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La trabajadora, Elvira Navarro

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CIENTO CINCUENTA CUARTILLAS necesita La trabajadora para decirnos que un piso en Aluche no queda tan cerca del cielo. Es verdad que el piso de Sabina en Rebajas de enero era más céntrico, pero a él le bastaban un puñado de ripios para llegar mucho más lejos.

Dos mujeres necesitadas de vivir solas no tienen más remedio que compartir piso y lexatines para así poder pagar el alquiler y los aranceles de la vida ordinaria. Una auscultará a la otra y lo que diga el fonendoscopio nos será referido por la una, trabajadora editorial con ingresos provisionales –valga la redundancia-.

Hay una mujer premarchita que relata una juventud seriada de entrevistas carnales fortuitas con hombres brutos y obsesos en busca de orgasmo de cuando los anuncios por palabras de los periódicos y los contestadores telefónicos con cinta de rebobinar. Se nos dice que de todos ellos, prefirió a uno canijo que, por serlo, tenía mucha habilidad para torear bien por abajo, que es por donde a todos nos gusta más que se toree. Esta conducta encontradiza y de predilección lúbrica por los enanos, junto a la propensión a cortar revistas para ensamblar collages, son los distintivos de una de las dos locuras que se nos cuentan. A mí estas cosas me parecen más caprichos y chuminadas que locura propiamente dicha, pero se nos insiste en que eso sólo puede ser patología y bipolaridad y yo ahí no voy a entrar a discutir.

La segunda mujer es la voz de la narradora, y también, quizá, sea La trabajadora. Encabezamiento menestral adherido sin alarmantes dosis de inspiración o trabajo. Ella se ocupa de pacificar la ortografía de los textos, de corregir lo que otros dan por bueno. La vida así, leyendo los errores de los demás y sin cobrar casi, le hace ser excesivamente consciente de la errata de mayor dificultad de corrección, la vida propia, que se desvía hacia un extrarradio cicatero y herrumbroso de transbordos de autobús.

Una exótica película de los años cuarenta de Edgar Neville, La torre de los siete jorobados, y la posología de unos comprimidos, constituyen el vigoroso zócalo documental sobre el que esta chica, La trabajadora, quiere urbanizarnos dos locuras aledañas de etiología dispar. Encabalgar la locura biológica con la locura mancomunitaria, aquélla de nacimiento y ésta contraída después, consuetudinariamente.

De la película nos llegará la fantasmagoría de pasear a deshora un Madrid secreto, noctámbulo y suburbial, semisótanos como criptas y callejones erizados de torvos cartoneros que agreden. Este transitar lóbrego de periferia y ocultamiento, servirá a La trabajadora de mucho, aliviará su poquedad y su retraimiento salarial.

De la posología no llegarán más que advertencias y efectos secundarios. Se aluden algunos nombres comerciales convencionales y en torno a los atributos del fármaco, como si fueran dioses de una oscura mitología escandinava, se cifrará la animosidad de las dos mujeres que se dividen la historia. El Risperdal despersonaliza, lobotomiza, y borra hasta las manchas del iris, pero no quita las ganas de follar. El litio te vapulea el hígado, no obstante, te dará una tregua con ese parkinson facial tan propio de los neurolépticos. Los demás, benzodiazepinas típicas, anodinamente inocuas y accesibles, les procurarán un conspicuo letargo o amodorramiento parecido a la hibernación de un oso pardo.

El ambicioso desempeño por distinguir la locura que nos nace y la locura que nos dan, irá encanijándose alarmantemente, párrafo tras párrafo, aquejado de una inmunodeficiencia lingüística adquirida, sin rastro de la psicoesfera ni el infierno que nos tenían prometidos.

Unas prosas enjutas y desapercibidas, de corta crianza, ahiladas, perplejizantes, sin desarrollo ni policromía, llevarán en parihuela la esmirriada relación de histerias provisionales, domésticas y cutáneas, suscitadas por el trabajo inestable y el poco y mal follar de ambas mujeres. Una muy loca y despreocupada, y la otra, únicamente estresada y demasiado consciente.

“Que nadie intente vivir sin haber hecho su aprendizaje de víctima”. –E.M.Cioran-