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La pianista, Elfriede Jelinek

zzzz

TAMBIÉN A ERIKA KOHUT podría decírsele aquello de Cocteau a Marlene Dietrich. Lo del nombre que principia como una caricia y termina como un zurriagazo.

Erika Kohut es el nombre de una mujer que únicamente autoriza, o al menos así lo cree ella, previo formulario escrupulosamente cumplimentado, las caricias del látigo y la de los cables pelados. Sus vínculos con los seres vivos son administrativos y procedimentales, impedimentos y restricciones que ella levanta como un muro defensivo sin procurarse apenas un par de atalayas para no morir asfixiada dentro de él. La música es una de ellas. Y es que Erika es una pianista con muchas teclas que tocar.      

Igualmente, yo llegué a esta novela desde el cine y no desde el premio Nobel. Haneke, como tantas otras veces, me escupió a la puta cara las verdades del barquero después de haberme zarandeado como un pelele sin moverme del sillón. Fané y descangayado, comprendí que debía leer pronto esta novela, La pianista, pero la sospecha de que el texto no estuviera a la par que la adaptación cinematográfica, me llevó a dar algún rodeo, a mostrarme reacio a la lectura, posponiéndola una y otra vez. Pasado el tiempo, continuaban siendo tan vívidas las imágenes de la película, que tuve la certeza de que abordar la novela me iba a causar una gran decepción.

Isabelle Huppert no iba a estar en la novela, eso era más que suficiente para que yo continuara sin querer acercarme al libro. En la novela aparecería, como mucho, Elfriede Jelinek, con esos labios finos de anfibio pintarrajeados de carmín con los que suele aparecer en las fotos de interné que he mirado. Que no digo yo que no, oye, pero no es igual. No obstante, la leí, la he leído ya.

La novela no tiene la vivacidad que Haneke, a fuerza de saltarse sus convencionalismos estéticos más característicos, le imprime a la película. Como si el director hubiera rehusado a su habitual profilaxis documental por una dicción declamativa  más conveniente a la hiperestésica sensibilidad de Erika. Desanudar la trabazón emocional que aflige a Erika haciendo explícito para el espectador el sumario íntegro de sus patologías a través de hechos consumados, y no con las vagarosidades y crípticas metáforas que se congregan adiposamente en la novela.

Erika fue educada para ser concertista profesional de piano, pero el fracaso le hizo subirse al remolque de la pedagogía. Mientras se ahoga en su indigerible frustración, se va sepultando a paladas que ella misma se echa encima en un compacto sustrato teórico intelectual que le confiere un prestigio amateur y vecinal de mesa camilla y canutillos de nata los domingos por la mañana. Se indigna cuando alguien increpa  a Schubert y lo tilda de artesano. Ella sabe que Schubert es un artesano, pero hay que decirlo con señorío, como lo decía Adorno.

La Kohut ofrece recitales extraoficiales a sus alumnos y a sus veleidosos padres, que la aplauden con fervor cuando construye el contrapunto adecuado y se da después a la fuga, escapando airosa, de las delicadas penitenciarías de Bach. Erika recoge las ovaciones con altivez, como quien devuelve el guante tras haber matado al duelista, la madre se relame y le mete prisa: vamos niña, no vayan a pedir más, que lo hacemos gratis.

Esa forma inferior de vivir la música entre escolares y palurdos la desazona. Un halo de severidad y descortesía relumbra su conducta pública. La privada, compartida con su madre viuda, es peor, es la relación entre dos hermanas siamesas que se envidian y se vigilan cuando duermen, y a la vez, no pueden matarse sin que mueran las dos.

Pero no todo van a ser alumnos cohibidos por la displicencia de la profesora sarampión y sus vestidos de cretona, pronto aparecerá el desinhibido pichabrava organizando el galanteo, acorralando a doña escarcha entre la polla y el espejo. Veremos qué es peor.

El espejo nos devuelve la coreografía vital de una mujer que rechaza para ser rechazada y se complace de ello. Un epítome de parafilias apiladas en un alma de mujer de tamaño convencional, supongo. Demasiados instrumentos para un cuarto tan pequeño, demasiado ruido para ser música de cámara solamente. A Erika le suenan las disconformidades del alma como la orquesta filarmónica de Viena acompañada de media docena de corales, excesiva algarabía que atemperar con una sola batuta –aunque sea la del robusto joven piragüista-.

La novela viene a ser el ajuar de soltera que Erika va desembalando para nosotros –voyeurs involuntarios- como si de un striptease se tratara, solo que en vez de ir desprendiéndose de indumentaria, nos va ofreciendo, depravación tras depravación, un desnudo psiquiátrico integral muy turbador, seamos sinceros; aunque el reiterado tono de acotación teatral que utiliza Jelinek y las descripciones impresionistas, antojadizas y equívocas, según la tornadiza luz que decida concedernos en cada escena, a cada alzada y caída del telón, llegue a convertir la novela en algo poco fluido, espeso y cargante, bituminoso o alquitranado.

Erika en la bañera, hurgándose con las viejas cuchillas filomatic de su padre, la geografía física reservada al placer. Viéndose sangrar, flemática. Erika se corta y se punza la carne y no le duele nunca. Erika en la oscuridad desabrida de un parque apartado, a esa hora en que los deseos se satisfacen casi de cualquier manera, oculta, espiando como joden los seres clandestinos, desarropados, a la intemperie, la ceremonia inminente fornicial animalaria, temerosa de ser descubierta o deseando que eso ocurra. Animada por el peligro de ser desventrada por un energúmeno más que por la contemplación de la follanza, por sentir esa nerviosidad doncellueca seguida del picor venido del coño que le hace mearse toda patas abajo. Erika soñando en aclimatar a su cuerpo objetos metálicos, fríos, coriáceos, filosos, córneos.., allí donde debería reposar algo blando, tierno, delicado. Erika aspirando el husmo de un tisú enlefado por un sarraceno en la cabina de un sex-shop de un suburbio…

Tantas escenas de entrañas latiendo a contrasentido, ilustradas y ejemplificadas con puntería y complejidad que, decir aquí como se dice en otros sitios, que La pianista es sado y masoquismo, dominación y subordinación, Edipos y frigideces, anhedonia y qué sé yo qué más es como no decir nada y no lo digo.

Pero sí voy a decir que Erika Kohut es toda ella un simposio, un concilio internacional de animistas, freudianos, jungianos, lacanianos, chamanes, exorcistas, conductistas, cognitivistas, gestaltistas…, y que, dos mil o tres mil ponencias después, el diagnóstico, de llegar a haberlo, no sería más que aproximativo y epidérmico. El aquelarre seguiría sin disolverse, las brujas habrían aparcado las escobas, pero se habrían ido andando a buscar un after para continuar bailando.

“El amor nos muestra hasta dónde podemos estar enfermos dentro de los límites de la salud. El estado amoroso no es una intoxicación orgánica, sino metafísica”.     –E.M.Cioran-

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