HHhH, Laurent Binet

ESTE LIBRO ES una novela en formato ficha. La elaboración de este tipo de artefactos comerciales tiene como mayor dificultad elegir el número de páginas que se desea que tenga el volumen; ni demasiadas que puedan disuadir al holgazán, ni demasiado pocas que no justifiquen el precio del trabajo. Trescientas noventa y una, en el caso que nos ocupa, nos parecen aún excesivas.

Digo que el libro es una montonera de información expurgada sobre la vida y muerte de uno de los mayores hijoputas de la historia criminal del mundo, en fin, que habitamos.

Hablar de “trabajo de documentación” en la era del interné no tiene el mismo significado que hace veinte años, no nos engañemos. Lo que antes era un ir y venir obstinado de archivo en archivo, de biblioteca en biblioteca, de hemeroteca en hemeroteca, de libro en libro, de legajo en legajo, y así hasta la extenuación física, ahora se resuelve mayormente desde el sillón de orejas de la salita de estar, enfundado en una  bata de guatiné con un macbook sobre las rodillas.

El tema no puede ser más recurrente, aunque no por ello carece de interés, pero es cierto que existe un aluvión torrencial de documentación e imágenes sobre el contenido del libro que socava la originalidad y pone el acento en la capacidad artesana para domeñar y encauzar con eficacia dicho torrente informativo. Trabajo menestral entonces, de intenciones ocio-divulgativas donde la literatura ni está ni se la espera. ¿Será por estas similitudes creativas con sus últimas y pésimas novelas que a Varguitas le haya entusiasmado tanto?

A pesar de la escasa originalidad que el proyecto suscita, el autor decide no renunciar a ella, rebelándose contra la novela documentada al uso y erigiéndose ridículamente las más de las veces en redescubridor del mar Mediterráneo. Para ello opta por intercalar opiniones sobre el proceso sentimental de la elección del tema, la escritura, la selección de las fuentes y el orden de los datos biográficos que dan espesura y corpus al tomo, creyendo así desahogar al lector del fusilamiento constante al que le somete con tanta ficha historiográfica más o menos reelaborada. Machacona insistencia de la preeminencia que él confiere a los hechos demostrables frente a la especulación literaria.

Cuando se sale de la marcada linde histórico-informativa para ejercer de novelista y opinador, la historia se congestiona y decaen fatalmente las constantes vitales del relato. Impelidas por una prosa de batalla vulgarzona y servil con fluctuaciones retóricas y grandilocuentes como de charcutero entusiasmado. Mejor el trotecillo remolón del dato y la fecha sin perejilar, lento pero animoso.

La madre del cordero se llama Operación Antropoide, y consiste en coger a dos soldaditos checoslovacos en Inglaterra y tirarlos de un avión en marcha sobre la Praga ocupada por los nazis. Una vez allí han de ingeniárselas para matar al más sanguinario y temido nazi del III Reich. Sin medios, ni organización, ni colaboración alguna por parte de las potencias aliadas, el desarrollo improvisado y los preparativos recuerdan bastante a los protagonistas de Atraco a las tres de José María Forqué, sólo que los soldados actúan desinteresadamente por patriotismo y para librar al mundo de un carnicero infrahumano responsable e inductor del genocidio judío, llamado eufemísticamente por los nazis solución final.

Sorteando las precarias condiciones y la falta de planificación seria: pistolas que se encasquillan, bombas que no matan bien, bicicletas como único medio de huida…, los valientes se lanzan a la acción de forma suicida y consiguen, al menos, hacer estallar una bombita cerca del nazi hijoputa y despreocupado que se desplaza en coche descapotable y sin escolta a pesar de su jerarquía política y criminal, lo que le provocará unos impertinentes rasguños en la espalda a consecuencia de los que morirá un par de días después por una nunca bien ponderada septicemia o, entre nosotros, la comúnmente llamada en la época pre-penicilina, gangrena gasesosa.

La muerte de su verdugo más eficiente crispará al führer. La cólera nazi será implacable, arrasará pueblos enteros (véase en Wikipedia Lidice), intimidará, fusilará, gaseará a la población y estimulará la delación con suculentas recompensas. Naturalmente habrá un traidor.

Los héroes resistirán atrincherados en los sótanos de una iglesia el embate de ochocientos nazis durante más de ocho horas. Repeliendo una y otra vez la saña de los atacantes, que, desconcertados y rabiosos llegan a utilizar a los bomberos para inundar la cámara donde se hallan los resistentes.

Abocados a la tortura y a la muerte, preferirán suicidarse con las últimas balas que les quedan antes que caer en manos de la Gestapo.

Su resistencia y honrosa muerte, narrada con deleite y profusión por el autor, cierra el relato no sin antes lanzar un vehemente alegato en homenaje a los héroes, mártires de la libertad, cuyo sacrificio recuerdan sus paisanos con emoción y recogen los libros de historia para honra y ejemplo del hombre libre frente a la tiranía y el crimen.

“Cuando estoy en una iglesia, a menudo pienso qué fantástica sería la religión si no hubiese creyentes, si sólo hubiese la inquietud religiosa de Dios de la que nos habla el órgano.”     -E.M.Cioran-

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