El infinito viajar, Claudio Magris

EL INFINITO VIAJAR recoge las mieses selectas de viajes realizados, vividos y escritos por Claudio Magris entre 1981 y 2004. Como se nos indica en el excelente prefacio, son páginas de viajes recogidas y recaladas de temporalidad, entretejidas de caducidad por ser el relato de un momento particular que inmediatamente huye. Páginas vinculadas al momento preciso en que se realizó el viaje, a diferencia de otras obras suyas como Microcosmos o El Danubio donde lo visto y lo oído vuelven a inventarse y a narrarse convirtiéndose en la historia de un personaje casi imaginario.

Son viajes anteriores y posteriores a importantes acontecimientos históricos que hoy nos parecen remotos, como la caída del comunismo y la desmembración de la Unión Soviética, la escisión de la antigua Checoslovaquia o el derrumbe del muro de Berlín, y que recaban eficazmente la complejidad de lo real vivido en aquel momento con el abanico de fuerzas puestas en juego.

Viajar es echar cuentas con la realidad y con la historia o con las historias, evitando cancelarlas del todo. Sucesos que inevitablemente se inmiscuyen en la percepción alterándola, pero sobre todo, son viajes llevados a cabo en compañía de personas amadas antes y después de su despedida, de su muerte, como es el caso de su propia esposa, la escritora prematuramente fallecida Marisa Madieri, a la que dedica el libro y cita con devoción.

El viaje en el espacio es un viaje en el tiempo y contra el tiempo, que es una forma de complejidad estratificada. Al cabo, como señala remitiéndose a su esposa: el hombre es tiempo cuajado, múltiple.

A Marisa

y a los compañeros de viaje a quienes he querido

y que ya han llegado

La esclarecedora dedicatoria nos pone sobre la pista de uno de los inexpugnables significados del viaje, el trágico. Viajar tiene que ver con la muerte. Frente al sentido homérico del viaje circular de ida y vuelta, se revela el viaje nietzscheano de camino sin retorno, el viaje rectilíneo hacia un malvado infinito, una recta titubeante en la nada.

Solo con la muerte cesa el status viagiatoris del hombre, su condición existencial de viajero, por eso viajar es también diferir la muerte, aplazar lo máximo su llegada, abriéndose la paradoja de viajar no por llegar, sino para no llegar posiblemente nunca.

En el libro hay capítulos que alumbran las zonas más turbias de la historia de Europa, los nefastos nacionalismos y sus fermentos iniciales. No hay viaje sin fronteras dice, ya sean lingüísticas, políticas o psicológicas, traspasarlas y amarlas sin idolatrarlas es la recomendación del autor. Saberlas flexibles, provisionales y perecederas, igual que un cuerpo humano. Escribir sobre ello, como advierte, no corrige el pasado, sino que intenta evocar cosas, percepciones, hipótesis, realidades, proyectos de futuro, rehuyendo los juicios postreros. Esa continua cantera de epifanías, materiales y experiencias que depara el viaje se reelaboran en los textos narrativos sorprendiéndonos a nosotros mismos de la dirección que toman los pasos, revelando inesperadamente escondidas patrias del corazón, asegurando que tal vez sea el viaje la expresión por excelencia de esa literatura, narrativa non fiction teorizada por Truman Capote.

Identifica además el concepto de viaje como persuasión en el sentido estricto que le daba Carlo Michelstaedter a la palabra persuasión. Y que definía como la posesión presente de la propia vida, vivir el instante. El viaje apremiante niega la persuasión y los numerosos aspectos asociados a ella, como el sentido deambulatorio e irracional, y el exquisito y sugerente vagabundeo del flaneur .

Durante el viaje uno se siente continuamente un extranjero, se detiene en lugares que no conoce, duerme en camas que no le pertenecen y utiliza almohadas que pronto usará otra gente, se produce un aprendizaje entre objetos y seres desconocidos que al viajero despierto le inducirán la conclusión de que no somos nadie. Alguien o algo que nos parecía cercano, inmediatamente se revela extranjero, del mismo modo que lo distanciado y autóctono puede aparecérsenos como algo propio y cercano, emparentado. Esto ocurre no solo con las personas sino con los paisajes y las culturas. Hay lugares que hablan y otros que callan, epifanías y hermetismos. El viajero por ignorancia, soberbia o acidia a veces no da con la llave que le abra a los sentidos aquel mundo para poder cifrarlo. Frente al viaje utópico se sitúa el desencanto, la desilusión de encontrar sentimientos, certezas y valores que se derrumban al viajar. Es el síndrome de las expectativas arruinadas. El viajero es un anarquista ultraconservador que utiliza en sus mediciones de la realidad un método comparativo con lo que conoce y sabe, para ello se vale de un metro reglado a la medida de su cultura, sus prejuicios, sus valores y sus escrúpulos, muy pronto ese metro figurado nos descubre la hiriente fragilidad, la precariedad del mundo y del mismo viajero ante lo distinto.

Antiguas teorías morales cuestionan la legitimidad del viaje. El viaje es cruel e inmoral. Viajar es entregarse a la vanidad de la fuga. El yo fuerte debe quedarse en casa, lugar en que se libran las batallas más importantes: amar, construir, dar, tener… allí se encara la angustia y no se aparta la realidad y la pelea con evasiones ni vacaciones.

Ante eso al viajero le acomete la tentación de la irresponsabilidad. El viajero es un espectador que no se infiltra en la realidad que atraviesa tanto si lo que ve le parece justo como si no, no se reprocha lo indigno que ve a su paso ni se considera responsable.

Ernesto Sábato acuñó dos conceptos de escritura: la escritura diurna es aquella que relata la percepción que se comparte, atañe a los sentimientos e impresiones provocados por estímulos agradables e incluye los valores morales con los que nos identificamos. Es un tipo de escritura justiciera que batalla contra lo malo y cuyo objetivo primordial es explicar el mundo. La escritura nocturna carga con la verdad más perturbadora, rechaza o discrimina ideologías y comportamientos, imagina aquello que elude el control de la conciencia y se extiende más allá de nuestros ámbitos morales, es un ejercicio de tinieblas descontrolado y dominador. Uno de estos tipos de escritura declara su supremacía en el escritor viajero sin excluir completamente al otro.

Magris nos endilga la germanía con dulzura, sin estragar, haciendo mundana y novelesca la erudición más recóndita. Nos revela un mundo denso de sensualidad y folclore, rebosante de gollerías geopolíticas, lenguas y dialectos inverosímiles, razas míticas revestidas de literatura universal. Ahí radica la virtud de este señor, disminuir la lejanía y la pereza hacia culturas exóticas, incluyéndolas con entusiasmo dentro de un figurado canon mitteleuropeo que nos tragamos sin chistar. De este modo, reconocemos la literatura sorbia y a su alto exponente Kito Lorenc por ejemplo, como uno de los nuestros. Y así nos sucede con los soberanos de Baviera y la vieja Marca de Bradenburgo, apreciamos el doloroso ocaso de la orgullosa Prusia, engullida por la voraz glotonería de Alemania. Sentimos profundamente la degradación de las coníferas de la Selva Negra, especialmente la del abeto blanco que tanto entusiasmaba a Turgueniev. Nos dejamos llevar, caudal arriba del Kinzig, por la silenciosa religiosidad protestante, cuna de la filosofía y la poesía de mayor altura. Resuenan en nuestros oídos asombrados los ecos tumultuosos de Goethe, Schiller, Hölderlin… Arrullados por el convincente cauce dialéctico descubrimos un Berlín precario y patituerto, metrópoli de producción y consumo, tironeada de sordidez posindustrial, hechizada fugacidad y aura de desilusión acomunada anterior a la caída del muro. Hayamos en la trágica identidad apátrida de los bisiacos, istrianos y friulanos, retumbos de la Tierra Media y de Invernalia. Identificamos el Madrid de los milagros y los mentideros, las áridas rutas manchegas trilladas por el caballero de la triste figura y su inefable escudero…

Tras la anécdota que introduce, el museo de la ciudad plurisecular, las tradiciones conservadas con lozanía, está el acervo basilar que constituye, el dasein de la vieja Europa, que se nos dice con la infinita variedad de matices de los arreboles de un atardecer noruego, sin ocultar el pathos titánico de todo alumbramiento, y sobre todo sin grasa sentimental ni pedantería artificiosa. Diagnosticando cuando es preciso los males de un paciente que él se conoce al dedillo:

La fascinación y la maldición de Mitteleuropa consisten, por el contrario, en la feroz y lacerante incapacidad de olvidar, en la puntillosa memoria que lo protocoliza todo y relee cada día el informe de los siglos, deseosa de vengarse de las derrotas encajadas en la guerra de Los Treinta Años con la misma intensidad pasional reservada a las vivencias de la Segunda Guerra Mundial.

Tal es la inobjetable autoridad del narrador embridando las ideas, los conceptos abstractos, los saberes y resaberes de la historia de casi todo, que uno se siente deliciosamente subnormal leyendo este libro primordial.

“Siempre tenemos la impresión de que podríamos hacer mejor lo que los otros hacen. Desgraciadamente, no tenemos el mismo sentimiento hacia lo que nosotros mismos hacemos.”     -E.M.Cioran-

 

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