Archivos diarios: 21 febrero, 2013

Ayer no más, Andrés Trapiello

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EN EL PERFECTO derecho que me asiste a interpretar maliciosa y torticeramente mis lecturas, suscribo que Trapiello utiliza con reiteración en su última novela la voz “victimario” para referirse al causante de la muerte de alguien en oraciones en las que aparece también el término “víctima”. La similitud gráfica proveniente de una etimología latina común puede llamar a engaño a algunos (pocos) que ven en su utilización conjunta una argucia para respaldar las premisas generales de su novela, provocando una obscena antinomia retórica, la confrontación de dos vocablos de parecido significante y enfrentado significado. Esta ramplona querencia especulativa mía me lleva a sugerir que Trapiello quiere, si se permite, “ahumar” las proposiciones del silogismo trabucando la conclusión.

Uno no sabe o no quiere saber si los que proclaman con suficiencia y una impostada mueca de resignación que de haber vivido la guerra les hubieran fusilado en ambos bandos son dos veces lúcidos o doblemente imbéciles.

La latitud que nos presenta en Ayer no más es la de un prestigioso y huraño historiador que de vuelta de algunos desengaños decide volver a León. Allí retomará el contacto con sus padres y hermanas, una familia burguesa de fascistas que lograron fama y fortuna tras la guerra arrimándose a siniestros matarifes de falange y ensotanados caínes.

La relación entre el padre fascista con sus inamovibles razones igual que furibundas embestidas, y el hijo pródigo, ingrato, rojo, y sentimental, será el espinazo vertebrador del texto. Sobre esa relación inviable que exige terribles esfuerzos, paciencia y ternura, el hijo irá deshilvanando la madeja espesa de su familia, recorriendo las distancias a menudo abismales y otras insignificantes que van del odio hasta el perdón, pasando por un secreto oculto del padre al comienzo de la guerra civil desvelado azarosamente que le llenará de tribulaciones.

“Quien maldiga a su padre o a su madre, morirá”.  Éxodo, 21,15

Un vocerío diverso nos cuenta la historia. Muchas voces que a veces son solo un eco paródico y grotesco; como lo es la voz de la memoria histórica oficial, representada por un matrimonio de profesores de universidad, malísimo uno y peor la otra, bicha calumniosa y cornuda que ansía la gloria para ella sola, una gloria escenificada en dos carillas de El País y una entradilla en Informe Semanal, su nombre a pie de foto, y el honor inmarcesible de ser el custodio vengador de los vencidos, la justicia recobrada. Está la voz de la penene ingenua y guay que la edad aún no ha desengañado y habla como Ramoncín, la semiadolescente que se folla al profe bueno y prestigioso haciendo de contrapunto jovial a la sazonada tristeza del historiador escarmentado. La voz humilde del niño setentón que vio cómo le mataban el padre en La Fonfría quedándose allí él también perdido en un bucle de tiempo infranqueable. Y muchas voces más que hablan todas distintas en artesanal ejercicio de ventriloquía sin que el barullo llegue a apoderarse del libro. Voces de reconciliación a la manera sagrada del poeta,

Vivid, la vida sigue,
los muertos mueren y las sombras pasan;
lleva quien deja y vive el que ha vivido.
¡Yunques, sonad; enmudeced, campanas!

y voces ásperas y sentenciosas,

Media España ocupaba España entera

con la vulgaridad, con el desprecio

total de que es capaz, frente al vencido,

un intratable pueblo de cabreros.

La única conclusión que yo acepto (soy extraordinariamente sectario) es que en la guerra mataron todos, desde luego, pero unos lo hicieron mucho más que otros, y lo siguieron haciendo una vez terminada, y que las familias de las víctimas de uno de los bandos obtuvieron, si eso es posible, cierta reparación o resarcimiento económico o social por el hecho de formar parte del bando ganador, mientras que muchos de los muertos de la otra orilla aún permanecen sepultados en fosas, barrancos, y cunetas desconocidas, y cuyas familias, además, fueron escarnecidas y represaliadas. El autor, haciendo voluptuosas eses, vendrá a decirnos que puede que todo eso haya sido así, pero que la historia, para desentrañarla bien, requiere aproximarse a ella desde distintas latitudes. Un perspectivismo amañado que presupone que el ojeador bizco termina juzgando mejor.

Una tercera España que no habría matado nada entonces, que se hubiera dejado matar por cualquiera, como si eso fuera posible. Como si fuera posible ser muerto en una guerra por los dos bandos al mismo tiempo, ahí está el error de los Trapiellos y los revisionistas que creen que la redención histórica se produce releyendo a Chaves Nogales y Arturo Barea, cuando es únicamente un bando el que te mata, el que te helará el corazón, pues solo para ti si mueres, mueres.

Olvido, olvido, y olvido, parece ser la única receta posible para restañar las heridas. La democracia así lo exige. Sacrifíquese la justicia, tantas veces confundida con la venganza, en pos de la señá democracia. La memoria es frágil, quebradiza, interesada, se ulcera patológicamente entorno a una presunción deformándola hasta que pierde su vieja fisonomía, que ya es otra cuando queremos darnos cuenta. Paz, piedad y perdón, o sea.

“Es posible vivir casi sin recuerdos, pero no vivir sin olvidar; un exceso de historia daña la vida”. –Nietzsche-

“Todas las aguas tienen el color de los ahogados”   -E.M.Cioran-

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