Técnicas de iluminación, Eloy Tizón

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“El adjetivo, cuando no da vida, mata”. Y las metáforas ni te cuento.

Ocurre con todos los libros de cuentos que los cierras y ya no recuerdas nada de ellos. Se llama amnesia anterógrada, y la persona afectada no es capaz de recordar algo si deja de prestarle atención unos segundos. Cosas que pasan con los calmantes y los libros debido a una interacción alostérica o algo digo yo.

De este libro tampoco se recordará nada inmediatamente después de cerrarlo, y luego tampoco. Pero no importa, porque nadie escribe para que se le recuerde sino para que le lean de seguido, todo el rato. Los de ahora y los que vendrán. Que no se rompa la cadena y le estén leyendo a uno siempre, de época en época. La lectura o es inminente o no es nada.

No se recuerdan los argumentos porque no los tienen, y es que, los cuentos pueden tener un temperamento libertario que no se les tolera a las novelas y las biografías, para eso son cuentos.

A Tizón parece no importarle demasiado que recordemos o no sus historias, entre cuentista y escritor prefiere ser escritor y así nos lo hace saber, tomándose muchas molestias con el estilo. Eso es mucho y es escaso.

Casi todos los textos de este libro son dichos en primera persona introspectiva. Comienzan con retraso, como si nos hubiéramos perdido algo de la narración en el momento de empezarlos, algo necesario para la comprensión del relato que ya hubiera sido dicho antes y que no aparece escrito. La impresión que da ese inicio eludido es de desorientación y enrarecimiento, muy propicios a la ambientación que busca crear, al escenario donde quiere hacernos bailar, un escenario reconocible pero con licencias a la extrañeza.

Consigue que bajo una apariencia de realismo y costumbre no dejemos de mirar, azorados, en todas direcciones, buscando una clave privada, un  secreto perverso. Y todo lo consigue sin truculencias argumentativas, sin sangre y sin semen, sólo con los aperos de la prosa, los avíos de la sintaxis, los útiles propios del idioma cuando una está dispuesto a remangarse y salir ahí fuera, a la lingüística, a hozar los epítetos, a enfangarse en la retórica y recoger algunos frutos estimables.

Hay muchas enumeraciones. Ringleras de palabras separadas por comas cuyo valor no es solamente informativo. Hay adjetivos que calzan bien y muchos otros que sobran, que hostigan al sustantivo hasta acojonarlo y hacerle salir corriendo de la página por los renglones de  arriba. Tanta animosidad ornamental topa demasiadas veces con esa inefable máxima que, por ponerle palabras, vendría a decir que en la república de las metáforas rige una ley aritmética inexorable cuyo enunciado es: una buena metáfora + dos metáforas regulares = tres metáforas malas. Muchas, y digo muchas veces durante el libro, esta ley arruina hallazgos exquisitos. Hay comparaciones que no se entienden o tienen un significado sólo para iniciados, demasiados símiles intercambiables o accesibles a la prosa de cualquier jeremías. Por abusar del floreo se distinguen hasta greguerías (…una mecedora, esa silla altisonante que parece un homenaje a la duda). La metáfora más el humorismo. Estraga muchas veces tanto lustre, precisamente porque un exceso de luz contribuye a que no se vea nada, a que se difumine lo reconocible. La voluntad inicial de concisión y la sequedad lírica que se propone acaba abotagándose y abotagando. Dos páginas de Tizón equivalen a dos páginas y dos tercios de Tizón, y eso es mucho desnivel.

El remedio utilizado por los que no han querido renunciar a su prosa metafórica y lírica sin pasar por cascabeleros ha sido el equilibrio. Y ese equilibro algunos lo han hallado (desde Valle a Lorca pasando por Gómez de la Serna y llegando a Umbral por ejemplo) alternando lo culto con lo popular, lo distinguido con lo ordinario, lo arcaico y en desuso con el neologismo… El destello de una metáfora redonda luce más al resol de su contrario. El machihembrado perfecto.

Fotosíntesis abre el libro y es un homenaje me parece a Robert Walser. Una divagación continuada sin límite y sin día. Se loan las pasiones humanas, los placeres alimenticios y los carnales, se entrevera el paisaje, se intuye una alabanza al flâneur, a la despreocupación, se sazona con figuras retóricas de repetición, salidas de madre medio surrealista, y se cierra con un axioma altisonante del modo: “Sin embargo, en el instante de morir, con nuestro último aliento, todos comprenderemos que sin sospecharlo nuestros pies han bordado un tapiz”.

Ciudad dormitorio es una dependienta al que su jefe, un tipo con alopecia prematura que el autor con buen tino denomina vapor de pelo, le encarga deshacerse discretamente de una caja en la que algo vivo se mueve (no se nos dice qué es, pero yo rápidamente advertí que podría tratarse de un gremlin guapo y no me apeo de ahí). La tramoya del relato consiste en hacernos creer que estamos en una película de Ridley Scott, donde los metros transitan en superficie y en altura por un paisaje de rascacielos hacinados y de lloviznas y neones crónicos, chinos cocinando sus seres vivos en autocaravanas, roboces que parecen personas y viceversa. Pero la verdad es que la chica puede estar cogiendo el metro para ir de Valdeacederas a Almendrales perfectamente, aunque ella crea estar dentro de Blade Runner.

Nautilus habla de un científico al que se le muere un hijo estando en un congreso en el extranjero y trata de hacer cohabitar en una lóbrega madrugada, la aparente tranquilidad entresacada de sus convicciones racionalistas y su formación técnica, con la más absoluta desolación. Como en casi todos los cuentos del libro, éste también tendrá un epílogo esperanzador, continuista con la vida y en ningún caso será ajusticiado en rebeldía, que quizás sea un cambio de modulación necesario, avillanarse un poco digo, flambearse ligeramente de infierno y oscurantía, lo que necesite este señor para saltar de las metáforas bien traídas a las listas de ventas.

La extrañeza infantil se llama miedo y la adulta asombro. El asombro del adulto es el miedo del niño y ambos comparten, teniendo distintas sensaciones, una única cualidad, la cualidad de raro. Raro es el trasfondo del libro. A veces lo infantil se superpone destacándose la rama más optimista del árbol, mientras el tronco retorcido queda en sombra. Otras veces opta por ocultar esas formas juveniles del desarrollo y la esperanza bastante empalagosas y se decide a mostrar su inteligencia adulta y cínica, sacando de ahí las mejores piezas.

Me quedo con el Tizón cínico de Manchas solares o Los horarios cambiados, creo que es el tono más conveniente a su prosa, el más maduro, el que de la anécdota saca una experiencia más universal para los conflictos de pareja, por ejemplo.

Alrededor de la boda es volver al bayleys, al pacharán y al anisete de Velocidad de los jardines, una escritura para adolescentes pajilleros que se llevan al botellón la mochila con los libros del barco de vapor subrayados en fresa. Y por ahí no hombre no.

“Leer es dejar a otros padecer por nosotros. La forma más delicada de la explotación”.    –E.M.Cioran-

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Un pensamiento en “Técnicas de iluminación, Eloy Tizón

  1. Mario Neta

    Al fin una verdadera crítica del libro. Ya está bien de tanta chupada de p**** perpetrada por amiguetes.
    Eloy Tizón no es ni Walser ni Nabokov, y nunca lo será, se pongan como se pongan él y sus secuaces. A ver si se entera.

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