Las aventuras de Augie March, Saul Bellow

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DE LOS ESCRITORES que uno respeta y admira se quiere saberlo todo menos que fueron jóvenes también y anduvieron por ahí siendo aventajados rompebragas.

La foto de Bellow que llevo empotrada en mi imaginario es la del vejete con sombrerillo de fieltro negro, la chaqueta de paño grueso, la mano izquierda sobre la muñeca derecha, y una mirada entre pícara y sardónica como de reptil del mesozoico escarmentado, tirándose un aire llamativo con un Charles Aznavour cabaretero y caduco.

No me imagino a un Saul Bellow joven, guapo y follarín, seduciendo a mocitas burguesas porque no quiero imaginármelo así. Quiero que mis ídolos se atengan a la imagen preconcebida e interesada que me he hecho de ellos sin que se salgan nunca de allí. Que planeen sobre los desmanes de la carne sin envilecerse en ella, y quiero que los que follen en las novelas de mis escritores predilectos sean sus personajes y no ellos mismos. No sé si Augie March es Saul Bellow ni creo que me importe. La idea que tengo sobre la autoficción o sobre la biografía ficticia es que solo hay debate cuando no nos interesa el tipo que lo ha escrito, cuando el escritor es realmente importante la obra siempre estará por encima del hombre y la cuestión será intrascendente.

La novela es voluminosa y sobreabundante. Setecientas páginas de papel enteco y letra pequeña y apretada en la edición de bolsillo, festoneada de principio a fin de errata tras errata. Un libro siempre orillado y emisor de ondas hercianas de pereza superlativa.

De lo peor de Bellow sin  disculpa. Libro de juventud y juvenil, de querer demostrar que se sabe, que se ha viajado, y que se ha yacido en camastros de desventura.

La novela está dicha en primera persona por un tal Augie March, hijo de judíos emigrantes asentados en Chicago que malviven gracias a una inquilina tutelar a la que llaman abuela. Del padre desaparecido apenas se comenta.  La época se prolonga entre la gran depresión y la segunda gran guerra o por ahí. El muchacho va contando sin plan determinado y asiéndose a un coloquialismo espeso, intraducible e indigerible que confiere a todo el libro un cariz falsario, la historia familiar, el entorno decadente y el sortear los oficios menestrales en pos de algo mejor que no acaba de llegar nunca.

De tanto en tanto el protagonista se amanceba y se enamorisca de una moza, entonces el entusiasmo se le nace en la garganta casi ahogándolo, pero pronto decae y sucede la desidia y el desconcierto. La vaporosa idea que le ronda es la de asentarse y fundar una escuela para niños necesitados, cuidar de su madre ciega recluida en un asilo y de su hermano retrasado, pero ni él está seguro de desearlo realmente ni tiene el suficiente empuje para llevarlo a cabo.

El estilo, a caballo desbocado entre el costumbrismo verboso y torrencial de la tradición judía americana y un europeísmo de postvanguardia desencantado, es muy pero que muy indigesto. A los párrafos de escritura informal y directa le suceden largos fárragos retóricos pseudoensayísticos aderezados de citas y argumentaciones cultas expuestas con intención de que no lo sean.

La trama, por decir algo, consiste en contar situaciones anecdóticas de los personajes a los que por motivos sentimentales o laborales se va arrimando el protagonista. Aparecen familiares lejanos que viven como potentados medrando en las covachas de la municipalidad, compañeros de colegio, raterillos, estudiantes en pensiones cochambrosas, señoritas con posibles que se disfrazan de estrechas siendo grandes zorrones, pobrecillas muertas de hambre que follan con desenvoltura y brío…, diversidad de formas de habitar el mundo entre la pobreza y la abundancia, entre el hambre y las ganas de comer.

Entre tanta espesura conceptual y estilística, ya sea por reincidencia, se hace evidente la intención del texto de mostrar el desordenado mundo interior del personaje, a la deriva, incómodo en el mundo fiscalizado que le rodea, estupefacto y paralizado ante el desfile de apariencias falseadas en que se mueven los seres humanos.

Siendo incapaz de encontrar acomodo entre tanta impostura y confusión será entonces en el amor, acaso confundido con el deseo, donde el joven Augie March creerá ver un resquicio esperanzador, un resarcimiento moral de la mísera condición humana; pero incluso allí determinará que no hay tregua, pues sus experiencias por distintos motivos se ven abocadas al fracaso.

Saltando de trabajo en trabajo, mantenido por sus amantes y por alguna regalía de su hermano mayor, un trepa desvergonzado y putañero que consigue despuntar tras un matrimonio de conveniencia, Augie pasará una temporada en México adiestrando águilas para cazar iguanas junto a Thea, su gran amor. Ella, voluble y excéntrica, se encargará de romper la relación tras un ataque de celos. Augie regresará a Chicago dolorido y más confuso que antes. Posponiendo sin fecha el encuentro con su destino. Una búsqueda que todos parecen tener interés en azuzar como si les fuera algo en ello. Algunos con buena voluntad y otros, otros no pasan de ser unos hijos de la gran puta.

Novela excesiva y fallida en casi todo, se mire por donde se mire. Tal vez únicamente necesaria para el propio autor, que escribiéndola se purgó pronto y para siempre de las enfermedades infantiles que devoran al aspirante a escritor dando paso, libre ya de los peajes de la inexperiencia y la juventud, a uno de los más grandiosos escritores del S.XX.

Una traducción es mala, cuando es más clara, más inteligible, que el original. Eso demuestra que no ha sabido conservar sus ambigüedades y que el traductor ha cortado por lo sano, lo que constituye un crimen”.   –E.M.Cioran-

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