Relatos que me asustaron, aa.vv.

HAY LECTURAS intolerables que nos empeñamos en sacar adelante en nombre de un orgullo que ya no nos queda y una dignidad que dejamos olvidada hace ya tiempo en el escote de cualquier zorra indiferente. Son ganas de humillarse más si cabe por no poder decir hasta aquí he llegado y no me contento solo con decirlo sino que lo hago, pero nunca ocurre nada y continuamos igual de absurdos y perdidos y además lectores, que las desgracias nunca vienen solas. Libros de ocasión de una feria olvidada de provincias o de una ratonera de Moyano un día de lluvia camino del Retiro hacia no sé qué asunto sórdido o qué subrepticia transacción como si un chulo o un puta. Libros que son caros aunque los regalen, que no es el caso, y que llevamos en una bolsa con un asa que se desgarra siempre en la que antes han ido unos albérchigos o cuarto y mitad de algo vivo. Llevas el libro ahora, al desgarrarse completamente el asa, bajo el brazo, incordiando y sobrante como un apero de labranza en un consejo de administración y atraviesas algunas calles sin papeleras en que deshacerte de esa excrecencia voluntaria que has colocado junto a la axila izquierda después de habértela cambiado de brazo ya varias veces. Te dices que te has equivocado comprando esa porquería que no vas a querer abrir nunca porque lo que esperas es tener ganas de releer la novena edición de La sociedad del espectáculo de Guy Debord de la editorial Pre-Textos con prólogo excepcional de José Luis Pardo que compraste no hace muchos meses en Los tipos infames porque se te ocurrió que era el momento de hacerlo y nada más; pagaste también el café y te pusieron el libro en una bolsa en la que no parecía que hubiera habido fruta antes, incluso el camarero, o el librero, te dijo al despacharte que se trataba de una gran libro, algo que uno agradece que le digan cuando compra un libro aunque ya lo supiera de antemano o por el contrario sepa que le están mintiendo. Yo compré el libro que hube de llevar de axila en axila durante varias calles sin que nadie me mintiera diciéndome que había comprado un gran libro, lo hice consciente de que no lo era y por ello toda la responsabilidad de haberlo leído es exclusivamente mía. Nadie me lo recomendó sino yo mismo; consintiendo que había demasiado libros ya esperando su turno de lectura o de relectura (tratándose de poesía) en la mesilla aparador del cuarto, libros que ahora recuerdo había entonces tales como El cielo protector de Paul Bowles, una edición de bolsillo con extractos de los diarios de Jules Renard, la poesía completa de Gabriel Ferrater reunida bajo el título Las mujeres y los días de Lumen, otra también de Lumen con su inconfundible color cartón de W.H. Auden que incluye Canción de cuna y otros poemas, y un aplazadísimo libro de Carmen Esteban sobre Lupe Sino. Puede que a esos libros se les hubieran añadido otros de escritores recientemente fallecidos como El tiempo envejece deprisa de Antonio Tabucchi y tal vez, de haber dejado pasar un poco más tiempo alguno de Carlos Fuentes.

Sabiendo todo eso compré el intolerable libro que he terminado de leer en nombre de un orgullo desvaído que a veces me agita el espinazo de sur a norte como el jipío convulso de esos toros bien matados por arriba que sienten quebrarse su alma con el acero del estoque, dan tres pasos tambaleantes y se derrumban tiesos y encajados de muerte y sombra sobre la arena junto al estribo del ocho. O ese otro orgullo amarillo y pendenciero que alumbran las primaveras mozas cuando, de entre la cola del autobús, resplandece el elástico de una braga tanga por sobre la cintura baja de unos blue jeans de niña metida a hembra.

El orgullo de terminar un libro malo de más de quinientas páginas de letra apretada es el mismo que el de irse de putas: no deberías hacerlo, no tiene mérito. Pero solo tú sabes cuanto has tenido que empujar hasta el final.

Relatos que me asustaron trae en la sobrecubierta la sinuosa y pánfila caricatura que Alfred Hitchcock se hizo a sí mismo, es una selección de cuentos fantásticos hecha a finales de los sesenta por el cineasta y entre el florilegio se hallan tipos con nombres que suenan así de sospechosos: Irving S. Cobb, Basil Cooper, Allen de Ford, Gerald Kersh, Damon Knight, John Burke, Fritz Leiber, Nugent Barker, Phillips Oppenheim, Robert Arthur, Ray Russell, Theodor Sturgeon, Thomas M. Disch, Adobe James, Ellis Peters, Margaret St. Clair, William Sambrot, T.H. White, Robert Somerlott, William Wood, Robert Specht, Donald E. Westlake, Algis Budrys, Henry Slesar y John Wyndham.

Los cuentos de los autores cuya inicial del nombre es bilabial seguida de fricativa me han acojonado bastante menos que aquéllos cuyos apellidos comenzaban por un sonido velar o incluso palatal sonoro. Los de vocal fuerte indiferencia y desdén, mientras que rompo una lanza por los sonidos nasales tras alveolar interdental, ejecutados con maestría y desenvoltura, prosa fragante y desenlace preciso.

El último texto de John Wyndham es una novela de casi doscientas páginas incrustada entre los restantes cuentecillos cortos y nos cuenta la invasión de seres extraterrestres que bajan a los fondos marinos más profundos dedicándose a hundir nuestros barcos mercantes, un mal día comienzan a transformarse en anémonas gigantes que salen a la superficie a matar personas mediante pegajosos tentáculos lanzados al aire como pelillos de diente de león que crecen y se agarran con obstinación a la carne humana desgajándola. Al proliferar estos seres exclusivamente en aguas muy profundas una de las zonas más expuestas a los ataques será el golfo de Vizcaya. Allí se producirán sangrientas batallas entre los celentéreos extraterrestres y los bravos vizcaínos, los ovetenses y los gijoneses. Los gobiernos internacionales harán la vista gorda desentendiéndose del tema, dejando a los ciudadanos indefensos frente a los invasores mientras ellos continúan con su guerra fría. Algo realmente acojonante, háganme caso.

“Ha habido dos cosas que me han colmado de una histeria metafísica: un reloj parado y un reloj en marcha.”    -E.M.Cioran-

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s