Petros Markáris, Noticias de la noche

LAS NOVELAS con muertos dentro han ido ganándole espacio en las librerías a las novelas con vicario luterano e hijas ensoñadizas hasta arrumbar a éstas a una canastilla de mimbre junto al paragüero de la entrada. Tal es la desproporción espacial que ocupa este depredador voraz en las librerías, que cada vez se hace más difícil encontrar un libro serio y digno de, pongamos Juan Benet, Juan García Hortelano, Baltasar Porcel, Fernández Santos o García Serrano, sin tener que taparse la boca y las narices ante el hediondo olor a cadaverina que desprenden los numerosos libros de este género muerto.

La falsa novela negra se ha instalado en los ríos de la prosa ibera como el cangrejo americano, como el siluro y el lucio antaño, extinguiendo a las especies autóctonas. Como las especies autóctonas no valían gran cosa y apenas ofrecieron resistencia a la colonización, hablaremos entonces de gradual suplantación más que de catástrofe biológica, en fin.

En tiempos, un comisario, un inspector, un detective o lo que fuera a batirse el cobre por ponerle nombre y apellidos al asesino, era una gabardina húmeda bajo la tísica luz de un farol en la esquina de un callejón, un periódico arrojado a un andén con un círculo rojo entre las páginas encerrando una dirección, y un sombrero borsalino de fieltro gris con lazo discreto de kling olvidado en el perchero del despacho de un fiscal incompetente. Todo herméticamente cerrado en una nebulosa de humo y alcohol aderezado con mixtura de entrepierna de secretaria cachondona. O sea, vicio, codicia y deslealtad en su justa medida enlatada y lista para un consumo rápido y sin pretensión gastronómica. Con esa fórmula lo hicieron los mejores, y por esa fórmula se les reconoció.

Años después la cocacola pareció haberse quedado anticuada (o que ya no saciaba y refrescaba como antes no sé) y algunos iluminados quisieron hacernos creer que en lo tocante a novela negra lo moderno, renovado y actual era el cherry-coke de los cojones, el brebaje ese del demonio que no se lo tragaba ni la reputísima madre que lo parió.

Márkaris lo intenta con la cocacola pero le sale sin mucho gas, ácida y provinciana como una mirinda de limón entre Carvalho y García Pavón.

Como héroe de novela el teniente Jaritos tiene un perfil mediano tirando a bajo. Contada en primera persona, en esta entrega inicial nos dice el policía con disimulo y pudor aspectos banales de su vida cotidiana, como las espaciadas y fingidas escenas sexuales con su mujer, su afición a leer diccionarios, sus problemas para llegar a fin de mes y costear la carrera de derecho de su hija en Salónica, el desafecto que siente hacia el novio de ella, las veleidades culinarias de su esposa a contra estilo de las suyas, la frustrante y anodina vida conyugal propia del funcionario-esclavo que siempre llega a deshora con el agravante de la televisión-basura de la que su señora finge-orgasmos es adicta, cosas de éstas.

Grecia, Atenas justamente, aparece muy al fondo, apenas dilucidada en un sinfín de calles de nombres y tráfico imposibles, transitadas con amargura y a cualquier hora en un renqueante mirafiori.

La investigación: unos albaneses muertos y un culpable que confiesa y que no es. Palos de ciego y costumbrismo policial con cinismo incisivo y molar presto a la dentellada ligera, sin hacer mucha sangre desde luego. Cuando la narración se seca por sí misma, deja de manar fluida, se nos agregan varios cadáveres más de unas dicharacheras reporteras. Se frunce, se soba, se mezcla, se agita y cuando uno se cansa de decir las cositas, se concluye con un sorpresivo: el culpable es mi ayudante, que es tonto además. Y ya lo dejé bien claro en la primera página.

Lo novedoso de Márkaris son los nombres guturales de sus personajes, una ensalada de “zetas” y “kas” imposible de digerir que nos constriñe el gusto y la intriga (si alguno la llegara a tener). Nombres, ya digo, que por no ser sajones o manchegos o suecos incluso, chocan estruendosamente en el cerebro que se niega a recordarlos haciéndonos la picha un lío a la hora de seguir la trama eficazmente, teniendo uno alguna vez que recurrir al renuncio y desandar las páginas para reubicar un personaje en el entendimiento general del texto. Por lo demás, todo muy convencional, correcto que aquí significa corriente y que creo yo que no es mucho, o a lo mejor sí.

¿Alguien emplea continuamente la palabra «vida»? Sabed que es

un enfermo.     –E.M.Cioran-

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s