Archivos Mensuales: enero 2013

El vano ayer, Isaac Rosa

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¿CUÁNTAS DIFERENCIAS tonales destacables entre el encarnao, el rosáceo, el corinto, el púrpura de Tiro, el rojillo y el rojazo, distingue un carnicero en los sótanos de la dirección general de seguridad de Puerta del Sol a la luz escasa de un tísico fluorescente? Todo dependerá del número de hostias y del tiempo de que disponga. La física son habas contadas que decía uno, y las longitudes de onda del espectro de luz electromagnético que un madero de la político social puede percibir con sus gafapasta emanando de un cuerpo luminiscente  ardorosamente entregado a la lucha clandestina tienen gran variedad de matices hasta llegar al colorao que se busca con insistencia.

Se termina viendo lo que se quiere ver y no otra cosa. Y si en lugar de lo que queremos ver aparece otra cosa basta con mirar hacia otro lado.

La militancia no son sólo unas barbas talares, un cagondios, y el ciclostil gruñendo sobre la mesa de una singer en un tabuco de Entrevías. Hay militancias discretas de traje gris bajo el loden con roderas de grasa, nombres vernáculos, y la familia bien a dios gracias  a los que también hay que represaliar de vez en vez, como es el caso que nos ocupa.

Julio Denis parece la clase de persona que en una película sobre su vida privada se dejaría arrebatar el papel protagonista por cualquiera cayendo hasta actor de reparto o menos todavía, un figurante sin frase. Un tipo que deambula entre la discreción y la invisibilidad por los pasillos de la universidad y la vida, cabeza gacha, termo de café bajo el brazo y bocadillo de verdel en escabeche. Arrastrando esa fama de hombre sombra que rápidamente adquieren los inadaptados y  tanto rechazo suscita en todos los demás. Un carácter que su valía académica y sus furtivas miradas a las inaccesibles gachís no pueden soslayar, y por el cual nadie estaría dispuesto a mover un dedo para ayudarle, menos aún en tiempos de tormenta.

El probo ciudadano cero  escribe novelas de kiosco a tanto la línea para redondear el jornal, en ellas aparecen ciudades exóticas y playas de color azafrán, jodibles y perversas mujeres, y astutos detectives. Un día viene la pasma haciéndole una oferta que no podrá rechazar y amanecerá en París con aguacero y adiós a la vida tal como la había conocido hasta entonces. Un anónimo más al que nadie echará en falta. Pero llega Isaac y nos trocea la historia y después baraja los cachos y las voces, que son de muchos y muy distintos registros, dándole perspectica ahistórica e informalismo documental para evitar solemnidades y lugares comunes, siendo además un medio eficaz para reforzar la voz y las convicciones del autor. Destaca la sinceridad con la que declara sus intenciones antes de cada texto, algo inusual en el patio de Monipodio de plumillas pubecestentes y penenes, donde hasta el más tonto cree hacer bien guardándose la puta de oros en la manga para llevarse las diez de últimas. Rosa, enseña sus cartas desde el principio para que nadie se llame a engaño o se cree falsas expectativas, poniendo sus cartas boca arriba nos dice que no va de farol, pero que no renunciará a guindarte el juego con treinta y tres siendo postre. Te dice que las cosas fueron de tal manera, que está convencido de que fueron así y no de otra forma, no obstante te deja oír otras versiones que él y nosotros sabemos que son falsas. Vistosa estructura para un tema muy sobado.

“Un libro sólo es fecundo y duradero, si se presta a varias interpretaciones diferentes. Las obras que se pueden definir son esencialmente perecederas. Una obra vive por los malentendidos que suscita.”    -E.M.Cioran-

La cabeza en llamas, Luis Mateo Díez

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LAS CRIATURAS de Mateo Díez tienen nombres con sonoridades de gravedad, míticas, lejanas, como rescatadas de un arcón olvidado en el sobrado de una casa de adobe de un pueblo sumergido bajo las aguas de un pantano. Nombres y topónimos a los que se les adivinan con solo pronunciarlos una vislumbre inquietante, un bies engañoso, el de una historia antañona y polvorienta acaso, o un inconfesable secreto que linda entre realidad y ficción, entre lucidez y locura. Nombres con peso de siglos que callan y con eso espesan el tiempo incomodándolo, predisponiendo la narración hacia lo irresoluble, enlodando el relato de presagios y asechanzas turbias, oprobiosas contra las virtudes teologales o peor.

Resabios de provincia deshecha y campanario, piedras limadas y regatos, pajotes furtivos y sotanas acartonadas de lefa y cera. Una ruina orgullosa que se resiste a morir y manotea fútilmente sobre el follaje de una memoria desvencijada.

Los cuatro relatos de este libro fabuloso son blasones de una prosa en extinción sin semejanza alguna en el panorama literario español de alto standing. Complejidad sintáctica y procedimental que mantiene abierta la veta indagatoria y el asombro que bascula entre la pretensión y el hallazgo. O sea, voluntad de estilo al servicio de tramas y personajes, quizá más escorado hacia el personaje que a la trama, variables de una ecuación irrenunciable cuyo objetivo es contar la vida; y en ese cuento lo más apremiante son las posibles resoluciones. Porque la vida sigue siendo ante todo un asunto a resolver.

“Que la vida que se cuenta fluya revelando el propio sentido de la misma, lo que simbólicamente debiera alcanzarse con un armamento puramente narrativo y tan expresivo como eficaz.”

Narración, expresión, y eficacia, tres formas de una única verdad que en la prosa de Mateo Díez se revela natural, cadenciosa y enérgica. La santísima trinidad literaria: contarlo, contarlo con belleza, y que además se entienda. Un dogma al que no se renuncia por escepticismo sino por incapacidad.

La cabeza en llamas titula el primer relato y da nombre al libro, compuesto por cuatro novelas cortas de cuño cervantino y un epílogo aclaratorio donde las conductas, nunca ejemplarizantes, confluyen en dilemas morales y existencias atormentadas e inconsecuentes.

Camil es un personaje entre dos mundos; huérfano, se crió con su abuelo y sus tíos, aprendió a leer solo y se fue haciendo con una irritante retórica embaucadora y contestataria de atracción y repulsa hacia los suyos. Una rebeldía indómita fronteriza entre la insolente osadía y la enfermedad. Viviendo así, entre el ardor y la llama, el desenredo solo puede determinarse en los límites de una vasta y elocuente hoguera.

En Luz del Amberes el escenario es un restaurante lujoso. Dos sobrinos adolescentes son imprevistamente invitados a comer por su tío Viro rompiendo así la rutinaria atonía de sus vidas en internados religiosos. Sobre la timidez de los niños se irá depositando una espesura de confidencialidad, una tonalidad moral auspiciada por los secretos infantiles de Viro que se confunden con misteriosas ensoñaciones y son revelados a los niños como una mágica confesión. El restaurante se integra magistralmente en el relato como un personaje más sin que sea necesario describirlo con profusión, actúa como una compañía silenciosa que los niños perciben vivamente creando una atmósfera  física y afectiva, un halo de excepcionalidad y misterio sobre sus vidas insignificantes.

El gusto que algunos tienen a la infelicidad da lugar a Contemplación de la desgracia. Un ejercicio intelectual de distinción, discriminación, entre dos tipos de tristeza: aquélla que se nutre de la contemplación y la otra que aspira a la comprensión.

“Comprender la desgracia es un grado mayor de sabiduría que contemplarla, se trata ya de una dimensión moral que puede encaminar la comprensión a la piedad, y en la piedad como bien sabemos anida la virtud.”

Implícitamente es también  un reconocimiento moral a la acedia, la tristeza con o sin objeto que proyecta la totalidad de su obra, sus ciudades de sombra. Veda Noya degusta con deleite y se recrea en la contemplación de la desgracia, por eso el teatro trágico es composición y aprendizaje idóneo del sentido del infortunio que gobierna el destino de los seres. La sublimación de la aflicción engendra un ensueño melancólico vagamente lúcido, simbólico y romántico que lo aproxima al desvarío y al ensimismamiento, de ahí que sea conveniente descifrarla con palabras para tratar de comprenderla, y como la vida, en el proceso de enunciación pueden ir las claves de su resolución.

La última de las historias es Vidas de insecto y parecen ser unas disparatadas memorias escolares en las que se reconocen un colegio de curas y una peculiar disposición taxonómica jerarquizada donde alumnos y profesores formarían parte de distintas familias y especies de insectos debido a su proceso de educación y su inalterable destino. El texto es premeditadamente enfático, gamberro, y en ocasiones muy gracioso, una ingeniosa subversión infantil cercana al surrealismo amenizada de metáforas desaforadas y hallazgos expresivos a medio camino entre la remembranza y la imaginación más alocada.

“Debo reconocer, y así lo hago, que vivo en la novela lo que la vida ya no me reclama.

Escribir es lo único que me interesa para que la vida no decaiga, y en la escritura está el único aliciente que me queda para acabar de resolverla”.

“Reírse burlonamente o rezar: todo lo demás es accesorio.”    -E.M.Cioran-

Tres noches, Austin Wright

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ESTE LIBRO VIENE con faja laudatoria y contrapasta apologética. A distinguir me paro las voces de los ecos, y escucho solamente, entre las voces dos: Saul Bellow y Ian McEwan.

Bellow la considera una obra maestra y el otro no sé qué la considera pero también la considera algo o sea.

La novela se publicó por primera vez en los Estados Unidos en 1993, su título original es Tony and Susan, aquí y ahora se lo han cambiado por el de Tres noches, vaya usted a saber por qué o por qué no. Del autor nos hacen saber que nació en Nueva York en 1922, fue profesor de literatura en Cincinnati, escribió siete novelas y algunos ensayos, y murió en 2003. Así, sucinto. Una foto nos lo enseña a una edad imprecisa; frondosas y circunflejas cejas oscuras y pelo blanco, boca grande, labios finos, nariz totémica, el rostro levemente inclinado y apoyado sobre la mano derecha, denotando una complacencia escéptica sobre la digna pose senatorial.

La novela tiene una estructura semejante a la última publicada por Rafael Reig, Lo que no está escrito (https://lahoradellobo.wordpress.com/2012/10/21/lo-que-no-esta-escrito-rafael-reig/). Digo semejante, no sospechosamente semejante, que es lo que mi maledicencia congénita me hubiera tentado a decir. En cualquier caso, Tres noches es una buena novela y Lo que no está escrito es otra novela más.

Susan, una mujer de mediana edad confortablemente instalada en segundas nupcias con un cardiólogo bastante lerdo, recibe por sorpresa un manuscrito de su primer marido pidiéndole que lo lea y le dé su opinión en vista a un presumible encuentro con él unos días después. La novela se llama Animales nocturnos, la firma Edward Sheffield y retrata la desafortunada peripecia de una  familia asaltada de noche en la autopista, obligada a salir del coche por tres hijoputas mientras el marido contempla petrificado el rapto de su mujer y su hija que encontrarán muertas unas horas después en un bosque cercano.

Tres noches despliega una sencilla historia inicial con gran vivacidad rítmica, un lenguaje contenido y ligero que entrelaza diálogos cortantes con ágiles narraciones de situación entreveradas con el estado anímico de los protagonistas. Muy pronto conectamos con la historia, como si en lugar de desencriptarla en el cerebro a través de la lectura la estuviésemos viendo en una pantalla. Esa inmediatez casi fílmica o televisiva unida a la consecuencia dramática polarizada en héroes y villanos algunos lo llaman thriller.

Estupor, consternación e indignación serán las primeras sensaciones que Susan advertirá tras la llegada de la novela. ¿Por qué a mí, después de tantos años? Se preguntará recelosa. La absorbente lectura del texto se irá intercalando con las impresiones de Susan sobre su pasado. Se relación con Edward, la evocación de su carácter y los motivos de su divorcio. Una parte de su vida que Susan creía tener a buen recaudo y convenientemente aislada en los altillos de la memoria y que ahora, sumergida en la lectura, reaparece trayéndole agitados reverberos de insatisfacción conyugal y frustración existencial.

La novela que con desenvoltura nos dirige en un primer momento hacia un crimen atroz, durante su desarrollo va tomando espesura y complejidad, va llenándose de encrucijadas, abundándose de bifurcaciones, poblándose de disyuntivas, y todas esas alternativas atañen a posiciones morales y a modos de conducta. Ética y moral es el trasunto de la novela, y no el eufemismo para subnormales llamado thriller psicológico.

Se va haciendo novela al narrar, incluyendo en ella como piezas decisivas para el funcionamiento preciso del artefacto las aportaciones del lector, de Susan. La parte externa de la literatura, o sea el lector, aquí parece engranarse en el texto completándolo. El texto lo comienza el que lo escribe y lo termina el que lo lee podemos deducir, o simplificar vagamente que el lector hace al texto. Mucho esfuerzo emplea el autor en incidir sobre esta teoría, consiguiendo estimables resultados. La interconexión entre escritura y lectura fuera del perímetro de lo cognoscible, llevados ambos de la manita al único plano de la creación es manifiesta. Porque las emociones del lector también forman parte de la escritura qué cojones.

Todo escritor, por muy disimulado que aparezca, anhela conseguir una reacción en el lector. Edward ha dejado de ser el escritor frustrado de su juventud, hecho que propició su divorcio con Susan, y ahora es capaz de ofrecerla algo, un texto acabado. Se lo entrega a ella, la mujer que con despiadada crudeza lo juzgó incapaz de ser escritor, de no estar dotado para eso, y que además le fue infiel con un cardiólogo lerdo con el que terminó casándose. La novela parece ser una forma de venganza hacia Susan. Con ello quiere decirle: ¡tolle, lege, maldita zorra! Mira lo que he sido capaz de hacer. Y lo que ha hecho es una novela cojonuda que consigue su propósito: conmover a la zorra que lo despreció. Hacerla replantearse su pasado y considerar equivocadas muchas de sus decisiones, despreciar su adocenado presente y ponerle un oscuro velo de incertidumbre a su futuro.

Edward le demuestra a Susan que un canalla puede llevarse por delante a toda tu familia sin hacerte perder la elegancia y la cortesía, y que después de eso se puede follar uno a otras jóvenes y hermosas mujeres sin remordimiento, y aparentar que se ha superado el trauma sin romper demasiados cristales, sin dejar de ser lo que siempre se ha sido, un sinsangre tal vez, pero un sinsangre estremecido y honrado, capaz de dejarse matar antes de pegar un tiro a nadie, venciendo el odio y el vil afán de venganza, y entregarse generoso al justo y necesario olvido.

“Susan desearía no tener que estar siempre demostrando que es su capacidad de leer lo que la vuelve civilizada, pero hay cosas que la lectura de una simple novela no puede cambiar.”

“Me juzgarán por lo que haya escrito y no por lo que haya leído. Con demasiada frecuencia pierdo de vista esa verdad de Perogrullo. Siempre, después de haber devorado un libro, me atribuyo algún mérito.”  –E.M.Cioran-