Pasajero K, Adolfo García Ortega

LO MÁS DIGNO que recuerdo haber leído sobre ciclismo en una novela lo ha escrito Tim Krabbé y Javier García Sánchez. En ésta que ahora digo de García Ortega, hay numerosos guiños al ciclismo, afición del protagonista y no sé si también del autor, porque aparecen referencias a ciclistas de clase media baja de países sin tradición lírica por el ciclismo como Grecia y tal. El ciclismo cabe bien en la literatura, y aunque, efectivamente, puede ser considerado un deporte, creo que es mucho más  también, y no avillana ni degrada los textos como el resto de juegos, con balón o sin él. El ciclismo, con sus miserias y sudores, sus ruindades de botica y su épica exangüe, siempre tendrá el lustre aristocratizante que sólo da la sangre derramada.

Se trata de un señor de cierta edad que se dedica a viajar en tren por Europa, con las ventajas que ello conlleva, transportando en una caja metálica abollada y plana con publicidad de un hotel de los años treinta, una mixtura de tickets pertenecientes a parkings e inverosímiles museos europeos, con ellos sobrepuestos sobre los objetos, dispara su cámara réflex Canon 650D, dejando constancia documental en excéntricas fotografías y vídeos, conceptuales o contextuales, no sé bien.
La “K” del pasajero nos remite sin excusa a Kafka, a sus novelas incompletas, y sobre todas ellas a El Castillo, aquella historia del agrimensor que llega a un pueblo para hacerse con un trabajo y termina por dudar hasta de su propia identidad. Pero, en realidad, la K. del personaje de la novela, Fernando K. Balmori, se corresponde con el apellido holandés de un presunto padre ciego, Kuiper, el mismo que un corredor de los setenta que llegó a ser segundo en el Tour, Balmori fantaseará con esta casualidad.
Un Balmori ya divorciado descubre fortuitamente la muerte de su exesposa Lea, una cantante de cierta gracia que hizo fortuna imitando a la italiana Mina, y esa revelación le hace abandonar su trabajo de cineasta y realizador televisivo poniéndole sobre la pista de la vieja Europa, quiero decir sobre los raíles, en un viaje obsesivo y atolondrado de aquí para allá, sin rumbo fijo, en lo que suponemos es un búsqueda de algo muy persuasivo pero abstracto, una identidad perdida, escindida tal vez, una suposición de pertenencia, una realidad esquilmada, la recomposición de una imagen rota, insistentes presencias anímicas que empalidecen tras los cristales de los vagones cayéndose dormidas en fugaces fotografías. En sus pánfilos merodeos por los trenes de una Europa perdida o en suspenso, a la que ya nadie espera en cualquier caso, se entretendrá releyendo las mejores citas de V.I. padrecito Lenin, redondeando así ese círculo de rebeldía en el que ha decidido incrustarse con más insensatez que entusiasmo.
Buscando a Europa desesperadamente, en el vagón restaurante de un expreso, Balmori topará con Sidonie, periodista francesa en tránsito hacia La Haya, para informar sobre el juicio de Radovan Karadzic, también conocido como el carnicero de Sarajevo. La casualidad obra y el mundo se pone en marcha. Sidonie, apesadumbrada, inquieta y temerosa le confiará sentirse perseguida por dos matones, uno de ellos de asombroso parecido con el actor Sterling Hayden, el otro no, más apuesto. Le confesará tener indicios de una red política de tráfico de órganos, y de la violación sistemática y posterior matanza de numerosas mujeres musulmanas en la ciudad de Pale, durante la guerra de Bosnia.
Unidos por la incertidumbre y el desasosiego, emprenderán una huida (en ningún caso trepidante, como se insinúa en la solapa) de los estereotipados y ridículos matones, se refugiarán en la granja de vacas del padre de ella, recalarán en Zurich, obtendrán información de testigos de las matanzas en Roma, hasta personarse en el juicio del carnicero donde Balmori, desquiciado, montará un sonrojante numerito, tal vez provocado por la acumulación de iniquidades contra su persona. Veamos: su matrimonio con la cantante ninfómana le convirtió en un cornudo, su humillante divorcio en un apaleado, su viudez diferida en un pánfilo, su despido en un insolvente, los desastres de la guerra en un hiperestésico, su coqueteo interruptus con la francesa en un estrecho, y su demostrada semibastardía prostibularia terminó de dislocarle. Todo esto aqueja al protagonista y termina por derrumbarlo en el peor de los sitios posibles, en la corte penal internacional.

La solapa de los libros y las tapas, forman parte de un género literario mayor que se caracteriza por el chalaneo florido, cuyo único cometido es embaucar al incauto. Hay solapas de libros mejor escritas que esos mismos libros, notas informativas sobre la trayectoria del autor más entretenidas que la novela misma. De hacer caso a las solapas de esta novela, creeríamos haber leído la “mejor novela sobre Europa” (aunque no entiendo bien la gloria que se deriva de esta afirmación), un frenético collage entre Le Carré, Green y Butor dirigido por Hitchcock. Espías, suspense y eso. La novela no tiene absolutamente nada de lo que dicen en las solapas y eso pudiera ser incluso bueno, pero rápidamente uno reniega ante la inconsistencia y el absurdo, la vacuidad de los personajes y el descuidado estilo, narrador plenipotenciario y omnisciente que lo sabe todo de los personajes y lo va diciendo con seca voluntariedad y llaneza civil primero, y una segunda voz, la de la periodista francesa, que escribe como escriben los periodistas de treinta años, o sea mal, muy mal.

Novelita bienintencionada, de pretendida candidez humana, ladra con sordina contra el racismo, la segregación, el genocidio, la guerra, el nacionalismo, todas las cosas, en suma, contra las que es menester ladrar. Personas desbordadas ante situaciones límite, incertidumbre, temor, angustia y desolación, sí pero mal contado.
Lo mejor, el retrato de Karadzic convertido en Dragan Dabic, su captura en el autobús por el Servicio Secreto de Serbia en julio de dos mil ocho disfrazado de médico naturista.

“Me gusta el pensamiento que conserva un sabor de sangre y de carne, y a la abstracción vacía prefiero con mucho una reflexión que proceda de un arrebato sensual o de un desmoronamiento nervioso.”    -E.M.Cioran-

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