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Kassel no invita a la lógica, Enrique Vila-Matas

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DE VILA-MATAS he dicho algo aquí: https://lahoradellobo.wordpress.com/2011/11/30/una-vida-absolutamente-maravillosa-enrique-vila-matas/, y también aquí: https://lahoradellobo.wordpress.com/2012/04/05/aire-de-dylan-enrique-vila-matas/. Sin embargo, su último libro publicado, Kassel no invita a la lógica, me exhorta a hacerlo de nuevo sin saber muy bien por qué, porque, como se sabe, de los libros de este señor –que son siempre el mismo libro- ya está todo dicho. Espero por tanto se me reconozca sino la destreza al menos la afición.

Sorteados los trampantojos librescos, detrás yo continúo viendo un escritor bastante honesto y leal. Me refiero a esa lealtad de perfiles más bien turbios que la vida ha convertido casi en sumisión y docilidad, una lealtad subyugada ya por la experiencia, que nos dirige en una única dirección –la que mejor conocemos- autorizándonos la escritura únicamente del modo que sabemos hacerla y no de otro. Esto que digo es una evidente estupidez, pero en el caso que nos ocupa me parece relevante, puesto que Vila-Matas, concluyo, se ha plegado a escribir como mejor sabe escribir y de las cosas de las que siempre ha preferido escribir, no de las que su creatividad ha sabido imponerle a su escritura.

La grandeza de un escritor –se nos dice- está en su condición, asegurada de antemano, de fracasado. El arte está sólo en el intento, en la búsqueda de lo nuevo. Pero nada nuevo busca ya el señor Matas, y la pujanza juvenil y la insolencia, esencia misma de su forma de estar en el mundo y que él asegura aún tiene frescas y lozanas, no son más que una licencia poética mal disimulada.

El yo narrador, no sé si debo confundirlo con el autor aunque temo que así sea, es un ser envejecido, temeroso de un pasado reciente de enfermedad grave, de colapso como él prefiere llamarlo, poseído por recurrentes accesos de melancolía nocturna que a veces consigue eludir siguiendo una escrupulosa rutina de enclaustramiento doméstico a la caída del sol, una suerte de vampirismo inverso del que suele recuperarse por la mañana.

Una llamada desconocida ha venido a perturbar sus rutinas monacales y su fragilidad somatológica. Alguien le invita a cenar y termina haciéndole una proposición no demasiado indecente, según se mire. Le dicen de ir a Kassel (ciudad centro-alemana a orillas del río Fulda, con una población que alberga cerca de doscientos mil residentes) a pasearse por allí del bracete del comisariado artístico responsable de la dOCUMENTA –ya saben, la influyente exposición de arte contemporáneo que se celebra cada cinco años en la ciudad anteriormente citada- y a representar un modesto papel en ella. Un papel insignificante, más bien patético, formar parte de una…, digamos “instalación” anónima, una “performance” modernilla en consonancia con el tono artístico que predomina en toda la ciudad. Se trata de ir todas las mañanas a un restaurante chino de las afueras de Kassel y sentarse a una mesa a escribir. Ese cometido a él le desazona y le espeluzna, se ve invadido de una intolerable excitación y un deseo de huida inmediato, no sabemos muy bien por qué, pero rehúye el momento de aparecer por allí y difiere el momento de sentarse a escribir o a hacer como que escribe alegando cualquier excusa, y cuando lo hace, recurre a unos heterónimos intrínsecos que enmascaren la impostura abriendo a su vez otra impostura, pues la recurrencia de la simulación y la falsificación, sabemos, es pábulo nutricio hipercalórico en los textos de Matas. 

Él prefiere combatir la angustia paseando, encerrándose durante horas en un autobús urbano, alternando con las sugestivas comisarias, visitando las numerosas instalaciones diseminadas por el entorno y conjeturando sobre ellas y la contemporaneidad artística en la intimidad de su cuarto de hotel, candorosamente llamado cabaña de pensar.

Lugar de hipótesis, conmemoraciones y desmemorias, divagaciones y desvaríos traídos y llevados azarosamente por la contingencia de la exposición o por cualquier otro motivo anímico urdido en la insondable fantasía del viejo recluido, la cabaña de pensar es la filial recóndita donde se aparejan los burros que acarrean los bultos conjeturales del viajero, el perenne flâneur walseriano que pasea y pasea  y parece querer volver a asombrarse, aunque la admiración ya no se le levante como antaño y la luna del asombro esté en cuarto decreciente.

En Kassel recobrará los mejores recuerdos de sus inicios de artista –insiste-, su admiración, por ejemplo, por aquellos que hicieron de la escritura su destino: Kafka, Mallarmé, Joyce, Michaux, aquellos para los que la vida apenas era concebible fuera de la literatura y aquellos que hicieron con sus vidas literatura. La literatura hay que ir a hacerla también fuera de la cuartilla. Cuántos casos no habrá de tipos que son todo literatura sin haber escrito un remite.

El arte debe ser nuevo siempre o no será o será manufactura. Y a la busca del arte nuevo se perderá en Kassel  y Kassel será reconstituyente y ansiolítico para la angustia, superación pasajera de la melancolía de haber vivido siendo más joven y estando más sano.

Hace muchos libros que Vila-Matas perdió su carné de disidente y ganó el de afiliado a algo, no sé bien a qué, en cualquier caso una militancia, una sujeción. En casi todas su cosas –excepto en la espantosa Aire de Dylan– hay un escritor que viaja y escribe su desplazamiento, el eje de su taumaturgia es el recorrido. Este volver una y otra vez al viaje como sustancia y razón contrasta con su rechazo a la repetición de lo ya repetido, con la reprobable consideración de que la tarea del escritor es reproducir, copiar, imitar la realidad.

Y la realidad de Kassel, con o sin posmodernidad artística, tampoco dista mucho, incluso se confunde si la miramos atentamente, con aquella otra realidad rústica que contaba Cela en la Alcarria. De alguna manera, reírse de los lugareños tullidos en Budia (Guadalajara) no es más grave que pintarle de rosa una pata a un galgo y hacerlo deambular sobre un  terreno excrementicio (¿tendría que venir Nietzsche de nuevo a pedirle disculpas a este perro por Descartes?). No obstante, El viaje a la Alcarria desagrada mucho a Vila-Matas, no le cabe en el Parnaso, el galgo con la pata rosa sí. Es como si, puestos  a reírse, mejor aquello que lo haga de toda la humanidad.

Aquí y ahora digo, aceptando toda  responsabilidad excedente, sin ápice de solemnidad ni gloria de cenotafio o tentación de hacer un mcguffin, que el oficio de escritor ha consumido al artista, y que éste cayó vencido por la costumbre y el conocimiento, y reducido al universo estanco de su percepción, cayó con él también su afán de vanguardismo permanente. La traición se ha consumado, el voluntarismo de escribir, como lanzada artera de Longinos, vuelve a atravesar el costado de D. Marcel Duchamp.

“Lo importante en el arte es la necesidad. Hay que sentir de forma absoluta que una obra es necesaria, sin lo cual no vale nada y aburre, sentir que, si nos da, aunque sólo sea por un instante, la impresión de que es intercambiable, todo se desploma”.   –E.M.Cioran-

 

Los hermanos Tanner, Robert Walser

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PROLONGADA CHÁCHARA que esconde la ausencia de cualquier progreso. Indefinidamente extensible, desprovista de esqueleto”. Esto le hemos leído todos a Vila-Matas en algún sitio acerca del quehacer de Walser. Esto y otras muchas más cosas laudatorias y apologéticas, pues que Vila-Matas es mucho de eso, de recitar nombres de personas olvidadas y lisonjearlos.

Robert Walser escribía bien pero no quería contar nada. Su escritura es muy cuidada y lírica. Aparece como un manantial arriba en una montaña, no sabemos de dónde ni por qué, pero lo hace de forma natural y espontánea y así, sin darse importancia, mana sin que se note esfuerzo alguno. Avanzar avanza poco, de este arroyo que digo lo importante es manar, el transcurso no es importante. No tiene presunciones de río navegable, es un proyecto humilde que se conforma con ser regato y elucubrar en su cortito viaje un gran paisaje.

En la escritura pictórica, paisajística de Walser, destaca el juego de claroscuros. La alternancia de luces esperanzadoras y sombras de aflicción. Es un alumno aventajado de la escuela de los flâneur. Si tal escuela existe entiendo por ella un tipo de literatura que se sustancia en personajes errabundos, itinerantes, modernos espectadores urbanos al modo de Baudelaire. Paseantes que deambulan sin una finalidad concreta. Un transitar sin objeto por las calles, a veces absortos en divagaciones interiores, y otras siendo actores críticos de la realidad circundante. Nunca complacidos.

Los hermanos Tanner es el vagabundeo de Simon Tanner por la vida. De entrada nos presenta su doctrina vital, figuradamente feliz. Una doctrina liberada de toda norma que celebra el ocio y la vida como un instinto atávico, una pulsión. Tanner defiende su doctrina erigiendo apasionados monólogos, dotándolos de una retórica persuasiva y excitante. Critica la laboriosidad y la acción frente a la presentida plenitud moral, nunca alcanzada, que ofrecen la pasividad y la inercia. El rechazo a los ideales de perfección, armonía y equilibro a las exigencias que la sociedad dicta, será punto de desencuentro constante con su hermano Klaus.

Simon Tanner siempre está dispuesto a recitarle a cualquiera su poética de la vida, su poesía de la existencia. Ese vivir poéticamente engarza con la esencia del clasicismo alemán y la vieja disputa que trataba de hacer compatible el problema del hombre industrioso, unidireccional y productivo que ve su riqueza, su humanidad y su potencial, esquilmado por el trabajo y el sometimiento a la norma y la observancia escrupuloso de los preceptos sociales. Cuantificar el precio de la renuncia al florecimiento personal por el progreso social.

Frente a la incesante tensión laboriosa y menestral, Simon Tanner nos obsequia con su vegetativa somnolencia, su átona sensualidad, sus apáticos placeres, su neutra transitoriedad, a la busca de un ideal ilustrado y humanista basado en la emancipación individual. La contractura entre lo público y lo privado, el corazón y los asuntos, producirá dolor, un dolor aceptado y acaso gozado, convertido simbólicamente en un destino propio e inexorable.

Muchas veces el discurso es engañoso. La plenitud que el joven Tanner  cree sentir en sus largas caminatas, que a veces se prolongan incluso durante la noche por hostiles parajes invernizos, enmascara una literatura que ahonda irremisiblemente en la melancolía y la acedia, proponiéndolas como ideal superior. La tristeza sin objeto o porque sí, deudora de esa mal categorizada y casi siempre excelente literatura de la negación. La misma que arranca con el pistoletazo del joven Werther, angustiado también por esa escisión ineluctable entre la poesía del corazón y la prosa de la realidad, ante la cual el sueño de emancipación superior se revelará imposible. Así el rechazo de Bartleby, de Wakefield, de Oblómov

Una literatura que se complace en pasear de la mano con sus demonios, llegando a encontrar un resquicio de cohabitación posible, tolerable, una conllevancia revestida de dignidad que halla su plenitud en el torpor, en el entumecimiento. La identidad se reconstruye por sustracción. Se elabora delicadamente la estrategia defensiva de aislamiento, la regresión hacia un encerramiento individual, uterino, reductivo. Llegando a determinar una desconexión social, una negación de la realidad por incomparecencia del sujeto, que se niega a participar en ella porque presiente una participación incompleta, equívoca y excluyente, que lo llevará a la alienación, o, al menos, a tener conciencia de ello.

De alguna forma el individuo tiene la certeza de no estar a la altura de los estímulos que recibe del entorno, más que enriquecerlo lo aturden, se siente un protagonista anómalo, escorado, un actor de reparto de su propia vida, exasperadamente subjetivo.

Según Hegel, el individuo que sienta la cabeza y pasa por el aro, se aviene a una forma superior de realización. Resuelve el conflicto de identidad clásico entre la poesía del corazón o la plenitud de la existencia motivada por un significado profundo y extraordinario, y la prosa de la realidad o acta funcionarial que certifica el fallecimiento del espíritu en aras del progreso global.

La única opción es no darse por enterado, obviar las consecuencias para no sentirse herido y frustrado por lo que no se puede alcanzar; la enfermedad se convierte en medicina y el sentimiento de que la vida no es más que una huida continuada. Algo que se desvanece sin haberlo apenas poseído, pero que produce la misma nostalgia de lo perdido.

La vida agrede y perturba, y es en la provisionalidad donde Simon Tanner se acomoda y espera algo por comenzar que se demora. Con frecuencia son los más sensibles, los artistas, los más expuestos a las agresiones de la existencia. El débil busca la libertad en el fracaso; porque el fracaso libera del conflicto. La muerte del hermano poeta Sebastian Tanner, guarda una similitud premonitoria con la de Robert Walser, su creador. Ambos caídos en la nieve rodeados de hermosos bosques de abetos, en connivencia con el paisaje, con el deseo de hacerse cosa, de entumecerse y escapar de la insolencia de la realidad.

Los trabajos de amanuense que desempeña Simon Tanner en ese taller para desocupados y vagabundos concuerdan con el deseo de depender de otro, de convertirse casi en esclavo para no soportar el peso de la responsabilidad y el malestar de tener que decidir. Si la libertad y la autonomía es una pasión inútil, accede a la servidumbre para librarse de lo que no  puede aguantar. El cobijo contra el malestar es el malestar absoluto, el empequeñecimiento moral hasta la cercanía de lo inerte, la reducción a cosa, a objeto, sustraerse al deber moral de ser un yo librándose de la conciencia. Obstinándose en la consecución del título honorífico de no ser nadie.

Reducir la vida a un mecanismo de defensa contra la vida, supone una paradójica inmolación, una voladura controlada; Tanner en su inconstancia, no renuncia al deseo amoroso representado por Klara, una joven obligada a rehacer su vida burguesa contemplativa pasando a los estadios de sombra, a las regiones inferiores. Pero es un sentimiento que aspira a una pureza casi ideal, imposible, de un platonismo evanescente, donde la más leve insinuación carnal descompone al pretendiente. Por eso todo queda atrapado en un marco retórico donde la realidad siempre es boicoteada por la probabilidad.

Se desprecia lo cierto y se promociona lo sugerido. Se vive en una espera en la que el poder ser prevalece sobre el ser, el condicional impone su tiranía de procrastinación frente al aquí y ahora de la vida presente. Vivir en la indeterminación que debería ser la vida misma, verdadera, en crudo, por temor a descubrir que no se está a la altura de la vida.

Esta clase de cosas considero que nos quiere decir Walser con sus novelas. Cosas que, para ser un escritor sin historias como dicen de él, me parecen importantes, superiores, definitivas.

“La sabiduría griega se resume en la máxima: <<Mortal, piensa como mortal>>.

(Todas las veces que el hombre olvida que es mortal, se siente movido a hacer grandes cosas y a veces lo consigue, pero al mismo tiempo ese olvido es la causa de todas sus desdichas. No se eleva impunemente. Renunciar no es otra cosa que conocer nuestros límites y aceptarlos. Pero eso es ir contra la tendencia natural del hombre, que lo impulsa hacia la superación, hacia la ruina.)”     -E.M.Cioran-

 

 

Aire de Dylan, Enrique Vila-Matas

“Cuando oscurece, siempre necesitamos a alguien”

FRENTE AL ESTREÑIMIENTO creativo de los próceres del mainstream patrio, una cosita cada tres años como mucho, se eleva la rotunda prodigalidad de Vila-Matas, que surte de títulos los escaparates y los expositores giratorios, en una demostración fecunda de cagantía sin fin. Ahora se llama Aire de Dylan el texto, pero podría intitularse también Espermatorrea fulgurante, De vuelta a la jerigonza o A la busca de Cesárea Tinajero, qué sé yo; en cualquier caso, algo que se expele en cuantía y desproporción al estímulo originario.

Esta torrencialidad productiva no se sabe bien si responde a una abrumadora capacidad de trabajo, a un abultado arcón repleto de follaje de cuando el olvido y el hambre atrasado, o a una inercia propicia detectada en los volátiles mercados que clama desde el fondo de los bolsillos: empuja ahora o nunca, que además te harán académico. No sabemos.

Primero que nada, la novela por así llamarla, está toscamente erigida sobre una prosa muy descuidada, repleta de adverbios mal empleados, reiteradas locuciones y frases hechas vulgares y malsonantes. En su enfermiza obsesión por sortear el adjetivo y la metáfora, suponemos que por una enfermedad infantil mal diagnosticada, gandulea por un estilo directo enunciativo de frase demediada que se propone correr directamente hacia la acción sin rodeos. Lo llamativo es que en los libros de Vila-Matas la acción siempre la pone el lector y, entreteniéndonos en eso, siempre llegamos un poco más tarde a la idea propuesta que su prosa transversal, por lo que es inevitable dejar de preguntarse si para este viaje se necesitaban estas alforjas, ya que no se deben contar abstracciones y ensimismamientos sin lubrificar antes, así, en crudo.

Con todo, el estilo aniñado como de cartilla de Rubio del nº 2, es inferior a lo que pretende. O sea, que la intención es muy otra del resultado, y eso es malo casi siempre.

El ajo es remedar a Bolaño o servirle de epígono, perderse en Sonora, infantilizarse y ponerse abstruso pero sin follar nunca, que eso es ya una radicalidad intolerable en las entelequias Hamletianas de don Enrique.

Antes, quien no tenía pulso ni imaginación para construir una historia verosímil, se entretenía lirificando la infancia y enjoyaba los embelesos metafísicos de la cola del mercadona con exquisiteces sintácticas cabello de ángel, dulcificaba el mundo exterior y su légamo acre a adjetivazos tonantes, cegadores hallazgos gramaticales, metáforas infecciosas, erecciones como anginas de pecho,…

Vilnius Lancastre se queda huérfano. Su padre era escritor y cineasta de medio pelo, con una gloria de clase media. El hijo, con un asombroso parecido al Bob Dylan de Pennebaker, es un holgazán desconcertado que pretende compilar un archivo general del fracaso, y de eso sacar un libro, un documental, una película, algo. Pero al poco de morir su padre y después de golpearse la cabeza, empieza a sentir lo que él llama “infiltraciones mentales de su padre”, o sea voces que le amedrentan e indisponen, le agitan, le soliviantan y le incitan a vengar su muerte, su presunto asesinato. Así, tal cual, como un Hamlet postmoderno devenido, esquizoide, un pelín atontado y palurdo. Los culpables: la zorra de su madre y el amante. Todo esto lo dice el muchacho atontado en conferencias y reuniones, en una de ellas conocerá a otro escritor amortizado, catalán (averigüen), que será el encargado de narrar los hechos, o los dichos. El Dylan palurdo, inseguro, pusilánime, borrachuzo, se lía con la amante de su padre muerto, apellidada curiosamente Zimmerman, forman una sociedad de mentecatos, menesterosos y diletantes, con el afán de no hacer nada nunca (toque situacionista), pero dispuestos a librarse del incordio del muerto que reclama justicia ultraterrena recomponiendo sus memorias.

En este ambiente de estupefacción atolondrada y naif, el narrador disemina sus alquimias clásicas, citas verdaderas y citas falsas, nombres de escritores reconocidos y títulos de películas clásicas, embalsamándolo todo en un aire cultureta marca de la casa (esta vez mucho menos denso en verdad). Por ahí suena Shakespeare naturalmente, y el Faulkner y Fitzgerald guionistas, Barton Fink de los Coen, Tres camaradas de Frank Borzage, Knut Hamsun, Julio César y La condesa descalza de Mankiewicz, Don’t look back de Scorsese, Coppola, Lynch, Paul W.S. Anderson, Brett Ratner, Uwe Boll, Leviatán de Joseph Roth, Laurence Sterne, Duchamp, Billie Holiday, Guy Debord, Hitchcock, Oblómov de Goncharov, Lebowitz,…

Un ejercicio ramplón sobre la impostura, la teatralidad de la vida, la alteridad. Parodia, dicen en la contraportada, la cultura del mínimo esfuerzo y el narcisismo pop, el egocentrismo de la postmodernidad a través de la relación de un padre y un hijo, dos generaciones, un conflicto. Infralevedad, infrarealismo, maneras de vivir que decía uno, maneras de escribir también.

“Nada tranquiliza tanto como una máscara”.

“Y aquí creo que habría que añadir que destruir a los colegas es un ejercicio muy beneficioso para la salud de resentidos como yo.” 

Vila-Matas

 

“Es la falta de amargura perezosa la que hace de los hombres bestias sectarias: los crímenes más matizados tanto como los más groseros son perpetrados por los que se toman las cosas en serio. Sólo el diletante no tiene gusto por la sangre, sólo él no es criminal.”   -E.M.Cioran-

Jakob von Gunten, Robert Walser

ESTO DE QUE  venga Javier Marías por ejemplo, a decir que hay que leer a Thomas Berhnard con regocijo, o un novelista de éxito tal que Savater se embelese en un Cioran vitalista, y otro hable de un Pavese luminoso, o de un Beckett jovial, o de cómo se reía Kafka de los estudiantes del Instituto Benjamenta, siempre me ha producido una erisipela descamante en la corona del bálano. Hay tipos que llegan hasta Vila-Matas y se quedan allí, otros tiran hacia Robert Walser. Vuélvanse a quemar a los hermeneutas.

La vida de Robert Walser tuvo una profética simetría con el pensamiento de sus personajes más queridos. El autor suizo representa el paradigma de la obra dicha y hecha, la ficción trasmutada a realidad inequívoca. Esa lealtad entre pensamiento y obra llevada a la práctica no suele dar buenos resultados. Lleva a las acolchadas salitas de estar de los frenopáticos, lugares que no digo yo sean poco acogedores, a la penuria económica, la transitoriedad, y después a quedar deshabitado de uno mismo, mudo, desvanecido, abandonado de todo, vertido sobre la nieve un día de Navidad cualquiera de un mal año por ejemplo.

El diario de Jakob von Gunten no tiene fechas reseñables porque no es un diario, es un monólogo interior. Un monólogo íntimo adelantado de su tiempo y de los otros, de los de Proust, Joyce, Woolf, y esos de la fama.

El autor matricula al muchacho Jacob von Gunten en el Instituto Bnejamenta, regentado por dos hermanos, pero el que sale de allí diplomado es Robert Walser. La estancia en ese instituto telúrico marcará su existencia. Allí forman a las personas no para alcanzar una formación académica adecuada que posibilite una futura prosperidad social y personal, no para lo que vulgarmente se conoce como ser algo en la vida, sino al contrario, allí se asiste para dejar de ser algo, no sé si importante o no. Falta personal docente, casi no reciben tareas, hay un curso único que se repite continuamente, conocimientos no se imparte ninguno, no se aporta nada al alumno más que un reglamento de estricto cumplimiento, ¿cómo debe comportarse un muchacho? Todo allí gira en torno a esa pregunta.

En el Instituto Benjamenta se desbrozan las ínfulas, los afanes, los anhelos, se desmiga el deseo, la aspiración, la vanidad, busca una virtud indefinida que no es virtud, deshumaniza o, al menos, reduce algo de condición humana. Allí se va a aprender la difícil materia de servir con orgullo. Escuela de renuncias, de supresión. Laboratorio de fracasados. Fábrica de menestrales y humillados altivos si cabe el oxímoron. Gente modesta y subordinada, aplicada, sumisa, proba.

En el Instituto, Jakob compartirá clase y habitación con otros alumnos. La perspicacia y el delicadísimo estilo de Walser, hará transitar por las breves páginas de la novela un brillantísimo muestrario de caracteres de jóvenes que aún no saben que lo tienen. Precisión y elegancia, lánguida sutileza en las descripciones del comportamiento de los alumnos, afiladísimo lápiz adjetivador, escrutador de conciencias escindidas: Kraus, Heinrich, Fuch, Schilinski,…

Los alumnos destilan ruindades y alguna bondad. Menudea la pereza, el conformismo, la vagancia, la ambición de riqueza, la envidia, la maldad. El resabido, el pelma, el obtuso, el maricón, todos adiestrándose mínimamente para la intemperie exterior, la vida sin porvenir.

Walser intercala escenas oníricas y surrealistas en su retablo costumbrista, adivinándose una profunda admiración y deseo sexual hacia su maestra, Fräulein Benjamenta, sintiéndose querido y elegido por ella entre los demás alumnos. También pugnará por ganarse la predilección del señor director, Herr Benjamenta, batalla dialéctica y emocional hasta el postrer ten con ten. Walser parece gustar de colarse por la gatera de los sueños para corregir una realidad hostil y desafortunada. En los sueños se evade, aspira a joderse a doña Fräudelin y a enmendarle la plana al ciclotímico Herr Benjamenta, mientras que la vida despierto es rutina y compañeros julandrones, seres tóxicos y falsía.

Jakob tiene un hermano mayor con el que se reúne en un par de ocasiones. Algunas claves del pensamiento de Walser están en los encuentros con ese hermano; el afán de pertenencia y de ser aceptado será el más poderoso, el otro pone de manifiesto la vileza del mundo. Su hermano, en apariencia bien instalado, le aconseja una cosa y la contraria, mientras Jakob no puede dejar de asentir con estúpida docilidad. El mundo miente, es grosero y feo. Hay que habitar en otro lado. O mejor, desaparecer. Intentar sobrevivir en el desierto como un nómada, un desarraigado, un sin patria. Ajeno al mentiroso azogue de la realidad que escupe artimañas inconsistentes.

“Si fuera rico, ni en sueños se me ocurriría dar la vuelta al mundo. Cierto es que no estaría nada mal. Pero la perspectiva de conocer tan fugazmente otros países no me entusiasma en absoluto. En general, desdeñaría la idea de ampliar mis conocimientos, como suele decirse. Más que el espacio y la distancia me atraerían la profundidad, el alma…”

Hoy le diré adiós a mi hermano. Aquí no pienso dejar nada. Nada me ata, nada me obliga a decir: <<Qué pasaría si yo…?>>. No, ya no hay <<qué-pasarían>> ni <<síes>> que valgan. Fräulein Benjamenta yace bajo tierra. Los alumnos, mis condiscípulos, se han dispersado en toda clase de empleos. Y si yo me estrellase y perdiese, ¿qué se rompería y perdería? Un cero. Yo, individuo aislado, no soy más que un cero a la izquierda. Y ahora al traste con la pluma. ¡Al traste con las ideas! Me voy al desierto con Herr Benjamenta. Quiero ver si en medio del páramo es también posible vivir, respirar, ser, desear y hacer sinceramente el bien, y dormir por la noche y soñar. ¡Bah! Ahora no quiero pensar en nada más. ¿Tampoco en Dios? ¡No! Dios estará conmigo. ¿Qué necesidad tengo de pensar en Él? Dios está con los que no piensan. Adiós, pues, Instituto Benjamenta.”

“Un hombre que se precie no tiene patria. Una patria es un engrudo.”   -E.M.Cioran-

Una vida absolutamente maravillosa, Enrique Vila-Matas

NO DIGO que la escritura de Vila-Matas sea prostibularia, putiferina y follenesca no, pero es verdad que sus libros son una enorme casa de citas, entiéndase. Allí el autor se mueve con la desenvoltura de una vieja madame que muestra y ofrece sus productos con renovado entusiasmo a los clientes más leales y a los visitantes de aluvión. Esa celebración entusiasta del hallazgo anecdótico con molde ensayista-documental  fascina o repele, no obstante, es un enorme anzuelo de culturetas difícil de resistir y en él, más pronto que tarde, acaban picando todos los peces del río.

Este libro es una miscelánea de artículos y ensayos novelados que esclarece y regla el mundo creativo del escritor catalán, entreverando realidad y ficción y adelgazando hasta hacer indistinguible la frontera de los géneros literarios.

El título viene dado por un artículo en el que afirma tener como biblia personal y fuente de influencia en la vida y en la obra Conversaciones con Marcel Duchamp de Pierre Cabanne.

Los más socorridos asideros creativos de su narrativa están igualmente identificados en estos ensayos, en los que abundan la simulación biográfica, la reseña de viajes, la falsa entrevista, la conferencia, el dietario, la divagación teórica literaria, la evocación nostálgica de parajes y personas, y un ejercicio de admiración infinito hacia su nutrida fauna  libresca. Una carpintería sencilla y eficaz que le permite situar un punto de partida escueto y anecdótico que desarrolla seductoramente convirtiéndolo en una trama de ficción mínima anclada en personajes o situaciones reales.

“Prosa indefinidamente extensible, elástica, desprovista de esqueleto, prolongada a cháchara que esconde la ausencia de cualquier progreso.”

Así describe la prosa de otro refiriéndose a su misma prosa, o abreviando: “se hace estructura al andar.”

Sobre el origen de la vocación nos dice:

<<Yo no sería escritor de no haber leído “París era una fiesta” a los dieciocho años en ese mismo café de la Place de Saint Michel que él dijo que era estupendo para escribir.>>

Más adelante asegura que, en realidad, él lo que pretendía era ser libre y huir de las oficinas, y un día viendo La notte de Antonioni con Mastroianni haciendo de escritor y casado con Jean Moreau, lo tuvo claro.

A Vila-Matas le crecen los literatos en la prosa como a otros les florecen las metáforas, las hipérboles, o los calambures; “el literato consagrado” es su figura retórica más característica, se le meten de okupas en los textos y le fagocitan la literatura.

Este modo de hacer que consiste en traer a colación escritores y reinventar sus vidas y sus dichos me parece a mí un poco celestinesco y nos estimula a ser infieles, a que dejemos el libro y nos vayamos inmediatamente con otro, con Robert Walser por ejemplo, o con Witold Gomgrovicz,  que era un señor,  según dicen, bastante gracioso.

El envase ensayístico de su literatura lo utiliza para puntear su particular poética y su teoría narrativa, defendiéndola, como es natural, con denuedo y obstinación, y a veces también, con soterrada hostilidad ante lo que él considera inadmisible. El capítulo “Me llamo Tabucchi como todo el mundo” acaso sea el más concluyente: “… me han reprochado -como si hubiera cometido algún delito- por qué trabajo tanto con citas de autores. A esta pregunta mecánicamente les contesto que practico una literatura de investigación y que, como dice Juan Villoro, leo a los demás hasta volverlos otros. Afán de apropiación que incluye mi propia parodia.”

“He buscado siempre mi originalidad de escritor en la asimilación de otras voces.”

“No nos engañemos: escribimos siempre después de otros…”

“La invasión en mis textos de citas literarias totalmente inventadas, que se mezclan con las verdaderas es un intento de modificar ligeramente el estilo, tal vez porque hace ya tiempo que pienso que en novela todo es cuestión de estilo.”

“Hay que ir hacia una literatura acorde con el espíritu del tiempo, una literatura mixta, mestiza, donde los límites se confundan y la realidad pueda bailar en la frontera con lo ficticio, y el ritmo borre esa frontera. De un tiempo a esta parte yo quiero ser extranjero siempre.” (El discurso de Caracas)

Lo absolutamente rechazable en novela según nuestro hombre, son las novelas escritas por poetas a base de prosa poética. En cambio, la gran literatura, afirma, mantiene la cercanía con los grandes ventanales de la poesía, su gran espectro, su aliento y su emoción. “En Grand Central Station me senté y lloré” de Elizabeth Smarth, ve el origen de su obsesivo procedimiento, al ser la novela pionera en convertir el texto en un máquina de citas literarias que ayudan a crear sentidos diferentes.

Julian Barnes:

“¿Qué pasa si echamos una mirada hacia atrás y no hallamos ninguna herida útil, ninguna cicatriz psicológica, ningún estímulo temprano para la fiereza de la vida imaginativa? ¿Significa eso que no podemos ser escritores? Por fortuna, no. Significa que somos una clase distinta de escritores.

¿Se puede ser vanguardista todo el tiempo sin convertirse uno en vanguardia? Sí, eso se llama estilo, la reiteración machacona y estragante de la forma.

Enrique Vila-Matas hace muchos años que encontró su estilo, la voz que le correspondía en la literatura y un sitio privilegiado e inaccesible para casi todos los demás. En su afán por distinguirse y desmarcarse del “yo” pertinaz que encadena y fustiga sin piedad ha nadado a contracorriente buscando la orilla gloriosa de la originalidad, puede que haya quedado exhausto (tal vez no) y que sus indagaciones futuras ya no sean más que una triste coda a esa portentosa culminación que es Doctor Pasavento y como él o la caligrafía de Walser, haya conseguido al fin disminuirse, adelgazarse hasta hacerse desaparecer y que lo dejen tranquilo de una vez. Queriendo literaturizar la vida ha terminado por literaturizar la literatura, que es muy hermoso y más peligroso, porque irremisiblemente el instinto carnívoro por engullirlo todo que ésta tiene se convierte a la larga en una inclinación caníbal que se devora primero a sí misma y se repite y se repite y se repite hasta convertirnos sin apenas darnos cuenta, o dándonos, en un Jack Torrance cualquiera.

“Si nos sentimos no acosados por nuestra infancia quizá estemos en una situación liberadora, nuestro caudal imaginativo versará sobre el mundo, más que sobre el yo.”

“Acabar vomitando nuestra infancia. Tal vez tan sólo es cuestión de tiempo.”

“Heidegger y Céline…, dos esclavos de su lenguaje, hasta el punto que para ellos liberarse de él equivaldría a desaparecer. Esclavizarse del estilo propio, algo así como entre una necesidad, un juego, y una impostura. ¿Cómo desenredar la parte de cada uno de estos elementos? Se diría que el fenómeno primordial es la necesidad. Es lo que absuelve a los maniáticos de su lenguaje.”      -E.M.Cioran-