Trilogía de la ocupación, Patrick Modiano

TRES NOVELITAS breves escritas hace más de cuarenta años y recientemente reeditadas en España forman la denominada Trilogía de la ocupación de Patrick Modiano, un título tan equívoco como pretendidamente comercial.

Tres postales brumosas tres, nacidas al albur del 68 francés, con los modos y modismos espirituosos de la época: efervescencia y vaguedad insustancial envasada entre atmósferas decadentistas.

La prosa galopa desnortada sin ceñirse a una historia precisa, sorteando adjetivaciones y relumbres en pro de una figurada esencialidad narrativa que se queda en inane caldillo de castañas. Así, al ritmo que marca la improvisación y el delirio, como jazz sesión para modernillos, zascandilean los relatos sin hilaturas por la toponimia del París más humillado.

El lugar de la estrella es el lugar adonde los judíos se colocaban el estigma amarillo que los identificaba como tales ante los nazis además de una concurrida plaza parisina, aprovechando el calambur Modiano pone título a su primer texto.

Un judío apócrifo, Raphaël Schlemilovitch, hereda fortuna de pariente venezolano y convoca a su padre, un turbio comerciante de caleidoscopios radicado en los Estados Unidos. En un paseo liviano hacia lo grotesco e inverosímil el personaje deambula sin plan encontrándose con otros seres infames que tratan de sostener una conjura antisemita política, social y literaria, en una época indeterminada de la posguerra y en un espacio, París, engolfado de personajillos atrabiliarios. El héroe aparece al final del relato tumbado en el diván de la consulta del doctor Freud que le trata de convencer de que él no es judío, de que lo judío no existe.

Fábula esquizoide y lisérgica con juveniles afanes incendiarios que no consigue más que hacer saltar un par de chispas. Para ello no duda en aludir al endiablado Céline y sus Bagatelas para una matanza, panfleto de cabecera entre la camarilla de espectros retratados, así como una pedante y aleatoria retahíla de textos clásicos franceses presuntamente racistas.

El segundo acto lo dio en llamar La ronda nocturna en homenaje a una opereta olvidada. Aquí se nos dice como el protagonista del primer libro, aunque ya no es nombrado como aquél, en un ejercicio de integración-confusión con la figura del padre, golfo y tarambana que colaboró con los nazis, es reclutado por dos organizaciones, una de facinerosos con licencia para campar a sus anchas por el turbio París ocupado, y otra de resistentes a la ocupación. Juego poco original de “agente doble” a merced de los héroes y los canallas.

La postal última o Los paseos de circunvalación también hubiera podido llamarse A la busca del padre perdido y su camarilla de felones y es, naturalmente, un exorcismo individual con su conciencia injuriada de hijo de padre colaboracionista y de madre artistilla belga de amistades dudosas.

Describe en esta parte última una zahúrda de vividores, chantajistas, chivatos, extorsionistas, putas, chulos, coristas, y demás ralea que aprovechándose del clima de injuria e iniquidad imperante, y amparados por el gobierno títere de Pétain, ejercen de falsos aristócratas, pródigos y trasnochados fantoches de vodevil con ojos color vincapervinca que nadan entre billetes de banco; peligrosos, viciosos, diletantes, canallas,…pescuezos de horca próxima e irremisible, entre los que se encuentra como calzonazos mayor el estúpido de su padre. De fiesta en fiesta en exclusivas zonas residenciales trafican con la necesidad envaneciéndose de su ignorancia y pestilencia y escupiendo por el colmillo el ruido y la furia más pertinaz hacia todo lo judío. El padre acabará siendo detenido como es de recibo.

El apologeta que firma el prólogo está convencido de la inalcanzable altura estilística y del magisterio e influencia del autor en las letras francesas y universales a través de las décadas. Mezcla de frescura fitzgeraldiana y fatalismo nihilista ruso, habla de un viaje a los infiernos dantescos de la mano de Céline en vez de Virgilio y del clima de turbiedad, delirio, cinismo y falsificación que exudan los escenarios. La duplicidad “ocupación-provocación” y la deshonrosa biografía de los padres colaboracionistas, que incluía negocios con la Gestapo, desencadena en Modiano un sentimiento de culpa que hay que purgar sin grandes ceremoniales, a ritmo de swing, con la ligereza con que corría el champaña por las mesas de los delatores y la espesura conceptual del armañac, el olor venenoso de una época.

Entre la memoria neblinosa nos llegan vagas tufaradas de neurosis judaica, melaza mundana, traición a lo humano, desquiciamiento e infames derrotados, un escaparate de ruindades entrevisto bajo una luz escasa y una olvidada fanfarria circense o de music hall. Con todo eso le basta a Modiano para jugar a ser joven, a ser un caballero ladrón. Lo leemos con interés de cortesía al principio y con indisimulable desafecto al final, cuando todo desmaya en un guirigay abotagado. Desilusión. Una lástima.

¡Lo que necesitamos ahora son bárbaros jóvenes que pisoteen los arriates!

Todo el mundo tiene sus coqueterías y sus violines de Ingres.

“La naturaleza, buscando una fórmula para satisfacer a todo el mundo, escogió finalmente la muerte, la cual, como era de esperar, no ha satisfecho a nadie”.  –E.M.Cioran-

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