidelísima, reconociblemente cinematográfica, a veces nos evoca míticas escenas de El Padrino de Coppola, cuando parece detenerse el tiempo entorno a una comunión o una boda, o algunas películas de Antonioni, de una morosidad lírica extenuante por la más absoluta estilización.

El escenario principal será la ciudad norteña de Lübeck, epicentro comercial de la Liga Hanseática y punto de salida de las exportaciones desde el Báltico hacia los Países Bajos y el resto del continente que, en los comienzos del texto vive momentos de agitación política y social. La principal actividad comercial será la exportación de cereal.

La interacción entre el personaje público con cargo representativo en el ámbito vecinal, comunitario, y el individuo privado en soledad o en su reducido entorno familiar, servirá a Thomas Mann para cuestionarse los periclitados principios éticos de la conveniencia cívica y comercial y derivarlos hacia un nuevo espíritu de superación estética. Las sugerentes resonancias históricas que evocan los personajes y sus destinos atenúan sutilmente la voluntaria falta de información, pero al trasluz reverberan en sordina los hitos históricos de Alemania, desde el proceloso desarrollo de la unificación al fervor del librecambismo y la supresión de aranceles o zollverein, que presupuso una unión aduanera de estados germánicos e impulsó la economía, hasta los conflictos de clase. Una historia no dicha que se hace presente en forma de actitudes personales de los personajes, cuyos comportamientos son dirigidos perspicazmente.

Tres personajes tres, soportan todo el universo de la novela; Tony, Tom, y Hanno. Tres personajes que son epítome de todas las preocupaciones futuras del autor.

Tony evolucionará de una contestaria y caprichosa rebeldía juvenil vagamente ajena al inexorable principio burgués del matrimonio de conveniencia hasta convertirse en el portaestandarte de los principios y la permanencia de la familia Buddenbrook. La que se obstinará en avivar inútilmente los rescoldos de una hoguera que se apaga. Habita en ella el desparpajo inquieto, el empuje fundacional propio de las grandes heroínas de la novela clásica que fueron capaces de hacerse carne después del papel. Veo yo en ella cosas de Anita Ozores, de Lizzy Bennet y de Ana Karenina. Una mujer con conciencia de clase muy alta pero influenciable, ingenua, vanidosa; cuyos fracasos matrimoniales con repelentes petimetres parecen un castigo por haber roto la promesa de amor que le hiciera con el mar de testigo a un humilde estudiante durante unas iniciáticas vacaciones. Alguien que, incapaz de ejercer como hija y como esposa canónica, se complace en pasear una languidez desubicada que solo encuentra su acomodo cuando ejerce de consejera y confidente de su adorado hermano Tom.

Thomas es el primogénito del cónsul Johann Buddenbrook, conocido familiarmente por Tom. Es el hermano mayor de Tony, la quiere y consiente todas sus veleidades. Él sucederá a su padre al frente de la empresa y será el responsable de la administración y el mantenimiento del patrimonio familiar. Entorno a él gravitará el corpus de la novela. Su vida es la historia de una inexorable erosión física y anímica. Del vigoroso empuje inicial con el que se hará cargo de la empresa siendo todavía un muchacho hasta el desaliento último, la incertidumbre, el temor a la muerte y la propia conciencia de la incapacidad para conciliar la praxis comercial, social pecuniaria, con la promoción de su vida interior. El desmoronamiento de la voluntad frente al peso del deber financiero, la reputación, el apellido, el matrimonio, la casa, la paternidad…, en fin, las convenciones. De la dualidad que aquí se nos muestra, hombre práctico–hombre iluso, el gran derrotado será el hombre mismamente, el ser vivo. Y en su caída arrastrará el único atisbo de salvación, la probabilidad remota de encontrar una paz estable acercándose a su lado espiritual. Una revelación mística tras la lectura de unos fragmentos de El mundo como voluntad y representación de Schopenhauer le hará concitar una pasajera esperanza que la luz del día disipará totalmente.

Lo que el derecho civil le otorgó a Hanno Buddenbrook por ley la naturaleza se lo va a quitar por capricho. De sobra supo su padre Tom al verlo por primera vez, que aquel cuerpecillo enclenque no iba a ser suficiente para sostener el peso del apellido. La volubilidad genética hizo de Hanno un niño sensible y enfermizo, retraído y tímido, especialmente dotado de un gran oído musical y carente de cualquier sentido práctico para la vida. Un autodidacta con propensión al distanciamiento social donde, fuera del amplio regazo maternal, el mundo se le presentará como algo hostil y ajeno, algo a evitar por todos los medios posibles. En Thomas Mann la dupla enfermedad-creatividad son características propias de muchos de sus personajes más significativos y, acaso, raigambre y trabazón de toda su obra posterior hasta confluir sin ataduras en Doktor Faustus, expresión del destino trágico al que aboca a sus creaciones. A terribles episodios de dolor, miedo e insatisfacción, como los que le ocurren a Hanno en la escuela, en el dentista, o ante la severa e inquisitiva presencia de su padre, le suceden otros más cortos, agotadoras explosiones de creatividad representadas en esas improvisaciones de Hanno con el armonio o el piano, que son como vehementes arrebatos artísticos que sirvieran de apaciguamiento a un espíritu atormentado en constante guerra con sus entrañas.

Mann trata a todos los personajes protagonistas de esta novela con una crudeza indómita. A algunos de ellos no se conforma con matarlos prematuramente sino que los hace pasar por terribles agonías donde el sufrimiento se prolonga durante páginas. La saña con que describe la asfixia por neumonía de una de las matriarcas del clan, sin que el médico se avenga a paliar la angustia, alegando no sé qué compromisos éticos o religiosos mientras  la anciana moribunda reclama piedad no es solo morboso, es sórdido. Una elipsis audaz nos ahorrará la muerte del pequeño Hanno, pero antes una mezcla de elegía y vademécum nos adentrará por los demoníacos cursos del “río tifus” hasta su último meandro, los delirios de la fiebre, la evisceración de la voluntad y el paseo en barca por la laguna Estigia. Tal es el destino que el autor tiene reservado a nuestro doliente doncel. Y así muchos más, incluyendo el perseverante Tom, gran cabeza de familia abocado a una muerte aún por descifrar: a la salida del dentista un mareo le provoca una caída fatal, y tras horas de espesas brumas y recónditas guturalidades da su espíritu, quiero decir que se muere. El preclaro comandante en jefe de la dinastía Buddenbrook, nuestro juicioso senador, encuentra anticipadamente la respuesta a todas sus diatribas morales abrazando una indecorosa muerte que no está a la misma altura del rigor y la severidad que demostró en vida.

Cuando los dioses quieren castigar de verdad a un hombre no se conforman con matarlo, antes le vuelven loco. Ése es el caso de Christian, hermano menor de Tom y de Tony. Un ser sin disciplina, indolente y reprimido que vagará por un vacío alcohólico y bohemio; despreciado por la familia y aquejado de rarísimas dolencias nerviosas terminará encerrado por su adúltera esposa en un frenopático lejos de Lübeck.

Una cohorte antológica de secundarios emancipados con perfiles hondos y complejos vigorizan el texto sublimando el realismo. Aparece un administrador de fincas mefistofélico impenitente traductor de Lope de Vega, Kai, único amigo de Hanno, perteneciente a un linaje aristocrático arruinado que lee a escondidas en clase a Allan Poe, la belleza inescrutable de Gerda Buddenbrook con su bruñida melena pelirroja y sus cercos azulados rodeándole los ojos demasiado juntos, la anciana Tilda, escuálida y siempre hambrienta vagando como un espectro por todos los grandes banquetes…

Un sutilísimo cinismo es la forma que Mann utiliza para aproximarse a las inmediaciones del humor. Un cinismo leve, casi trasparente, que el peso de las páginas va haciendo más presente y más delicado, de ahí que sean muchos los incapaces de apreciarlo y confundan la obra con el hombre huraño y aprensivo que encubrió su improcedente sexualidad tras un cortinón polvoriento de convencionalismo y aprensión.

Los Buddenbrook, tal vez el último mayor logro de la novela realista europea, diseca una edad que aún se prolonga, escribe un tratado de etiología del homo mercantil moderno diseccionando las causas que lo convirtieron en el hemipléjico de hoy en día. El enquistamiento burgués, avaro, aparente, monetario, productivo, emasculó el espíritu artístico, libre, ocioso, vegetativo de los hombres. Nos sacaron a hostias del paraíso, de muy malos modos, y eso no se olvida. Para colmo, además, está la muerte, con su imparcial perseverancia tanto con el virtuoso del armonio como con el albacea. Decimos pues, que morirse no es decaer de ningún sitio, morirse es peor que perder dinero creo, y morirse es lo que les pasa a todos los Buddenbrook, el cristo de Thorvaldsen es testigo creámosle.

… porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra.

 

“No hay nada que hacer: para todo lo que es actitud en la vida, sólo puedo fiarme de los antiguos. De los modernos sólo me interesan las extravagancias, las fanfarronadas, los caprichos y una pizca de tragedia de la que no son conscientes”.   -E.M. Cioran-

 

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