La ciudad de Dios, E.L.Doctorow

DECIR QUE TAL o cual cosa es de primeros de siglo otorga lustre y distinción grandilocuente. La aserción histórica es universalmente aceptada como elogio o reconocimiento antes que como vaga referencia temporal. Nada si es de primeros de siglo parece que pueda ser malo: mis abuelos eran de primeros de siglo, ese bargueño con patas de cabriolé, bocallave y cantonera achaflanada también lo es, y qué decir del escabel con guarnecido fileteado greca y espumillón, qué galanura ¿eh?, de primeros de siglo nada más y nada menos –¡jódele anda!-.

La novela de Doctorow se publicó en el año dos mil auspiciada por el síndrome aciago del nuevo milenio, el fin del mundo y todo eso, y en ella colea la intranquilidad y el desasosiego que los bardos del apocalipsis canturreaban a coro. Aquellas algaradas que pronosticaban que los ordenadores del mundo se iban a joder a la vez y los números de la seguridad social y por tanto las cotizaciones se iban a perder, al igual que todas las cuentas bancarias y las domiciliaciones y las nóminas, y el fallo informático afectaría también a los expedientes médicos de los ciudadanos, que irían a los sanatorios por una humilde receta de haloperidol, risperidona o vicks vaporubs,  y recibirían de su entomólogo una factura obscena o un encogimiento de hombros exclamativo; pues bien, como se ha comprobado solo se equivocaron en lo de los ordenadores, que siguieron funcionando correctamente, todo lo demás se jodió.

Bajo esa luz cataclísmica Doctorow plantea su ejercicio deconstructivo. En forma de narración inversa, fragmentaria y dificultosa, yuxtaponiendo voces e historias sin relación aparente, irá cantándole las cuarenta en bastos a la madre del cordero, la santísima trinidad y la biblia en verso libre e interesado.

Hay un escritor que narra, o sea dice la historia, un sacerdote cristiano que se empoza en la herejía adulta del judaísmo en brazos de una rabina viuda de muy buen ver, una voz en off de un alter ego de Wittgenstein que le niega el pan y la sal al lenguaje y se entrega sin ambages al cine mudo preferentemente, un veterano de guerra con psicosis, un periodista jubilado que asesina accidentalmente a criminales de guerra, una historia antológica sobre un gueto lituano bajo el nazismo, vocezuelas intercaladas de físicos que juran y perjuran por sus santos cojones que sí, que el neutrino existe y tiene masa, y algunas más por ahí, voces de canciones clásicas de la Warner Bros y de la Bourne Company que susurran amores perdidos bajo la innoble luz de la luna.

Caótico y desorganizado, inextricable a veces, cuesta mucho reconocer las voces, y los parlamentos derivan a monólogos imprecisos y elucubrativos  sobre decepción moral y desesperanza en escenarios y tiempos distintos.

Una novela digámoslo cursimente “coral”, inyectada en sangre, cinismo y mala hostia contra el dios de cada uno, escrita a puro güevo por encima de convenciones realistas ortodoxas y demás pijadas.

Doctorow hace parecer a cualquier escritor de su generación un muñeco, un escritor de juguete, una puta nenaza, una mujerzuela en esos primeros días de mes tan jodidos.

Más allá de la eficacia de la estructura y su novedad destaca la prosa, las convulsas arquivoltas que la contienen y la adensan como un chorretazo de brea caliente que impregna hasta el pasaje más insignificante del libro, acaso el del robo en la iglesia del sacerdote Pemberton, en el que le desvalijan la sacristía de casullas y sobrepellices y se llevan también una inútil cruz de latón de varios metros que aparecerá en el tejado de una sinagoga de judaísmo evolutivo en la otra punta de Manhattan, comienzo del relato.

Los escritores de la postmodernidad suelen tener un decir largo y confuso, verborreico. Les importa acumular renglones a costa de perder de vista la historia después del primer punto y aparte. Así redactan los postmodernos, acumulan insignificancias lacias en tocones de ochocientas noventa páginas al menos, reescribiendo minuciosamente las leyes de propiedad horizontal de Grand Junction (Colorado), anotaciones sobre enjuiciamiento civil, ordenanzas municipales sobre recogida de deshechos en Buffalo Grove (Chicago) y cosas de éstas. Doctorow va escribiendo por acumulación sin perder de vista la historia, que nace sobre la marcha, la reinventa y la incorpora a su torrente sintáctico abismal.

Ejemplo de escritor de largo aliento, escribir sin desmayo hasta el final con pulso firme y entereza intelectual, sus novelas sobre la Gran Depresión, la interpretación de la historia americana, los bajos fondos de su Nueva York natal, la historia absurda y falsificada de las religiones, la degradación de las ciudades a vertederos de carne triste sin renunciar a ese didactismo casi ensayístico del desconsuelo moderno en la hemiplejia de la urbe con dios al fondo, hacen del viejo octogenario mi escritor judío neoyorkino favorito, escritor de raza no complaciente.

La ciudad de Dios es el compendio en el que un S. Agustín viejo confronta el ideal de ciudad de cristo con la ciudad decadente y pagana condenada al suplicio eterno. Las continuas digresiones le dan pie para abordar todos los demás temas posibles de su obra capital: Las confesiones. Allí explica la naturaleza de dios, habla sobre el judaísmo, la idea del pecado, el bien y el mal, la culpa, la muerte, la providencia, el tiempo, el destino, la historia,… en fin. Ése fue el único libro del que el padre Pemberton al condenar su biblioteca y renunciar a dios no quiso separarse, acaso porque a pesar de la ignominia que lo habita alberga aún una tibia esperanza a la que agarrarse antes de rodar pendiente abajo; como él mismo clama en su pasional discurso de recién casado con la rabina experta en judaísmo evolutivo:

Te han desacreditado, y la degradación sin límites de la idea de la vida nos ha llevado a algunos a la desesperación de maldecir Tu nombre y poner en entredicho Tu existencia. Pido una razón que me haga concebir esperanzas de que estas penalidades de nuestras almas vayan a encontrar su resolución en Ti, Señor, Tú el del Bendito Nombre. Te lo pido por todos los que habitamos este pequeño planeta. Amén.”

“Maestros en el arte de pensar contra sí mismos, Nietzsche, Baudelaire y Dostoievski nos han enseñado a apostar por nuestros peligros, a ampliar la esfera de nuestros males, a adquirir existencia por la división de nuestro ser.”      -E.M.Cioran-

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