Jakob von Gunten, Robert Walser

ESTO DE QUE  venga Javier Marías por ejemplo, a decir que hay que leer a Thomas Berhnard con regocijo, o un novelista de éxito tal que Savater se embelese en un Cioran vitalista, y otro hable de un Pavese luminoso, o de un Beckett jovial, o de cómo se reía Kafka de los estudiantes del Instituto Benjamenta, siempre me ha producido una erisipela descamante en la corona del bálano. Hay tipos que llegan hasta Vila-Matas y se quedan allí, otros tiran hacia Robert Walser. Vuélvanse a quemar a los hermeneutas.

La vida de Robert Walser tuvo una profética simetría con el pensamiento de sus personajes más queridos. El autor suizo representa el paradigma de la obra dicha y hecha, la ficción trasmutada a realidad inequívoca. Esa lealtad entre pensamiento y obra llevada a la práctica no suele dar buenos resultados. Lleva a las acolchadas salitas de estar de los frenopáticos, lugares que no digo yo sean poco acogedores, a la penuria económica, la transitoriedad, y después a quedar deshabitado de uno mismo, mudo, desvanecido, abandonado de todo, vertido sobre la nieve un día de Navidad cualquiera de un mal año por ejemplo.

El diario de Jakob von Gunten no tiene fechas reseñables porque no es un diario, es un monólogo interior. Un monólogo íntimo adelantado de su tiempo y de los otros, de los de Proust, Joyce, Woolf, y esos de la fama.

El autor matricula al muchacho Jacob von Gunten en el Instituto Bnejamenta, regentado por dos hermanos, pero el que sale de allí diplomado es Robert Walser. La estancia en ese instituto telúrico marcará su existencia. Allí forman a las personas no para alcanzar una formación académica adecuada que posibilite una futura prosperidad social y personal, no para lo que vulgarmente se conoce como ser algo en la vida, sino al contrario, allí se asiste para dejar de ser algo, no sé si importante o no. Falta personal docente, casi no reciben tareas, hay un curso único que se repite continuamente, conocimientos no se imparte ninguno, no se aporta nada al alumno más que un reglamento de estricto cumplimiento, ¿cómo debe comportarse un muchacho? Todo allí gira en torno a esa pregunta.

En el Instituto Benjamenta se desbrozan las ínfulas, los afanes, los anhelos, se desmiga el deseo, la aspiración, la vanidad, busca una virtud indefinida que no es virtud, deshumaniza o, al menos, reduce algo de condición humana. Allí se va a aprender la difícil materia de servir con orgullo. Escuela de renuncias, de supresión. Laboratorio de fracasados. Fábrica de menestrales y humillados altivos si cabe el oxímoron. Gente modesta y subordinada, aplicada, sumisa, proba.

En el Instituto, Jakob compartirá clase y habitación con otros alumnos. La perspicacia y el delicadísimo estilo de Walser, hará transitar por las breves páginas de la novela un brillantísimo muestrario de caracteres de jóvenes que aún no saben que lo tienen. Precisión y elegancia, lánguida sutileza en las descripciones del comportamiento de los alumnos, afiladísimo lápiz adjetivador, escrutador de conciencias escindidas: Kraus, Heinrich, Fuch, Schilinski,…

Los alumnos destilan ruindades y alguna bondad. Menudea la pereza, el conformismo, la vagancia, la ambición de riqueza, la envidia, la maldad. El resabido, el pelma, el obtuso, el maricón, todos adiestrándose mínimamente para la intemperie exterior, la vida sin porvenir.

Walser intercala escenas oníricas y surrealistas en su retablo costumbrista, adivinándose una profunda admiración y deseo sexual hacia su maestra, Fräulein Benjamenta, sintiéndose querido y elegido por ella entre los demás alumnos. También pugnará por ganarse la predilección del señor director, Herr Benjamenta, batalla dialéctica y emocional hasta el postrer ten con ten. Walser parece gustar de colarse por la gatera de los sueños para corregir una realidad hostil y desafortunada. En los sueños se evade, aspira a joderse a doña Fräudelin y a enmendarle la plana al ciclotímico Herr Benjamenta, mientras que la vida despierto es rutina y compañeros julandrones, seres tóxicos y falsía.

Jakob tiene un hermano mayor con el que se reúne en un par de ocasiones. Algunas claves del pensamiento de Walser están en los encuentros con ese hermano; el afán de pertenencia y de ser aceptado será el más poderoso, el otro pone de manifiesto la vileza del mundo. Su hermano, en apariencia bien instalado, le aconseja una cosa y la contraria, mientras Jakob no puede dejar de asentir con estúpida docilidad. El mundo miente, es grosero y feo. Hay que habitar en otro lado. O mejor, desaparecer. Intentar sobrevivir en el desierto como un nómada, un desarraigado, un sin patria. Ajeno al mentiroso azogue de la realidad que escupe artimañas inconsistentes.

“Si fuera rico, ni en sueños se me ocurriría dar la vuelta al mundo. Cierto es que no estaría nada mal. Pero la perspectiva de conocer tan fugazmente otros países no me entusiasma en absoluto. En general, desdeñaría la idea de ampliar mis conocimientos, como suele decirse. Más que el espacio y la distancia me atraerían la profundidad, el alma…”

Hoy le diré adiós a mi hermano. Aquí no pienso dejar nada. Nada me ata, nada me obliga a decir: <<Qué pasaría si yo…?>>. No, ya no hay <<qué-pasarían>> ni <<síes>> que valgan. Fräulein Benjamenta yace bajo tierra. Los alumnos, mis condiscípulos, se han dispersado en toda clase de empleos. Y si yo me estrellase y perdiese, ¿qué se rompería y perdería? Un cero. Yo, individuo aislado, no soy más que un cero a la izquierda. Y ahora al traste con la pluma. ¡Al traste con las ideas! Me voy al desierto con Herr Benjamenta. Quiero ver si en medio del páramo es también posible vivir, respirar, ser, desear y hacer sinceramente el bien, y dormir por la noche y soñar. ¡Bah! Ahora no quiero pensar en nada más. ¿Tampoco en Dios? ¡No! Dios estará conmigo. ¿Qué necesidad tengo de pensar en Él? Dios está con los que no piensan. Adiós, pues, Instituto Benjamenta.”

“Un hombre que se precie no tiene patria. Una patria es un engrudo.”   -E.M.Cioran-

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