Anochecer, James Salter

ANOCHECER REÚNE once relatos cortos de James Salter. El libro fue publicado por Muchnik editores en 2002 con una letra tipo Sabon de 12 puntos sobre 14 en papel áspero y grumoso de gran densidad. Convenientemente engomado y razonablemente cosido para lectores nerviosos, que los hay. El título de la edición original es “Dusk and other stories” traducido para ésta por Antoni Puigrós Jaume. Decir también que el libro viene acompañado de su ISBN correspondiente, del inefable depósito legal y de todos los accesorios que estimamos necesarios en un producto-libro para su uso eficiente, tapas, hojas y letras impresas.

Se han ido agregando a mis estantes al pasar de los años, numerosos volúmenes en cuyas guardas aparece reiteradamente el nombre de este señor, Mario Muchnik, así, con apellido de cohete ruso. Son libros adquiridos al cuarto o quinto bote en casetas de resobado a precio de tapa y caña o solo de caña. Algunos ni los he abierto y ahí están, acumulando odio contra dios y contra el mundo que los aparta y rechaza. Ediciones variopintas, cuidadas, de títulos y autores disparejos predominando una altura literaria media-alta; en cualquier caso, respetuosas con el lector orientado, que es el merecedor de respeto máximo en la transacción que nos ocupa y no el público, que es masa avilantada y desdeñable.

Sin pretender ser resonante y enumerativo y por tenerlos a la altura de la vista superior digo de Marcelo Cohen dos, El fin de lo mismo y El testamento de O’Jaral, bien uno y enredoso el otro, Nuria Amat, El libro mudo y Viajar es muy difícil,  Ismail Kadaré, Roy Lewis, André Brink, Libuše Moníková, Isaac Montero y El sueño de Móstoles, Doctorow, Primo Levi, Saer, Salter…

Anochecer lleva sobrecubierta, en la foto aparece el porche de una casa unifamiliar de tejado bajo; iluminando la anochecida, una bombilla emite una estridente luz sobre un paisaje ambiguo y lechoso que no sabemos si es mar o carretera interestatal, playa o brea. Aparece solitaria además, junto a la ventana del porche, una silla vacía de poliéster con espaldar de franjas paralelas que proyecta una sombra recortada y geométrica hacia el suelo entablerado y no de linóleo. Me inclino más hacia una bahía por la valla estrecha que separa la superficie homogénea y lisa (tal vez arena) de una confusa niebla donde destellan escasas luces (tal vez de barcos). Definitivamente puede que estemos hablando de una playa, eso es, una casa al pie de una playa junto a un muelle.

Los libros viejos o usados con cubierta son muy prácticos, si es mucha la mugre que los embosca y suficiente el asco que nos produce, basta con quitar el forro, de éste que ahora digo lo hago y queda lo suficientemente digno como para llevármelo a la cama. Las tapas son completamente blancas, con el título y el autor impreso en el ángulo superior izquierdo, detrás lleva una cifra-precio de 17’50€ y un código de barras discreto, insignificante. La blancura nuclear le da un aspecto de vademécum más que de lectura ociosa. Yo lo compré en un impecable estado por 14€ menos del precio marcado, junto con otros diez títulos de la misma editorial que aparecían alineados en una estantería alejada del manoseo de la horda-masa, algunos todavía envueltos en un plástico-precinto original.

Dos elogiosos textos trae la cubierta por detrás, uno de Susan Sontag y otro de John Irving, me gustan los dos pero no me fío de ninguno, más aún cuando no se refieren a lo que dice este señor sino al modo en que lo dice. Lagarto, lagarto, me digo.

Salter estuvo en West Point y se hizo piloto, voló en alguna guerra y tal, cuando ya no se metió a escribir un poco. El estilo suyo es el de Hemingway, de muy poco contar y mucho sugerir. Todo sensaciones olfativas que si las lees resfriado pues es como no leerlas o no verlas. Las sensaciones se te pierden o no te llegan bien. El método es el de poner a cinco personajes a decirse cosas en un diálogo ya comenzado al principio del cuento e intentar que el lector adivine sin más información que los nombres que de tanto en tanto aparecen a qué se dedica cada uno, que relación los une y qué temperatura hace en ese momento en Connecticut. Del diálogo se pasa a la descripción de una nube y de ahí al ligero olor a limón de una piel de niña obscenamente bronceada, después el resplandor blancuzco de un escaparate en la sexta avenida, unos tacones tal vez, parpadeamos y nos perdemos una sensación, damos la vuelta a la página y vemos desvanecerse entre las sábanas una porción táctil del relato, nos movemos y ruedan tras la mesilla limaduras gustativas de atmósfera sutil incrustadas en la página 92, aditivos que se nos van cayendo del libro de puro sutiles y etéreos.  

Creo que una se cae del caballo y pasa un tiempo hasta que la recogen, otros son abogados y se van de vacaciones a Italia, uno es escritor pobre, otros en Barcelona van a la playa en Sitges, digo creo porque todas son interpretaciones mías no corroboradas, intuiciones sin demostrar, argumentos encubiertos entre la prosa aguada y retráctil como de un idioma con leucemia.

“Nadie puede conservar su soledad si no sabe hacerse odioso.”    -E.M.Cioran- 

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Un pensamiento en “Anochecer, James Salter

  1. jonan

    Me gustan las tetas de la de la foto. Mucho. Pero podías haber puesto una fotico con más luz, ¿no? que así hay que entornar un poco los ojos…

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