Archivos Mensuales: abril 2013

Me hallará la muerte, Juan Manuel de Prada

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TODAS LAS NOVELAS que he leído de Juan Manuel de Prada, la gran mayoría de las que ha escrito, me han parecido folletines en el más estricto sentido de la palabra. Es decir, relatos emocionantes cuajados de situaciones insólitas y poco o nada verosímiles. Yo me imagino que si el ABC decidiera publicar por entregas estos textos insertados en los fondillos del periódico, a lo mejor renovaba un género periclitado y abría una vía de publicación tan digna como cualquier otra para aspirantes a plumillas, o incluso para resucitar cadáveres ambulantes, que nunca se sabe.

Tiene Juan Manuel (la familiaridad es mía), el mismo problema que los buenos prosistas de tradición carpetovetónica casticista, joseantonianos o no, que poseen fluidez y facilidad verbal, anchura lexicográfica, gran capacidad para levantar imágenes, símiles y metáforas, prorrumpen en epítetos de algarabía, pero no tienen ni puta idea de armar una novela y de narrarla de tal modo que el que la lea no tenga la impresión de que aparte de la mampostería sintáctica lo demás es cartón piedra.

Tampoco ayuda nada la elección de los temas sobre los que escribe Juan Manuel, a vueltas y revueltas siempre con la preguerra, la guerra y la posguerra, para insertar en esos paisajes solanescos un patio de monipodio remozado en parte, pero con las mismas particularidades que un Guzmán de Alfarache, un Lucas Trapaza, un Estebanillo González, un buscón don Pablos, y unas cuantas aldonzas más que amenizan la zahúrda. Materiales de derribo que le dieron fama muy pronto, pero que lo han ido confinando a un cajón bituminoso de oprobio y baldón, despreciado por toda la narrativa contemporánea en español, que lo ve como un cetáceo de cuarenta años momificado que se ha escapado de un olvidado museo de ciencias naturales, o como uno de esos laínes umbralianos de fanfarria y eucaristía teletransportado al S. XXI desde la Zamora de doña Urraca. Y es que, aunque ha atemperado ese estilo lírico de querer decir las cosas como las decía Ramón en El libro mudo y tal, con la fiebre en la boca y el pelo de la dehesa desflecándosele en el morrillo, todavía parece dispuesto a querer reescribir el Madrid, de Corte a checa un día de estos; aunque de sobra sepa, tonto no es por muy premoderno que se considere, que hasta el Madrid, de Corte a Chueca hace mucho que también quedó desactualizado, y que las genialidades juveniles duran lo que una fiebre de primavera en el tránsito hacia el convencionalismo.

Creo que en Juan Manuel se da una singularidad que es de agradecer en estos tiempos yermos que transcurren. Él, aunque mala, siempre ha intentado hacer literatura. Una literatura reconocible mediante eso que parece ya no contar nada, o que un siniestro consenso general ha decidido que ya no cuente. Me refiero al estilo. Antes el estilo era, joder el estilo antes lo era todo. Ahora parece querer escribirse sin que se note que se escribe, como en sordina, y cuando el estilo asoma un poco la patita ya se encargan cuatro tafioles de denunciarlo con menosprecio: fulano escribe a lo Berhnard, mengano puntúa como Marías, zutano es como Benet… qué barbaridad ¡Y la puta de oros pretende escribir como Juan Eugenio Hartzenbusch qué pasa!

Juan Manuel de Prada tiene cierta inclinación barroquizante que gusta o disgusta, es opinable, pero no pasa desapercibido desde luego. El estilo, insisto, debería ser uno de los caballos de batalla de toda discusión libresca, acaso el más importante. Pero las formas parecen haber pasado a un segundo plano en favor de los temas, que son la madre del cordero de toda reseña, e incluso de toda crítica remunerada. Mal vamos.

En el puerto de Navacerrada, el crepúsculo se ensangrentaba como el ara de un sacrificio ritual, y a medida que se adentraba en la meseta castellana, la noche adquiría la tensión de un tambor de son opaco o una campana con el badajo envuelto en trapos.

Me hallará la muerte, he oído decir por ahí al autor a toro pasado, es una novela sobre el mal y sus diversas caras, sobre la hipocresía. Una hipérbole cañí de algún pasaje bíblico predilecto del artista supongo, que tiene la costumbre de hacer pasar por la sacristía todas las cosas que dice y escribe para darle un aire de trascendencia teologal, de cristianillo viejo. Pero por más que se mire y remire en esta novela, dios no aparece por ninguna parte, y si algún figurante bíblico merece una mención especial ése es el diablo, que es instigador de las acciones de los numerosos hijoputas que pueblan sus páginas.
Antonio Expósito, un raterillo con presunciones empresariales, se alista en la División Azul para huir de España por un crimen cometido junto a su compinche. En Rusia, cautivo y desarmado, será apresado junto a una buena recua de españolitos indómitos en la batalla de Krasny Bor y se pasará doce años penando en campos de concentración como los de Cherepovets, Borovichi y sitios así. El relato documentado de la batalla y las condiciones de los años de cautiverio constituyen gran parte de la novela. Allí, Expósito cogerá amistad con el alférez Gabriel Mendoza, un falangista de dogma inquebrantable alistado para purgarse de los pecados de juventud. Entre espiritosas arengas cuarteleras y diarreicas soflamas patrióticas, el alférez Mendoza intentará hacer más llevadero el confinamiento de sus hombres, entre los cuales alguno cambiará el bozo mariconil del caudillo por los bigotazos del padrecito Stalin.

El gran parecido físico entre Expósito y Mendoza será el absurdo trampantojo narrativo utilizado para enredar la historia torticeramente. El alférez morirá en Rusia y Antonio, de vuelta a España, usurpará su identidad. Heredará los sórdidos negocios del padre de Mendoza, sus pisos, su dinero y hasta su amante. Ya instalado y desenvuelto en la impostura, comenzará una tournée errabunda por ese Madrid emputecido y astroso que se empezaba a asomar a los sesenta con los ojos pitañosos y la quemazón del piojo verde aún por restañar. Un poblachón manchego ya más ruedo histérico que corte de los milagros en el que al zorrón de Ava Gardner las patas de gallo le llegaban hasta los zancajos de tanto mamar pollas de colmao en colmao.

La noche se llenó de ululaciones y graznidos siniestros, de sibilantes y viscosos gemidos, como si un pentecostés de faunos inmundos le diera la bienvenida en su reino de légamo y putrescencia.

En este escenario la prosa comparativa de Juan Manuel se encabrita y gallea hasta abotagarse de presunción y cursilería en imágenes a veces ingeniosas y otras no tanto.

Que pasen cosas ¡cojones!, parece decirse el autor para azuzar y darle brío a la narración, pero los diálogos artificiales, poco espontáneos, nada coloquiales, rígidos como escayolas, propios de consejeros espirituales con el cilicio demasiado prieto, chocan entre esos personajes de extracción menesterosa por afectados y grandilocuentes. Y la prosa, hábil y bien construida, se estrella constantemente con el “como” fronterizo; de una parte la intención de contar y de otra la de asombrar. Una antinomia que de Prada todavía no ha logrado resolver en ninguna de sus novelas.

La noche tenía el cielo de barro, un cielo sin estrellas, como una tapia de adobe o un túmulo sin epitafio.

Sus senos parecían recogerse bajo las clavículas, como palomas bajo un alero.

Los americanos alardeaban de su arsenal atómico, como los chavales púberes alardean de chorra.

Y además la monserga. Frente a la deriva criminal que la vida de Antonio Expósito va tomando irremisiblemente. La monserga moral de los personajes “íntegros” ideologizados, como el camisa vieja, divisionario herido, devenido a ginecólogo y obligado a realizar un aborto que paga su culpa tirándose por el viaducto. Y los personajes femeninos con esos nombrecillos tan, tan poco apetitosos, casi cuaresmales, aunque se rasquen con las uñas el sarpullido del ansia. Carmencita, Consuelito, Paloma, Amparo…, nombres como para no irradiar deseo pero que luego sí, luego follan y son putas algunas, otras no, otras se contentan con ser madres.

Consuelito no necesitaba darle el pego a nadie, porque todo en ella era natural y fresco, con ese atractivo matinal del rocío y del pan recién sacado del horno.

Le bastaba reírse para lograr lo que otras mujeres sólo consiguen desnudándose.

Su pecho se asomaba a la baranda del escote, como un suicida al pretil de un puente, deseoso de entregarse.

Antonio la oyó vomitar sobre el lavabo, como si expulsara alguna lava que le abrasara los bofes; y luego, más calmada o claudicante, orinar como si vertiera una miel delgada, trémula, argentina, obstinada.

Quede claro que ser considerado un escritor católico no significa ser un escritor pacato. De Prada dice que es católico pero también es rijoso, le añade lirismo a las jodiendas con intención sensualizadora, porque en las novelas de Juan Manuel siempre se ha jodido mucho, o, al menos, bastante. Es posible que en cualquier novela de Juan Manuel de Prada se joda más que en toda la obra de Reverte y Javier Marías junta, estoy convencido de ello.

La narración de esas jodiendas adquiere en la novela tonos metafísicos, y momentos de gran belleza expresiva:

Antonio se apretaba contra Nina como el alfarero se aprieta contra el barro que está moldeando, para anegarse en su misma temperatura, y restregaba su rostro contra su melena revuelta, que se había olvidado del tinte oxigenado, mientras aspiraba el olor de su piel, un olor matinal de establo limpio, de horno todavía tibio, de sudor fresco y ovulación con una décimas de fiebre.

…rozándolo muy levemente con las yemas de los dedos, como si estuviese apartando la nata de un cazo de leche humeante.

…apaciguaba su pataleo furioso y el corcoveo de su espalda, la sometía lentamente, dejando que dilapidara sus energías en forcejeos inútiles, como una potrilla salvaje, y luego entraba en ella mientras le robaba el aliento, entraba en ella como en territorio sojuzgado, para enseguida explorar los veneros secretos de su placer, por los que bogaba como un batelero, siempre a favor de corriente.

Encontramos hallazgos sorprendentes, pero se diluyen en un marasmo de forzado voluntarismo por sacar adelante una historia correcta técnicamente pero sin alma, plana y previsible desde el primer al último personaje, que parecen moverse como títeres carentes de voluntad de acción y de destino propio. Marionetas a las que el narrador mete la mano en el culo y mueve con solvencia y resolución, una ilusión que dura lo que el autor tarda en sacar la mano del culo de los personajes, que caen sin aliento, sin vida, inanes sobre la escena espléndidamente decorada.

“No son los pesimistas, sino los decepcionados, los que escriben bien”. -E.M. Cioran-

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El sentido de un final, Julian Barnes

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FUNCIONAN LAS NOVELAS de Julian Barnes como un sofisticado artefacto para medir el tiempo de la manera más imprecisa posible. Ese cómputo irregular con apariencia científica, se parece más al de una clepsidra que al tiempo exacto señalado por un reloj moderno. La sucesión de un tiempo desconcertante y desengranado, alternativo en cierto modo, hace que los textos de Barnes, en apariencia cuajados de flemática erudición y un escrupuloso rigor lexicográfico, deriven hacia turbias y accidentadas regiones de la conciencia donde, bajo un esmalte de ortodoxo realismo, palpitan viscosas moralidades.

El sentido de un final vuelve a ser la imagen especular de una apariencia, el azogue inverso de un espejo preterido. El recuerdo de conveniencia cristalizado en un ojo vago.

Pocas cosas sacuden tan decisivamente un presente complacido como un pasado mal resuelto. Un pasado aún por resolver, cerrado en falso, sin la doble lazada ceremonial que anuda un olvido limpio de remordimientos, puede rasgar su envoltura y derramarse en el momento más imprevisto del futuro, haciéndole replantearse la vida entera hasta al más indolente de los instalados.

Así le ocurre a Tony Webster, recién jubilado y divorciado, padre de una hija adulta, cuando un buen día, obligado a echar la vista atrás y revisar su juventud lejana a propósito de una extraña herencia, verá como un pasado remozado e inédito se alzará en armas apoderándose del suyo, que él creía sojuzgado y domeñado, reescribiéndose con brío y algazara sobre las viejas afrentas juveniles y las cuentas olvidadas. Una historia completamente nueva y muy distinta de la que él se avino a creer por comodidad, para continuar con su vida sin lastres que la entorpecieran.

En su ignorancia y conformidad, se verá forzado a recordar cosas que no creía haber olvidado, descubriendo demasiado tarde los automatismos de defensa de la memoria, que actúa como un órgano independiente manufacturando los recuerdos hasta convertirlos en algo presentable a nosotros mismos, a nuestros deseos o nuestro resentimiento.

Eran tres y él fue el cuarto. Adrian  Finn, el más inteligente de todos. Los demás se disputaban su atención, buscaban su aprobación, le cortejaban, los tres pensaban que eran, y merecían ser, su amigo más íntimo. Eran pretenciosos, meritocráticos, anarquistas, el deporte escolar les parecía una forma de criptofascismo, la vida les rodeaba de certezas filosóficamente evidentes. Porfiaban sobre sus lecturas; si uno leía a Russell y a Wittgenstein, otro se embaulaba a Camus y a Nietzsche, mientras un tercero releía a Orwell y a Huxley, también a Baudelaire y Dostoyevski y en ese plan. Follar les interesaba mucho, pero todavía les pillaba un poco a trasmano. Eran jóvenes, amigos, soberbios y peligrosamente documentados.

Es solo una fase, se os pasará, les decían sus mayores; la vida os enseñará realidad y realismo. Uno de sus grandes temores se les reveló pronto: que la vida no resultara ser como la literatura.

Adrian rebatía a los profesores con argumentos lúcidos y complejos que destilaban ingenio y lecturas, más de uno se vio tentado a cederle su puesto docente. “La historia es la certeza obtenida en el punto en que las imperfecciones de la memoria topan con las deficiencias de documentación.” -replicaba con determinación-.

Webster, en cambio, predecible y subalterno compuso: “la historia son las mentiras de los vencedores”. El profesor, decepcionado, le apostilló: “bien, siempre que recuerdes que es también los autoengaños de los derrotados.” A Tony Webster, como la novela se encarga de desvelarnos más adelante, se le olvidó esta última e importante lección.

Todos sabían que la vida le tenía reservado un papel estelar a Adrian, tras una brillante formación académica entre las élites rectoras, estaba llamado a mover los hilos, a cortar el bacalao, a señalar con autoridad tú sí y tú no, a contemplar el mundo y sojuzgarlo desde las más apetecibles tarimas, desde los estrados más altos…, pero nadie pudo adivinar que Adrian fuera the first of the gang to die, porque nunca antes había estado enamorado, ni había visto tiritar, azules, los astros, a lo lejos, hasta que se cruzó en su camino Veronica, la novia de su más íntimo amigo Tony Webster. Y junto a ella, también la madre de Veronica; y el desencanto, la responsabilidad inasumible tras el enorme error, y la asunción serena de la derrota, fría y definitiva.

Un lance último proporcionará un final inesperado, tal vez tramposo por el hecho de ocultarle al lector datos importantes. No importa, para entonces Barnes ya nos ha contado todo lo que había venido a decirnos. Todo lo que viene diciéndonos desde largo. El patético fracaso de la educación moderna y el inútil deslumbramiento de la inteligencia, el dulce pájaro de juventud abatido tras los primeros aleteos, y la madurez toda como una noche oscura del alma , sobreviviendo a pesar de nosotros mismos. Un precio demasiado alto para un valor tan exiguo.

“Llueve. Este ruido regular en el silencio de la noche tiene algo de sobrenatural. Me pregunto qué haría yo, si de pronto desaparecieran todas las personas y yo fuese el único superviviente. Creo que continuaría.”      –E.M.Cioran-

El museo de la inocencia, Orhan Pamuk

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UNA INSUPERABLE DESGANA me ha hecho posponer la lectura de varios libros de Pamuk después de haberlos comprado con voraz entusiasmo. Una holgazanería consciente y simplista de lo que me iba a encontrar en ellos; temática redundante, sentimentalismo, y una morosidad desquiciante, alertaban mi aprensión y me escupían lejos de la península de Anatolia devolviéndome a este lado de la cristiandad, retrasando sine die el momento de abrir otro recuerdo difícil de Constantinopla.

Al relance de la concesión del Nobel leí Nieve, me maravilló y también me asustó. Enseguida supe que Pamuk no era una más de las extravagantes bromas a las que tan acostumbrados nos tiene la academia sueca, una arbitrariedad político-etnográfica ajena a la literatura, sino uno de los nombres más justamente premiados de los últimos veinte años, acaso el mejor. Aquella novela, una obra maestra, aglutina todos los asuntos capitales de su escritura y para mí, habiendo leído después obras anteriores y posteriores a ella, contribuye definitivamente a fijar, si puede indicarse así, un inconfundible estilo narrativo.

Nieve está localizada lejos de Estambul, y además de ser una reflexión serena sobre el pasado y el presente de Turquía, es también o sobre todo una tristísima historia de amor. La emoción que me transmitieron algunos personajes de esa novela me sacudió. Me sacudió dolorosamente incluso. Durante algunos días pensé en el origen de aquella conmoción magnífica por infrecuente pero tan perturbadora. Me decía a mí mismo sino habría caído yo también en la trampa de una de esas novelas cursis, afectadas, que encubren con subterfugios audaces lo que en otras menos sutiles se encuentra inmediatamente en la foto de portada y se catalogan despectivamente como novelas rosas. Un libro con celada sentimentaloide para lectores incautos, ávidos por encontrar rápidamente lo que andan buscando o lo que creen haber perdido. Pudiera ser también que la novela, emocionalmente densa me dije, me haya pillado con la guardia un poco baja, y quizá al encontrarme por esa época flojo de remos hubiera podido hacerme acusar en exceso los dos o tres puyazos recargando diestramente administrados por Pamuk, que me abocaron a ser lidiado durante el resto del libro como un corderito noble y feble incapaz de pegar un lastimero mugido. En cualquier caso, pensé, la debilidad o no del lector es una figura retórica más a disposición del autor que debe tratar de usar convenientemente, como todas las demás, para ganar siempre por k.o. y nunca a los puntos. Concluí que, efectivamente, la novela era asombrosa porque redefinía un género literario extinguido a mediados del siglo pasado, que con alguna salvedad, como la reedición oportuna de Vida y destino de Vasili Grossman hace unos años, ya no se estila. Me refiero al género Literatura Universal, algo que yo defino para mí mismo de forma ampulosa como el género que, trascendiendo el territorio geográfico donde ha sido escrita y obviando ajenos avatares historiográficos que la componen, consigue instalarse en el inconsciente colectivo de la masa global de lectores del mundo mundial enriqueciendo su acervo. A esta catalogación general le incluí un epígrafe extra, un suplemento taxonómico para ubicar con más precisión la obra de Pamuk, lo llamo Literatura de la conmoción y la congoja.

Adquirí El museo de la inocencia poco después de publicarse, igual que había hecho antes con Estambul. Ciudad y recuerdos, que desató en mí un insólito fervor por la ciudad mítica y modeló la semblanza biográfica del escritor en mi cabeza. Sabía algunas cosas del Estambul turístico, me sonaban los nombres de sus calles principales y el de sus barrios más famosos, también algunos marginales, conocía al dedillo la historia de sus mezquitas, de sus palacios, de sus iglesias, de su bazares, de sus puentes, la significación política y mercantil del Bósforo , la elitista burguesía y la aristocracia europea que se apoderó de sus orillas un siglo atrás utilizándolo como rompeolas de dos mundos enfrentados, la historia antigua y la nueva, del imperio a la república, de Solimán a Atatürk, del Islam al laicismo pasando por los militares, kurdos y armenios, Asia a un lado, al otro Europa…en fin. Creía haber tenido suficiente dosis de cultura turca por una temporada por muy estimulante que me resultara la prosa delicada y demorada de Pamuk, minuciosa, ansiolítica, descriptiva, sensible y profunda en la medida que es veraz, que apuesta por que cada personaje, cada calle, cada brazo de mar, cada imprecación, cada chicle pegado a la acera, adquiera resonancias y volumetrías, tome dimensiones reales y actúe o pose como lo que son, seres vivos o cosas. Que las palabras digan y que las cosas sean. Y las cosas, de tanto nombrarlas con ternura y reiteración, parecen agradecer al escritor su entusiasmo y reviven y se corporizan para sorpresa del lector que con frecuencia se aturde, se confunde, y finalmente se entrega a la historia en cuerpo y alma (siempre que se disponga de una). Porque las cosas vívidas nos parecen después vividas. E igual que sentimos placenteramente la sacudida en la cara de una ligera brisa inequívocamente perfumada de brea y guano procedente del Cuerno de Oro una tarde de calor de finales de primavera mientras doblamos una esquina por Beyoglu, también sentimos desconsolados sus caliginosas historias de amor zarandeándonos como marionetas amarradas a una urdimbre de hilos. Por eso creía haber tenido suficiente por una buena temporada y pospuse el comienzo de El museo de la inocencia, porque sentir mucho desgasta y hay obras a las que uno tiene la obligación de entregarse y no fingir que se entrega. De igual modo que leer a Tolstói o a Turgueniev, a Chéjov, a Döblin, a Dostoyievski, a Walser, a Musil, a Proust o a Montaigne siempre ha requerido en mí una particularísima disposición afectiva y emocional junto a un buen fondo físico, volver sobre Pamuk me requería entonces esas mismas exigencias y las mismas reservas que me demandaban autores como los citados.

Recuerdo que leí algunas críticas sobre el libro en algún suplemento o periódico antes de comprarlo, pero fue el mismo día de hacerlo y una vez en casa cuando, ojeando las textos de la cubierta, el apunte biográfico de Pamuk y la sinopsis de la novela, me vino automáticamente a la cabeza una antigua canción de Gabinete Caligari que podría resumir o compendiar más atinadamente que cualquier reseña la finalidad de Kemal al reunir todos los objetos relacionados con su amada para mostrárselos al mundo en un museo. La canción recrea de forma perfecta esta circunstancia de la novela, se titula Con lo mejor de ti y dice así:

“Con lo mejor de ti, un mundo nuevo me construí, a fuerza de reunir, objetos que robe de ti.
La historia terminó, y estuvo bien, muy bien, mientras nos duró, por eso junto a mí, conservo lo mejor de ti
La mejor de tus prendas, guardo en un altar, donde te hago mis ofrendas y juego a recordar, y juego a recordar…
Con lo mejor de ti, en mi museo amor soy feliz, fetiches de un ladrón, que son mi vida y mi obsesión.”

Y un día cualquiera de una turbia primavera me puse serio y abrí El museo de la inocencia, y una vez más fui fagocitado por la gran Literatura Universal y gocé, soñé, creí en vano que pensaba y, sin duda, sufrí. Sufrí por Kemal Bey y por Füsun, desde entonces mi princesita; sufrí por ellos y por mí, y por muchos más que sufren como yo sufro, arrebatados, la enfermedad de belleza honrada que me diagnosticó en la contraportada de uno de sus mejores libros, con desmayada caligrafía, un huraño escritor catalán con la misma dolencia.

El museo de la inocencia es la historia de una obsesión amorosa sublimada a categoría moral. Kemal Bey, joven perteneciente a la alta burguesía de Estambul, educado en los Estados Unidos, simultanea la dirección de una de las empresas textiles de su padre con una desenvuelta vida social por los barrios nobles de la ciudad. En el momento de anunciar su compromiso matrimonial con Sibel, hermosa, culta y cosmopolita mujer, un encuentro fortuito con Füsun, una pariente lejana varios años más joven que él, desencadenará un aluvión de imprevisibles acontecimientos que irán desarbolando su cómoda y bien trazada existencia decantándola hacia una vorágine enloquecida.

Kemal Bey caerá hechizado ante el influjo de Füsun, la seducirá y vivirán juntos durante más de un mes, el tiempo restante hasta la fiesta de compromiso de Kemal y Sibel, en una inestimable noria de pasión azuzada por el torrencial despertar del deseo. Una vehemente entrega carnal ofrendará sus encuentros, como arcanos sacrificios rituales en honor a un dios voyeur, lujurioso y complacido. El amanecer de Füsun al placer, furtivo, fervoroso, y feraz, le conducirá a un irremediable enamoramiento festoneado de culpabilidad e irascible desdicha ante la proximidad del compromiso de Kemal. La burda conseja del honor y la honra, de la mujer mancillada antes del matrimonio, el pulso tenso entre la fuerte tradición histórica islámica latente entre las clases más bajas de la sociedad, y el cinismo occidentalizado encubierto de laicización de los ricos, hará que Füsun desaparezca como por ensalmo de la vida de Kemal. Ocultada por sus padres e instada a casarse para sortear habladurías y maquillar las apariencias, Kemal Bey iniciará su particular tourné por el infierno. La esperanza de volver a verla pronto engullirá el resto de su vida, no dejando resquicio en su cabeza más que para la idealización de la amante desaparecida, descuidando el trabajo y alejándose de todas aquellas personas que formaban parte íntima de su vida, incluida Sibel, que lo abandonará ante la incapacidad de poder ayudarlo a olvidar. Pocos días después de la desaparición de Füsun Kemal, angustiado, comenzará a sentir los estragos, la somatización, el dolor psíquico trasmutado a dolor orgánico. Sentirá todos sus órganos aguijoneados ante el más mínimo estímulo asociado a Füsun, una irreversible carcoma se adueñará de su voluntad empujándolo siniestramente una y otra vez al lugar consagrado a su amor, el desvencijado piso del edificio Compasión donde se amaron sin impedimento ajenos a la rotación de los planetas. Será en ese mismo edificio, en el viejo piso en desuso poblado de cajas llenas de recuerdos antiguos donde Kemal comenzará a ritualizar su comportamiento como alivio al implacable dolor que siente y el que presupone que sentirá hasta mucho tiempo después. La terapia ritualizadora consistirá en adueñarse y rodearse de cuantos objetos hayan tenido alguna relación directa con Füsun y, junto a ellos, tocándolos, llevándoselos a la boca, oliéndolos, mirándolos una y otra vez, revivir los momentos que pasaron juntos distrayendo en vano aquel penoso dolor.

Llegado a este punto de la novela, la narración se hace tan recurrente, la insistencia en el dolor de Kemal es tan enojosamente tenaz, tan escrupulosas las descripciones del estado emocional y físico que, superado el hartazgo no sin cierto punto de estragamiento, el lector paciente y sensitivo llega a interiorizar toda la aflicción del personaje sintiéndose igualmente desvalido. Se produce un contagio afectivo que nos unirá a Kemal para siempre, justificando cada una de sus resoluciones y deseando un reencuentro grandioso entre él y Füsun. Por el contrario, la impaciencia y la falta de sensibilidad pueden llegar a estomagar a algunos lectores, conminándolos a cerrar el libro de inmediato y lanzarlo contra la pared más próxima ahítos de un odio pugnaz contra el quejicoso y enloquecido muchacho.

El concepto del tiempo de Aristóteles, someramente, habla de un tiempo global y un tiempo parcial. El global es la suma de los puntos que nos marcan los tiempos parciales, los que realmente nos incumben, los que vivimos intensamente siendo conscientes de que vivimos, ya bien por el entusiasmo, la dicha, el hastío, el dolor…, los aprehendemos, nos constituyen la vida válida, lo que recordamos de ella, lo que olvidamos, y hasta lo que no sabíamos que habíamos olvidado. Del otro, el global, la acumulación mortuoria de días, meses, años…, el cómputo numérico total mejor olvidarse.

Si por algo fue capaz de resistir Kemal Bey la lejanía de su amada primero, el reencuentro gélido posterior convertido en travesía del desierto, los años de espera, la ingrata apatía, la ardorosa desazón, la rutina melancólica, el humillante pastoreo por los predios de su familia, la escrupulosa y ridícula observancia de no desearás a la mujer del prójimo, la punzante tentación, el autoexilio emocional, la vergüenza insultante, los celos airados, el desfallecimiento existencial…, y tantos y tantos agravios bíblicos durante años, que hasta el mismísimo Sr. D. Santo Job habría mandado a tomarporculo, es por la indisimulable dicha de no sufrir dolor estando junto a ella, aunque fuese de pagafantas, acumulando aristotélicos tiempos parciales puntuables para el gran premio final. Momentos de no desdicha al menos, sazonados con la tramoya ritualizadora de los objetos robados, el museo interior, cándido, beatífico, saludable placebo.

Y además del amor, cuarenta años de la vida de Estambul contados con la concupiscencia de una danza del vientre, cadenciosa, rítmica y lasciva, entre vaso y vaso de Raki, sintiendo la embriaguez ligera y candorosa inicial, y el arrebatamiento de un final ebrio de amargura y asolerada lucidez.

Besó con amor la foto de Füsun y se la guardó con cuidado en el bolsillo interior de la chaqueta. Luego me sonrió victorioso.                                                                                                                          -Que todo el mundo sepa que he tenido una vida muy feliz.

Pamuk creador, Pamuk personaje, la prestidigitación audaz envolviendo el estilo de cierta ligereza e impericia como si fuera realmente el Kemal desnortado de amor el narrador de su propia historia, hasta el brillante, terrible, hermoso final.

“Un escritor no debe expresar ideas, sino su ser, su naturaleza, lo que es y no lo que piensa. Sólo podemos hacer una obra verdadera, si sabemos ser nosotros mismos.” -E.M.Cioran-

Los Buddenbrook, Thomas Mann

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ESTA NOVELA no es, como se suele escribir con ligereza e irritante inexactitud en numerosas reseñas, un fresco de la sociedad burguesa alemana del siglo XIX personalizado en la próspera familia de comerciantes Buddenbrook durante más de cuarenta años, no señor. Todavía más impreciso sería hablar de la narración del ascenso económico y social de tres generaciones de una familia mercantil y el posterior declive, retroceso, o decadencia de la misma. Eso sería la confirmación de que el que lo dice o lo escribe no ha leído la novela, o la ha leído mal y no se ha enterado de nada porque le falta capacidad.

Hay libros de los que uno sale reforzado después de haberlos leído, con más presencia de ánimo y envanecido por ello, y otros libros en cambio, que humillan tanto o más que la negativa de una mujer. Los primeros son aquéllos que desde el comienzo creemos entender las razones que guían al autor, seguimos sin dificultad el desarrollo pudiendo anticipar incluso su desenlace, aceptamos o rechazamos las intenciones, las ideas si las hubiere, ponderamos o desestimamos el estilo y lo olvidamos pronto portando el dudoso orgullo de haber superado otra baliza más (leer es antes que nada otra forma de acumulación numérica), por insignificante que sea. Sin embargo existen, joder que si existen, los otros libros. Los libros que no son cualesquiera, los libros que en vez de insignificantes escupen a la cara la insignificancia de uno. Libros digo, que humillan, que entendemos mal, que confundimos con su argumento o con alguno de sus personajes, acostumbrados casi siempre a que una novela, en el mejor de los casos, no sea más que eso: un paisaje, un argumento, y unos personajes.

Pero hay novelas que, siendo sinceros con nosotros mismos, nos hacen más tontos de lo que somos. Los Buddenbrook es una de ellas. Cuanto más extraordinaria es una novela más empequeñece el lector, más minúscula se vuelve su estatura moral e intelectual respecto a la inabarcables perspectivas que nos ofrece el libro. Una gran novela es aquella que desenmascara la minusvalía de sus lectores. Si además se conoce que el autor la terminó y publicó con veinticinco años, ya no solo es que nos empequeñezca, es que nos hace desaparecer.

Los Buddenbrook, en mi opinión, no es la historia de una saga familiar que decae, sino la crónica de una extinción inapelable. El triunfo de la muerte sacado de la tabla de Brueghel y puesto sobre el papel; de eso da fe la reproducción del cristo de Thorvaldsen que preside los velatorios de los miembros de la familia Buddembrook.

La estructura formal del texto se aviene a una ortodoxa sucesión temporal sin apenas alteraciones cuyo inicio se iría allá por el 1835, y terminaría sobre el 1877. La narración se extiende sin uniformidad entre ambas fechas conformando un tapiz inagotable urdido por infinidad de escenas observadas muy de cerca con gran sutileza y objetividad mediante profusión de descripciones físicas y anatómicas. Escenas de costumbres correspondientes a la interacción entre la vida pública y privada de los miembros de la familia Buddenbrook. Si espigamos de memoria fácilmente aparecen numerosas acontecimientos socio-familiares como celebraciones religiosas, nacimientos, bautizos, bodas, velatorios, funerales, banquetes, vacaciones junto al mar, reuniones comerciales, convalecencias, clases escolares, lecciones de música, visitas médicas…, un sinfín de situaciones comunes que avanzan cronológicamente dando cuerpo y espesura a la obra.

La detalladísima recreación de algunos de estos acontecimientos, las minuciosas descripciones de los muebles, las habitaciones, los menús, la vestimenta, los gestos y la dicción de los personajes, recuerda en ocasiones el travelling de una cámara de cine obsesionada por captarlo todo desde lugares diferentes, y no es descabellado decir que esa puesta en escena fidelísima, reconociblemente cinematográfica, a veces nos evoca míticas escenas de El Padrino de Coppola, cuando parece detenerse el tiempo entorno a una comunión o una boda, o algunas películas de Antonioni, de una morosidad lírica extenuante por la más absoluta estilización.

El escenario principal será la ciudad norteña de Lübeck, epicentro comercial de la Liga Hanseática y punto de salida de las exportaciones desde el Báltico hacia los Países Bajos y el resto del continente que, en los comienzos del texto vive momentos de agitación política y social. La principal actividad comercial será la exportación de cereal.

La interacción entre el personaje público con cargo representativo en el ámbito vecinal, comunitario, y el individuo privado en soledad o en su reducido entorno familiar, servirá a Thomas Mann para cuestionarse los periclitados principios éticos de la conveniencia cívica y comercial y derivarlos hacia un nuevo espíritu de superación estética. Las sugerentes resonancias históricas que evocan los personajes y sus destinos atenúan sutilmente la voluntaria falta de información, pero al trasluz reverberan en sordina los hitos históricos de Alemania, desde el proceloso desarrollo de la unificación al fervor del librecambismo y la supresión de aranceles o zollverein, que presupuso una unión aduanera de estados germánicos e impulsó la economía, hasta los conflictos de clase. Una historia no dicha que se hace presente en forma de actitudes personales de los personajes, cuyos comportamientos son dirigidos perspicazmente.

Tres personajes tres, soportan todo el universo de la novela; Tony, Tom, y Hanno. Tres personajes que son epítome de todas las preocupaciones futuras del autor.

Tony evolucionará de una contestaria y caprichosa rebeldía juvenil vagamente ajena al inexorable principio burgués del matrimonio de conveniencia hasta convertirse en el portaestandarte de los principios y la permanencia de la familia Buddenbrook. La que se obstinará en avivar inútilmente los rescoldos de una hoguera que se apaga. Habita en ella el desparpajo inquieto, el empuje fundacional propio de las grandes heroínas de la novela clásica que fueron capaces de hacerse carne después del papel. Veo yo en ella cosas de Anita Ozores, de Lizzy Bennet y de Ana Karenina. Una mujer con conciencia de clase muy alta pero influenciable, ingenua, vanidosa; cuyos fracasos matrimoniales con repelentes petimetres parecen un castigo por haber roto la promesa de amor que le hiciera con el mar de testigo a un humilde estudiante durante unas iniciáticas vacaciones. Alguien que, incapaz de ejercer como hija y como esposa canónica, se complace en pasear una languidez desubicada que solo encuentra su acomodo cuando ejerce de consejera y confidente de su adorado hermano Tom.

Thomas es el primogénito del cónsul Johann Buddenbrook, conocido familiarmente por Tom. Es el hermano mayor de Tony, la quiere y consiente todas sus veleidades. Él sucederá a su padre al frente de la empresa y será el responsable de la administración y el mantenimiento del patrimonio familiar. Entorno a él gravitará el corpus de la novela. Su vida es la historia de una inexorable erosión física y anímica. Del vigoroso empuje inicial con el que se hará cargo de la empresa siendo todavía un muchacho hasta el desaliento último, la incertidumbre, el temor a la muerte y la propia conciencia de la incapacidad para conciliar la praxis comercial, social pecuniaria, con la promoción de su vida interior. El desmoronamiento de la voluntad frente al peso del deber financiero, la reputación, el apellido, el matrimonio, la casa, la paternidad…, en fin, las convenciones. De la dualidad que aquí se nos muestra, hombre práctico–hombre iluso, el gran derrotado será el hombre mismamente, el ser vivo. Y en su caída arrastrará el único atisbo de salvación, la probabilidad remota de encontrar una paz estable acercándose a su lado espiritual. Una revelación mística tras la lectura de unos fragmentos de El mundo como voluntad y representación de Schopenhauer le hará concitar una pasajera esperanza que la luz del día disipará totalmente.

Lo que el derecho civil le otorgó a Hanno Buddenbrook por ley la naturaleza se lo va a quitar por capricho. De sobra supo su padre Tom al verlo por primera vez, que aquel cuerpecillo enclenque no iba a ser suficiente para sostener el peso del apellido. La volubilidad genética hizo de Hanno un niño sensible y enfermizo, retraído y tímido, especialmente dotado de un gran oído musical y carente de cualquier sentido práctico para la vida. Un autodidacta con propensión al distanciamiento social donde, fuera del amplio regazo maternal, el mundo se le presentará como algo hostil y ajeno, algo a evitar por todos los medios posibles. En Thomas Mann la dupla enfermedad-creatividad son características propias de muchos de sus personajes más significativos y, acaso, raigambre y trabazón de toda su obra posterior hasta confluir sin ataduras en Doktor Faustus, expresión del destino trágico al que aboca a sus creaciones. A terribles episodios de dolor, miedo e insatisfacción, como los que le ocurren a Hanno en la escuela, en el dentista, o ante la severa e inquisitiva presencia de su padre, le suceden otros más cortos, agotadoras explosiones de creatividad representadas en esas improvisaciones de Hanno con el armonio o el piano, que son como vehementes arrebatos artísticos que sirvieran de apaciguamiento a un espíritu atormentado en constante guerra con sus entrañas.

Mann trata a todos los personajes protagonistas de esta novela con una crudeza indómita. A algunos de ellos no se conforma con matarlos prematuramente sino que los hace pasar por terribles agonías donde el sufrimiento se prolonga durante páginas. La saña con que describe la asfixia por neumonía de una de las matriarcas del clan, sin que el médico se avenga a paliar la angustia, alegando no sé qué compromisos éticos o religiosos mientras  la anciana moribunda reclama piedad no es solo morboso, es sórdido. Una elipsis audaz nos ahorrará la muerte del pequeño Hanno, pero antes una mezcla de elegía y vademécum nos adentrará por los demoníacos cursos del “río tifus” hasta su último meandro, los delirios de la fiebre, la evisceración de la voluntad y el paseo en barca por la laguna Estigia. Tal es el destino que el autor tiene reservado a nuestro doliente doncel. Y así muchos más, incluyendo el perseverante Tom, gran cabeza de familia abocado a una muerte aún por descifrar: a la salida del dentista un mareo le provoca una caída fatal, y tras horas de espesas brumas y recónditas guturalidades da su espíritu, quiero decir que se muere. El preclaro comandante en jefe de la dinastía Buddenbrook, nuestro juicioso senador, encuentra anticipadamente la respuesta a todas sus diatribas morales abrazando una indecorosa muerte que no está a la misma altura del rigor y la severidad que demostró en vida.

Cuando los dioses quieren castigar de verdad a un hombre no se conforman con matarlo, antes le vuelven loco. Ése es el caso de Christian, hermano menor de Tom y de Tony. Un ser sin disciplina, indolente y reprimido que vagará por un vacío alcohólico y bohemio; despreciado por la familia y aquejado de rarísimas dolencias nerviosas terminará encerrado por su adúltera esposa en un frenopático lejos de Lübeck.

Una cohorte antológica de secundarios emancipados con perfiles hondos y complejos vigorizan el texto sublimando el realismo. Aparece un administrador de fincas mefistofélico impenitente traductor de Lope de Vega, Kai, único amigo de Hanno, perteneciente a un linaje aristocrático arruinado que lee a escondidas en clase a Allan Poe, la belleza inescrutable de Gerda Buddenbrook con su bruñida melena pelirroja y sus cercos azulados rodeándole los ojos demasiado juntos, la anciana Tilda, escuálida y siempre hambrienta vagando como un espectro por todos los grandes banquetes…

Un sutilísimo cinismo es la forma que Mann utiliza para aproximarse a las inmediaciones del humor. Un cinismo leve, casi trasparente, que el peso de las páginas va haciendo más presente y más delicado, de ahí que sean muchos los incapaces de apreciarlo y confundan la obra con el hombre huraño y aprensivo que encubrió su improcedente sexualidad tras un cortinón polvoriento de convencionalismo y aprensión.

Los Buddenbrook, tal vez el último mayor logro de la novela realista europea, diseca una edad que aún se prolonga, escribe un tratado de etiología del homo mercantil moderno diseccionando las causas que lo convirtieron en el hemipléjico de hoy en día. El enquistamiento burgués, avaro, aparente, monetario, productivo, emasculó el espíritu artístico, libre, ocioso, vegetativo de los hombres. Nos sacaron a hostias del paraíso, de muy malos modos, y eso no se olvida. Para colmo, además, está la muerte, con su imparcial perseverancia tanto con el virtuoso del armonio como con el albacea. Decimos pues, que morirse no es decaer de ningún sitio, morirse es peor que perder dinero creo, y morirse es lo que les pasa a todos los Buddenbrook, el cristo de Thorvaldsen es testigo creámosle.

… porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra.

 

“No hay nada que hacer: para todo lo que es actitud en la vida, sólo puedo fiarme de los antiguos. De los modernos sólo me interesan las extravagancias, las fanfarronadas, los caprichos y una pizca de tragedia de la que no son conscientes”.   -E.M. Cioran-