Retrato del artista en 1956, Jaime Gil de Biedma

GIL DE BIEDMA llegó a las Filipinas por vez primera en 1956, tenía veintiséis años, un esplendoroso futuro como ejecutivo de copete alto en la compañía tabacalera de su padre, la hierba en la boca por abrirse un hueco en la poesía, y una arteria erótica general abultándose y contrayéndose frenéticamente junto a la carótida, a ambos lados del cuello, que le marcaba el pulso vital de su existencia.

Comienza el diario a su llegada a las islas, rememorando también escalas de su viaje en Roma, lugar en el que se encontró con María Zambrano; y según nos apunta, la intención inicial del texto es la de adiestrarse a escribir prosa disciplinadamente, un ejercicio educativo aplicado y riguroso que desconoce por haberse empleado hasta entonces exclusivamente en la escritura de poesía. Muy pronto aflorarán los temas capitales de su pensamiento: identidad sexual mal resuelta e intento de formular una experiencia unívoca e identitaria sobre los acontecimientos cotidianos que constituyen una vida, un costumbrismo genuino y elegante no ajeno al paso destructor del tiempo, un desencantamiento exquisito encastrado en una prosa de precisión relojera.

“…en cambio, ¡qué decisiva superioridad de los varones, que vamos por el mundo provistos de pitorro, cuando de orinar se trata! Tan sencillo y practicable, casi elegante. Me pregunto si los animales de algún modo participan en ese sentimiento nuestro de incongruencia. La expresión avergonzada delos perros al cagar siempre me ha llamado la atención, y la cara de hacerse los distraídos que ponen cuando chingan”.

La primera parte la llamará Las islas de Circe. Allí dejará constancia de sus primeras impresiones sobre las islas, sus desplazamientos constantes para conocer las instalaciones de la compañía y a sus dirigentes, a través de las cartas enviadas a los amigos de Barcelona, irá desgranando pleitos y afectos de su proceso creativo, reflexiones sentimentales, juicios poéticos, estados de ánimo, planes futuros, poemas que no salen, versos que le rehúyen, traducciones imposibles, lecturas que se malquistan,…calor y humedad que le enfatizan su natural salacidad y le empujan a las calles a deshora y sonámbulo en busca de su alimento vital: el deseo.

Pocos segundos le bastaron a un chico tan despabilado como él para darse cuenta de que aquello era un vergel carnal adonde poder libar hasta saciarse. Los exóticos mocitos tropicales desataron en el joven Jaime un frenesí copulativo irrefrenable. La morenez desvalida y necesitada de los tagalos, efebos del Cagayán, impúberes de Cebú, Negros, Mindanao, Panay, Luzón, Ilocos,… todo el archipiélago cayó bajo el influjo del poeta y aquél dejó en éste la indeleble marca de la felicidad furtiva, del paraíso perdido e inesperadamente recuperado.

Destaca la detallada descripción de los encuentros sexuales, fue voluntad expresa de Gil de Biedma que la versión definitiva del libro, “sin tapujos”, no se editara hasta después de su muerte. Encuentros digo en que la sordidez y la depravación galopan sin freno al ritmo de siniestras marchas triunfales hasta amaneceres turbios sobre sábanas de harapo. El olor agrio de cierta pobreza en covachas desalmadas y besos de bocas desdentadas; hombres, no necesariamente jóvenes, en el légamo más viscoso de la existencia, tal era la necesidad del artista en 1956.

“El olor a cuerpo y a prendas miserables.”

Sobre sus variantes de ocio se encarga de hacer significativas reflexiones el propio autor, y como como una reveladora e inapelable predicción destaco esta afirmación:

“Entretengo la tarde leyendo y escribiendo. Alivia escapar por unas horas del vertiginoso tobogán erótico en el que estoy subido y no sé adónde me llevará a caer, pero sospecho que no en blando”.

El paraíso recobrado no escapa a ciertas matizaciones del poeta, la perfección siempre es relativa, y la atracción del terruño por muy mezquino que nos parezca, siempre nos devuelve un espejeo de nostalgia o saudade entrañable:

“Empiezo a temer que el defecto de los chulos de aquí sea la falta de afición y mi recuerdo va, nostálgico, a los maravillosos chulos españoles, siempre prontos a olvidar en la cama que se acuestan por dinero”.

“En Hong Kong me acosté con una mujer. No estuve mal, pero una vez más verifiqué mi absoluta falta de interés por las mujeres; solo me dan gusto y por tanto me dan muy poco gusto. Yo busco sobre todo en la cama un cierto estado de ánimo que ellas no me suscitan”.

Incluso en sus más enfervorecidos ataques de erotismo desenfrenado, saltando de abismo en abismo, incontrolable, sacudido por esas crisis de exaltación heroica, el poeta siempre buscó un eufemismo, acaso un velada excusa, una excusatio non petita reclamada por una pequeña porción de su conciencia ofendida, ultrajada, un inalterable sonrojo más fuerte aún que la necesidad:

“…me pregunto si llegaría a inspirarme ternura, que es conmigo la única manera genuina de llegarme a inspirar deseo. Hasta ahora nunca me ha ocurrido con una mujer. Antes que homosexual soy rabiosamente homosentimental.”

La segunda parte del libro se llama Informe sobre la Administración General en Filipinas y es exactamente eso, un informe extraordinariamente bien redactado, impoluto y preciso, sobre el funcionamiento, organización, y posibles problemas de la compañía en Manila y sus instalaciones en provincias. Biedma llegó para familiarizarse con la legislación tributaria y laboral filipina y además de eso lo hizo con algunas cosas más. No obstante, el informe, aparte sus consideraciones y su valía industrial, es un dechado de exactitud y concisión lingüística, rezuma cierto academicismo neutro y no pocas generalidades, intencionadamente alejado de cualquier presunción literaria, y pedagógicamente entendible hasta para miembros ejecutivos de multinacionales y consejeros de administración como era el caso.

La tercera parte, De regreso a Itaca, es la historia de una prescripción médica. Una convalecencia forzada en la vieja casa familiar de la infancia en Nava de la Asunción (Segovia) para tratarse de unos preocupantes indicios de tuberculosis. Allí reposará, leerá y escribirá abundantemente poemas y prosas (contabilizando meticulosamente las holandesas a doble espacio); cartas a los amigos y los primeros capítulos de un libro de crítica sobre la poesía de Jorge Guillén. Dejar de joder, beber, y fumar compulsivamente hará derivar su escasa energía hacia menesteres intelectuales. Sobre estas privaciones divagará enjundiosamente:

“Lo cierto es que la invencibilidad dura poco. Veintiséis años no son precisamente una edad avanzada, pero la lentitud en recobrarme después de una noche de bebida, la mayor duración del dolor de cabeza, el miedo ansioso y el mal humor, me advierten que hoy ya no es hace dos años”.

“He de agradecer, sin embargo, la resistencia invariable de dos fieles servidores: el hígado y la pija. La melancólica observación de Shakespeare <<drink provoques the desire, but it takes away the performance>> todavía no reza para mí. El vino, que me da ganas furiosas, me da también la fuerza suficiente.”

 El reencuentro con la familia travesera y las chachas de cuando la guerra, los paseos por la ribera de los alisos y Santiuste unido a los buenos cuidados y la sequedad filosa mesetaria le harán entrar en una estimulante efervescencia creativa y sentimental hacia lo esencial castellano. Simple y llanamente magistral el esbozo de algunos amigos, compañeros de viaje, como Gabriel Ferrater:

“Treinta y cuatro años, inteligentísimo, poco dinero, pocas posibilidades establecidas de progreso. Conoce los entresijos de la vida práctica con una extrema lucidez, y al mismo tiempo es radicalmente inapto para la vida práctica. Una de esas personas –yo me tengo por otra­­- que con los mismos defectos pero con menos cualidades, hubiera funcionado mucho mejor”.

Con otros como Bousoño tendrá sus esgrimas dialécticas sobre teoría poética y otros pareceres. De vuelta a Barcelona, con la cabeza y algo más puesta en su regreso a las Filipinas, resumirá muy a las claras el fin de la convalecencia, su incrustación de nuevo en la vorágine cotidiana:

“Recién llegado a un sitio, se orienta uno mejor acerca de sus sentimientos escribiendo a los amigos que escribiendo para sí mismo. Y mis sentimientos de estos días son bastante confusos. Estoy tan raro que hasta me da pereza empezar otra vez a joder.”

¿Cómo seguir amando al poeta despreciando el comportamiento del hombre? ¿Cómo seguir queriendo al Dr. Jekyll conociendo a Mr. Hyde?

En su estupidez supina, Ana María Moix se lamenta en la biografía de Miguel Dalmau  sobre el poeta, de que Biedma reprochase a sus colegas (entiéndase por colegas a los amigos y conocidos) cosas que perdonaba sin más a sus amantes, zafios, brutos o violentos en algunos casos. La distraída señora Moix olvidó en su reproche que la respuesta ya la dio el poeta cincuenta años antes:

“Joderse incansablemente a seres cuya sofisticación divierte por lo primario pero que no me inspiran gran consideración. Puestos a elegir pareja para una relación, entre dos seres a los que no se quiere uno se decide siempre por el menos apreciable; debe de ser un modo de apaciguar escrúpulos”.

Mi relación sentimental con la poesía de Gil de Biedma es inquebrantable, una de las escasas lealtades que uno no se permite poner en cuestión ni siquiera en tiempos oscuros de decrepitud moral, política y artística. Él es yo digo, por encima de iniquidades y porculerías, el “poeta” en mi lengua después de Juan Ramón, mi lengua que no vale nada pero es mía.

“El hombre es el camino más corto entre la vida y la muerte.”   -E.M.Cioran-

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