Diario de invierno, Paul Auster

DICE PAUL AUSTER que son de invierno pero yo creo que le han salido unas memorias más de entretiempo y un tanto desabrigadas. Un inventario epidérmico y lampiño de cambios de domicilio entre Brooklyn y Manhattan con estadía juvenil obligatoria en París, unas cuantas cicatrices escolares, inviernos nevados de Newark, Nueva Jersey, y un par de esposas de las que nacieron sendos hijos.

Un hatillo de ciudades de Europa y el resto del mundo, Estados Unidos de parte a parte, media docena de putas en París, un matrimonio fracasado, unas cuantas novias estrechas que no se dejaban más que tocar las tetas por encima de dos capas de ropa, miles de travesías por el puente de Brooklyn, un perro tullido, Corn Flakes, porción de huevos revueltos, dos rebanadas de pan tostado con mantequilla acompañado de beicon, jamón o salchichas, y torrijas de pan de molde con sirope de arce, un trabajo en un barco, alguna traducción francesa, telefonista del Times en París

Ataque de pánico, accidente de circulación, inflamación del esófago, espina de lenguado atravesada en la garganta, caída doméstica junto a gruesa y labrada pata de mesa, esguince cervical en partido de béisbol, rotura de hombro en partido de rugby, cara enganchada con clavo suelto…, maneras de las que pudo haber muerto nuestro hombre.

A punto de cumplir sesenta y cuatro años Auster considera que ha vivido ya un rato y que, sin ser un anciano, la vida ya le ha perdonada unas cuantas veces, algo que no todos pueden decir a esa edad, así que es momento de confesar, de dejar constancia de los aspectos personales que no ha sabido o querido contar en sus novelas. Pero el libro, ya de por sí extrañamente delgado, va transcurriendo en una candorosa segunda persona del presente masturbativo (él se interpela y él solito se responde), enumerando y enumerando acontecimientos comunes de la vida de cualquiera sin calar nunca el melón; y a la vuelta de una hoja, sin más, descubrimos con indiferencia que ya está, que se han acabado sus memorias de invierno sin ni siquiera contar algo sobre sus novelas, sus autores favoritos, sus desavenencias con tal o cual colega, sus infidelidades con alguna editora cachonda… no sé…, habladurías del gremio, ajustes de cuentas…, nada de nada.

Más que memorias son una égloga a la desmemoria y al olvido porque aquí solamente se habla de tres personas y de unas cuantas marcas de chocolatinas. Le dedica los pliegos necesarios a la ecuación muerte paterna prematura + muerte materna prematura x infartos inopinados, consecuencia y significado, y otro tanto a loar las virtudes intelectuales de su maravillosa esposa, que le salvó del fracaso de vivir cuando era un alma en pena por las calles perdidas del Nueva York y tal.

Probablemente lo mejor del diario es todo lo que se ha quedado fuera de él, lo peor, la complacencia y autosatisfacción por los dones recibidos (alabado seas mi señor). Decir además que este libro tiene unas dosis de edulcorante artificial inferior a los productos habituales de este fabricante, que ha sido sustituido por melaza natural de sorgo elaborada en Kentucky. Absténgase los hiperglucémicos.

No me resisto a dejar de poner este fragmento maravilloso extraído de la página 171, significativa muestra de lo que pudo ser y no fue:

“Te acuerdas de una historia que te contaron una vez sobre James Joyce: Joyce en París en el decenio de 1920, circulando por una fiesta hace ochenta y cinco años cuando una mujer se le acerca y le pregunta si puede estrechar la mano que escribió el Ulises. En vez de tenderle la mano derecha, Joyce la levanta en el aire, la estudia unos momentos y dice: <<Permítame recordarle, señora, que esta mano también ha hecho otras muchas cosas>>. Nada de detalles, pero qué deliciosa muestra de indecencia y connotación, tanto más eficaz en cuanto que todo lo dejó a la imaginación de la mujer. ¿Cómo quería que lo viese? Limpiándose el culo, probablemente, hurgándose la nariz, masturbándose en la cama por la noche, metiendo los dedos a Nora en el coño y haciéndole cosquillas en el ojete, reventándose espinillas, quitándose comida de entre los dientes, arrancándose pelos de la nariz, sacándose cerumen de los oídos; pueden rellenarse los espacios en blanco según convenga, teniendo en cuenta el aspecto fundamental: lo que más asco le produjera a la mujer.”

Paul Auster

 

Vuelve a caer la cellisca en el jardín de la casa de Slope Park. Paul Auster en zapatillas y batín de cuadros contempla desalentado desde el ventanal de su estudio que aún no ha llegado ningún petirrojo. La primavera se retrasa este año. Regresa cabizbajo a su mesa de trabajo y reanuda la escritura de la novela que le prometió a Jorge Herralde para antes de su jubilación. Desconfía de poder cumplir los plazos de su editor español. Sería una pena, después de todo, de España proviene una buena parte de sus ingresos, incluso algún premio sonado le ha llegado de allí, aún se pregunta por qué, España es un país en el que apenas ha pasado dos meses si sumamos el número de días de todas sus visitas. Al fondo del pasillo, en la cocina, Siri Hustvedt, su mujer, termina de flambear el pavo con la mano izquierda mientras con la derecha corrige las galeradas de su último ensayo titulado Dickens e identidad, apoyado en su mejilla sobresale el pequeño teléfono inalámbrico con el que Siri le explica en noruego a una antigua amiga el concepto de forclusión de Lacan, a su vez, con el ojo izquierdo, observa a su dubitativo marido reclinado sobre la mesa desde el espejo rectangular del pasillo en lo que parece ser la postura que adopta cuando se pone a elucubrar listas. ¿Estará chocheando? se pregunta inquisitiva.

“Todo lo que he concebido se reduce a malestares degradados en generalidades.”     -E.M.Cioran-

 

 

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