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El palacio de la luna, Paul Auster

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LO MÁS GRAVE de todo es que Auster ya había excedido los cuarenta cuando publicó esta novela. Ya no tenía coartadas creíbles tras las que ocultarse y salir absuelto, la inconsecuencia juvenil no era ya un alegato admisible, no obstante lo hizo.

El libro, más que remedo tardío de los beatnik, es un eccema epigonal. Una excrecencia grasa que se abulta por fagocitosis de estereotipos de generaciones colindantes. Así, en la novela, se hayan presentes las recurrencias completas que personifican a todos esos muchachos a los que se les fueron negreando los huevos durante los voceríos aledaños a la guerra de Vietnam y todo ese cisma levantisco.

Holgazanería, mendicidad como posicionamiento estético, obnubilación, nihilismo ontológico, desleimiento mental limítrofe a emulsión del córtex…, cosas de este tipo le van ocurriendo al sujeto directo de la acción simplemente porque sí. Sin motivos ni drogadicción intercalada. Una rebeldía átona y sin exabruptos, violencia inversa, vuelta hacia uno mismo, como una huelga de hambre en una isla desierta. Con estas alforjas se nos apareja el burro para un viaje que, a priori, nos parece va a ser corto, mas luego no, luego se hace largo de cojones.

Se nos avisa de una orfandad prematura y un pariente altruista que toca el clarinete. Con la universidad de Columbia se irá el patrimonio y aparecerá la lasitud, el desaliento, la existencia de rizópodo, las pernoctaciones en Central Park y la desnutrición. La semejanza física y conductual con un ser unicelular le librará del reclutamiento. En su ayuda acudirán un compañero de estudios y una novia china que lo acompañará un tramo largo de novela, hasta que un embarazo discontinuo se interpone entrambas partes sin que haya lágrimas que valgan para volver.

Después de esto que digo al autor se le acaba el yo –la biografía- y empieza con la ficción. El personaje debe buscar trabajo y lo encuentra en un tablón de anuncios de la universidad. De todos los lugares a los que podría enviar un tablón de anuncios a un muchacho desesperado e insolvente en la fatua Nueva York –sin recomendaciones previas ni intercesiones divinas notificadas- el salón comedor de su abuelo desconocido será adonde lo envíe. Grave falta de respeto, pérfido menoscabo el perpetrado hacia el lector aquí, dejándonos cariacontecida la lectura, pero que, bien mirado, tampoco importa demasiado vamos.

La historia tuerce por la esquina de la casualidad y se licúa en una espiral de padres errabundos que se hacen los encontradizos ante hijos totalmente perdidos o perdidamente atontados. El abuelo, paralítico y ciego ahora, tuvo un pasado trashumante que novelizar, una juventud inquieta y expedicionaria con toda su ornamentación crepuscular take me home, Country roads: meandros del río Colorado, mulas que se despeñan por los riscos, cantimploras vacías, nativos aullándole a la luna, coyotes y guaridas de cuatreros rebosantes de dinero robado, latas de judías guisadas y bacon ahumado.

El nieto será el dócil amanuense que transcribirá las irisaciones mozas del viejo moribundo y el encargado de hacer llegar al hijo abandonado por el ciego tales crónicas, junto a las prerrogativas sucesorias convenidas por el finado. El descubrimiento del padre encubierto también se producirá al doblar una esquina casual en un viaje espontáneo y malogrado hacia la cueva de los cuatreros que les contara el paralítico difunto. A estas alturas la epistemología del texto ya nos ha persuadido de que la casualidad que pastorea los designios de los personajes también puede revolverse airada, y de igual forma te obsequia con un pariente imprevisto con heredad aneja como te quita un progenitor apenas entrevisto. La retórica de la orfandad ya la dejó clara el poeta:

Qué me agradeces, padre, acompañándome

con esta confianza

que entre los dos ha creado tu muerte?

No puedes darme nada. No puedo darte nada,y por eso me entiendes.

En mitad de la barahúnda sesentera neoyorkina Auster siembra a su personaje por ver si le germina algo decoroso y convincente, un Holden Caufield por ejemplo, que se parezca un poco a él pero no tanto.

El indisimulable efluvio de hechicería india con segregaciones lisérgicas, simbolismo chamánico, telurismo junguiano, viajes iniciáticos de aquí para allá, muertes espirituales y renacimientos carnales hiede, pero el peyote no acaba de aparecer por ningún lado. Se nos anticipa un viaje –on the road– con mucha prosopopeya beat pero sin infiernos dentro, sin tinieblas, sin bebop ni LSD ni heroína ni fornicatura, una pornografía para todos los públicos contada como cuenta este señor sus cosas: todo recto y seguido, sin adjetivar nunca, como si no considerase importante detenerse a matizar, sugerir o proponer desde otra perspectiva que no sea el  plano secuencia aniñado, tafiole y cursi, que convierte sus libros en animación industriosa fastidiosamente transparente para impúberes tornadizos con la frente colérica de acné.

Es inútil escribir sin emoción. Me parece que desciendo cada vez más hacia la sensación, que me encenago en ella y me encamino, así, hacia un terror frío.     –E.M.Cioran-

Diario de invierno, Paul Auster

DICE PAUL AUSTER que son de invierno pero yo creo que le han salido unas memorias más de entretiempo y un tanto desabrigadas. Un inventario epidérmico y lampiño de cambios de domicilio entre Brooklyn y Manhattan con estadía juvenil obligatoria en París, unas cuantas cicatrices escolares, inviernos nevados de Newark, Nueva Jersey, y un par de esposas de las que nacieron sendos hijos.

Un hatillo de ciudades de Europa y el resto del mundo, Estados Unidos de parte a parte, media docena de putas en París, un matrimonio fracasado, unas cuantas novias estrechas que no se dejaban más que tocar las tetas por encima de dos capas de ropa, miles de travesías por el puente de Brooklyn, un perro tullido, Corn Flakes, porción de huevos revueltos, dos rebanadas de pan tostado con mantequilla acompañado de beicon, jamón o salchichas, y torrijas de pan de molde con sirope de arce, un trabajo en un barco, alguna traducción francesa, telefonista del Times en París

Ataque de pánico, accidente de circulación, inflamación del esófago, espina de lenguado atravesada en la garganta, caída doméstica junto a gruesa y labrada pata de mesa, esguince cervical en partido de béisbol, rotura de hombro en partido de rugby, cara enganchada con clavo suelto…, maneras de las que pudo haber muerto nuestro hombre.

A punto de cumplir sesenta y cuatro años Auster considera que ha vivido ya un rato y que, sin ser un anciano, la vida ya le ha perdonada unas cuantas veces, algo que no todos pueden decir a esa edad, así que es momento de confesar, de dejar constancia de los aspectos personales que no ha sabido o querido contar en sus novelas. Pero el libro, ya de por sí extrañamente delgado, va transcurriendo en una candorosa segunda persona del presente masturbativo (él se interpela y él solito se responde), enumerando y enumerando acontecimientos comunes de la vida de cualquiera sin calar nunca el melón; y a la vuelta de una hoja, sin más, descubrimos con indiferencia que ya está, que se han acabado sus memorias de invierno sin ni siquiera contar algo sobre sus novelas, sus autores favoritos, sus desavenencias con tal o cual colega, sus infidelidades con alguna editora cachonda… no sé…, habladurías del gremio, ajustes de cuentas…, nada de nada.

Más que memorias son una égloga a la desmemoria y al olvido porque aquí solamente se habla de tres personas y de unas cuantas marcas de chocolatinas. Le dedica los pliegos necesarios a la ecuación muerte paterna prematura + muerte materna prematura x infartos inopinados, consecuencia y significado, y otro tanto a loar las virtudes intelectuales de su maravillosa esposa, que le salvó del fracaso de vivir cuando era un alma en pena por las calles perdidas del Nueva York y tal.

Probablemente lo mejor del diario es todo lo que se ha quedado fuera de él, lo peor, la complacencia y autosatisfacción por los dones recibidos (alabado seas mi señor). Decir además que este libro tiene unas dosis de edulcorante artificial inferior a los productos habituales de este fabricante, que ha sido sustituido por melaza natural de sorgo elaborada en Kentucky. Absténgase los hiperglucémicos.

No me resisto a dejar de poner este fragmento maravilloso extraído de la página 171, significativa muestra de lo que pudo ser y no fue:

“Te acuerdas de una historia que te contaron una vez sobre James Joyce: Joyce en París en el decenio de 1920, circulando por una fiesta hace ochenta y cinco años cuando una mujer se le acerca y le pregunta si puede estrechar la mano que escribió el Ulises. En vez de tenderle la mano derecha, Joyce la levanta en el aire, la estudia unos momentos y dice: <<Permítame recordarle, señora, que esta mano también ha hecho otras muchas cosas>>. Nada de detalles, pero qué deliciosa muestra de indecencia y connotación, tanto más eficaz en cuanto que todo lo dejó a la imaginación de la mujer. ¿Cómo quería que lo viese? Limpiándose el culo, probablemente, hurgándose la nariz, masturbándose en la cama por la noche, metiendo los dedos a Nora en el coño y haciéndole cosquillas en el ojete, reventándose espinillas, quitándose comida de entre los dientes, arrancándose pelos de la nariz, sacándose cerumen de los oídos; pueden rellenarse los espacios en blanco según convenga, teniendo en cuenta el aspecto fundamental: lo que más asco le produjera a la mujer.”

Paul Auster

 

Vuelve a caer la cellisca en el jardín de la casa de Slope Park. Paul Auster en zapatillas y batín de cuadros contempla desalentado desde el ventanal de su estudio que aún no ha llegado ningún petirrojo. La primavera se retrasa este año. Regresa cabizbajo a su mesa de trabajo y reanuda la escritura de la novela que le prometió a Jorge Herralde para antes de su jubilación. Desconfía de poder cumplir los plazos de su editor español. Sería una pena, después de todo, de España proviene una buena parte de sus ingresos, incluso algún premio sonado le ha llegado de allí, aún se pregunta por qué, España es un país en el que apenas ha pasado dos meses si sumamos el número de días de todas sus visitas. Al fondo del pasillo, en la cocina, Siri Hustvedt, su mujer, termina de flambear el pavo con la mano izquierda mientras con la derecha corrige las galeradas de su último ensayo titulado Dickens e identidad, apoyado en su mejilla sobresale el pequeño teléfono inalámbrico con el que Siri le explica en noruego a una antigua amiga el concepto de forclusión de Lacan, a su vez, con el ojo izquierdo, observa a su dubitativo marido reclinado sobre la mesa desde el espejo rectangular del pasillo en lo que parece ser la postura que adopta cuando se pone a elucubrar listas. ¿Estará chocheando? se pregunta inquisitiva.

“Todo lo que he concebido se reduce a malestares degradados en generalidades.”     -E.M.Cioran-