Si esto es un hombre, Primo Levi

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Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé!

HAY COSAS que no caben en la literatura porque son más grandes que ella. El lenguaje, aunque no se lo parezca a muchos, es siempre insuficiente para decir según qué cosas. Además es egoísta y taimado. Se empieza simplemente queriendo decir algo, y al cabo de un rato se descubre uno contando algo, y por lo tanto sometido a unas reglas que se infieren. Desestimar la influencia del lenguaje y sus encantamientos nos hará más libres, pero sobre todo nos hará más veraces. Hay cosas que tienen que ser dichas para que se sepan y cosas que tienen ser contadas para que se entiendan.

Lo que Primo Levi hizo en este libro fue decir las cosas necesarias que había que decir, sin rebajarlas a la literatura, sin empequeñecerlas ni embellecerlas, sin cambiarlas por otras, sin adaptarlas a un molde que las constriñese. Bastante cautiverio había sufrido ya como para arrojarse voluntariamente en brazos de otra tiranía, la del lenguaje, la del estilo.

Primo Levi escribió sus libros sin la preocupación del estilo porque lo que tenía que decir era superior a todas las formas posibles de decirlo. Solo cuando una historia, una novela, un cuentecillo o un poema, se cuestionan su existencia, es cuando el autor tiene que recurrir a la añagaza del estilo, la impostura y el trabajo. Cuando lo que ha de ser dicho se impone por sobre todo y se hace necesario como el aire que exigimos trece veces por minuto, entonces, entonces es cuando hay que mandar el estilo a tomar por el culo. La historia sobrevivirá de igual manera.

Las cosas que dice Primo Levi son cosas que habían de ser sabidas pero no necesariamente comprendidas. Comprender, como se nos dice, significa también contener, ponerse en el lugar de, ceñirse a algo o a alguien. Comprender casi es una justificación. Por eso quizás no se deba comprender el nazismo y el antisemitismo, ya que supone arrimarse peligrosamente a ellos. Ningún hombre normal podrá nunca identificarse con Hitler, con Himmler, con Goebbels, con Eichmann… Ningún hombre sabrá nunca cómo piensa el diablo por mucho azufre que haya respirado.

Insólitamente, una de las preocupaciones de los prisioneros en el supuesto de que sobrevivieran, era que nadie creyese después lo que había ocurrido, la ignominia acaecida. Desconcierta sobremanera como en aquella situación extrema, fronteriza con la muerte, donde el desánimo y la desesperación se apoderan del más mínimo reducto de lucidez, algunos de estos hombres aniquilados, encontraran un resquicio para pensar en… ¡en literatura! Como si los géneros clásicos se redefiniesen y volvieran a engendrarse al amparo del holocausto. Así el origen de la tragedia occidental, y con ella la inauguración de la literatura de los grandes héroes modernos, Ulises el primero, que deben volver para contarlo, deben sobrevivir y dejar constancia al mundo de sus tribulaciones para que aprendan, para que aprendamos.

Conmueve advertir como la vida de los confinados en el Lager de Monowitz, campo de trabajo dependiente de Auschwitz con un altísimo índice de exterminio, reducida a rutinaria animalidad, fuera asimilada por todos al conocer la imposibilidad de volver al mundo, no como un castigo, no había previsión de término, sino como un género nuevo de existencia a ellos asignado, sin límites de tiempo, en el seno del organismo social germánico.

Los alemanes nos han elegido para esto, qué le vamos a hacer… Una ética particular de la renuncia, como si la resignación y la entrega voluntaria del cuerpo a la delirante rutina del trabajo y la privación, hallara a su vez una insospechada fortaleza de espíritu en esa mansa conformidad que los reconfortara y ayudase a resistir. Te entrego mi cuerpo y el trabajo que de él puedas sacar, pero el espíritu me pertenece y es inviolable, gracias a él saldré  adelante.

Esa disociación entre cuerpo y espíritu puede servir de explicación para algunos supervivientes, pero no esclarece el escrutinio satisfactoriamente. No solo la fortaleza natural de los individuos decantaba la balanza selectiva.

En los campos uno se moría de tres formas generales: de debilidad, de enfermedad, y por ser llamado aleatoriamente a ocupar un pequeño espacio (el propio de sus cuerpos consumidos) dentro de las cámaras de gas.

Vivir uncido al yugo al menos era seguir viviendo, rebelarse era dejar de hacerlo rápidamente.

La manera de sortear las tres formas comunes de morirse uno dentro del Lager, era la única actividad intelectiva que podían permitirse. Abundar en recuerdos y evocaciones de cuando libres, acordarse de la familia y de los amigos, de las comidas de los domingos en casa de la abuela Clara Graf o del tío Ariel Schreiber, no contribuían más que a un mayor debilitamiento moral y a la pérdida de atención hacia faenas más rentables, como la de asegurarse el sustento, la ración íntegra de pan, posicionarse en las filas del rancho de tal forma que la escudilla se llenara con un potaje más espeso que el que se correspondía con las primeras y más aguadas raciones, procurarse objetos metálicos con los que fabricar una cuchara y que el mango de ésta a su vez, pudiera ser utilizado como cuchillo, no perder jamás de vista las minucias halladas, los enseres personales conseguidos, valiosos como tesorillos; una aguja, un trozo de alambre, una pastilla de jabón, una hebra de hilo…. Útiles imprescindibles para zurcirse la ropa y suavizar vagamente el frío, para componer unas plantillas con dos jirones de tela en unos zapatos destinados a producir heridas y posteriores infecciones. Inestimadas herramientas fuera del campo que, en aquellas condiciones, bien podían ser cambiadas por otras o vendidas por comida y favores que asegurasen si quiera un día más de vida.

Una infraeconomía de supervivencia basada en el trueque, el hurto y el contrahurto que satisface lo elemental, sin melindres ni reservas morales, no menos mezquina que las economías a mayor escala que rigen los designios del mundo, pero que allí, subyugados de insuficiencia y precariedad, se antoja fundamental.

Las jerarquías disciplinarias que gobernaban los barracones, Kapo, eran delincuentes comunes alemanes con los que los más dúctiles entablaban relaciones de conveniencia y mercadería apoyadas en la necesidad, supervisaban y repartían cargos específicos que aliviaban el trasunto infernal cotidiano: el trabajo en las canteras, el transporte de material pesado, la limpieza de letrinas, tuberías, colectores, la apertura de inútiles e insondables zanjas en condiciones polares…, o las numerosas empresas fantasma para los que eran requeridos los reclusos de mejor formación o los poseedores de un oficio útil para los alemanes.

Primo Levi tuvo la suerte de no ser deportado a Auschwitz hasta 1944. Suerte por no haber estado allí más de un año, acaso espacio de tiempo límite de supervivencia para cualquier ser humano en esas condiciones. Suerte también porque los nazis decidieron prolongar la media de vida de los prisioneros a causa de la escasez creciente de mano de obra, concediéndoles mejoras y suspendiendo temporalmente las matanzas dejadas al arbitrio de particulares.

El libro, por lo que se refiere a los detalles según el autor, dice no añadir nada nuevo a lo consabido, ni pretende formular nuevos cargos; sino más bien proporcionar documentación para un estudio sereno del alma humana. Nació de la necesidad de hablar a los demás, de hacer que los demás supiesen, fue un impulso inmediato y violento asumido antes de la propia liberación, como una liberación interior.

Este libro, naturalmente, poco tiene que ver con la literatura. Podríamos decir con temor a que las etiquetas nos devoren el contenido como es norma, que es mucho más importante. No porque sea un testimonio fundamental de un luctuoso suceso histórico (que también lo es), sino porque es uno de los más íntegros vademécum que se han redactado sobre la anatomía del alma del hombre.

Calibrar cada intersticio, cada oquedad, sopesar los mismos cojones del alma en una báscula de precisión digital, ahondar con las pinzas de Bakey más allá de los raigones del ser, hozar en la anastomosis del miedo y la esperanza, ventear el vaho que sucede a su hemostasia, hurgar con un separador Hoffman la entraña escindida, la diéresis moral, escrutar la paracentesis del odio, ser preciso en la lumbotomía de la última glándula, la vejiga más negra, el ganglio seroso, la pápula del hambre, la colpotomía indefinible…, el alma desventrado a debate.

Antropología médica, conocimiento sucio.

Los que vivís seguros
En vuestras casas caldeadas
Los que os encontráis, al volver por la tarde,
La comida caliente y los rostros amigos:
Considerad si es un hombre
Quien trabaja en el fango
Quien no conoce la paz
Quien lucha por la mitad de un panecillo
Quien muere por un sí o por un no.
Considerad si es una mujer
Quien no tiene cabellos ni nombre
Ni fuerzas para recordarlo
Vacía la mirada y frío el regazo
Como una rana invernal.
Pensad que esto ha sucedido:
Os encomiendo estas palabras.
Grabadlas en vuestros corazones
Al estar en casa, al ir por la calle,
Al acostaros, al levantaros;
Repetídselas a vuestros hijos.
O que vuestra casa se derrumbe,
La enfermedad os imposibilite,
Vuestros descendientes os vuelvan el rostro.

“Vivir es poder indignarse. El sabio es un hombre que ha dejado de indignarse. Por eso, no está por encima, sino al lado, de la vida.” -E.M.Cioran-

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