Archivo de la etiqueta: sequía

Extramuros, José Fernández Santos

frt

HAY NOVELAS que no amarillean aunque parezcan rancias porque están escritas en un español cabal de sillería añeja. Aquélla con la que no sólo se levantaban picudas catedrales, sino humildes ermitas y conventos anónimos también. Extramuros de Jesús Fernández Santos se lee y se masca como se masca en verano el agua de un búcaro curado con anís, con obscena delicia.

Sobre los yermos se destacan los muros raídos de alguna venta que enseña ya su osatura de arpillera; los caminos desiertos sin restos de fogatas, ni labrantines, ni ganado. Un carro desvencijado traquetea hacia la corte, y sólo un silencio estremecido y el olor de los muertos embosca la tarde, filosa y macilenta. El aroma persistente va cayendo a los arrabales, un olor a cáñamo quemado, a adobes calcinados, a cal viva y azogue, hedor a muerte que presta aliento humano al apocalíptico paisaje, a la postal de Brueghel el viejo.  Cuadrillas de lisiados e impedidos van medrando a su antojo por los hogares vacíos, tomando para sí lo que los más pudientes no se pudieron llevar con ellos. Lo demás se quema todo en violentas piras que humean en la distancia, recortándose entre los lamidos tesos y los minúsculos oteros.

En una fecha imprecisa de una decadente monarquía medieval, el hambre, la peste y la sequía, se enseñorean por una España insalubre, escuálida y deficiente. Una de esas Españas de las pesadillas de Darío Regoyos, Solana y Buñuel, que a la vez hubiera inspirado a Bergman para ambientar El séptimo sello, sólo que el sueco con más alegría.

La seca se prolonga agónicamente rajando los baldíos, dejando sin trigo las aceñas del río. Un alcotán endemoniado cruza el páramo inhóspito, mientras, los vencejos permanecen mudos, temerosos de cantar o bullir. En un instante, un enjuto haz de luz vuelve brillantes los caminos, los tejados y corrales, más allá de las murallas, de los agudos campanarios, cubriendo ese paisaje lunar tiranizado por la escasez y la enfermedad de diminutos cristales. Todo ello, la ciudad y las lomas, se adivinan más allá, al otro lado del ajedrez alto de la celosía. Extramuros. Fuera de esa luz furtiva y mezquina todo es desolación, encomendarse al altísimo o crujir de dientes. Frailes descarnados que follan con desvergonzadas motilonas en pajares de mugre, mastines del santo oficio acechando a sus presas, prioras tiesas, frígidas y ruines, capellanes que justifican los males que el señor permite alegando que es por el bien de los fieles, médicos contritos prestos a la sangría como único remedio.., hambre, miedo, y más hambre en derredor.

No obstante, las monjitas de nuestra hermandad, tan desesperadas como todos los demás, se agrupan en el coro cuando tocan a maitines, y entre cabezada y cabezada, bien por sueño o bien por pura debilidad, les salen los cantos exangües como una escolanía fantasmagórica, y rezan mentalmente para que llueva de una vez y las escorrentías se lleven la ponzoña y traigan el trigo candeal, algunas de ellas con muy poquita fe. Antes de asistir a misa y recibir la comunión, después de haber cantado las liturgias menores, ya se habrán muerto de hambre o de peste un par de hermanitas, a las que es preciso llevar al huerto a dormir el sueño de los justos, entre la tamuja seca, los rastrojos sarmentosos y los cardones raquíticos.

Todos sabemos que las monjas no se tocan. Pero, en tiempos de tanta necesidad, un sentimiento vivificante aflorará de entre los hábitos de buena lana de merina castellana y más adentro todavía, de dos miembros de la congregación. Una fraternidad entendida a las bravas carnales construida con los pequeños materiales del deseo escolar. Primero surgirá la piedad y la compasión frente a la enfermedad de una de ellas, seguido de la no omisión del deber de socorro. Después, ya se sabe, la cercanía, el ascetismo de las celdillas que tanto predispone a expandirse espiritualmente para contrarrestar la asfixiante austeridad reinante, luego las caricias en las mejillas, el frotar de manos y el enderezamiento oportuno de las tocas descolocadas…

El fragor carnal, matizado de sentimientos de culpa por parte de una de los dos hermanas, saldrá del plano central de la novela por un tiempo ganando en complejidad argumental y en espesura moral al pedirle una a la otra que le hiera las manos con un cuchillo para simular estigmas divinos que puedan ayudar al convento a invertir su calamitosa situación. El rumor de unos buenos estigmas abiertas espontáneamente en ambas manos de una novicia, como dos rutilantes vulvas encarnadas, bien puede mover a los desesperados, hambrientos, enfermos, beatos, y demás alcurnia, a ir en busca de la solución milagrosa a sus males, dejando ofrendas y limosnas que aplaquen la ardiente necesidad en que vive el convento. Tal petición, tomada con ligera reticencia al principio, se irá malquistando en el pensamiento de la joven enamoradiza hasta conducirla a penosas diatribas morales con respecto a las heridas y a la obligación de no ocultar por más tiempo el origen de las mismas una vez aliviada la sequía.

El amor de dos religiosas embarcadas en un mundo que naufraga despojado de concesiones morbosas y casquería. Un trazo solemne y grave, pausado, descriptivo de emociones humildes que contrastan con un paisaje despiadado. Escrito con sobriedad y precisión, sin ditirambos lexicográficos al diccionario terruñero, al de aperos, y al de monacatos, que tanto gustan de hacer los que han meado tres veces en Valladolid , concisión, y una sintaxis aparentemente sencilla  que enmascara orfebrería de alto copete. Sensibilidad, pensamiento y estilo. Que es mucho y es escaso.

“Puede haber felicidad en el apego, pero la beatitud aparece sólo allí donde se ha roto todo apego. La beatitud no es compatible con este mundo. Es la que busca el monje, por ella destruye todos sus vínculos, por ella se destruye.”     -E.M.Cioran-

 

 

 

Anuncios