Tumbas de poetas y pensadores, Cees Nooteboom

SOLO LOS POETAS siguen hablando después de muertos. Solo los poetas siguen siendo alguien cuando ya no son nada. Una lápida apenas, la parte visible de los muertos. Cuando la poesía, la parte visible de la inteligencia humana, dormita bajo una lápida, un monolito, un tiesto, algo, el hombre, la humanidad mañosa digo, se vuelve menos hombre y más masa. Uno sigue el rastro de un poeta y se encuentra sin quererlo con un batallón de muertos con sus respectivas tumbas, erizadas de lápidas en las que demorarse y guardar respeto debido, levantar acta al menos de que siguen allí, dar fe de su estadía añosa y funeral.

Todos los poetas muertos tienen un verso común que es la lápida, y un paisaje alrededor que rima en asonante. Un poeta muerto es un verso suelto, blanco, libre, alejandrino y con hemistiquio largo, eterno.

LA TUMBA DE KEATS

Liberado de la injusticia del mundo y de su dolor 

descansa por fin bajo el azul velo de Dios, 

arrebatado a la vida cuando vida y amor eran nuevos,

el más joven de los mártires yace aquí,    

hermoso como Sebastián y muerto a tan temprana edad.

Ningún ciprés da sombra a su tumba, ningún tejo funerario,

sino amables violetas que lloran con el rocío 

tejen sobre sus huesos una cadena siempre florida.

¡Oh, el más altivo corazón que la desdicha rompió!

¡Oh, los labios más dulces desde los de Mitilene!

¡Oh, poeta pintor de nuestra tierra inglesa!

Tu nombre fue escrito en el agua; pervivirá,

y lágrimas como las mías mantendrán verde tu recuerdo

como las de Isabel mantuvieron su albahaca.

El neerlandés Nooteboom anda a la husma de la historia universal de la poesía sepultada, hoza en las lápidas no en la biografía, y así va llenando la talega mortuoria de nombres de muertos que no lo están del todo porque siguen estando presentes en la vida.

Del merodeo entre las tumbas siempre se encuentra un hilo del que tirar y empezar a contar, nada dice más que un enjambre de muertos. Junto a la lápida o sobre ella están siempre las florecillas secas, la maceta pobre desportillada, la piedrecilla que sujeta un papelucho, el acantilado avieso con su mar de fondo reburdeando, un buzón de herrumbre y exilio al más allá, un epitafio unánime, en fin, cosas que decir de los muertos y de su paisaje cotidiano, el menaje funeral.

Y me juré a mí mismo que, si alguna vez abandonaba mi imperio, si esta anguila conseguía escapar del Báltico, la primera cosa que haría sería venir a Venecia, alquilar una habitación en la planta baja de algún palazzo para que las olas levantadas por las embarcaciones, al pasar, salpicaran mi ventana, escribir un par de elegías al tiempo que apagaba mis cigarrillos en el húmedo suelo de piedra, toser y beber y, cuando me estuviese quedando sin dinero, en vez de subirme a un tren, comprarme una pequeña Browning y volarme la tapa de los sesos sin más miramientos, incapaz de morir en Venecia por causas naturales.

Joseph Brodsky

Así va el autor urdiendo los textos hasta hacerlos libro, agavillando lápidas, haciendo acopio de viajes a cementerios ultramontanos. Literatura de cenotafio, humilde como el sueño de un bendito, despaciosa y reverencial, sentida, ajena al mausoleo ostentoso, a los ecos, vuelta más hacia lo íntimo y primigenio del muerto, el verso, la idea.

Hay poetas amados, carne de entraña nuestra y poetas de otros, distantes de lo mío. Poetas turbios asolerándose de eternidad, y poetas claros, limpios como un arroyo caudal, enmoheciéndose de olvido.

Se va a la tumba de un poeta a dar nuestra aquiescencia y a comprender, si podemos, que al otro lado del muro del tiempo, hay alguien que nos habla.

Este deambular por los cementerios, en busca de la tumba perdida, a postrarse ante la osatura grande de la poesía universal, tiene mucho de esnobismo adocenado, pero mantiene también su cosilla tierna y agradecida del letraherido canónico, como de a Larra, con unas violetas, que tanto bien le hace al oficio.

Qué sería la gloria literaria sin peregrinos de tumbas con cuaderno y máquina de fotos, una mierda de gloria, chica y mermada, inferior, gloria como de concejal de provincias o de ordenanza de ministerio. Al poeta hay que bruñirle la lápida con las babas del entusiasmo y la admiración, solazarnos de regusto antiguo y mineral junto a los mármoles ilustres y las modestas piedras, en cementerios lustrosos parisién o en el coño quinto de la isla más esquinera del planeta.

No existe muerte natural: nada de lo que sucede al hombre es natural puesto que su sola presencia cuestiona el mundo. Todos los hombres son mortales: pero para todos la muerte es un accidente y, aunque la conozcan y la acepten, es una violación indebida.

Simone de Beauvoir

El poeta muerto gusta de tener visitas, pues que aunque ya no le apetezca salir a departir, tiene su corazoncito, y lo agradece y contabiliza por si es de recibo encargarle al editor otra antología general de su obra, ésta, aunque con los mismos poemas de siempre, un poco más cara, adaptada a los tiempos que dicen.

Espíritu  es vida.

Fluye a través de mi muerte 

inacabablemente como un río

que no temeconvertirse en el mar.

Gregory Corso

Cees Nooteboom, se desenvuelve bien entre las glorias de piedra y mármol, destacando, claro está, a los más afines a él, tal vez los de sus misma lengua; con los otros, algunos de los nuestros, nadie es extranjero impunemente, pero el trato es igualmente exquisito con Machado, Borges, Bioy Casares, Cervantes, Cortázar, César Vallejo, Neruda.

La lista acojona, durante sus muchos viajes, ha recorrido todo el mundo para visitar a tal o cual fulano sin importarle la septentrioanalidad o la inhóspita meridionalidad del postrado, y a veces sin saber siquiera que el muerto iba a seguir estando allí. A otros se los encontró sobre la marcha. Muchos son despachados con un escueto fragmento de un poema, otros con un poema del propio Noteboom, con no pocos de ellos desarrolla una semblanza biográfica escueta o comenta algunos de sus versos, con los que tuvo relación en vida se explaya más y, en ocasiones, basta un epitafio para ilustrar una muerte. Hay calidez y modestia, muy poquita mala hostia con algunos de los muertos, que, tal vez, la hubieran merecido, pero el neerlandés errante es respetuoso hasta el escrúpulo. Comentario, breve ensayo, anécdota, apunte geográfico paisajístico, acotación, foto sin más. Un hermoso libro de lápidas sin necrología.

Aquí yace, donde anhelaba estar

en su hogar está el marinero de vuelta de la mar,       

y en su hogar el cazador de vuelta de las montañas.    

R.L.Stevenson.

Un par de nombres para amenizar: Drummond de Andrade, Apollinaire, W.H.Auden, Balzac, Baudelaire, Beckett, Walter Benjamin, Gottfried Benn, Thomas Berhnard, Bioy Casares, Borges, Hyacinthe Boulihet, Emmanuel Bove, Bertolt Brecht, Brodsky, Calvino, Canetti, Cervantes, René Char, Chateaubriand, Claudel, Gregory Corso, Cortázar, Dante Alighieri, von Doderer, Duchamp, T.S. Eliot, Elsschot, Flaubert, Goethe, Schiller, August von Goethe, Gombrowicz, Robert Graves, Hoffman, Hölderlin, von Humbolt, Ionesco, Joyce, Kafka, Kawabata, Keats, Kemp, von Kleist, D.H.Lawrence, Leconte de Lisle, Louis Leipolt, Leopardi, Lucebert, Antonio Machado, Machado de Assis, Thomas Mann, Mary McCarthy, Herman Melville, Montale, Multatuli, Shikibu, Nabokov, Neruda, van Ostaijen, Ezra Pound, Proust, Roland Holst, Sainte Beuve, Sartre, Beauvoir, Scharow, Schnitzler, Percy Shelly, Slauerhoff, Susan Sontag, Spinoza, Wallace Stevens, R.L.Stevenson, Uhland, Valéry, César Vallejo, Virgilio, Oscar Wilde, Wittgenstein, Virginia Woolf, William Butler Yeats, Celan, Joseph Roth.       

“Todo lo que está vivo hace ruido. ¡Qué alegato para el mineral!”             -E.M.Cioran-


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4 pensamientos en “Tumbas de poetas y pensadores, Cees Nooteboom

  1. julian bluff

    ¡O.K! Magnífica entrada.

    En la línea del libro que comentas, recientes, y muy buenos, me parecen “El Libro de los Requiems” (sobre el alumbramiento post-mortem como ocurre en el de Nooteboom) y el último ensayo de mi siempre admirado (y nunca suficientemente ponderado) Barnes, “Nada que temer” (donde tratan de atarse cabos de cara a poder -y saber- mantener el tipo a la hora de decir “adiós”). Aunque, bueno, todo esto tú ya lo sabes…

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  2. michelstaedter Autor de la entrada

    El libro de Barnes lo conozco, y me pareció no solo extraordinario sino terapeútico también. Me interesa la reacción del literato o el entusiasta de tal o cual autor ante la muerte del ídolo, una reconocida gloria universal en muchos casos, allí postrada, vulnerable, inútil. Si conoces el cementerio de Collioure, o te has plantado en Montparnasse ante la lápida de la familia Baudelaire, o del cholo Vallejo sabrás de lo que hablo.

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