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Kassel no invita a la lógica, Enrique Vila-Matas

hhhhh

DE VILA-MATAS he dicho algo aquí: https://lahoradellobo.wordpress.com/2011/11/30/una-vida-absolutamente-maravillosa-enrique-vila-matas/, y también aquí: https://lahoradellobo.wordpress.com/2012/04/05/aire-de-dylan-enrique-vila-matas/. Sin embargo, su último libro publicado, Kassel no invita a la lógica, me exhorta a hacerlo de nuevo sin saber muy bien por qué, porque, como se sabe, de los libros de este señor –que son siempre el mismo libro- ya está todo dicho. Espero por tanto se me reconozca sino la destreza al menos la afición.

Sorteados los trampantojos librescos, detrás yo continúo viendo un escritor bastante honesto y leal. Me refiero a esa lealtad de perfiles más bien turbios que la vida ha convertido casi en sumisión y docilidad, una lealtad subyugada ya por la experiencia, que nos dirige en una única dirección –la que mejor conocemos- autorizándonos la escritura únicamente del modo que sabemos hacerla y no de otro. Esto que digo es una evidente estupidez, pero en el caso que nos ocupa me parece relevante, puesto que Vila-Matas, concluyo, se ha plegado a escribir como mejor sabe escribir y de las cosas de las que siempre ha preferido escribir, no de las que su creatividad ha sabido imponerle a su escritura.

La grandeza de un escritor –se nos dice- está en su condición, asegurada de antemano, de fracasado. El arte está sólo en el intento, en la búsqueda de lo nuevo. Pero nada nuevo busca ya el señor Matas, y la pujanza juvenil y la insolencia, esencia misma de su forma de estar en el mundo y que él asegura aún tiene frescas y lozanas, no son más que una licencia poética mal disimulada.

El yo narrador, no sé si debo confundirlo con el autor aunque temo que así sea, es un ser envejecido, temeroso de un pasado reciente de enfermedad grave, de colapso como él prefiere llamarlo, poseído por recurrentes accesos de melancolía nocturna que a veces consigue eludir siguiendo una escrupulosa rutina de enclaustramiento doméstico a la caída del sol, una suerte de vampirismo inverso del que suele recuperarse por la mañana.

Una llamada desconocida ha venido a perturbar sus rutinas monacales y su fragilidad somatológica. Alguien le invita a cenar y termina haciéndole una proposición no demasiado indecente, según se mire. Le dicen de ir a Kassel (ciudad centro-alemana a orillas del río Fulda, con una población que alberga cerca de doscientos mil residentes) a pasearse por allí del bracete del comisariado artístico responsable de la dOCUMENTA –ya saben, la influyente exposición de arte contemporáneo que se celebra cada cinco años en la ciudad anteriormente citada- y a representar un modesto papel en ella. Un papel insignificante, más bien patético, formar parte de una…, digamos “instalación” anónima, una “performance” modernilla en consonancia con el tono artístico que predomina en toda la ciudad. Se trata de ir todas las mañanas a un restaurante chino de las afueras de Kassel y sentarse a una mesa a escribir. Ese cometido a él le desazona y le espeluzna, se ve invadido de una intolerable excitación y un deseo de huida inmediato, no sabemos muy bien por qué, pero rehúye el momento de aparecer por allí y difiere el momento de sentarse a escribir o a hacer como que escribe alegando cualquier excusa, y cuando lo hace, recurre a unos heterónimos intrínsecos que enmascaren la impostura abriendo a su vez otra impostura, pues la recurrencia de la simulación y la falsificación, sabemos, es pábulo nutricio hipercalórico en los textos de Matas. 

Él prefiere combatir la angustia paseando, encerrándose durante horas en un autobús urbano, alternando con las sugestivas comisarias, visitando las numerosas instalaciones diseminadas por el entorno y conjeturando sobre ellas y la contemporaneidad artística en la intimidad de su cuarto de hotel, candorosamente llamado cabaña de pensar.

Lugar de hipótesis, conmemoraciones y desmemorias, divagaciones y desvaríos traídos y llevados azarosamente por la contingencia de la exposición o por cualquier otro motivo anímico urdido en la insondable fantasía del viejo recluido, la cabaña de pensar es la filial recóndita donde se aparejan los burros que acarrean los bultos conjeturales del viajero, el perenne flâneur walseriano que pasea y pasea  y parece querer volver a asombrarse, aunque la admiración ya no se le levante como antaño y la luna del asombro esté en cuarto decreciente.

En Kassel recobrará los mejores recuerdos de sus inicios de artista –insiste-, su admiración, por ejemplo, por aquellos que hicieron de la escritura su destino: Kafka, Mallarmé, Joyce, Michaux, aquellos para los que la vida apenas era concebible fuera de la literatura y aquellos que hicieron con sus vidas literatura. La literatura hay que ir a hacerla también fuera de la cuartilla. Cuántos casos no habrá de tipos que son todo literatura sin haber escrito un remite.

El arte debe ser nuevo siempre o no será o será manufactura. Y a la busca del arte nuevo se perderá en Kassel  y Kassel será reconstituyente y ansiolítico para la angustia, superación pasajera de la melancolía de haber vivido siendo más joven y estando más sano.

Hace muchos libros que Vila-Matas perdió su carné de disidente y ganó el de afiliado a algo, no sé bien a qué, en cualquier caso una militancia, una sujeción. En casi todas su cosas –excepto en la espantosa Aire de Dylan– hay un escritor que viaja y escribe su desplazamiento, el eje de su taumaturgia es el recorrido. Este volver una y otra vez al viaje como sustancia y razón contrasta con su rechazo a la repetición de lo ya repetido, con la reprobable consideración de que la tarea del escritor es reproducir, copiar, imitar la realidad.

Y la realidad de Kassel, con o sin posmodernidad artística, tampoco dista mucho, incluso se confunde si la miramos atentamente, con aquella otra realidad rústica que contaba Cela en la Alcarria. De alguna manera, reírse de los lugareños tullidos en Budia (Guadalajara) no es más grave que pintarle de rosa una pata a un galgo y hacerlo deambular sobre un  terreno excrementicio (¿tendría que venir Nietzsche de nuevo a pedirle disculpas a este perro por Descartes?). No obstante, El viaje a la Alcarria desagrada mucho a Vila-Matas, no le cabe en el Parnaso, el galgo con la pata rosa sí. Es como si, puestos  a reírse, mejor aquello que lo haga de toda la humanidad.

Aquí y ahora digo, aceptando toda  responsabilidad excedente, sin ápice de solemnidad ni gloria de cenotafio o tentación de hacer un mcguffin, que el oficio de escritor ha consumido al artista, y que éste cayó vencido por la costumbre y el conocimiento, y reducido al universo estanco de su percepción, cayó con él también su afán de vanguardismo permanente. La traición se ha consumado, el voluntarismo de escribir, como lanzada artera de Longinos, vuelve a atravesar el costado de D. Marcel Duchamp.

“Lo importante en el arte es la necesidad. Hay que sentir de forma absoluta que una obra es necesaria, sin lo cual no vale nada y aburre, sentir que, si nos da, aunque sólo sea por un instante, la impresión de que es intercambiable, todo se desploma”.   –E.M.Cioran-

 

Intemperie, Jesús Carrasco

kkkkk

ESTE LIBRO PERTENECE a un género que hizo buena fortuna antaño. Lo practicaron de inicio escritores que después llegarían a mucho, o a bastante, por ser a la par accesible recurso y reclamo voceón. Decir nombres como Cela, Ferlosio, Laforet, Delibes, Aldecoa, Fernández Flórez, Ballester o Fernández Santos, es mucho decir claro está, pero ya están leídos y para algo.

Pongamos que hablo del tremendismo calcáreo. O sea un personaje, su desgarradura emocional, y un paraje pelado. Aquí sobra hasta la yunta de la guardisiví. Para qué. De una sequía y un burro cuántas florecientes mitologías no le han crecido a la españolidad letrahiriente.

Intemperie daba bien para rellenar siete u ocho carillas doble espacio, una plica con pseudónimo y conquistar un accésit con placa de alpaca plateada junto al beso de la concejala en Maribáñez de la Jara XXIX Certamen Literario. Pero no. Hubo de prolongarse el cuento hasta la pequeña novela ya puestos. Cuántos ya puestos y buenas intenciones concurren en malas novelas. Se sienta uno a escribir el remite de un sobre y ya puestos…

Medio libro se nos va aparejando y desaparejando el burro, y cuando no dando de beber a las cabras en medias latas de atún o de verdeles, no sé, de algo. Todo es carestía y dilación. Unos tipos malísimos persiguen a un niño por algo que no sabemos qué es pero que ya nos lo va pareciendo y se encuentra a un viejo pastor de cabras generoso y protector que además conoce las hierbas y sabe preparar untos para curar las cosas malas que también nos da el campo, como las insolaciones y eso.

El niño y el pastor huyen pero muy despacio, dándole tiempo al autor entremedias a describirnos el atalaje, a llenar y vaciar los serones, levantar apriscos, dar de vientre unas cuantas veces, preparar unas migas con leche de cabra, roer la corteza de un queso curado hasta la enfermedad, despellejar una liebre, echarse unos tientos de vinazo…, y así todo.

Morosidad tensa, irritante, enumerándonos hasta los músculos que se le mueven al niño cuando le da un retortijón o las hebras que le quedan en la tabaquera al alguacil. Se quiere contar todo y en todo momento, sin acertar a saber cuándo hay que hablar y cuando tiene uno que callarse. Porque, claro, conocerse todos los aperos de un burro y el orden correcto en que hay que endilgárselos no es lo mismo que saber utilizar la elipsis en una novela. El diccionario no va a poner nunca lo que no puede poner el talento.

La narración permanece estancada de inicio en una galbana existencial que contagia hasta a las piedras. Falta agua y sobra sol, demasiados algarrobos sarmentosos, cantuesos y torviscos, rebollares arruinados, junqueras quebradas, pastizales agostados, amenazantes serrijones, torvos roquedales, murallas roídas, casas denegridas, galgos famélicos, agria melancolía de la ciudad decrépita…, es empezar con esto y noventayochizarse seguido.

En fin, tedio y sesteo hasta un prefigurado final violento y cañí, tantas veces dicho y hecho en un paraje más de la España invertebrada, más candente que nunca ahora.

La novela, vamos a ver, está escrita con una llamativa voluntad de corrección y contención. Algo inusual en muchos jovencitos de ahora, que entregan sus resmas y hala, verdes las han segao. Está bien la persecución de cierta pulcritud característica, la busca de un tono propio, de un estilo, pero aquí la persecución denota más limitación que indagación. Justo lo contrario de los grandes nombres arriba mencionados, para los que sus novelas tremendistas iniciáticas sirvieron de lanzadera temática y estilística. El señor Carrasco podrá escribir mejores novelas que ésta, desde luego, y escribirlas bien, o correctamente, pero ya se columbra una sintaxis de natural apersogada. Sin genio ni llama, y eso…

“No se trata de trabajar, sino de ser. Eso es lo que olvidan los escritores, porque les conviene olvidarlo.” -E.M.Cioran-