La pasión según G.H, Clarice Lispector

“He perdido algo que era esencial para mí, y que ya no lo es. No me es necesario, como si hubiese perdido una tercera pierna que hasta entonces me impedía caminar, pero que hacía de mí un trípode estable. He perdido esa tercera pierna. Y he vuelto a ser una persona que nunca fui. He vuelto a tener lo que nunca tuve: sólo dos piernas.”    C. Lispector

HAY UNA BELLEZA seráfica en las caras circulares que atrae sin entusiasmar, y una belleza turbia en los rostros afilados que disloca y abisma. La belleza angular de Clarice Lispector es de ésta clase última; belleza en filo, equidistante y tangencial, de pómulos buidos, ojos de rasgadura y minutísima boca. Semblante muscular, expresión ahusada, soledad córnea, compleja, algebraica, una invitación confusa a sus textos que se acepta o se rechaza con incomodidad. Si la cara del autor es el espejo de su obra, la belleza de Clarice es un abismo inextricable.

“En mi beso tu vida más profundamente insípida me era dada, y besar tu rostro era insípido y laborioso trabajo paciente de amor, era la mujer tejiendo un hombre, tal como tú me habías tejido, neutro artesonado de vida”.     C. Lispector

Llegué a Clarice por la nariz, no por el olfato. Yo no tengo una nariz ancha y negroide como un nudo de corbata, lo siento, pero mi nariz no es así. No tengo un apéndice nasal curvado que se presenta rotundo y feraz ante el mundo con animosidad ornitológica. Tampoco tengo un pegote circense por nariz. No soy Ovidio Nasón, ni Karl Malden,  ni Góngora y Argote, qué va. Mi nariz es fina vista de frente y respingona de perfil, ligeramente alargada, con una proyección o leve exterioridad ajena al discurrir tranquilo del tabique nasal, un empalme discreto que se sobrepone sin demasiada estridencia al cartabón. Mi nariz es hembra, masculinamente débil a pesar de ser yo varón legítimo y probado. Mi nariz es característica lo sé, pero no rimbombante. Dos narices similares unen más de lo que uno piensa. Mi nariz es como la de Clarice Lispector, nada más.

He leído en algún rincón oscuro y me ha gustado, que ceñirse a la literalidad de la obra de Lispector y desentrañarla fragmentariamente es como describir una a una las figuras que aparecen en un cuadro de El Bosco, El jardín de las delicias por ejemplo, donde cada forma estudiada individualmente puede aportarnos importantes claves sobre el estilo y una presunta intención general de la pintura, pero no un significado pleno de la totalidad del tríptico.

De la zahúrda de los hermeneutas asoman teorías dispares, ligazones accidentales que, como ocurre siempre en estos casos, adelgazan y constriñen, disminuyen y reducen el alcance de lo dicho a un haz de nombres y lugares comunes.

De las adunaciones más frecuentes a las que han sometido a Clarice Lispector destacan aquellas que la emparejan con Lacan. Algunos los pintan uncidos cruzando los traspatios freudianos del psicoanálisis canónico hasta llegar a la urdimbre del estructuralismo y demás segregaciones montaraces. Otros la ven remoloneando por las encharcadas praderas de la filosofía del lenguaje con el Tractatus en el halda y un manojo de flores encarnadas. Los más la equiparan al modernismo redentor que impuso el monólogo íntimo, críptico o autista, y el estilo como único argumento de la obra, Virginia Woolf, Joyce, Faulkner…

La pasión según G.H. es un viaje al centro de la náusea entre las fracturas del ser. Se me ha ocurrido decir esto sin saber bien lo que digo, pero ahí lo dejo dicho.

De todo lo dicho prefiero, por afinidad y paisanaje, las teorías que dicen ver a Lispector como una Teresa de Ávila contemporánea. Iluminada, críptica, transida, no sé si esquizoide o no, ni si llegó a conocer la ergolina, pero puestos a elegir al azar una pareja de baile que rime bien, yo me quedo con los místicos del Siglo de Oro qué duda cabe.

Todo el monólogo de G.H. se circunscribe sistemáticamente dentro de los límites de la introspección religiosa, sin apenas discurso propiamente narrativo salvo vagos datos biográficos del personaje para dejarlo en situación: escultora amateur, burguesa, con servicio doméstico, apartamento bien instalado y…, la cucaracha.

Yo diría que el estilo rítmico, elusivo, sincopado, extremadamente preciso y de una audacia inimaginable, sólo se había dado antes en los exquisitos e infrecuentes aforistas de la desgarradura; Lichtenberg, Kierkegaard, Nietzsche, Cioran, Pascal…, más próximos a la filosofía especulativa que a la literatura, aunque por su tableteo monocorde y jazzístico recuerda la avanzadilla de Céline y a un falso expresionismo de entreguerras.

La sensación domina, avasalla a la acción, que es insignificante. La sensación rapta a la acción sin pedir después rescate, la confina en un zulo oscuro y apartado hasta que nos olvidamos de ella, y nuestra atención ahora se concentra exclusivamente en el sistema nervioso central de la narradora, que a la vez se va convirtiendo en el nuestro, y nos molesta, nos desasosiega tal confusión, nos aterra, porque jamás, digo jamás, ni en las más hondas caídas de nuestros cristos del alma, hubiéramos soñado estar en una situación similar, tan abocada a no sé qué, a algo que se nos escapa. Algo que el implacable y formulativo estilo no nos termina de explicar correctamente, o, si lo hace, no lo entendemos porque no estamos a la altura, porque somos seres inferiores simplemente. Sin capacidad.

“Yo que había pensado que la mayor prueba de transmutación de mí misma sería ponerme en la boca la masa blanca de la cucaracha. Y que así me aproximaría a lo…¿divino?¿A lo real? Lo divino es para mí lo real. Pero besar a un leproso no es siquiera bondad.”   C. Lispector

Tras los embauques de la apariencia, despojadas una a una las capas de la animalidad: la identidad, la belleza, el lenguaje, el deseo, la intención, el placer…, se halla lo neutro, la neutralidad, la identidad más última definida por su inexpresión; una alegría inexpresiva, un placer que no sabe que es placer, algo superior que se eleva sobre los límites del concepto, de la definición, naturalmente, algo que no se puede nombrar con la vulgaridad de un código de signos aleatoriamente permutados. Ser en sí, realidad exterior ajena al hombre, desplazamiento del individuo por otra cosa, lo neutro. Eficiencia sartreana tamizada de desencanto caribeño.

“La esencia es de una insipidez ofensiva. Será preciso purificarme mucho más para no querer incluso el añadido de los acontecimientos. Antiguamente, purificarme habría significado una crueldad contra lo que yo llamaba belleza, y contra lo que yo llamaba yo, sin saber que yo era un añadido de mí.”      C. Lispector

Éste es el huevo de dos yemas de la mística, creer que cualquier Jeremías  puede arrimarse a ella y salir indemne. Pues bien, no. De determinados libros uno sale derrotado, humillado, amortajado en el embozo espeso del fracaso, nuestro fracaso, el fracaso de nuestra inteligencia.

“La desheroización es el gran fracaso de una vida. No todos llegan a fracasar, porque es demasiado trabajoso, es preciso subir antes penosamente hasta llegar por fin a la altura desde la que se puede caer; sólo puedo alcanzar la despersonalidad del mutismo si antes he construido una voz. Es precisamente a través del fracaso de la voz como por vez primera se va a oír el propio mutismo y el de los demás y el de las cosas, y se acepta como el lenguaje posible. Sólo entonces mi naturaleza se acepta, se acepta como su suplicio asombrado, donde el dolor no es algo que nos ocurre, sino lo que somos. Y se acepta nuestra condición como la única posible, ya que ella es lo que existe, y no otra. Y ya que vivirla es nuestra pasión. La condición humana es la pasión de Cristo”.

“Nunca más comprenderé lo que diga. Pues, ¿cómo podré hablar sin que la palabra mienta por mí?¿Cómo podré decir, sino tímidamente: la vida me es? La vida me es, y no comprendo lo que digo. Y entonces adoro…”             C. Lispector

 “La mística es una irrupción de lo absoluto en la historia. Al igual que la música, ella es el nimbo de toda cultura, su justificación última.”      -E.M.Cioran-

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2 pensamientos en “La pasión según G.H, Clarice Lispector

  1. julian bluff

    ¡Fantástico! El comienzo de tu breve ensayo es de una fineza avasalladora. Todo él, un ejercicio de generosidad hacia tus lectores, al intentar que tus propias palabras -incluso tus propias ideas- se adecuen al “tempo” y a la representatividad de la obra sobre a la que vienes referidas. No sé si me gustará Clarice Lispector -no he leído nada de ella- sí puedo afirmarte que tu evocación del estilo de esta señora: literario, vital ¿añadiremos… estético? me ha parecido primorosa.
    Un post para recordar.
    Un saludo.

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  2. michelstaedter

    Lispector no es de las que deja indiferente, se ama o se odia, pero también se teme, un matiz más del afecto que no muchos son capaces de conseguir en sus lectores. En una paleta actual tan vulgar y monocromática, casi regida por el blanco o por el negro, lo malo y lo regular, Lispector apuesta por la amplitud, el tornasol cambiante y la inmensa gama de grises, tristes, sí, pero necesarios. Gracias por tus comentarios.

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